Ilustración de N.C. Wyeth para la edición de 1911 de 'La isla del tesoro'.

‘La isla del tesoro’ II: El cocinero de 'La Española'

"John Silver es su nombre y tiene una pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, ¡en qué tiempos tan abominables vivimos!"

2017/05/26

Por Robert Louis Stevenson

Haga clic aquí para leer la primera parte

PARTE II: El cocinero de La Española

CAPÍTULO VII: Salgo para Brístol

Pasó mucho más tiempo del que el Caballero Trelawney se imaginó al principio, antes de que estuviésemos listos para hacernos á la mar, y ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse á ejecución, ni aun el de que el Doctor Livesey me tuviese siempre consigo. El Doctor tuvo que marchar á Londres para buscar un médico que se hiciera cargo de su clientela; el Caballero se fué á Brístol en donde puso, con todo su ardor, manos á la obra en los preparativos de la expedición, y en cuanto á mí me quedé instalado en la Universidad, á cargo de Redruth el montero ó guarda-caza, casi en calidad de prisionero, pero lleno de ensueños marítimos y de las más atractivas anticipaciones imaginarias de islas extrañas y aventuras novelescas. Me deleitaba reproduciéndome en un mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba. Y sin moverme de junto al fuego en el salón del amo de la casa, me acercaba con la fantasía á la ansiada isla, en todas las direcciones posibles; exploraba cada acre de terreno de su superficie, subía veinte veces á la cumbre de aquel elevado monte que llamaban “El Vigía” y desde su cima gozaba de los más deliciosos y variados panoramas. Algunas veces veía yo aquella isla densamente cubierta de caníbales con los cuales teníamos que batirnos; otras veces llena de bravos y salvajes animales que nos perseguían; pero la verdad es que todas las lucubraciones de mi fantasía distaron mucho de parecerse á nuestras extrañas y trágicas aventuras en aquella tierra.

Así fueron discurriendo semanas y semanas hasta que un hermoso día llegó una carta dirijida al Doctor Livesey, con esta adición “En caso de ausencia del Doctor, abran esta carta Tom Redruth ó el joven Hawkins.” En acatamiento de esta orden encontramos, pues, ó más bien dicho encontré yo, puesto que el guarda-monte era un hombre bastante atrasado en achaques de escritura, y lectura que no fuese en letras de molde, encontré, digo, las importantes noticias siguientes:

Hotel del Ancla, Brístol, Marzo 1 de 17—.

Querido Livesey:

“No sabiendo si ha regresado Vd. á la Universidad ó si permanece todavía en Londres, envío esta por duplicado á ambos lugares.

“Nuestro buque está ya comprado y arreglado con todo lo necesario. Ahora mismo está surto y listo para levar en el primer momento que se le necesite. Vd. no ha visto en su vida una goleta más esbelta ni más gallarda y velera. Un joven cualquiera podría maniobrarla con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arquéo y su nombre es La Española.

“La he comprado con la intervención de mi viejo amigo Blandy que ha probado en esta ocasión ser un sorprendente conocedor de la materia. Este incomparable amigo literalmente se ha consagrado en cuerpo y alma á mis intereses y—puedo decirlo—lo mismo han hecho en Brístol todos, en cuanto que han visto la clase de puerto á que nos dirijimos: es decir á Puerto tesoro....”

—Redruth, díjele interrumpiendo la lectura de la carta, el Doctor Livesey no se pondrá muy contento con esto. Veo que, al fin y al cabo, el Caballero ha dejado que se deslice su lengua.

—Bueno ¿quién tiene más derecho de hacerlo? murmuró el guarda-caza. Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin esperar el permiso del Dr. Livesey.

Después de esto creí prudente dar de mano á todo comentario y continué leyendo:

“Blandy en persona dió con La Española, y con una habilidad que le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí en Brístol ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que La Española era propiedad suya y que todo lo que hizo fué vendérmela á un precio absurdamente alto. Todas esas no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.

“Empero él, dije, no contaba ni con una sola vuelta-de-cabo. Los trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado verdaderamente á paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación.

“Yo quería una veintena redonda de hombres—en caso de ser del país, filibusteros; ó bien de los aborrecidos franceses—pero parece que lo hacía el diantre mismo, el caso es que yo no daba ni con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero golpe de fortuna me trajo al hombre que yo necesitaba.

“Un día estaba yo parado en el muelle cuando, por mera casualidad, entré en conversación con él. Me encontré con que es un viejo marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para volver al mar de nueva cuenta. Díjome que aquella mañana andaba por allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano.

“Conmovióme profundamente—como Vd. mismo se hubiera conmovido—y aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para cocinero de nuestra goleta. John Silver es su nombre y tiene una pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey... dígame Vd. ¡en qué tiempos tan abominables vivimos!

“Ahora bien, amigo mío; al principio creí no haber encontrado otra cosa que un simple cocinero; pero fué, en realidad, toda una tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido, en una semana, la más cumplida y característica tripulación que pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente á la verdad, sino sujetos, á juzgar por sus caras, del más esforzado é indomable espíritu. Me atrevo á declarar que podríamos muy bien derrotar á una fragata de guerra.

“Silver ha llevado su escrupulosidad hasta licenciar á unos dos de los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran trabajo me demostró en un momento oportuno que los aludidos no eran más que unos lampazos de agua dulce que para nada nos servirían, y que antes bien nos estorbarían en un caso de apuro.

“Me siento con la más excelente salud y en admirable disposición de ánimo: cómo como un toro, duermo como un tronco y sin embargo no me daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea á mis viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡Á la mar! ¡pronto á la mar! ¡Á sacar ese tesoro! La locura de las glorias marítimas se ha apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase volando: si en algo me estima Vd. no pierda ni un minuto.

“Deje Vd. al jovencillo Hawkins que vaya, sin tardanza, á visitar á su madre, al cargo de mi viejo Redruth, y que ambos se vengan luego, á toda prisa, para Brístol.

Juan Trelawney.

Postscriptum.—Se me olvidaba decirle que Blandy, á quien dejo con el encargo de enviar una embarcación en busca nuestra si no hemos regresado para fines de Agosto, ha encontrado un sujeto admirable para Capitán de nuestra goleta, un hombre muy serio y muy estirado—lo cual deploro, de paso—pero en todos los demás conceptos un verdadero tesoro. Silver, por su lado, nos ha traído un hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un contramaestre que silba para la maniobra que es una gloria, así es que las cosas van á marchar, á bordo de La Española, como si hubiéramos fletado un verdadero buque de guerra.

“Se me pasaba añadir que Silver es un hombre de sustancia: me consta personalmente que tiene su cuenta en el banco y que sus gastos nunca han excedido á sus depósitos. Deja á cargo de su establecimiento á su esposa y como ésta es una mulata, podemos decirnos aquí, entre solteros como ambos somos, que me parece que no sólo es la salud sino la mujer lo que hace que Silver quiera salir otra vez á correr los mares.

  1. T.

P. P. S.—Hawkins puede quedarse una noche con su madre.

  1. T.”

Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que esa carta me produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna vez hombre despechado sobre la tierra ese era ciertamente el pobre viejo Tom Redruth que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse. Cualquiera de los guarda-montes subordinados suyos, se habría cambiado por él con el mayor placer, pero no eran esos los deseos del Caballero, y tales deseos eran como leyes entre aquellas buenas gentes. Nadie que no fuese el viejo Redruth se habría tomado la libertad de murmurar siquiera como á él le era permitido hacerlo.

Á la mañana siguiente él y yo nos pusimos en marcha, á pie, hacia la posada del “Almirante Benbow,” en la cual encontré á mi madre muy bien de cuerpo y de alma. El Capitán aquel, que por tan largo tiempo había sido para nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en que los perversos cesan de molestar. El Caballero había hecho reparar todos los estragos á sus expensas, y tanto los salones de la parte pública de la casa como la enseña de la posada, habían sido pintados de nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de que antes carecíamos, entre ellos, principalmente, una muy cómoda silla de brazos para mi madre tras del mostrador. Al mismo tiempo le había buscado un muchachuelo, como de mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no necesitaba de más servidumbre durante mi ausencia.

Al ver á este rapaz fué cuando comprendí por completo mi verdadera situación. Hasta aquel momento me había fijado tan sólo en las aventuras que me esperaban, pero no en el hogar que dejaba tras de mí. Así fué que, allí, en la presencia de aquel palurdo extraño, que iba á quedarse en mi lugar, al lado de mi madre, tuve irremediablemente mi primer ataque de lágrimas. Me sospecho que aquel día hice rabiar más de lo conveniente á aquel pobre chico que, siendo nuevo en el oficio, me ofreció mil oportunidades que yo aproveché para corregirle lo que hacía y para humillarlo cuanto pude.

Pasó la noche, y al día siguiente, después de la comida, Redruth y yo salimos, de nuevo á pie, por el camino real. Dije adiós muy conmovido á mi madre, á la caleta en que había vivido desde que nací, á aquel viejo y querido “Almirante Benbow” que, sin embargo, me parecía menos querido desde el instante en que ya lo había tocado la mano profana del pintor. Una de las últimas cosas en que pensé fué en el Capitán que tan frecuentemente salía á vagar á lo largo de la playa con su sombrero volándole sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa y su enorme anteojo de larga vista bajo el brazo. Un instante después, ya habíamos volteado tras el ángulo de las rocas, y mi hogar y sus contornos habían desaparecido.

