Portada de la revista Time de 1961, dedicada a J.D Salinger.

La esquiva vida del pez banana

J. D. Salinger (Nueva York, 1.o de enero de 1919 - Cornish, New Hampshire, 27 de enero de 2010)

2010/03/16

Por Oscar Guisoni

“Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento”. Así habla Holden Caufield en El guardián entre el centeno, anticipando lo que sucederá después con su autor. Solo que llamar a J.D. Salinger por teléfono “en cualquier momento” era una herejía imposible. Una ruptura de su intimidad, esa famosa privacy a la que se sometió con la disciplina de un monje budista durante medio siglo, antes de decir su última palabra, la de la muerte, el pasado 28 de enero. Escribir sobre Salinger es hacerlo sobre su silencio, sobre su decisión de volverse invisible y sobre su escueta obra, una de las últimas narrativas del siglo xx capaz de crear personajes que luego se volvieron reales. Detrás de ese elocuente silencio y de esa obra mitológica se alcanza a adivinar una figura aterradora, genial y egocéntrica, tierna y tirana a la vez, según la describieron su propia hija y una de sus amantes, que se atrevieron a romper la barrera de silencio despertando las iras de J.D.

Pero Jerome David Salinger no siempre fue así. Hubo un tiempo, mucho antes de publicar El guardián… en que se codeaba con los periodistas, paseaba su vanidad por Nueva York, daba conferencias, publicaba sus cuentos en la revista The New Yorker y se marchaba a la guerra. Tal vez fue la guerra la que lo perturbó para siempre. La cuestión es que cuando regresó de esa experiencia traumática, luego de haber hecho el desembarco de Normandía, de haber cobrado fama como interrogador de prisioneros alemanes, y después de haberse casado con su primera mujer, Sylvia, una militante del partido nazi de la que se enamoró después de haberla detenido y con la que tuvo un efímero matrimonio, J.D. se puso a escribir y, como no podía ser de otro modo, escribió una obra de posguerra, o mejor dicho, “la” obra de posguerra. Cuando publica El guardián entre el centeno corre el año 1951, el viejo orden del mundo quedó sepultado entre los campos bombardeados de la vieja Europa y Estados Unidos es una tierra donde abundan las viudas y se comienza a hablar por primera vez de las familias disfuncionales. A una de esas familias perturbadas pertenece Holden Caufield y los miles de hijos de esos hogares están ya listos para lanzarse en masa a leer a J.D.

El horror de la fama

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás estupideces al estilo David ?Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso”. Con esas palabras premonitorias comienza El guardián…, marcando un antecedente literario de primer nivel, la sombra de Dickens, para anunciar sin remilgos que un nuevo autor ha venido a abrir un nuevo tiempo. Se acabaron los Copperfield, llegaron los Caufield. Y Holden, a diferencia de David, es un auténtico maleducado, sensible y violento, un adolescente con miedo a las responsabilidades adultas y con un lenguaje sórdido como para provocar un escándalo. J.D. comienza a preguntarse si, al igual que su personaje, no será mejor encontrar una cabaña en medio del bosque donde esconderse del mundo “para no tener ya más conversaciones estúpidas con nadie”.

A pesar de la que se está armando con su libro, Salinger continúa siendo una figura pública. En 1953 aparece esa obra maestra que son los Nueve cuentos, entre los que destaca “Para Esmé, con amor y sordidez”, narrado por un soldado traumatizado por la guerra como el propio J.D. En 1961 aparece Franny y Zooey, que los críticos se apresuran a destrozar con saña poco antes vista, algo que hiere profundamente el ego de J.D. En 1963 aparece Levantad, carpinteros, la viga del tejado, una obra monumental cuya calidad solo ha sido opacada por la fama de El guardián… y Seymour: una introducción. Y después el silencio, que solo se rompe imprevistamente en 1965 con la aparición de un cuento corto Hapworth 16, 1924 en The New Yorker.

El escritor oscuro

El silencio que va a establecer Salinger es atronador. Pero, ¿de qué se oculta J.D.? En primer lugar, del fanatismo americano que se ha despertado con su obra. Mientras sus críticos definen a Holden Caufield como un “adolescente demencial a quien nadie querría conocer” y tachan a su autor de patético, el club de fans no hace más que aumentar. Hasta que el 8 de diciembre de 1980, El guardián… obtiene el diploma definitivo de libro maldito luego de que Mark David Chapman le dispara ocho tiros a John Lennon en la puerta de su casa y se sienta a leer la obra de Salinger que lleva en la mochila. “¿Quieren saber por qué lo maté? –dice–. Lean el libro”.

