Ilustración de N.C. Wyeth para la edición de 1911 de 'La isla del tesoro'.

‘La isla del tesoro’ VI: El capitán Silver

"Diciendo y haciendo, partimos otra vez. Pero a despecho del ardiente sol y de la deslumbradora claridad, los piratas ya no marcharon separados, corriendo y gritando por la espesura, sino todos juntos, apretados unos contra otros y hablando con la respiración agitada. El terror del filibustero difunto había caído como una sombra densa sobre sus espíritus".

2017/05/26

Por Robert Louis Stevenson

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PARTE VI: El capitán Silver

CAPÍTULO XXVIII: El campo enemigo

La claridad rojiza de la antorcha iluminando el interior de la cabaña, me hizo ver que, cuanto de malo pude imaginar en aquellos momentos era, por desgracia, demasiado cierto. Los piratas estaban en posesión del reducto y de las provisiones: allí estaba la barriquilla de cognac; allí las carnes saladas y los bizcochos como antes de mi ausencia y, cosa que acrecentó infinitamente mi terror, ni la menor señal de un prisionero. No era posible pensar otra cosa sino que todos habían perecido y mi corazón se sintió angustiosamente oprimido al pensar que yo no había estado allí para perecer con ellos.

Seis de los piratas quedaban allí únicamente: ni uno más sobrevivía. Cinco estaban en pie, colorados, soñolientos y mal humorados por haberse tenido que arrancar al sopor de la embriaguez. El sexto se había medio incorporado nada más, sobre uno de los codos; estaba mortalmente pálido, y el ensangrentado vendaje que rodeaba su cabeza daba á entender que aquel hombre había sido recientemente herido, y aun más recientemente curado. Recordé entonces al hombre que en el ataque de la estacada había sido herido y escapádose por el bosque, y no me cupo duda de que éste era el mismo.

El loro había saltado sobre el hombro de su amo, peinando y componiendo su plumaje. En cuanto á Silver me pareció más pálido, y como más severo que de ordinario. Todavía llevaba puesto el hermoso traje de paño que se endosó el día de las conferencias, sólo que ahora estaba en extremo manchado de arcilla y con bastantes desgarrones causados por las espinosas zarzas de los bosques.

—¡El diablo me ayude!, exclamó. ¡Vaya una sorpresa! Conque aquí tenemos á Jim Hawkins, entrando, así, como quien dice, sin cumplimientos, ¿eh? ¡Sea enhora buena! ¡Recibámosle como amigos!

Dicho esto se sentó sobre la barriquilla del cognac y dió trazas de componer y llenar su pipa.

—Dick, presta acá tu eslabón y tu yesca por un momento, dijo.

Y cuando ya tenía una buena lumbre, añadió:

—¡Esto te saldrá bien, chiquillo! Veamos, Dick, encaja esa antorcha en el montón de la leña. Y Vds., amigos, pueden sentarse, no hay necesidad de estarse allí de pie. El Señor Hawkins los dispensará á Vds., no les quepa duda. Conque sí, amigo Jim, aquí estás tú. ¡Qué sorpresa más grata para tu viejo John! Yo siempre he dicho que tú eras vivo como un zancudo, desde que te puse el ojo encima; pero la verdad, chico, esto le saca el pie adelante á todos mis pronósticos!

Á todo esto, como se supondrá fácilmente, yo no contestaba una sola palabra. Habíame reclinado contra uno de los muros y desde allí clavaba mis ojos en los de Silver, con bastante descaro y resolución aparentes, pero bien sabe Dios que, entre tanto, la más negra desesperación envolvía mi alma por completo.

Silver dió una ó dos vigorosas fumadas á su pipa con la mayor compostura, y acto continuo prosiguió:

—Ahora bien, Jim, puesto que ya estás aquí, voy á decirte algo de lo que pienso. Yo siempre te Le querido, y siempre te he tomado por un mozuelo de ánimo, y por el mismísimo retrato mío cuando era yo como tú, muchacho y buen mozo. Yo siempre quise que tú fueras de los nuestros, y que tomaras la parte que te correspondiera para que pudieses vivir y morir siendo de veras persona. Ahora ya estás aquí, polluelo... ¡tanto mejor! El Capitán Smollet es un buen marino, no cabe duda, tan bueno como yo mismo lo sería, en cualquier tiempo, pero rigoroso en achaques de disciplina. “El deber antes que todo,” es su dicho favorito, y tiene razón, con cien mil diablos. Pero héte aquí emancipado ya de tu Capitán. El Doctor mismo que te quería tanto, lo tienes ahora enojado á muerte contigo—“prófugo malagradecido”—dijo refiriéndose á tí. Así, pues, por más vueltas que le des al asunto, el resultado es que tú ya no puedes ir de nuevo á reunirte con los tuyos, porque ya ellos no te quieren y así, á menos que te propongas encabezar una tercera fracción en la isla, para lo cual tendrías el sentimiento de no tener más compañía que tu sombra, tienes, por fuerza que alistarte bajo las banderas de tu viejo amigo Silver.