La tartana del correo nos recogió, al oscurecer, en el Royal George hacia el brezal. Se me incrustó en el coche aquel entre un viejo gordo y mi amigo Redruth, y á pesar del desapacible movimiento y del aire frío de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en seguida entregándome á un sueño de lirón, lo mismo de subida que de bajada, y estación tras de estación, porque cuando concluí por despertar, lo hice gracias á una insinuación poco amable que sentí por el costado. Abrí entonces los ojos y me encontré con que nos acabábamos de detener frente á un grande edificio en la calle de una ciudad y que era ya perfectamente de día, desde hacía mucho tiempo.

—¿En dónde estamos?, pregunté.

—En Brístol, dijo Tom, bájate ya.

El Sr. Trelawney había sentado sus reales en una posada cerca de los muelles, para vigilar por sí mismo los trabajos en la goleta. Para ella teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente y, con gran contentamiento mío, nuestro camino iba á lo largo de todos los muelles y, por consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de todos tamaños, de todas nacionalidades y de todos los aparejos imaginables.

En uno, los marineros cantaban alegremente mientras trabajaban: en otro se veían hombres suspensos allá muy arriba, sobre mi cabeza, asidos solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras de una telaraña. Aunque toda mi vida la había yo pasado en la playa, me parecía que hasta entonces era cuando conocía el mar verdaderamente. El olor penetrante del alquitrán y la sal eran para mí una novedad. Veía las más extrañas y maravillosas cabezas que jamás han cruzado sobre el océano. Veía, además, muchos viejos marinos con arracadas en las orejas y con sus patillas rizadas en bucles; y los más ostentando sus embreadas coletas sobre la espalda, y marchando todos ellos con ese paso cimbrador propio de los marineros. Puede creérseme que si hubiera visto otros tantos reyes ó arzobispos juntos no me hubiera deleitado más de lo que lo estaba en aquellos momentos.

¡Y yo... yo mismo iba también á hacerme á la mar; iba á penetrar á una goleta con su contramaestre mandando la maniobra con su silbato, con sus marinos de trenza, cantando al compás de las ondas; y todos navegando en pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!

Todavía iba yo gozando con este ensueño delicioso cuando de repente nos detuvimos frente á una gran posada y nos encontramos con el caballero Trelawney, ya muy vestido y aderezado como un oficial de á bordo, con un traje de grueso paño azul, saliendo, á la sazón, á la puerta de la posada, con una expresión sonriente en todo su semblante, y con una perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.

—¡Vamos! ya están aquí Vds., dijo. El Doctor ha llegado anoche de Londres. ¡Bravísimo! ¡La compañía de nuestro buque está completa!

—¡Oh! señor, exclamé yo, ¿y cuándo zarpamos?

—¿Zarpar?, me contestó, ¡mañana sin falta!

 *

CAPÍTULO VIII: La taberna de El vigía

En cuanto que hube almorzado, el Caballero me dió una carta dirigida á John Silver, á su taberna de “El Vigía” y me dijo que me sería muy fácil encontrarla, siguiendo la línea de los muelles y estando alerta para cuando viese una pequeña taberna con un anteojo marino de larga vista, por enseña. Lancéme afuera sin dilación todo alborozado con esta nueva oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de cerca todos aquellos buques y marineros, y tomé mi derrotero, en consecuencia, por enmedio de una verdadera masa de gentes, carromatos y bultos de mercancías, por ser aquella la hora de mayor quehacer y tráfico en los muelles, hasta que dí, al fin, con la taberna en cuestión.

Era ella, á la verdad, un sitio de solaz bastante aceptable. La enseña estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes cortinas rojas y los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía esquina, teniendo una puerta para cada calle, abierta de par en par, lo que hacía que el salón bajo tuviese bastante aire y luz, á despecho de las nubes de humo de tabaco que salían de las bocas de los parroquianos. Eran estos, en su mayor parte, de la marinería del puerto y hablaban en voz tan alta que, al llegar, no pude menos que detenerme á la puerta, vacilante y casi atemorizado de entrar.

Estaba yo en espera del patrón, cuando un hombre salió de un cuarto de al lado del salón, y á la primera ojeada tuve la seguridad de que aquel no era otro que John Silver. Su pierna izquierda había sido amputada desde la cadera, y bajo el brazo izquierdo se apoyaba en una muleta que manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la agilidad de un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande como un jamón, rasurada y pálida, pero inteligente y risueña. No cabía duda en que estaba, á la sazón, del mejor humor del mundo, silbando alegremente mientras pasaba por entre las mesas, y soltando, á cada paso, una broma graciosa ó dando una palmadilla familiar sobre el hombro á cada uno de sus parroquianos favoritos.

Ahora bien, si he de decir la verdad, confesaré que, desde la primera mención que el Caballero hacía en su carta, de John Silver, comencé á temer interiormente que este no fuese otro que el “marinero de una sola pierna” por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el “Almirante Benbow.” Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre él para desvanecer mis temores. Yo había visto bien al Capitán, y á Black Dog, y al ciego Pew y creí que ya con eso me bastaba para saber lo que era ó debía ser un filibustero, es decir una criatura, según yo, bien distinta de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.

Todo mi valor me vino inmediatamente; pasé el vestíbulo y me dirijí sin rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que estaba en aquel momento, recargado en su muleta y conversando con un parroquiano.

—¿El Sr. Silver?, pregunté tendiéndole la carta.

—Yo soy, chiquillo; ese es mi nombre á lo que parece. ¿Y tú quién eres? Y luego como viese la escritura del Caballero en el sobre de la carta, me pareció como que contenía mal un sobresalto involuntario.

—¡Oh!, díjome en voz muy alta y ofreciéndome su mano, ahora comprendo, tú eres el pajecillo de cámara de la goleta, ¿no es verdad? Mucho gusto tengo de verte.

Y diciendo esto tomó la mía en su larga y poderosa mano.

Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos que estaban en el lado más retirado, se levantó repentinamente y se precipitó fuera de la puerta que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la calle en un instante. Pero su precipitación me hizo fijarme en él y le reconocí á la primera ojeada. Era aquel mismo hombre de cara enjuta, á quien faltaban dos dedos en una mano y que fué una vez al “Almirante Benbow.”

—¡Oh! grité yo, ¡deténganlo! ¡ese es Black Dog!

—No me importa mucho quien pueda ser, exclamó Silver, pero no ha pagado su cuenta. ¡Harry, corre y atrápalo!

Uno de los otros que estaban cerca de la puerta se puso en pie de un salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.

—¡Oh! yo le haré que pague su consumo, así fuera el mismo Almirante Hawke en cuerpo y alma.

En seguida añadió soltándome la mano:

—¿Quién dices tú que es ese?... Black... ¿qué?

—Black Dog, señor, le contesté. ¿No le ha contado á Vd. el Sr. Trelawney lo de los filibusteros? Pues este era uno de ellos.

—¡Es posible!, exclamó Silver. ¡Y semejante hombre en mi casa! Mira tú, Ben, corre y ayuda á Harry á perseguir á ese. ¿Con que él era uno de esos pillastres, eh? Hola, tú, Morgan, vén aquí, ¿estabas tú bebiendo con ese hombre?

El interpelado que era un viejo bastante cano y con cara color de caoba, se acercó con un continente bastante marino, contoneándose á babor y á estribor.

—Veamos, dijo John Silver, con bastante rigidez, ¿no has visto tú antes de ahora á ese Black... Black Dog? ¡Dí pronto!

—Yo no, señor, contestó Morgan con una reverencia.

—¿Tú no sabías cómo se llamaba, eh?

—No señor.

—¡Rayos y truenos! Tom Morgan; dále gracias á Dios por ello, exclamó el irritado tabernero, porque si yo averiguo que te andas mezclando con canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves á poner un pie en mi casa, entiéndelo bien. ¿Y que te estaba platicando?

—La verdad no lo sé, no puse cuidado.

—¡Es creíble! y luego dirán Vds. que tienen la cabeza sobre los hombros! ¿no es éste un bendito que nada ve? ¿Con que no lo sabes? ¿con que no pusiste cuidado? tal vez ni supiste con quién estabas hablando, ¿no es verdad? ni qué es lo que decía, eh? Vamos, haz por acordarte, ¿qué es lo que charlaba, ¿viajes? ¿capitanes? ¿buques?... vamos, ¿qué era?

—Yo creo que estábamos hablando de estirar la quilla.

—Con que de estirarla, ¿eh? ¡Grande asunto por cierto! Es muy posible, sí...! ¡Anda, vuélvete á tu lugar, haragán!

Mientras Morgan se volvía á su asiento, Silver murmuró casi á mi oído, en un tono muy confidencial, que me pareció en extremo halagador para mí:

—Ese pobre Tom Morgan es todo un hombre honrado; solamente tiene la desdicha de ser estúpido.

Y luego levantando la voz de nuevo, prosiguió.

—Con que veamos,... ¿Black Dog?... pues no, no conozco ese nombre, no por cierto. Sin embargo, tengo cierta idea... sí, yo creo haber visto ya antes á ese agua-dulce por aquí. Entiendo que solía venir antes en compañía de un mendigo ciego.

—Por supuesto, le dije yo con seguridad; puede Vd. creerlo. Yo conocí también á ese ciego. Se llamaba Pew.

—¡Es verdad! exclamó Silver, en extremo excitado ya, ¡Pew! ese era su nombre, á no caber duda. ¡Ah! parecía un tiburón completo, de veras que sí! Así, si ahora cogemos á este Black Dog, ya tendremos noticias que enviar á nuestro buen Patrón el Caballero Trelawney. Ben es un buen galgo; creo que pocos marineros tendrán piernas más ligeras que él. ¡Rayos y truenos! yo creo que debería acogotarlo y traérnoslo aquí bien agarrotado. ¿Con que estaba hablando de estirar la quilla, eh? ¡No le daré yo mal tirón de quilla al belitre si me lo traen!

