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La discreta heroína

La dirección de la Biblioteca Nacional de Colombia acaba de lograr que el Congreso apruebe una Ley de Bibliotecas. Esto significa que millones de colombianos tendrán acceso a más y mejores libros, en ese país olvidado, ese país rural, donde no hay ni una sola librería. Para Arcadia, este hecho convierte a Ana Roda en el personaje de año.

2010/03/16

Por Julio Caycedo

La vida de Ana Roda Fornaguera (Bogotá, 1955), actual directora de la Biblioteca Nacional de Colombia, ha girado desde muy niña alrededor del mundo del libro. Sus padres fueron lectores incansables que le leyeron en voz alta los clásicos griegos y las obras de Shakespeare, preparándola para convertirse en una lectora autónoma capaz de releer La Muerte en Venecia, de Tomas Mann, tan pronto como terminó de leerla la primera vez. Durante 30 años de vida profesional, su sensibilidad lectora le ha proporcionado sus más importantes logros personales en el mundo del libro y la lectura.

Aunque Ana Roda inició sus estudios de pregrado en la Facultad de Sicología de la Universidad de los Andes, antes de terminar el primer semestre se dio cuenta de que esa profesión no era para ella. Luego pensó en estudiar medicina, pero se retractó con tan solo pensar en las negras depresiones que le acarrearía aprender anatomía en un tanatorio. Ella, recuerda, quería (y querría) ser actriz, pero no sabía qué estudiar. Finalmente se cambió a la Facultad de Filosofía y Letras, en donde obtuvo, en 1978, su licenciatura.

Hasta la fecha se ha desempeñado como jefe de publicaciones del Fondo Cultural Cafetero, como editora y traductora de literatura y ciencias sociales para varias editoriales y revistas culturales colombianas, y como editora de las colecciones de Literatura y Ensayo de Editorial Norma. En el 2004 asumió la gerencia de Literatura del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá (hoy Secretaría de Cultura Recreación y Deporte), donde creó y coordinó programas de lectura como Libro al Viento y las Bibloestaciones de Transmilenio, que motivaron, entre otras iniciativas, que la Unesco designara a Bogotá Capital Mundial del Libro en el 2007, proyecto que también tuvo a su cargo.

“Mi relación con la lectura –cuenta Roda– es familiar. Mi mamá (María Fornaguera, pedagoga y cuentista colombiana) era maestra y sus hijos fuimos sus primeros alumnos. Siempre quiso tenernos con el cerebro despierto, nos leyó cientos de libros para que nos enteráramos de lo que ocurría en el mundo, de las tragedias humanas. A mi papá (el pintor español Juan Antonio Roda), por su parte, un lector más volcado hacia la lectura de literatura contemporánea que hacia los clásicos, le debo la primera colección de libros de la que no me pude despegar, se llamaba Guillermo Brown y me la regaló durante una hepatitis que me tumbó en cama durante un mes. Tuve la fortuna de contar con una nutrida biblioteca familiar en la que encontré mis primeros libros y afiancé mis hábitos, gustos y prácticas lectoras”.

Infortunadamente no todos los trabajos en el mundo del libro se pueden orientar únicamente con la brújula del gusto. Aunque Roda dice que disfrutó mucho el trabajo que realizó como editora, hablar del tema la enerva, pues no considera que hubiera sido buena desempeñándolo. “Creo que aunque era buena correctora de estilo y a pesar de que edité muy buenos títulos, no fui buena editora porque no cumplí con las expectativas comerciales y de ventas que necesitaba una editorial como Norma”. Entre los títulos que más disfrutó editando, Roda destaca En el ejero, de Evelio Rosero, y las obras de Harold Bloom, Michael Cunningham y Roddy Doyle, “joyas literarias que era un gustazo poner en las manos de los lectores”, pero que habrían funcionado mejor en una editorial de nicho. “Volvería editar si no tuviera que enfrentar el problema del mercado en una editorial comercial. Siempre he querido ser intermediaria, eso fue lo que hice cuando trabajé en el Distrito, lo que hago ahora desde la Biblioteca Nacional, y lo que quería cuando soñaba con ser actriz. Me gusta llevar a públicos grandes mis gustos personales”.