El 31 de marzo de 1981 la historia se vuelve a repetir. Solo que ahora el hombre que recibe las balas es nada menos que el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, quien tiene más suerte que Lennon y sobrevive al ataque de John Hinckley Jr. El guardián… dice, es su libro de cabecera. Para completar la leyenda, poco tiempo después, comienza a correr un rumor entre los psiquiatras que sostiene que también es el libro preferido del noventa por ciento de los locos encerrados en los manicomios. Mientras se alzan voces que piden la censura y algunos descerebrados queman ejemplares de El guardián… en las plazas, J.D. mantiene la boca cerrada; solo la abre para decir incoherencias en 1980 luego de la insistencia de Betty Eppes, reportera del The Baton Rouge Advocate, quien lo acosa durante varios meses hasta que consigue que la atienda cuando se describe a sí misma como una atractiva pelirroja alta de ojos verdes. En esa entrevista J.D. deja en claro que ya no hay más Caufield.

Y cuando parecía que el silencio en torno a su figura era inviolable, en los noventa salió su ex amante Joyce Maynard a contar abominaciones sobre sus hábitos, afirmando que era un hombre golpeador, que la encerraba en su casa sin permitirle ver ni a sus amigos, amante de la tele basura, de la comida macrobiótica y las religiones extrañas.

Y por si quedaban dudas de que el autor de El guardián… ya no tenía todos los cables en su sitio, en el 2000 su hija Peggy publicó El guardián de los sueños, más que una biografía un ajuste de cuentas con su padre, al que describe como un sexópata loco por las adolescentes que peregrinan por su casa en los bosques de Cornish, el pueblo en el que permaneció recluido durante medio siglo. En ese libro aparece un Salinger extravagante al que le gusta beberse su propia orina, cree en la homeopatía y escribe todo el día, encerrado en un búnker de cemento con techo de vidrio para que no pueda distraerlo más que el devenir del sol como un sabio loco al que ya no le interesa mantener ninguna conversación estúpida con los simples mortales. Entre todas las malas noticias sobre el autor que trajo ese libro indiscreto, la de su habitual escritura es la que más expectativas despertó y la que ahora reflota, después de su muerte, esperando que se conozcan manuscritos inéditos.

El libro de su hija fue sin dudas el peor golpe que podía recibir alguien como J.D., que tantas energías puso para conservar el silencio, por lo cual decide no volver a hablarle y se encierra aún más en el ostracismo, hasta que hace unos años un fotógrafo de esos que nunca faltan, cazador de celebridades, lo encontró en la puerta del supermercado del pueblo llevando su carrito de las compras como un abuelo con el semblante un tanto perturbado, un jubilado solitario más y despertó su ira, aunque no pudo evitar la foto. La última foto que se conoce de J.D. En ella aparece con el puño en alto amenazando con romper el vidrio del coche en el que se traslada el paparazzo, mientras grita “¡No, no!” inútilmente. Porque al final, la vida es como la cuentan sus propios personajes, “nunca se puede encontrar un sitio que sea agradable y pacífico porque, sencillamente, no existe. Puedes creer que es posible, pero una vez que estás ahí, cuando te distraes, alguien se va a entrometer en el paisaje para escribir Fuck you justo debajo de tus narices”.

El 28 de enero un comunicado de su agente literario daba a conocer al mundo la última escena: J.D. ha muerto. Ahora el silencio se romperá, pero serán otros los que hablen en su nombre. Lo más probable es que digan cosas intrascendentes, conversaciones estúpidas que a nadie le interesan, que aluden a lo banal de su extraña existencia, a sus miserias tan iguales a las de cualquiera de nosotros, así como iguales a las nuestras eran las neurosis, las broncas y los miedos del joven Holden. Y cuando los focos que encendió su muerte se apaguen solo quedarán sus libros, sus cuatro libros, para recordarnos que ahí está J.D. Salinger hablando para siempre, contando algunas de las mejores historias que se han escrito en los últimos tiempos.

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