Todo el tiempo que gastó en disparar esa andanaba de amenazas, no cesó de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían de nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con el Black Dog en la taberna misma de “El Vigía,” por lo cual me propuse tener la mirada atenta sobre el cocinero de La Española y espiar sus menores movimientos. Pero aquel hombre era demasiado vivo, y demasiado zorro, y sobradamente astuto para mí; y así es que pronto me distraje con la vuelta de los dos sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los cuales llegaban sin aliento confesando que habían perdido el rastro de su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como si fueran ladrones. En aquellos momentos habría yo puesto mi cabeza fiando la inocencia de John Silver.

—Mira tú no más, ahora, Hawkins, dijo este, aquí tienes, un compromiso para un hombre como yo. ¿Qué va á pensar de mí el Caballero Trelawney? ¡Tener yo, aquí, en mi misma casa, á ese hijo de un demonio, bebiendo mi propio rom! No más, ven y díme si no es diablura; y aquí mismo, á mis propios ojos le dejamos todos que tome las de Villadiego! ¡Rayos y truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el Capitán. Tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto que te puse el ojo encima. La cosa es esta: ¿qué puedo yo hacer con esta vieja muleta que es mi apoyo? Cuando yo comenzaba apenas mi carrera de marinero, ya habría sabido yo traerme á ese agua dulce por delante, mano sobre mano, y doblegarlo en una lucha, cuerpo á cuerpo. Sí, entonces lo habría hecho, pero ahora, ¡rayos y truenos...!

En aquel punto cesó de hablar repentinamente, se quedó con la quijada inmóvil y suspensa como si se hubiera acordado de algo.

—¡La cuenta!, prorrumpió al fin; ¡tres pases de rom! ¡mil carronadas! ¡pues no había yo olvidado ya la cuenta!

Y dejándose caer en un banco, al decir esto, prorrumpió en una risotada tan sostenida que las lágrimas concluyeron por rodar sobre su rostro. No pude impedirme el imitarle, así fué que reímos juntos, una carcajada tras de otra hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras risotadas.

—¡Vamos! ¡pues bonita foca soy yo!, dijo al fin, enjugándose las mejillas; tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues á permitírmelo el diablo cree tú que yo no sería más que pajecillo de á bordo, como tú. Pero ahora, ¡que le vamos á hacer! ya no es tiempo para pensar patrañas. El deber es lo primero, camarada, así es que voy á ponerme en seguida mi viejo sombrero montado y marchar sin pérdida de tiempo contigo á ver al Caballero Trelawney y á contarle lo que aquí ha pasado. Porque, acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú ni yo saldremos de ello con lo que pomposamente llamaré crédito. Ni tú tampoco, dije... ¡vaya con el tonto! Los dos estamos ahora tontos de capirote. Pero ¡voto á San Jorge, aquel sí que supo hacerla con mi cuenta!

Y diciendo esto, comenzó á reir de nuevo con todas sus ganas y con tal fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni maldita sea la gracia á lo que acababa de decir, me ví arrastrado de nuevo á acompañarle en su estrepitosa carcajada.

En nuestra pequeña excursión á lo largo de los muelles se manifestó conmigo el más servicial é interesante compañero, explicándome cerca de cada uno de los principales buques junto á los cuales pasábamos todo lo relativo á su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se ejecutaban, si el uno estaba á la carga y el otro á la descarga, si el de más allá estaba listo para zarpar y á cada paso entreverando divertidas anécdotas, de navíos y navegantes, ó repitiéndome las frases del tecnicismo de á bordo hasta que yo las aprendía perfectamente. Entonces comencé á creer que aquel hombre era positivamente uno de los mejores marinos posibles.

Cuando llegamos á la posada el Caballero y el Doctor Livesey estaban sentados juntos concluyendo alegremente de apurar una botella de cerveza con su brindis correspondiente, antes de que se pusieran en marcha para ir á hacer á La Española una visita de inspección.

John Silver les refirió lo que acababa de suceder, del pe al pa, con una verba llena de animación y conservando la más perfecta verdad en su relato.

—Eso fué lo que sucedió, ¿no es verdad Hawkins? se interrumpía de vez en cuando, á cuya interpelación, por supuesto, tenía yo que contestar afirmativamente.

Los dos caballeros deploraron mucho que Black Dog se hubiese escapado, pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual, después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su muleta de nuevo y se marchó á su taberna.

—Todo el mundo á bordo, esta tarde á las cuatro, le gritó el Caballero, cuando ya él iba alejándose.

—¡Bravo, bravo, bravo! clamó el cocinero con entusiasmo y siguiendo su camino.

—Oigame Vd., Sr. Trelawney, dijo el Doctor, por regla general yo no tengo una gran fe en los descubrimientos de Vd., mas por lo que hace á este John Silver debo confesarle que me satisface por completo.

—Un hombre como él es “triunfo” en mano, declaró el Caballero.

—Y ahora, añadió el Doctor, opino que Jim debe venir con nosotros á bordo, ¿no le parece á Vd.?

—Estoy de acuerdo, replicó el Sr. Trelawney. Toma tu sombrero, Hawkins, y vamos á ver ese famoso buque.

 *

CAPÍTULO IX: Pólvora y armas

La Española estaba á una distancia considerable y nosotros hicimos nuestro camino entre las elaboradas y elegantes proas de unos buques y las popas de otros, cuyo cordaje y vergas, unas veces se liaban y yacían bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras cabezas. Por último llegamos á nuestro barco en el cual nos recibió, en cuanto saltamos á bordo, el piloto, Sr. Arrow, un viejo marino de faz morena con arracadas en sus orejas y que, por desdicha, tenía los ojos torcidos. El Caballero y él parecían congeniar bastante y llevarse en muy buenos términos, pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo tratándose de las relaciones del mismo Sr. de Trelawney con el Capitán de La Española.

Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino tras de nosotros y dijo:

—Caballero: el Capitán Smollet desea hablar con Vd.

—Siempre estoy á las órdenes del Capitán, contestó el Caballero. Hágale Vd. pasar adelante.

El Capitán que estaba muy cerca de su mensajero entró en el acto y cerró la puerta tras de sí.

—Ahora bien, Capitán Smollet, ¿qué es lo que Vd. tiene que decirnos? Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos navegantes y verdadera gente de mar.

—Vea Vd., señor, contestó el Capitán, creo que hablar sin rodeos es siempre lo más práctico, aun á riesgo de parecer que se ofende. Hé aquí mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.

—Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta á Vd. el buque?, añadió el Caballero, bastante molesto, á lo que me pareció.

—En cuanto á eso nada puedo decir, puesto que no lo he visto moverse aún. Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo decir.

—Es también muy posible que le disguste á Vd. el Patrón, recalcó el Caballero.

En este punto el Doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo:

—Un momento, señores, un momento, si Vds. gustan. Esas preguntas no conducen á nada más que á creer una mala voluntad perjudicial. Yo creo que el Capitán, ó ha dicho demasiado ó ha dicho muy poco, y me creo en el deber de requerirle para que nos explique sus palabras. Ha dicho Vd. para comenzar, que no le gusta este viaje. Veamos... ¿por qué?

—Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que llamamos nosotros “pliego cerrado.” Se me ha requerido simplemente para gobernar un navío, llevándolo al punto y rumbo que me designase el contratante. Hasta allí todo estaba bueno. Pero ahora me encuentro con que todos y cada uno de los hombres de la tripulación, saben mucho más que yo acerca de nuestro viaje. Yo no puedo calificar esto de recto ni de natural; ¿tengo razón?

—Sí, sí la tiene Vd., dijo el Doctor.

—En seguida he sabido, por mis propios marinos, que vamos en busca de un tesoro—no olvide Vd. que son ellos los que me lo hacen saber. Ahora bien, eso de tesoro es cosa que tiene sus peligros. Á mí no me gustan viajes de tesoros por ningún motivo, más cuando son secretos, y sobre todo—perdóneme el Sr. Trelawney—cuando el tal secreto ha sido confiado al loro.

—¿Al loro de Silver?, preguntó el Caballero.

—He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha sido divulgado. Yo tengo la creencia de que ninguno de Vds., caballeros, sabe bien en lo que se ha metido. Les diré, pues, mí opinión lisa y llana: este es asunto de vida ó muerte y un albur positivamente delicado.

—Así lo veo yo, dijo el Doctor, y me parece que es tan claro como cierto. Estamos á las contingencias, aunque no nos encontramos tan en tinieblas como Vd. lo supone. Pero añadió Vd. también que no le gusta la tripulación, ¿cree Vd. que los nuestros no son verdaderos marinos?

—No me agradan, señor, insistió el Capitán Smollet. Me parece que se me debió haber dejado elegir mis hombres, yendo á una expedición como la que vamos.

—Quizás tenga Vd. razón, replicó el Doctor. Tal vez hubiera sido mejor que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con Vd. Pero puede creer que la falta, si la hubo, fué enteramente involuntaria. Por último, dijo Vd. que tampoco le gusta su segundo el Sr. Arrow.

—Así es, señor. Yo creo que es un buen marino, pero se roza demasiado familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto debe siempre darse á respetar, y no permitirse brindar, como éste, en compañía íntima, con los marineros.

—¿Quiere Vd. decir que el hombre bebe?, exclamó el Caballero.

—No señor; solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente con los hombres de la tripulación.

—Está bien, pues, Capitán, dijo el Doctor; pero si hemos de zanjar dificultades, díganos Vd. lo que desea.

—Bien, señores; ¿están Vds. determinados á llevar á cabo esta expedición?

—Contra viento y marea, respondió el Caballero.

