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La historia tejida a la literatura

Roberto Rubiano Vargas escribe desde Cartagena, puerta de entrada para las ideas de la Ilustración en La Tejedora de coronas.

2010/03/15

Por Roberto Rubiano Vargas

Termino de leer La tejedora de coronas y alzo la vista. Estoy en Cartagena en el momento en que comienzo a escribir este artículo. Desde el piso once de un edificio en Bocagrande escucho el sonido del mar, las voces de los bañistas de domingo y la música de los altoparlantes del hotel de al lado. Observo el horizonte donde aparecieron las velas de los piratas franceses comandados por el Barón de Pointis en 1697.

La novela comienza aquí mismo, en Cartagena, pero a lo largo de sus casi seiscientas páginas de apretada escritura me lleva a otras ciudades cercanas: Quito, donde viví veintidós años, o París, ciudad que siempre visito con entusiasmo. En el largo periplo de Genoveva Alcocer como mensajera de la gran logia de París aparecen muchas otras ciudades –Madrid, Marsella, Nueva York– y muchos otros puertos y destinos. Sin embargo, el espacio tutelar de sus días y de sus pasiones es Cartagena, la ciudad amurallada donde esta semana hay un equipo de filmación haciendo una película sobre otra famosa mujer de la literatura colombiana: Fermina Daza.

Miro de nuevo el horizonte. Las velas se han convertido en edificios de muchos pisos que desafían la brisa marina y el sentido común, que dicta que esta ciudad no tiene infraestructura para que sigan invadiéndola con megaproyectos de construcción. Pero ése es el botín contemporáneo. Al fondo del paisaje, detrás del velamen de edificios, uno tiene la ilusión de ver la pequeña ciudad española que habitó Genoveva Alcocer, a pesar de que el edificio más notorio desde donde yo estoy es el anaranjado del hotel Santa Teresa.

Además de Cartagena, la protagonista de La tejedora de coronas tiene otros hogares. Uno de ellos es Quito, que fue el punto de partida de la expedición geodésica que midió el centro del planeta, una de las más avanzadas expediciones científicas del siglo XVIII; otro es París, cuna de gran parte de la actividad intelectual que transformó la sociedad europea y americana de esa época. París, como Germán Espinosa lo repite constantemente, es el epítome del mundo civilizado, aunque al mismo tiempo es el escenario donde Genoveva presencia varios duelos a espada, y allí es víctima de un intento de robo. Porque ni París es el paraíso ilustrado ni Cartagena es un puerto salvaje poblado de mercaderes.

El reflejo de Cartagena en el espejo de París es un componente fundamental del rostro mestizo de Genoveva Alcocer, la buena salvaje dueña de una mirada crítica y de un agudo poder de aprehensión de los temas culturales y científicos de su siglo. Los tratados celestes, el mapa de la circulación sanguínea, las reflexiones filosóficas sobre el bienestar de la sociedad o sobre el papel del ciudadano en el Estado, forman en su cabeza un poema permanente al conocimiento.

¿Se parecen las ciudades a los libros que provocan? De Cartagena y de París podemos decir que sí. Pese a los cambios que se han establecido en los dos últimos siglos, en ambas ciudades uno siente que respira el mismo aire de comienzos del XVIII. Cartagena en ese momento debió de ser una ciudad muy diferente de la actual. Algunos rastros de aquella época sobreviven encerrados tras las murallas, pero en los alrededores con seguridad todo es diferente. Ya no están los manglares que dificultaron el paso de los piratas que la sitiaron y en su lugar se multiplican los edificios. Uno de ellos se anuncia como el más alto en toda la costa caribe y es el tema permanente de los taxistas y de la gente de la ciudad, el tema que ha reemplazado las disquisiciones volterianas.

Cartagena, la gran Cartagena actual, ya no es la de La tejedora de coronas, pero las calles y las plazas de Germán Espinosa siguen allí. El barrio de San Diego que sufrió el bombardeo de los piratas ha evolucionado –alberga ahora, en la antigua morgue, a los turistas acomodados–, pero esencialmente es el mismo. Así como sigue ahí el planeta verde que el joven astrónomo Federico Goltar llamó planeta Genoveva aunque los astrónomos lo rebautizaran después como Urano y aunque alguno de sus compañeros celestes haya sido recientemente descabezado por la comunidad científica, en una prolongación de los debates de entonces.

La tejedora de coronas se inicia con un viaje hacia la noche en medio de una tormenta. He soportado tormentas tropicales en la Guajira, en Panamá y en San Andrés, pero siempre a campo abierto, entre cocoteros o bosque guajiro, o sobre pantanos habitados por cocodrilos. En Cartagena, en cambio, viví una en la calle de Tumbamuertos, en el barrio de San Diego, el mismo vecindario donde estuvo la casa de la familia Alcocer. A media noche cayó un rayo sobre el techo de la casa, que quedó a oscuras, enfatizando los relámpagos que se filtraban por las celosías de las ventanas y que iluminaban las lagartijas pegadas a las paredes, aterrorizadas, como yo, por el aparato eléctrico de la tormenta. Reconozco mi terror en la Genoveva Alcocer que recuerda la tormentosa fanfarria con la que se inició su viaje hacia el siglo de las luces.