Aquel discurso me hizo un grandísimo bien. Por él supe que mis amigos aún vivían y, aun cuando, no desconfiaba yo de que fuera cierto, en parte, lo que Silver decía acerca de los resentimientos del partido de cámara, por mi deserción, me sentí mucho más consolado que afligido con sus noticias.

—Nada te diré respecto de que estás en nuestras manos, continuó Silver. Supongo que ninguna duda te cabrá sobre este particular. Pero, mira tú si juego á cartas descubiertas; mi intención no es intimidarte sino convencerte. Nunca he visto que las amenazas produzcan nada bueno. Si te gusta el servicio... bien, adelante; te afilias con nosotros y ya está... Ahora... si no te conviene, muy dueño eres de tu voluntad y de tu boca para darnos aquí un no redondo, y lléveme el diablo si algo más claro que todo esto, puede salir de escotilla humana.

—¿Puedo ya contestar?, pregunté con una voz bastante trémula.

En el fondo de toda aquella charla burlona bien claro veía yo que la amenaza de la muerte estaba en suspenso sobre mi cabeza, por lo cual mis mejillas abrasaban y el corazón me latía dolorosamente dentro el pecho.

—Muchacho, contestó Silver, aquí nadie te está urgiendo. Forma tu derrotero. Ninguno de nosotros tiene prisa, camarada. El tiempo corre tan agradablemente en tu compañía que, ya lo ves, no hay para qué precipitarse.

—Está bien, contesté yo sintiéndome con un poco más de brío y atrevimiento. Si debo de elegir, declaro que me creo con derecho para saber primero cómo están las cosas y por qué están Vds. aquí, y en dónde paran mis amigos.

—¡Pues no quiere poco el niño!, dijo en tono gruñón uno de los piratas. No sería para él poca fortuna el averiguar todo eso.

—Paréceme, amigo, dijo Silver al interruptor con un tono demasiado agrio, que harías mejor en tapar esa escotilla y guardar tus andanadas para cuando se te pidan y necesiten.

En seguida, volviéndose á mí, continuó con el mismo acento amable y gracioso de antes:

—Ayer por la mañana, amigo Hawkins, á la hora de la segunda guardia, vino por acá el Doctor Livesey trayendo en la mano una bandera de paz: “Capitán Silver, díjome, están Vds. vendidos: ¡el buque se ha marchado!” Aquello podía suceder muy bien; nosotros habíamos estado echando un trago y acompañándolo de una ronda de canto para hacerlo pasar bien. No dije que no. La verdad es que ninguno de nosotros había apuntado sus vidrios para allá. Salimos á ver... ¡ábrase el infierno!... aquello era verdad... ¡la goleta había desaparecido! Jamás he visto en mi vida un puñado de hombres más dementes que estos; puedes creer que sí... parecían frenéticos de remate. “Sea en hora buena, díjome el Doctor, creo que es ya el caso de capitular.” Y capitulamos, no hubo remedio, capitulamos él y yo, y aquí nos tienes instalados con reducto, cognac, provisiones y toda la leña que Vds. tuvieron la buena precaución de compilar; en una palabra, el bote entero y completo desde las crucetas hasta la sobrequilla. En cuanto á ellos, se han largado con viento fresco, pero lléveme el diablo si sé en donde han tirado el ancla.

Diciendo esto dió una nueva fumada á su pipa con la mayor calma, hecho lo cual prosiguió así:

—Y para que no te hagas la ilusión de que se te ha incluido en el tratado, voy á decirte cuáles fueron las últimas palabras que hablamos. “¿Cuántos son Vds. para salir de aquí?” le pregunté yo. “Cuatro, me contestó, y uno de esos cuatro, herido. En cuanto á ese muchacho, yo no sé dónde está ni me importa saberlo... el diablo cargue con él, aunque de pronto lo sentimos mucho.” Estas fueron sus palabras.