—Muy bien, dijo el Capitán. Pero supuesto que ya han tenido Vds. la paciencia de oirme cosas que no me era dable probar, escuchen algunas palabras más. Se está colocando la pólvora y las armas en las bodegas de proa: ¿por qué no ponerlas en un lugar muy á propósito que hay aquí, precisamente debajo del salón? Primer punto. Ahora, segundo: Vds. traen cuatro personas de su propia servidumbre que, según he oído, van á tener sus dormitorios á proa, con los demás hombres ¿por qué no darles los camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?

—¿Hay algo más?, preguntó el Sr. Trelawney.

—Sí, hay todavía otra exigencia, continuó el Capitán. Por desgracia ya se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.

—Sí, demasiado, apoyó el Doctor.

—Diré á Vds. lo que yo mismo he oído, siguió el Capitán: dicen que Vds. poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el lugar exacto en que esas riquezas están enterradas; añaden que la isla está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda exactitud).

—Jamás he dicho yo tal cosa, exclamó el Caballero.

—El hecho es que los hombres lo saben, replicó el Capitán.

—Livesey, tal vez alguna indiscreción de Vd.; ó tal vez tú, Hawkins, exclamó el Sr. Trelawney.

—No hace mucho al caso el averiguar quién haya sido el indiscreto, replicó el Doctor.

Por mi parte, me fué fácil notar que ni él ni el Capitán daban mucho peso á las afirmaciones y protestas del Sr. Trelawney, sin que yo mismo dejara de pensar como ellos, pues me constaba que el Caballero era un charlador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la pura verdad, según creo, y era un hecho que ninguno había revelado la posición geográfica de la isla.

—En hora buena, caballeros, continuó el Capitán; yo no sé en manos de quién está ese mapa, pero pongo por condición estricta que se le mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo el Sr. Arrow, ó de no ser así, renuncio mi puesto en este mismo instante.

—Entiendo, dijo el Doctor; lo que Vd. quiere es que el objeto real se mantenga tan velado como sea posible y que, entre tanto, convirtamos la popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer á bordo. En otras palabras, teme Vd. una rebelión.

—Caballero, dijo gravemente el Capitán Smollet, protestando que no es mi intención el lastimar á Vd., permítame negarle el derecho de poner en mis labios palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno que pudiera juzgarse autorizado para hacerse á la mar, si tuviese las pruebas necesarias para decir lo que Vd. me ha supuesto. Por lo que hace al Piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros tripulantes lo son también sin duda, y quizás lo sean todos, por lo que se ve. Pero Vds. se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada hombre que nuestra goleta lleva á bordo. Me ha parecido que las cosas no iban por un camino muy derecho y he juzgado prudente el pedir á Vds. que se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir.

—Capitán Smollet, comenzó á decir el Doctor con cierta sonrisa en los labios, ¿ha oído Vd. hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y el ratón? Le pido á Vd. mil perdones, pero la verdad es que me ha traído Vd. á la memoria la tal fábula. Cuando Vd. penetró aquí, apuesto mi peluca á que Vd. pensaba más de lo que confiesa.

—Doctor, es Vd. muy listo, respondió el Capitán; cuando entré aquí pensé que se me iba á separar del buque. No me imaginé que el Sr. de Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.

—Y no iba Vd. muy descaminado, exclamó el Caballero. Á no ser por la oportuna mediación de Livesey yo le hubiera enviado á Vd. al diantre. Pero por ahora ya le he escuchado y se hará todo lo que Vd. quiere; mas eso no me impide el creer que está Vd. equivocado en este asunto.

—En cuanto á eso crea Vd. lo que guste, dijo el Capitán. Vd. verá en todo caso, que cumplo con mi deber.

Dicho esto saludó y salió sin decir más.

—Trelawney, dijo el Doctor, contra todo lo que yo me figuraba, veo que Vd. se ha dado trazas de traer á bordo dos hombres honrados: el Capitán Smollet y John Silver.

—Silver, si Vd. lo quiere, gritó el Caballero. En cuanto á este intolerable trampantojo, declaro que su conducta no me parece digna ni de hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.

—Está bien, dijo el Doctor, ya lo veremos.

Cuando subimos sobre cubierta ya los hombres habían comenzado á cambiar de lugar las armas y la pólvora, canturriando mientras trabajaban, en tanto que el Capitán y el Piloto inspeccionaban el traslado.

El nuevo orden de cosas era de todo mi gusto. Todo el arreglo primitivo del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo á babor. Se había dispuesto, al principio, que el Capitán, el Piloto, Hunter, Joyce, el Doctor y el Caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el Sr. Arrow y el Capitán durmiesen sobre cubierta en lo que se llama en náutica la carroza, la cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de casi poder llamarle la toldilla. Era ésta bien baja, ciertamente, pero no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun creo que el Piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque él, quizás, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero esto no pasa de simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo tiempo el beneficio de sus opiniones.

Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas y en el arreglo de las literas y camarotes cuando los últimos dos tripulantes y John Silver con ellos llegaron en un botecito costanero.

El cocinero saltó á bordo con la ligereza de un mono y no bien hubo visto lo que estábamos haciendo, exclamó:

—Hola muchachos, ¿de qué se trata?

—Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve Vd., respondió un marinero.

-¿Por qué, con mil diablos?, prorrumpió Silver. ¡Si nos entretenemos en eso vamos á perder la marea de la mañana!

—Yo lo he mandado, dijo el Capitán secamente. Vd., amigo, bájese á su cocina que las gentes deben sentir ganas de cenar antes de mucho.

—Corriendo, corriendo, contestó el cocinero y tocándose, por vía de reverencia, la melena; y desapareció en el acto en dirección de su galera.

—Ese es un buen hombre, Capitán, dijo el Doctor.

—Es muy posible, Caballero, replicó el Capitán, en paz con ese, en paz con todos. Dió prisa, en seguida, á los que estaban cambiando la pólvora, y de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido examinando el eslabón de vuelta que traíamos en medio del navío, me gritó con aspereza:

—¡Hola tú, grumete, largo de ahí! Márchate á la cocina y busca algo que hacer.

Y aunque me dí prisa á obedecer su mandato, le oí todavía decir, en voz bien alta, al Doctor:

—Yo no traigo favoritos en mi navío.

Puedo asegurar á Vds. que en aquellos momentos superabundaba yo en las opiniones y sentimientos del Sr. Trelawney respecto del Capitán, á quien aborrecía con todas mis fuerzas.

 *

CAPÍTULO X: El viaje

Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento alistándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de otro, botes llenos de amigos del Caballero, como el Sr. Blandy y otros por el estilo que iban á desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca en nuestro “Almirante Benbow” tuve una noche semejante, ni siquiera la mitad del quehacer que tuve en ésta, y puede creérseme que estaba ya rendido de cansancio cuando un poco antes del alba, el contramaestre hizo sonar su silbato y la tripulación toda comenzó á maniobrar al cabrestante. Pero aunque hubiera sido doble de la que era mi fatiga no me hubiera separado de sobre cubierta. Todo aquello era nuevo é interesante para mí, las concisas órdenes, la penetrante nota del silbato y los marineros moviéndose hacia sus lugares al ténue resplandor de las linternas del navío.

—Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa, gritó una voz.

—La conocida, añadió otra.

—Vaya por la vieja conocida, camaradas, dijo Silver que estaba allí de pie, con su muleta bajo el brazo; y al punto prorrumpió en aquella horrible cantinela que me era tan conocida:

Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto.

Á lo cual la tripulación entera contestaba en coro:

Son quince ¡yo—ho—hó! son quince ¡viva el rom!

Y á la tercera repetición del coro, empujó las barras del cabrestante al frente de ellos con gran brío.

Mas aun en aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me trasladaba con la imaginación en un segundo, á mi vieja posada del “Almirante Benbow” en la cual oía de nuevo la voz de aquel Capitán sobresaliendo sobre el coro entero. Pero muy pronto el ancla estaba ya fuera y se la dejaba colgar, escurriendo junto á la proa. Pronto se izaron también las velas que comenzaron á hincharse suavemente con la brisa, y las costas y los buques empezaron á desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal manera que, antes de que hubiera ido á buscar en el sueño una hora de descanso, ya La Española había zarpado gentilmente, empezando su viaje hacía la Isla del Tesoro.

No es mi ánimo referir todos y cada uno de los detalles de ese viaje: básteme decir que fué en extremo próspero; que nuestra goleta dió pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes eran, todos, marineros experimentados, y que el Capitán entendía muy bien lo que traía entre manos. Pero antes de que llegá semos cerca de las costas de la Isla del Tesoro, acontecieron dos ó tres cosas que es indispensable referir para la inteligencia de esta narración.

Arrow, el Piloto, pronto se volvió mucho peor de lo que el Capitán había temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los cuales hacían con él lo que mejor les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino que uno ó dos días después de nuestra partida comenzó á presentarse sobre cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la lengua torpe y todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez y otra se le tuvo que mandar á la cala, castigado. Algunas veces se caía rompiéndose la cara; otras se echaba el día entero en su tarimón al lado de la toldilla. Como una reacción, que duraba uno ó dos días, se le miraba sobrio y listo atender á su trabajo, por lo menos pasablemente.

Pero entre tanto nosotros no podíamos averiguar en dónde tomaba lo que bebía; este era el secreto misterioso de nuestro buque. Nuestra vigilancia redoblada y multiplicada nada pudo; fué inútil cuanto hicimos para descubrirlo. Solíamos preguntárselo abiertamente y entonces, una de dos; ó nos reía á las barbas si estaba borracho, ó nos negaba tercamente que se embriagase si acontecía que estuviera en su juicio, protestando que no probaba nada que no fuese agua.