A esta altura cabe una confesión de parte. Cuando Arcadia me propuso escribir sobre esta novela, no la había leído. Para abordarla me serví de El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa, el juicioso estudio de Gustavo Forero. El libro resultó ser un modelo de cómo acercarse a la obra de un escritor y develar sus claves. En este caso, y conociendo la fama de persona difícil que rodea a Espinosa, Forero nos hace el favor de depurar la imagen del escritor y dejar atrás al personaje del mundillo literario que genera amores y odios.

Después nos habla Forero del autor anacrónico que es Espinosa, de su forma de combinar momentos verdaderamente imposibles de la historia. Y se centra en el elemento más anacrónico de esta novela: Genoveva Alcocer, una mujer ilustrada y crítica de las costumbres de su tiempo, que acepta con sabiduría la limitación social de su género, que pese a tener una formación científica e intelectual superior a la de los doctores del observatorio de París acepta su modesta condición de empleada doméstica.

Este anacronismo determina al personaje y al mismo tiempo lo explica. Genoveva es el campo de batalla de la razón contra la sinrazón. Del progreso frente al inmovilismo. Astrónoma aficionada, conspiradora y escritora de prensa, Genoveva siempre se ve obligada a desempeñar estos oficios en la oscuridad. Sólo con sus compañeros de la gran logia de París parece sentirse entre pares. Sin embargo, a la vez es un objeto sexual en manos de los hombres de diversa catadura que se encuentra por el camino. Es violada o sufre intentos de violación en las más diversas circunstancias, casi todas ellas relacionadas con su marginalidad como fugitiva de su condición de mujer. Hay que decirlo: Espinosa asumió un reto adicional al narrar en primera persona desde el punto de vista de un personaje femenino. Pero Genoveva Alcocer es un paradigma de la época más que un personaje que al escritor le interese reflejar con precisión naturalista.

La tejedora de coronas no se doblega ante el lector, sino que lo obliga a doblegarse ante ella; con sólo diecinueve puntos aparte, el lector debe someterse al ritmo del relato fijado mediante comas y una sintaxis exigente. A medida que uno avanza por el entramado crece la seducción y el detalle formal comienza a olvidarse; pero, de cierta manera, el argumento principal es su forma; es decir, la compleja y en ocasiones ostentosa arquitectura de tecnicismos y recursos narrativos. No obstante, el arsenal del lenguaje y la investigación histórica se convierten muy pronto en el recurso natural para contar esta novela de viaje. La línea de la narración no necesita recurrir al suspenso. Su continuidad y fascinación están garantizadas por la forma. Por la estructura en espiral que avanza lentamente revelándonos detalles nuevos de las mismas escenas que componen la novela de principio a fin.

El lector sí depende de la memoria caprichosa de la narradora, que va tejiendo las palabras y va dando forma a la escritura al vaiven de sus recuerdos. Eso es lo importante. Al fondo las figuras de Genoveva Alcocer, de Voltaire y del inquisidor Echarri parecen poco más que vehículos a través de los cuales el autor pone en escena el pensamiento de la época. Espinosa parece estar más interesado en darle al pensamiento iluminista un escenario, en hacer su versión de la historia, que en construir personajes naturalistas. Paradójicamente, esta novela anclada en la historia tiene un enorme vuelo imaginativo.

Genoveva Alcocer se queja de que Cartagena es una “ciudad tan inculta y mercantil”, no obstante lo cual La tejedora de coronas es un homenaje a la ciudad como puerta de entrada de las ideas de la Ilustración. No hay que olvidar que por este puerto entraron a América del sur varios ejemplares de la primera edición del Quijote. En La novela de Espinosa las nuevas ideas brillan frente a la oscura presencia del Santo Oficio y a los manejos corruptos de los administradores de la ciudad, tanto que a ratos se la puede leer en clave de presente. Las trapisondas del gobernador que trata de birlar a la Corona un cargamento de oro, o los acuerdos secretos que con el mismo fin hace con los piratas comandados por el Barón de Pointis pueden asociarse a la permisividad de hoy ante la construcción que amenaza con sepultar a la ciudad bajo capas y capas de concreto.

La tejedora de coronas es una novela culta y cultista que se duele de su ciudad y se burla de ella en la misma medida en que la ama. Hay quienes dicen que la novela de Espinosa no ha recibido la atención que merece, pero no puedo dejar de anotar que en la biblioteca del departamento donde me alojo, en un anaquel poblado de libros de aeropuerto, de bestsellers olvidables y olvidados, hay un ejemplar de la edición más reciente de Alfaguara. Se me ocurre pensar que La tejedora de coronas se ha convertido en una novela de referencia para los visitantes de este lugar.

Pero por otro lado, también pienso que los habitantes de Cartagena tienen en esta novela un instrumento para salvaguardar su dignidad histórica.

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