—¿Eso es ya todo?, le pregunté.

—Eso es cuanto tú tienes que oir, hijo mío, replicó Silver.

—Y ahora... ¿debo ya hacer mi elección?

—Ahora tienes que elegir; sí, mi amigo, no te quepa la menor duda.

—Está bien, continué. No soy tan gran badulaque que ignore lo que se me espera. Pero suceda lo que suceda, y poco me importa que sea lo peor posible. Desde que caí metido en esta aventura he visto morir á tantos hombres, que ya la idea de la muerte no me asusta tanto. Pero hay una ó dos cosas que quiero decir á Vds...

Mi palabra iba tomando un acento desusado de excitación. En ese tono proseguí:

—Lo primero que quiero decir es esto: están Vds. perdidos; perdido está el buque, perdido el tesoro, perdidos los hombres para Vds. Todo el proyecto que ha engendrado su rebelión no es ya más que un deshecho... ¡está en pedazos! ¿Y quieren Vds. saber de quién es la obra de su destrucción?... ¡Es mía! Yo estaba oculto en el barril de las manzanas la noche en que vimos tierra, y desde él le oí á Vd., John, y á Vd. Dick Johnson, y á Hands que á la hora de esta yace en el fondo del océano; y después de oir cuanto decían lo repetí todo, palabra por palabra, antes de que hubiera trascurrido una hora, á quienes tenían el derecho de saberlo. Y por lo que hace á la goleta, fuí yo también el que cortó su cable; yo quien mató á los dos hombres que tenía Vd. á bordo y yo, por último, el que la he llevado á un punto en que ninguno de Vds. volverá á verla jamás. Si alguien debe y puede reir en este negocio, ese soy yo... yo, que desde un principio he tenido la ventaja sobre todos Vds., de quienes no tengo, en este momento, más miedo del que me inspiraría una mosca. Mátenme, si gustan, ó déjenme con vida. Pero una cosa diré solamente para concluir, y es que, si se me deja vivir... servicio por servicio... el día que Vds., amigos, estén en una corte del crimen, acusados de piratería, yo salvaré de la horca, con mi testimonio, á todos los que pueda. Vds., pues, y no yo, son los que tienen que elegir. Maten uno más, y aumenten inútilmente, con eso, la lista de sus crímenes; ó déjenme vivo y asegúrense, de esa manera, el testigo que puede arrancarlos del patíbulo.

Me detuve al llegar aquí porque, lo confieso, se me había acabado el aliento. Empero, con gran asombro mío, ninguno de aquellos hombres se movió, sino que todos se quedaron con los ojos clavados sobre mí, como si fuesen corderos. Aprovechándome de su silencio, y en tanto que ellos seguían contemplándome atónitos, rompí de nuevo:

—Ahora bien, Sr. Silver, como creo que Vd. es aquí el hombre más de confiar, quiero hacerle un solo encargo para el caso de que me acontezca lo peor que acontecerme puede, y es que tenga la bondad de contar al Doctor de qué manera he sufrido mi final destino.

—Lo tendré muy presente, contestó el pirata, con un acento tan extraño que, por vida mía que me fué imposible decidir si estaba burlándose de mí, ó si se sentía favorablemente impresionado con mi valor.

Entonces tomó la palabra aquel Morgan, cara de caoba, á quien yo ví en la taberna de Silver, cerca de los muelles, en Brístol.

—Yo añadiré algo á todo eso, dijo, y es que ese mismo muchacho es el que reconoció á Black Dog.

—Pues miren Vds., añadió á su vez el cocinero, yo puedo agregar aún algo más ¡por vida del infierno! y es que el mismo muchachillo que Vds. ven, es el que supo birlarnos la carta de Flint que guardaba Billy Bones. Del principio al fin no hemos hecho más que estrellarnos contra Jim Hawkins.

—¡Pues aquí las pagará todas juntas!, dijo Morgan con un horrible juramento y avanzándose hacia mí con su gran navaja abierta.

—¡Aparta allá!, gritó Silver. ¿Quién eres aquí, tú, Tom Morgan? Figúraseme que te has creído ser el Capitán. ¡Por Satanás mi padre y señor, que prometo enseñarte á ser quien eres! Hazme enojar y ya verás si no te despacho á donde muchos hombres buenos han ido á parar, por mi mano, en estos últimos treinta años, algunos á mecerse en los peñoles, otros al agua, atados de pies y manos, y todos ellos á engordar los peces del océano. Acuérdate que no hay ni ha habido un hombre que se atreva á mirarme entre ceja y ceja, que haya podido jactarse de ver un día después de eso; Tom Morgan, ¡no eches eso en saco roto!