No solamente era inútil en su calidad de oficial del buque, y pésimo como fuente de malas influencias entre los hombres de la tripulación, sino que se veía muy claramente que, al paso que iba, muy pronto acabaría por matarse contra todo derecho. Así es que nadie se sorprendió ni se apenó mucho tampoco cuando en una noche muy oscura en que la mar parecía menos sosegada que de costumbre el hombre aquel desapareció sin que hubiéramos vuelto á verle más.

—¡Hombre al agua!, dijo el Capitán. En hora buena, señores, esto nos ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.

La cosa es que, desaparecido él, nos encontrábamos enteramente sin piloto y era preciso, en consecuencia, ascender á uno de los tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de á bordo, así fué que, aunque conservando su título primitivo, pasó á desempeñar el cargo de piloto. El Sr. Trelawney que había estudiado la marina y viajado mucho, como se recordará, tenía conocimientos que le hacían muy útil en aquellas circunstancias, y realmente los puso en práctica ejerciendo la vigilancia propia del piloto en los días en que el tiempo era propicio. En cuanto al timonel Israel Hands, era un viejo y experimentado marino, cuidadoso y astuto, de quien podía uno fiarse en todo y para todo.

Era este el gran confidente de Silver, cuyo nombre me lleva á hablar de nuestro cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.

Á bordo de la embarcación cargaba este su muleta suspendiéndola al cuello por medio de un acollador, á fin de tener ambas manos libres y expeditas lo más que podía. Era digno de llamar la atención el verle acuñar el pie de su muleta contra la abertura de alguna tablazón y apoyándose en ella, despachar bonitamente su cocina, como podría hacerlo algún hombre sano y completo en tierra. Pero todavía era más extraño verle en los días de tiempo más malo atravesar la cubierta. Veíasele trasladarse de un lugar á otro, ya usando su muleta, ya arrastrándola tras sí por medio del acollador, tan rápida y expeditamente como pudiera hacerlo un hombre que tuviera el uso de sus dos piernas. Y sin embargo, algunos de los marineros, aquellos que ya habían hecho otras travesías con él, decían que daba lástima el verle tan abatido.

—Este Barbacoa no es un hombre común; me decía una vez el timonel. Allá en sus mocedades tuvo sus estudios y, cuando se ofrece, puede hablar como un libro. Y valiente, ¡eso sí! Un león es nada comparado con Barbacoa. Yo le he visto despachar á cuatro enemigos, de una sola vez, haciéndoles morder el polvo, y sin tener él una sola arma en la mano.

Toda la tripulación le respetaba y aun puedo decir que le obedecía. Poseía un modo muy peculiar de insinuarse al hablar á cada uno, y siempre hallaba ocasión de hacer á todos un pequeño servicio. Respecto á mí, Silver era siempre extraordinariamente amable y siempre se mostraba contento de verme aparecer en su galera, que tenía siempre limpia y brillante como un espejo: las cacerolas colgaban bruñidas y lustrosas y su loro estaba en su reluciente jaula, en un rincón.

—Ven acá, Hawkins, ven acá, solía decirme. Ven á echar un párrafo con tu amigo John. Nadie más bien venido que tú, hijo mío. Siéntate y ven á oir lo que pasa. Aquí tienes al Capitán Flint—así le llamo yo á mi loro en memoria del célebre filibustero—aquí tienes al Capitán Flint, prediciéndonos el buen éxito de nuestro viaje. ¿No es verdad Capitán?

Y el perico, como si le dieran cuerda se soltaba gritando:

—¡Piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho!, y esto con una rapidez tal, que había que maravillarse de cómo no se le acababa el aliento; y no cesaba hasta que Silver no sacudía su pañuelo sobre la jaula del animal.

—Ahora bien, Hawkins, allí donde lo ves, ese pájaro debe tener ya lo menos doscientos años. Casi todos ellos son poco menos que eternos y yo creo, respecto de este, que solamente el diablo habrá visto más atrocidades y horrores que él. Figúrate que éste fué del Capitán England, del célebre y gran pirata England. Ha estado en Madagascar y en Malabar; en Surinam, en Providencia y en Porto Bello. Este asistió á la exploración y repesca de los buques cargados de plata echados á pique, y allí fué donde aprendió su refrán de “Piezas de á ocho” lo cual no es muy de maravillar, porque, figúrate Hawkins, que se sacaron de ellas más de trescientas y cincuenta mil. Concurrió también al abordaje del Virrey de las Indias, cerca de Goa, y al verle ahora, se creería que entonces estaba recién nacido. Pero ya has olido la pólvora, ¿no es verdad Capitán?

—¡Prepárate para el zafarrancho!, gritó el animal.

—¡Ah! este animalito es un joya, añadía el cocinero, alargándole trozos de azúcar que sacaba de sus faltriqueras. Entonces el pájaro se pegaba á los barrotes de su jaula y comenzaba á jurar y á maldecir redondo, de una manera tan llena de maldad, que parecía increíble. Entonces John se veía obligado á añadir:

—El que entre la brea anda, que pegarse tiene. Aquí tienes, si no, á este inocente animalito mío, jurando como un desesperado y no por eso lo debemos acusar. Puedes creer que lo mismo juraría, vamos al decir, delante de monjas capuchinas y frailes descalzos.

Y John entonces se tocaba su melena de aquel modo solemne y peculiar que él tenía y que me confirmaba á mí en la creencia de que aquel era el mejor de los hombres.

En el entretanto, el Caballero y el Capitán continuaban todavía sus relaciones en términos muy poco amistosos. El Caballero no hacía gran misterio de sus sentimientos, sino que menospreciaba claramente al Capitán. Este, por su parte, jamás hablaba sino cuando le dirigían la palabra, y aun en esos casos, corto y seco y brusco, y ni una palabra inútil. Reconocía, cuando se le llevaba á un rincón, que había estado injusto y equivocado acerca de su tripulación; que algunos de sus hombres eran tan vigorosos y aptos como él pudiera desearlos y que todos se habían conducido hasta allí perfectamente bien.

Por lo que respecta á la goleta, estaba el hombre enamorado de ella, y solía decir:

Siempre está lista para enfilar el viento, con más docilidad y ligereza que si fuera una buena esposa complaciendo á su marido. No obstante—añadía—todavía no estamos de vuelta en casa, y repito que no me gusta esta expedición.

—Á estas últimas palabras, el Caballero volvía la espalda y se ponía á recorrer la cubierta, dando aquel hombre al diablo como de costumbre.

—Una chanzoneta más de ese hombre, y un día de estos estallo, solía decir.

Tuvimos un poco de mal tiempo, lo cual sirvió para probarnos las buenas cualidades de La Española. Todos y cada uno de los hombres de á bordo parecían contentos, y la verdad es, que hubieran pecado de sobra de exigencia si hubiera sido de otra manera, pues tengo para mí que jamás tripulación alguna estuvo más mimada y consentida desde que el Patriarca Noé navegó en su bíblica arca. Con el menor pretexto doblábase el rom cuotidiano, y el pudding de harina en días extraordinarios, por ejemplo, si el Caballero sabía que era el cumpleaños de alguno de los marineros, y nunca faltaba un barril de buenas manzanas, abierto y colocado en el combés, para que se despachara por su mano todo aquel á quien le viniera el antojo de comerlas.

—Nunca he visto cosa buena salir de tratamientos parecidos, hasta ahora, decía el Capitán al Dr. Livesey. Al que cuervos cría, éstos le sacan los ojos: esta es simplemente mi opinión.

Sin embargo, cosa buena resultó del barril de manzanas como se verá muy pronto, que á no haber sido por él, nada nos habría prevenido á tiempo y habríamos todos perecido á manos de la traición y de la infamia.

Hé aquí lo que sucedió: habíamos hasta entonces navegado á favor de los vientos alisios para ponernos en dirección de la isla que buscábamos. No me es permitido ser más explícito. Y á la sazón bajábamos ya en sentido opuesto manteniendo una asidua y cuidadosa vigilancia de día y de noche. Aquél era ya el último día, según el más largo cómputo presupuesto para el viaje, y de un momento á otro aquella noche, ó á más tardar la mañana siguiente antes de medio día deberíamos llegar á la vista de la Isla del Tesoro. Nuestra proa enfilaba al Sur-Suroeste y llevábamos una firme brisa de baos, con una mar muy quieta. La Española se deslizaba con seguridad, sumergiendo en las ondas de cuando en cuando su bauprés, y produciendo con él algo como pequeñas explosiones de espuma; todo seguía su curso natural desde las gavias hasta la quilla, y todos parecían llenos del más esforzado ánimo, supuesto que ya casi tocábamos con la mano, por decirlo así, el fin de la primera parte de nuestra aventura.

En tales condiciones y ya mucho después de puesto el sol, cuando mi trabajo del día estaba concluido y ya me iba en derechura á mi camarote para dormir, ocurrióseme el deseo de comer una manzana. Subí sobre cubierta. La vigilancia estaba toda á proa, como es natural, en espera de descubrir la isla. El timonel observaba la orza de la vela y se divertía silbando alegremente. Este era el ruido único que se escuchaba, á excepción del rumor del mar que hendía la proa y que murmuraba suavemente sobre los costados de la goleta.