El sueño de editar libros sin regirse por ninguna lógica comercial se hizo realidad para Roda con la creación de Libro al viento (2004), una campaña de fomento a la lectura que publica entre 25.000 y 100.000 ejemplares de libros que hasta el momento suman más de cuatro millones de volúmenes distribuidos gratuitamente de 54 títulos diferentes. Aunque mucha gente criticó los títulos que comenzó a publicar la campaña (iniciaron con Antígona, lo que posiblemente era poner la vara muy alta para un país cuyas estadísticas dicen que la población no lee), la gente leyó los libros y se releyó a sí misma. Roda cuenta que comenzaron a editar los clásicos por dos razones, la primera, claro, era ofrecer literatura de calidad, valorada por el tiempo, que le permitiera a la ciudadanía releerse a sí misma; la segunda era reducir costos, al publicar textos sin derechos, que le permitiera al Distrito imprimir más ejemplares para llegar a más personas.

Libro el viento demostró que los libros se iban y que los bogotanos podían entenderlos como parte de su vida cotidiana. La pregunta recurrente que le hacían los periodistas a Roda cuando Libro al viento comenzó era que si la ciudadanía regresaba los libros que se les prestaban, a lo que siempre respondía que “la campaña no era de devolución, sino de lectura”. Desde su perspectiva, si los libros no se devolvían pero pasaban de mano en mano, o quedaban en una casa donde antes no había libros, se estaba cumpliendo el objetivo principal: cultivar lectores. “El éxito del programa fue tal, que logramos amarrarlo a las seis Bibloestaciones de Transmilenio que hoy maneja Fundalectura, pequeños puestos en los que cualquier ciudadano carnetizado puede llevarse un libro prestado. Una vez, en la estación de El Restrepo los usuarios retiraron todos los libros que había y el sistema colapsó.”

Para Ana Roda, la Biblioteca Nacional (la primera en su género de América) garantiza la recuperación, la preservación y el acceso a la memoria colectiva del país. Asegura que el principal motivo para que en Colombia haya pocos lectores es la falta de oportunidades y espacios sociales de formación de hábitos de lectura. “Las encuestas sobre el consumo del libro en Colombia son claras: si el hábito de la lectura no se forma en el bachillerato, los muchachos van a salir a trabajar y no van a volver a leer; claro, no se puede esperar que todo el mundo lea, así como no se puede esperar que todo el mundo juegue fútbol, pero sí se puede pensar que si se asegura mayor acceso al libro y la información, habrá más ciudadanos que podrán encontrarse con los libros a los que antes no tenían acceso por falta de dinero o de bibliotecas públicas.

El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas que adelanta el Ministerio de Cultura a través de la Biblioteca Nacional de Colombia, ha logrado desde su inicio en el 2003 el 99% de cobertura en los municipios de Colombia, y se espera que en el 2010 alcance el 100%. “Ahora que el Plan se ha fortalecido -dice Roda-, es el momento de hacer una Ley de Bibliotecas que asegure su sostenibilidad en el tiempo”. la ley está aprobada, pero faltan trámites: una conciliación entre la Cámara y el Senado y la sanción Presidencial.Con esta aprobación la ciudadanía va a ganar bibliotecas para siempre porque se van a convertir en un servicio que el Estado va a tener la obligación de defender y cuidar, lo que se traduce, entre otras cosas, en actualizar las colecciones de acuerdo con las necesidades de sus usuarios, en capacitar a los bibliotecarios para que administren bibliotecas, modernas, vivas, que conviertan a Colombia en un país de lectores”. Por lo pronto, y ese es todo un éxito en las labores de la Biblioteca Nacional de Colombia, podemos decir que vivimos en un país de bibliotecas.

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