Morgan se detuvo, pero un murmullo ronco partió de todos los demás.

—Tom tiene razón, avanzó uno.

—Creo que he tenido, más largo tiempo del regular, á un hombre solo por espantajo, aventuró otro. ¡Lléveme el demonio si un cojo como Vd., John Silver, mete miedo á un hombre cabal como yo soy!

—¿Sería que alguno de Vds., caballeros, siente ganas de saber por sí mismo quién es John Silver?...

El cocinero bramó más bien que dijo esas palabras, saltando de sobre el barrilete de cognac en que estaba sentado, avanzando bastante hacia el grupo de los piratas y sin soltar su pipa que brillaba aún encendida en su mano derecha. Y sin hacer pausa alguna prosiguió:

—¡Pues me parece muy bien! No más sáquese un paso al frente el que quiera, y diga lo que se le ofrece, que me figuro que ninguno es mudo. No tiene más que pedir; yo doy lo que se me demande. ¿Con todos los años que tengo, había de venir ahora un botarate, hijo de algún ladrón de agua-dulce á calarse el sombrero de través en mi presencia, como término á mi historia? ¡Por el santísimo infierno que se equivoca! Pero que haga la prueba el más gallito... ¡ya sabe el modo! Todos Vds. son “caballeros de la fortuna,” según Vds. mismos... ¡Pues á la obra! ¡aquí estoy listo! Desencamise el cuchillo el que sea hombre para ello y por mi patrón Satanás que antes de que esta pipa se acabe ya habré visto el color y el tamaño de su asadura!...

Ninguno de aquellos hombres se movió, ninguno murmuró una palabra. Entonces él añadió volviendo la pipa á la boca.

—¡Ah! ¡gallinas!... ¡eso es lo que son Vds.! ¡De veras que es una gloria el ver ese montón de poltrones! Muy bravos si se trata de batirse con una botella, pero muy sordos cuando se les llama á probar si son lo que parecen!... Veremos si entienden Vds. el inglés de nuestro Rey Jorge: yo soy aquí el Capitán, por elección unánime. Yo soy el Capitán porque á legua soy mejor y valgo más que todos Vds. juntos. Así, pues, y ya que no quiere ninguno salir conmigo á medirse como uno de los verdaderos “caballeros de la fortuna,” á obedecer todos, canallas, y sin chistar... ¿entendidos?... Yo quiero á este muchacho; yo no he visto jamás un chico que valga lo que vale él, y por quien soy afirmo que él es más hombre y vale él solo mucho más que el mejor par de todas estas ratas de navío amontonadas aquí. Ahora bien, lo que yo digo es esto y nada más que ésto: yo lo tomo á mi lado; yo lo protejo y cubro con mi mano. Eso es cuanto he de decir y ténganlo bien entendido!...

Después de esto vino un largo silencio. Yo permanecía aún rígido, apoyado contra el muro, con el corazón latiéndome todavía como un martillo de fragua, pero con un rayo de esperanza comenzando á aparecer en el fondo de mi alma. Silver retrocedió también á su lugar primitivo, contra la pared, y estaba allí con los brazos cruzados, con la pipa en un ángulo de la boca, tan tranquilo y tan sereno como si hubiera estado en una iglesia. Sin embargo, su ojo pequeño pero sagaz vagaba furtivamente de uno á otro de sus insubordinados secuaces, á quienes miraba incesantemente de través. Ellos, por su parte, fueron retirándose gradualmente hacia la extremidad opuesta del recinto y allí comenzaron á murmurar en voz baja con un rumor que me parecía el de un torrente lejano. Uno después del otro, todos volvían la cara de vez en cuando hacia donde estábamos Silver y yo, y al efectuar ese movimiento la luz rojiza que caía en sus facciones les prestaba contornos y tintas espantables. Empero sus ojeadas amenazadoras no eran ya para mí, sino para Silver.

—Me parece que tienen Vds. pudriéndoseles de calladas una lía de cosas que buscan aire. ¡Pues abrir las escotillas y soltarlas, sin melindres, amigos, ó si no, apartarse!, dijo Silver escupiendo con el más altivo desdén.