Me lancé gentilmente hasta el fondo del gran barril de las manzanas en busca de alguna, y me encontré con que apenas si habían quedado en sus profundidades una ó dos. Crucéme de piernas tranquilamente en aquel fondo oscuro, sin más intención que la de concluir con mi manzana; pero ya fuese el monótono rumor del mar, ya el suave balanceo de la goleta en aquel momento, el hecho es, ó que dormité por unos instantes ó que estuve á punto de hacerlo, cuando un hombre pesado se sentó repentinamente junto á mi escondite. El barril se estremeció cuando aquel hombre recargó su espalda y ya iba yo á saltar afuera cuando el recién venido comenzó á hablar. Era la voz de Silver y no había yo oído una docena de palabras todavía, cuando ya no hubiera osado mostrarme ni por todo el oro del mundo. Quedéme, pues, allí, trémulo y atento, en el último extremo de la angustia y de la curiosidad, porque aquellas pocas palabras bastaron para darme á entender que las vidas de todos los hombres honrados que iban á bordo dependían de mí solamente.

 *

CAPÍTULO XI: Lo que oí desde el barril

—¡No! ¡yo no!, decía Silver. Flint era el Capitán: yo no era más que contramaestre, con mi pierna de palo. En el mismo abordaje perdimos, yo mi pierna y el viejo Pew la vista. Me acuerdo que fué un cirujano recibido, con su título con muchos latines, que no había más que pedir, el que me aserró esta pierna; pero todas sus retóricas y sus serruchos no lo libraron de que lo ahorcáramos como á un perro y lo dejáramos secándose al sol en el castillo del Corso. ¡Esos eran los hombres de Flint, esos, sí señor! Eso también fué el resultado de cambiar nombre á sus navíos, Royal Fortune y otros. Pero yo digo que el nombre con que han bautizado á un navío es el que debe quedársele. Así sucedió con La Casandra que nos trajo sanos y salvos á nuestra casa después que England se apoderó del Virrey de Indias, y lo mismo con el viejo Walrus que era el antiguo buque de Flint y que yo ví rojo de sangre de popa á proa, algunas veces, y otras repleto de oro hasta zozobrar con su peso.

—¡Ah!, exclamó otra voz, que luego conocí por la del más joven de los de la tripulación, y que expresaba la admiración más completa; ¡ah! ¡Flint sí que era la flor de toda esa banda!

—Davis también era todo un hombre cabal, no lo dudes, dijo Silver; yo nunca navegué con él, sin embargo. Mi historia es esta: primero con England, luego con Flint y ahora por mi cuenta... ¡vamos al decir! Yo pude ahorrar novecientas libras durante mi servicio con England y dos mil con Flint. Ya ves tú que eso no es poco para un simple marinero. Y todo eso bien guardadito en el banco, muy guardado, no te quepa duda, ¿Y qué se ha hecho hoy de los hombres de England? ¡No sé! ¿Y de los de Flint? En cuanto á esos, la mayor parte están aquí, á bordo, con nosotros. Al viejo Pew que había perdido la vista le tocaron mil doscientas libras que—vergüenza da decirlo—gastó completamente en un año, como puede hacerlo un Lord del Parlamento. ¿En dónde está ahora? Muerto, bien muerto y bajo escotillas. Pero, dos años antes de morir... ¿qué hizo? ¡mil tempestades! ladrar de hambre como un perro; pedir limosna, mendigar, robar, degollar gentes y con todo eso morirse de hambre y de miseria... ¡voto al demonio!

—Voy creyendo que no sirve, pues, de mucho la carrera, observó el joven catecúmeno de Silver.

—No le sirve de mucho á los manirrotos y locos; por supuesto que no, replicó Silver. Pero en cuanto á tí, mira; tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto te puse el ojo encima, y ya ves que te hablo como á un hombre hecho.

Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oir á este viejo y abominable bribón dirigiendo á otro las mismísimas palabras aduladoras que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con todo mi corazón lo habría anonadado á través de mi barril. Pero él prosiguió, entre tanto, muy ajeno de que alguien le estaba escuchando:

—Mira tú lo que sucede con los caballeros de la fortuna. Se pasan una vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo, pero comen y beben como canónigos y abades, y cuando han llevado á cabo una buena expedición, ¡cá! entonces... entonces los ves ponerse en las faltriqueras miles de libras, en vez de puñaditos de miserables peniques. Ahora, los más de ellos lo botan en orgías y francachelas, también eso es cierto, y luego los ves volviendo al mar, en camisa, como quien dice. Pero á fe que yo no he ido por semejante vereda. ¡No, que no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito aquí, otro poco acullá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas inútiles y peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fíjate bien, y una vez de vuelta de esta expedición me establezco como un perezoso rentista. Ya es tiempo de ello, me parece que replicas. ¡Ah, sí! pero puedo asegurarte que entre tanto he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me haya pedido el cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto, día por día, excepto cuando viajo por el agua salada, ¿Y cómo comencé? Pues ni más ni menos que como tú ahora, de puro y simple marinero.

—Bueno, replicó el joven; pero lo que es ahora, todo ese otro dinero es como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque á buen seguro que después de esta expedición ¡vaya Vd. á dar la cara en Brístol!

—¡Bah! contestó Silver irónicamente. ¿Pues en dónde te figuras tú que ese dinero estaba?

—Pues... en Brístol, es claro, en los bancos y á rédito; contestó su interlocutor.

—Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero á la hora que es, mi mujer... ya tú me entiendes... mi mujer lo tiene ya bien realizado, y todo en su poder. La taberna del “Vigía” está ya vendida, ó arrendada, ó regalada ó qué sé yo. Pero en cuanto á la muchacha, yo te aseguro que ya ella ha salido de Brístol para reunírseme. Yo te diría de muy buena gana en dónde va á esperarme, pero esto haría que nacieran celos entre tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.

—¿Y tiene Vd. plena confianza en su... mujer, como Vd. la llama?, preguntó el catecúmeno.

—Los caballeros de la fortuna, replicó el cocinero, generalmente somos poco confiados entre nosotros mismos, y á fe que—puedes creerlo—no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme una celada... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de que no le será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había algunos que le tenían miedo á Pew; otros que se aterrorizaban de Flint, pero yo te digo que el mismo Flint no las tenía todas consigo tratándose de mí, con ser quien era. Sí que me tenía miedo, y eso que estaba orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido sobre los mares una tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de que el diablo mismo hubiera temido ir con ella á bordo. Pues, sin embargo, ya tú me ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, y sé hacer la compañía con todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy. Pero cuando era yo contramaestre... ¡ah, diablo! entonces sí que no podía decirse de ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que fuese un corderito. ¡Ah! yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de tí mismo en este navío del viejo John.

—Está bien, replicó el mancebo; ahora le diré á Vd. que cuando vine aquí no me gustaba el proyecto, ni tanto así; pero ahora que ya hemos tenido esta explicación, John, ya sabe Vd. que cuentan conmigo, suceda lo que suceda.

—Mucho que me alegro, porque tu eres un mocito de provecho, contestó Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más cordial. Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la tuya para ser uno de los caballeros de fortuna.

Al llegar aquí yo ya había comenzado á comprender que por caballeros de la fortuna entendían aquellos hombres ni más ni menos que piratas comunes y corrientes y que aquella pequeña escena que yo había oído, era nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres honrados que iban á bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante, pronto debía recibir algún consuelo sobre este particular como se verá luego. Silver, en aquel momento dejó oir un ligero silbido y un tercer personaje apareció muy pronto y vino á reunirse á aquel conciliábulo.

—Dick es hombre de pelo en pecho, dijo Silver al recién venido.

—¡Oh! eso ya me lo sabía yo, replicó una voz que reconocí al punto por la del timonel Israel Hands. Este Dick no tiene un pelo de tonto. Pero vamos allá, prosiguió; lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa; ¿tanto tiempo nos vamos todavía á quedar afuera en esta especie de maldito bote vivandero? Yo digo que ya tengo bastante de Capitán Smollet, con mil diablos; ya bastante me ha aburrido, y ya quiero poder instalarme en su cámara; ya quiero sus pickles, ya quiero sus vinos, ya quiero todo eso.

—Israel, le replicó Silver, tú has tenido ahora y siempre cabeza de chorlito. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es esto? Abre, pues, las orejas, que bien grandes las tienes para oirme lo que te voy á decir ahora mismo: seguirás durmiendo á proa, y seguirás pasándola penosamente y seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la mayor mesura hasta que yo dé la voz, y entre tanto te conformarás con lo que te digo.

—Está bien, yo no digo que no, gruñó el timonel. Lo único que yo digo es esto: ¿cuándo? ¡Eso es todo!

—¿Cuándo? ¡mil tempestades!, exclamó Silver. Con que cuándo, ¿eh? Pues mira, puesto que lo quieres, voy á decirte cuando. Hasta el último momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos á un excelente marino, á este Capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro el bendito buque. Aquí traemos igualmente á ese Caballero y á ese Doctor con su mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni Vds. sabemos en dónde diablos las guardan. Enhorabuena; entonces tenemos que aguardar que este Caballero y este Doctor encuentren la hucha y nos ayuden hasta á ponerla á bordo del buque, con cien mil diantres. Entonces veremos. Si yo estuviera bien seguro de Vds., hijos del demonio, dejaría al Capitán Smollet que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el golpe definitivo.

—¿Acaso no somos marinos todos los que estamos aquí á bordo? Yo creo que sí, dijo el muchacho Dick.

—Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es verdad?, prorrumpió Silver. Nosotros podemos seguir una dirección dada, ¿pero quién puede darnos esta? He ahí en lo que se dividen todas las opiniones de Vds. desde el primero hasta el último. En cuanto á mí, si yo pudiera obrar conforme á mi solo deseo, dejaría al Capitán Smollet que nos llevara hasta última hora en nuestro regreso, para no exponernos á cálculos erróneos y á andar luego á ración de agua por esos mares del diablo. Pero yo se muy bien qué casta de bichos son Vds. y... no hay remedio, acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado á poner la hucha á bordo, lo cual es una lástima. ¡Que reviente yo en hora mala si no es cosa que enfullina y disgusta el navegar con zopencos como Vds.!

—Eso sí que es hablar por hablar, exclamó Israel. ¿Quién te da motivo para enojarte, John?

—¡Hablar por hablar!, replicó exaltado Silver. ¿Pues cuántos navíos de alto bordo te figuras tú que he visto al abordaje, y cuantos vigorosos muchachos secándose al sol en la Plaza de los Ajusticiados y todo esto solamente por esta maldita prisa? ¿Me oyes bien? Pues mira; yo he visto una que otra cosa en el mar, puedes creerlo, y te digo que si Vds. se limitaran á poner sus velas siguiendo el viento que sopla, llegarían, sin duda, un día al punto de arrastrar carrozas, ¡por supuesto! ¡Ah! ¡pero no será así! Los conozco muy bien á Vds. Comenzarán por andar de taberna en taberna, ahitos de rom, y mañana ú otro día ya irán por sus pasos contados á hacerse ahorcar.

—Todos sabíamos bien que tú has sido siempre una especie de abad, John. Pero hay otros que han podido maniobrar y gobernar tan bien como tú, dijo Israel. Y sin embargo, á ellos les gustaba un poco el jaleo y la diversión. Ellos no eran tan entonados ni tan severos, después de todo, sino que entraban á la bromita, tomando su parte como camaradas alegres y de buen humor.

—Es verdad, dice Silver, es muy verdad. Sólo que ¿en donde están esos á la hora presente? Pew era de ese jaez y ha muerto de limosnero. Flint era también así y murió de rom en Savannah. ¡Oh! muy alegres y muy divertidos que eran, sí señor; pero lo repito, ¿en dónde están ahora?

—Todo eso está muy bien, interrumpió Dick, pero lo que yo pregunto es esto: cuando demos el golpe y tengamos á nuestros hombres pie con mano, ¿qué vamos á hacer con ellos?

—Eso se llama hablar en plata, dijo Silver con un tono de gran admiración. Este muchacho me gusta. ¡Al negocio y sólo al negocio! Está bien; pero Vds. ¿qué opinan? ¿Los dejamos en tierra en esa isla desierta como Robinsones? Eso sería lo que hubiera hecho England. ¿Ó los degollamos sencillamente como á cerdos? Este hubiera sido el procedimiento de Flint ó de Billy Bones.

—Billy era el hombre para estas cosas, dijo Israel. “Los muertos no muerden,” solía decir. El muy taimado ya sabe á qué atenerse sobre ese punto, puesto que ya él mismo está debajo de tierra, pero si alguna vez mano alguna fué dura é implacable, esa era sin duda la de Billy.

—Tienes razón, observó Silver, dura, pero pronta. Ahora bien, entendámonos. Yo soy un hombre complaciente, casi un caballero, como Vds. dicen; pero amigos míos, por hoy la cosa es seria. El deber es el deber, y este antes que todo. He aquí cual es mi parecer: matarlos. Cuando yo me haya convertido en un Lord, y ande tirado en carrozas, no quiero que ninguno de estos tinterillos de primera cámara, se me pueda aparecer un día, cuando menos lo espere, como el diablo á la hora del rezo. Pero lo único que digo es esto: aguardemos, y cuando el tiempo oportuno llegue démonos gusto degollando á uno tras otro.

—¡John, exclamó el timonel, eres todo un hombre!

—Ya dirás eso cuando me veas á la obra, Israel, dijo Silver. Para entonces no reclamo más que una cosa, y es que no me quiten á Trelawney. Quiero darme el placer de cortar con mis propias manos esa cabeza de res.

Y como cortando la conversación repentinamente, añadió:

—Oye, Dick, salta y dame una manzana de aquí del barril, para remojarme un poco el gaznate.

Se comprenderá el espantoso terror que sentí al escuchar esto. Hubiera yo saltado y echado á correr, si hubiera tenido la fuerza suficiente para ello, pero no tuve ni piernas ni ánimo y permanecí inmóvil. Oí que Dick comenzaba á levantarse, pero en el instante mismo alguien lo contuvo y se oyó la voz de Hands, decir:

—¡Oh! ¡deja eso! no vas á chupar semejante pantoque, John. Echemos una ronda de lo fino.

—Tienes razón, Dick, dijo Silver. En el barril del rom tengo puesta una sonda, con su llave respectiva. Llénate una vasija y súbela en seguida.

Terrificado como estaba, no pude impedirme el pensar que así quedaba explicado el misterio de la fuente en que el piloto Arrow bebía las aguas que acabaron por matarle.

Dick se fué por un rato no muy largo, pero durante su ausencia Israel habló al oído del cocinero en voz muy baja pero animada. Yo pude apenas recoger dos ó tres frases, pero en ellas supe, sin embargo, algo interesante, pues además de otras palabras que tendían á confirmarlo, esto llegó muy distintamente á mis oídos:

—Ninguno otro de ellos quiere ya entrar en el negocio.

Claro era, por lo tanto, que todavía nos quedaban hombres leales á bordo.

Cuando Dick volvió, cada uno de los del terno aquel tomó sucesivamente la vasija del rom y le hizo los honores concienzudamente, bebiendo, el uno “¡al buen éxito!” otro “¡por el viejo Flint!” y cerrando Silver la ronda con estas palabras:

¡A nuestra salud! y orza al estribor

¡Presas y fortuna! ¡dinero y amor!

En aquel punto cierta claridad cayó sobre mí, adentro del barril; alcé la vista y me encontré con que la luna acababa de aparecer en el cielo, plateaba la gavia de mesana y comunicaba un tinte blanquecino á la palma del trinquete. Casi en el mismo instante la voz del vigía se alzó gritando:

—¡Tierra! ¡tierra! 

*

CAPÍTULO XII: Consejo de guerra

Pasos precipitados sonaron por donde quiera al grito de ¡tierra! apresurándose todos á subir sobre cubierta, tanto mis amigos de la cámara de popa como las gentes de la tripulación. Yo salté rápidamente afuera de mi barril; me deslicé cubriéndome con la vela de trinquete, dí la vuelta hacia el alcázar de popa y volví sobre cubierta por el camino de todos los demás, á tiempo de reunírmeles en el acto de acudir á proa.

Todo el mundo estaba ya congregado allí. Una cinta de niebla se había alzado casi al mismo tiempo que aparecía la luna. Allá á lo lejos, hacia el sudoeste, divisábamos dos montañas no muy altas, como á unas dos millas de distancia y por encima de una de ellas aparecía una tercera eminencia, notablemente más alta que las otras, y cuya cumbre se miraba todavía envuelta entre las gasas de la niebla. Las tres parecían de figura aguzada y cónica.

Esto fué, á lo menos, lo que yo creí ver, puesto que aún no me recobraba de mis terrores de hacía dos ó tres minutos. En seguida oí la voz del Capitán Smollet dando órdenes. La Española fué puesta unos dos puntos más cerca de la dirección del viento y comenzó á enderezar el rumbo de tal manera que enfilaría precisamente la costa oriental de la isla.

—Y ahora muchachos, dijo el Capitán, cuando la maniobra estuvo ejecutada, ¿alguno de Vds. ha visto esa tierra antes de ahora?

—Yo, dijo Silver. Siendo cocinero de un buque mercante anclamos en ella para proveernos de agua.

—El fondeadero está al Sur, tras un islote, ¿no es esto?, preguntó el Capitán.

—Sí señor, el islote del Esqueleto que le llaman. Este lugar ha sido alguna vez abrigadero de piratas, y un hombre que llevábamos á bordo sabía los nombres de todos aquellos sitios. Aquel cerro al Norte le llaman El Trinquete. Hay tres cerros colocados en línea hacia el Sur y que les llaman, con nombres marinos, El Trinquete, El Mayor y El Mesana. Pero el principal es el más grande, que tiene el pico sumido en la nube. Lo llamaban también el Cerro del Vigía, á causa de la vigilancia que desde su cima mantenían esos hombres, mientras sus embarcaciones permanecían al ancla limpiando sus fondos, con perdón de Vd., porque aquí es donde ellos llevaban á cabo esa operación.

—Aquí tengo un mapa, dijo el Capitán Smollet; vea Vd. si este es el lugar que Vd. dice.

En los ojos de Silver pasó algo como un relámpago de alegría feroz al tomar la carta que le alargaba el Capitán. Pero en el instante mismo en que sus ojos cayeron sobre el papel, le conocí que su esperanza de un segundo sufría una terrible decepción. Aquel no era el mapa encontrado en la maleta de Billy Bones, sino una copia cuidadosa en todos sus detalles, nombres, alturas y sondajes, con la sola excepción de las cruces rojas y de las notas manuscritas. Sin embargo, por aguda que haya sido la contrariedad de Silver, tuvo la presencia de ánimo necesaria para dominarse y aparecer sereno.

—Sí señor, contestó, este es el lugar según entiendo, y muy bien trazado ciertamente. ¿Quién habrá sido el autor de esta carta? Los piratas eran demasiado ignorantes, á lo que creo, para poder dibujar esto. ¡Ah! ¡vamos! aquí está marcado “Ancladero del Capitán Kidd”; precisamente este es el nombre que le dió mi Patrón. Allí existe una fuerte corriente á lo largo de la costa Sud y luego sube en dirección Norte, á lo largo de la costa occidental. Tenía Vd. razón, prosiguió, en ceñir el viento y poner la proa hacia la isla, por lo menos si su intención era que entrásemos luego y carenar allí, porque la verdad es que en todas estas aguas no hay lugar más á propósito que ese.