—Pues con el permiso de Vd., señor, saltó uno de los hombres. Vd. es bastante olvidadizo tratándose de algunas de nuestras reglas. Sería, tal vez, con el fin de vigilar por el cumplimiento de las restantes. ¡Está bien! Pero esta tripulación que ve Vd. aquí, está descontenta; esta tripulación está resuelta á arriesgar el todo por el todo (dispensando la libertad) y así es que, conforme á nuestras propias reglas, según entiendo, nos retiramos á celebrar consejo todos juntos. Vd. dispensará, señor, reconociéndolo como lo reconocemos por nuestro Capitán á estas horas todavía. Yo reclamo mi derecho y me salgo afuera para deliberar.

—Diciendo esto hizo un respetuoso y complicado saludo, á estilo de marineros, y con la mayor calma y sangre fría salió afuera del reducto. Á ese que era un sujeto alto, de aspecto enfermizo, con ojos amarillentos y como de treinta y cinco años, siguieron otro y otros de los de la banda, observando en todo su ejemplo. Cada uno iba haciendo su reverencia al pasar y cada uno añadía alguna excusa por el estilo.

—¡Conforme á reglamento!, dijo uno.

—Sesión de afiliados, añadió Morgan.

Y así, ya con una expresión, ya con otra, todos salieron del reducto dejándonos á Silver y á mí solos, iluminados por la antorcha.

El cocinero de La Española se quitó, al punto, la pipa de la boca y de una manera firme y resuelta, pero apenas perceptible, me habló así:

—Pronto, ven acá, Hawkins. Debes comprender que la cuchilla de la muerte está colgada de un solo cabello sobre tu cabeza y, lo que es todavía peor, acompañada de tormentos. En este instante van á deponerme de mi cargo. Pero no importa, fíjate en ésto: yo permanezco firme de tu lado, venga lo que viniere. No era esto lo que yo me proponía al principio, ¡no por cierto! Pero después de que hablaste ya fué otra cosa. Me desesperaba la idea de perder todas mis bravatas y salir derrotado en el negocio. Pero he visto que tú eres el hombre que yo necesito. Me dije entonces á mí mismo: “John, tú ponte del lado de Hawkins y él estará al lado tuyo del mismo modo. Tú eres para él la última carta del juego, y por tu patrón Satanás, John, que él puede ser también la tuya!” Ayuda por ayuda, me dije: tú, Silver, salvas á tu testigo y él salvará tu pescuezo, de la horca!

Aunque confusamente comencé á comprender.

—¿Quiere Vd. decir que todo está perdido?, le pregunté.

¡Ah! ¡por el infierno que sí!, me respondió. El buque ido, cuesta el pescuezo: he allí la situación en dos palabras. Una vez que yo eché una mirada á esa bahía, Jim Hawkins, y ví que no había ya goleta sobre qué contar... yo soy duro y correoso, pero con todo, puedes creer que me sentí desorientado. En cuanto á ese grupo y su concejo, te digo que no son más que unos estúpidos y cobardes. Yo te sacaré salvo de entre sus garras, en cuanto de mí dependa; pero lo dicho, Jim, servicio por servicio, tú salvas á tu amigo Silver de la horca.

Me sentía anonadado y aturdido. Parecíame una cosa tan sin visos de esperanza lo que él me pedía... él,... el viejo pirata, ¡el cabecilla de la rebelión!

—Lo que esté en mi mano hacer, eso haré, le respondí.

—¡Pues trato hecho!, exclamó John Silver. Tú has sabido hablar con valor y con fiereza y ¡por el infierno! yo sabré cumplirte mi palabra.

Se adelantó luego hacia la antorcha que estaba, como he dicho antes, encajada entre la leña, y allí volvió á encender su pipa que se había apagado.

—Entiéndeme bien, Jim, prosiguió en seguida: yo tengo una verdadera cabeza sobre mis hombros. Lo que es ahora, nadie es más partidario del Caballero que yo. Comprendo muy bien que tú has puesto á salvo ese buque en alguna parte... ¿Cómo?, no lo sé; pero sí afirmo que está en seguro. Tal vez lograste reducir y convencer á Hands y á O’Brien. Yo nunca tuve en ellos una gran fe. Pero, fíjate en ésto: yo nada pregunto ni dejaré que los otros pregunten. Yo sé y conozco bien cuándo un juego está de punto, ¡sí señor! Pues te aseguro, chico, que lo que es éste, ¡ya quema! ¡Ah! tú eres un niño todavía; pero tú y yo juntos ¡cuántas y cuan buenas cosas pudiéramos haber hecho!