—Gracias, mi amigo, dijo el Capitán Smollet. Más tarde creo que pediré á Vd. algunos otros informes para ayudarnos en algo. Puede Vd. retirarse.

No pude menos que sorprenderme al ver la sangre fría con que Silver confesaba su conocimiento de la isla. Por mi parte, yo continuaba medio aterrorizado todavía y me sentí más aun cuando ví á aquel hombre acercarse á mí, más y más. Por supuesto que ni remotamente se figuraba que hubiese yo escuchado su conciliábulo desde el fondo de un barril de manzanas, y sin embargo, en aquel punto había yo cogido tal horror de su crueldad, doblez y poderío, que muy mal contuve un estremecimiento nervioso cuando su mano tomó mi brazo mientras él me decía:

—¡Ah, muchachuelo! Aquí tienes un precioso lugar para un chico como tú, en esta isla. Aquí puedes bañarte, trepar á los árboles, cazar cabras monteses, todo lo que quieras. Tú mismo podrás ir como las cabras subiéndote á los más altos peñascos y montañas. ¡Ah! créeme que me rejuvenece todo esto y casi casi me iba ya olvidando de mi pierna de palo. Linda cosa es ser uno joven y tener uno sus veinte dedos cabales, puedes estar seguro. Cuando quieras ir á hacer un paseíto de exploración, nada más avísale á tu viejo amigo John y él cuidará de darte tu cestilla de víveres muy bien arreglada, para que la lleves contigo.

Dicho esto me dió una palmada sobre el hombro de la manera más amistosa, se alejó cojeando y se perdió en el interior de las galeras.

El Capitán Smollet, el Caballero y el Doctor Livesey se quedaron conversando junto al alcázar de proa. Á pesar de mi impaciente ansiedad por contarles lo que la casualidad me había hecho oir, no me atreví á interrumpirlos abiertamente. Entre tanto y cuando más absorto estaba yo en mis pensamientos para encontrar alguna excusa probable, el Doctor Livesey me llamó. Habíasele olvidado su pipa abajo en la cámara, y, como era un verdadero esclavo del tabaco, me iba á indicar que bajara á traérsela, sin duda. Pero en cuanto que estuve bastante cerca de él para que me oyese él solo, le dije rápidamente:

—Doctor, permítame Vd. que le hable. Llévese consigo al Capitán y al Caballero inmediatamente abajo á la cámara, y con cualquier pretexto manden Vds. por mí. Tengo nuevas terribles.

El Doctor pareció desconcertarse por un instante, pero en el acto fué otra vez dueño de sí mismo.

—Gracias, Jim, dijo en voz bien alta; eso es todo lo que quería saber. Fingía, con esto, haberme hecho alguna pregunta á la que yo hubiese respondido.

En seguida giró sobre sí mismo y se volvió á reunir al grupo de que formaba parte. Hablaron los tres por algunos momentos y aun cuando ninguno de ellos dió muestras de sobresalto ni levantó la voz, me pareció evidente que el Doctor Livesey les acababa de comunicar mi súplica, porque lo primero que llegó á mis oídos fué que el Capitán daba órdenes á Job Anderson y el silbato sonó luego llamando sobre cubierta á toda la tripulación.

—Muchachos, dijo el Capitán en cuanto que todos estuvieron reunidos; tengo dos palabras que decir á Vds. Esa tierra que acabamos de ver es el lugar de nuestro destino. El Patrón de este buque, hombre muy liberal y generoso, según todos lo sabemos por experiencia, acaba de hacerme dos preguntas que yo he podido contestar diciéndole que cada marinero de esta goleta ha cumplido con su deber, desde el tope hasta la cala, de tal manera que nada mejor pudiera pedirse. Por tal motivo él, el Doctor y yo, vamos á la cámara á beber á la salud y buena suerte de todos ustedes, mientras que á Vds. se les servirá un buen grog para que brinden, á su vez, por nosotros. Yo les daré á Vds. mi opinión sobre esto: yo lo encuentro magnífico. Si Vds. son de mi parecer, les propondré, pues, que envíen un buen aplauso al caballero que así se porta.

El aplauso se dejó oir, esto era claro; pero estalló tan compacto y tan cordial, que confieso que me fué difícil convencerme de que aquellos mismos que lo daban estaban arreglando tramas infernales contra nuestras vidas.

—¡Un aplauso más por el Capitán Smollet!, gritó Silver cuando el último hubo cesado.

Lo mismo que el anterior, este segundo aplauso parecía enteramente sincero y voluntario.

Apenas pasado esto los tres caballeros bajaron á la cámara y no pasó mucho rato sin que enviasen un recado diciendo que se necesitaba á Jim Hawkins en el salón.

Encontrélos á todos tres en torno de la mesa, con una botella de vino español y algunas uvas delante de ellos; el Doctor fumando fuerte y con la peluca puesta sobre sus rodillas, lo cual me constaba que era un signo de agitación en él. La ventanilla de popa estaba abierta porque la noche era bastante cálida, y podía verse perfectamente desde dentro el resplandor de la luna cintilando sobre la estela de nuestro buque.

—Ahora bien, Hawkins, díjome el Caballero, parece que tienes algo que decirme: habla ya.

Hícelo como se me mandaba y, sin alargarme demasiado, conté todos los detalles de la conversación de Silver. Ninguno trató de hacer la más pequeña interrupción hasta que todo lo hube dicho; ni ninguno tampoco hizo movimiento de ninguna especie, sino que todos tres mantuvieron sus ojos clavados en mi semblante desde el principio hasta el fin de mi narración.

—Siéntate, Jim, díjome el Doctor.

Hiciéronme lugar entonces á la mesa, junto á ellos, sirviéronme un vaso de vino y me pusieron en las manos un gran racimo de uvas; y todos tres, con un saludo cordial, bebieran á mi salud, felicitándome por mi valor y por mi buena suerte.

—Ahora, Capitán, dijo el Caballero, es ya tiempo de proclamar que Vd. estaba en lo justo y yo estaba equivocado. Me declaro sencillamente un borrico y espero las órdenes de Vd.

—Nadie más borrico que yo, replicó el Capitán. Yo no he visto jamás tripulación alguna tramando una rebelión que no deje escapar perceptiblemente algunos signos de su descontento, de manera que todo hombre que no es ciego puede ver el peligro y tomar las medidas necesarias para evitarlo. Pero confieso que esta tripulación derrota toda mi experiencia.

—Capitán, dijo el Doctor, con su permiso diré que esta es obra de Silver y que este es un hombre muy notable.

—Me parece que muy notable aparecería colocado en un peñol de las vergas, replicó el Capitán. Pero esto no es más que charla que no conduce á nada. He fijado mi atención en tres ó cuatro puntos y con permiso del Sr. de Trelawney voy á exponerlos.

—Caballero, dijo el Sr. Trelawney en un tono solemne, Vd. es el Capitán y á Vd. es á quien toca hablar.

—Primer punto, comenzó el Capitán Smollet: tenemos que seguir adelante porque es ya imposible retroceder. Si esto último se intentara la rebelión estallaría inmediatamente. Segundo punto: tenemos á nuestra disposición tiempo hasta que se encuentre ese tesoro. Tercer punto: todavía nos quedan hombres leales á bordo. Ahora bien, señores, es una cosa que no tiene remedio el que tarde ó temprano debamos entrar en hostilidades. Hay que tomar, pues, á la calva ocasión cuando nos presente sus cabellos, es decir, propongo que seamos nosotros los que rompamos el fuego, el día más á propósito y cuando ellos menos lo esperen. Me parece, Sr. de Trelawney que podremos fiar en los criados de su casa, ¿no es verdad?

—Tanto como en mí mismo, declaró el Caballero.

—Tres, dijo el Capitán, y con nosotros cuatro, somos ya siete, incluyendo á Hawkins. ¿Y cuántos serán los hombres leales?

—Muy probablemente, replicó el Doctor, han de ser los contratados personalmente por Trelawney antes de que se hubiera echado en brazos de Silver.

—No por cierto, replicó el Caballero. Hands es uno de esos hombres.

—Yo hubiera creído que podríamos tener fe ciega en este último, dijo el Capitán.

—¡Y pensar que todos ellos son ingleses!, prorrumpió el Caballero, ¡Señores, crean Vds. qué ganas me vienen de hacer volar este buque!

-Pues bien, señores, agregó el Capitán, lo mejor que yo puedo decir ahora es bien poco. Debemos tenernos por advertidos y mantener la más expecta vigilancia. Esto es desagradable para un hombre, yo lo sé. Preferiría, por lo mismo, que desde luego se rompieran las hostilidades, pero no tendremos ayuda suficiente para que no sepamos cuales son nuestros hombres. Estémonos quietos y esperemos la oportunidad; ese es mi parecer.

—Este Jim, dijo el Doctor, puede sernos más útil que todo lo demás que hagamos. El enemigo no tiene ninguna mala voluntad respecto de él y yo sé que él es un chico muy observador.

—Hawkins, añadió el Caballero, en tí pongo una fe ciega y completa.

Al oir esto no dejaba de comenzar á sentirme punto menos que desesperado porque me sentía sin apoyo enteramente. Y sin embargo, por un extraño encadenamiento de circunstancias, no fué sino por mi conducto por el que todos nos salvamos. En el entretanto, por más vueltas que se le diera al asunto, el hecho es que de veintiséis hombres á bordo, no había sino siete con los que se pudiera contar, y todavía de esos siete uno no era más que un niño; de suerte que, en realidad, los hombres hechos y derechos que teníamos de nuestro lado eran seis, para diez y nueve de nuestros enemigos.

*

Haga clic aquí para leer la siguiente parte

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.