Diciendo esto abrió la llave del barrilillo y dejó correr un poco de cognac en un vasito de lata.

—¿Quieres un trago, camarada?, preguntóme. Y como yo rehusase prosiguió:

—Necesito un tónico, porque, de esta hecha, tenemos gresca dentro de pocos momentos. Y á propósito de gresca, dime tú, ¿por qué me entregaría el Doctor la carta de Flint?

Mi rostro expresó un asombro tan grande y tan natural, que Silver vió luego la inutilidad de hacerme más preguntas sobre el asunto.

—¡Ah! pues sí que lo hizo, añadió. Y no me cabe duda de que debajo de eso hay algo, no cabe duda, Jim; bueno ó malo, pero algo hay.

Dicho esto, dió un trago ó dos de cognac, oprimiéndose después su grande é inteligente cabeza, con el ademán de un hombre que prevee y teme todo lo que hay de más malo.

*

CAPÍTULO XXIX: Otra vez el disco negro

La sesión de los filibusteros había durado ya por un rato bastante considerable, cuando uno de ellos volvió á entrar al reducto y, no sin repetir el mismo saludo ó reverencia á que antes me referí y que, á mi entender, era más irónico que sincero, rogó á Silver que por un momento se les prestase el hachón. John accedió desde luego y el emisario se retiró dejándonos sumidos en la oscuridad.

—Ya comienza á soplar la brisa, Jim, dijo Silver que á la sazón había adoptado definitivamente un tono de todo punto amistoso y familiar conmigo.

Me aproximé entonces á la tronera que estaba más cerca de mí y eché una ojeada hacia afuera. Los leños de la grande hoguera se habían consumido casi por completo, brillando á esa hora tan opaca y débilmente que, con sólo verlos, me pareció comprender la razón de que los hombres aquellos quisieran el hachón. Como á la mitad del declive de la loma de la estacada aparecían todos reunidos en un grupo; uno de ellos tenía la antorcha; otro estaba medio arrodillado en medio del grupo, y pude advertir que en su mano brillaba el acero de una navaja abierta, produciendo cambiantes de varios colores, á la doble claridad de la luna y de la antorcha. Los demás estaban un poco inclinados sobre el de en medio, como si vigilasen ó atendieran con interés á lo que hacía. Pude notar también que el mismo hombre de en medio tenía en las manos un libro, y todavía no volvía de la extrañeza que me causaba ver en poder de aquellos piratas una cosa tan ajena de su carácter y costumbres, cuando el personaje arrodillado se puso de pie y todos con él comenzaron á desfilar de nuevo hacia el reducto.

—Ya vuelven allí, dije; y al punto me apresuré á volver á colocarme en mi posición anterior, porque me pareció indigno de mí el que me encontrasen espiándolos.

—Déjalos que vengan, muchacho, déjalos, exclamó Silver con un gran acento de confianza. Creo tener todavía un tiro en mi cartuchera.

La puerta dió entrada á los cinco hombres, juntos unos con otros en un apretado grupo; pero no dieron sino un paso adentro del umbral, y empujaron á uno de ellos, de modo que ocupase la delantera. En cualesquiera otras circunstancias hubiera sido en extremo cómico ver trastrabillar á aquel pobre hombre en su avance lento y vacilante y teniendo su mano derecha empuñada delante de sí.

—Avanza, muchacho, avanza, exclamó Silver; no creas que te voy á comer. Entrega eso, haragán; yo sé bien las reglas, puedes creerlo y no he de meterme á maltratar á una diputación.

Esto dió al pirata diputado un poco más de ánimo y pudo ya adelantarse más fácilmente. Entonces y cuando tuvo á Silver al alcance de su mano, pasó algo á la del cocinero y en el acto retrocedió con la mayor ligereza hasta el grupo de sus compañeros.

John Silver echó una ojeada sobre lo que se le acababa de pasar, y murmuró:

—¡El disco negro! ¡Ya me lo esperaba! Pero ¿en dónde diablos han cogido Vds. papel! ¡Ah! ¡Vamos! ¡ya caigo! Aquí está el secreto: pero, chicos, esto es de mal agüero; han ido Vds. á cortar el papel de una Biblia. ¡Pues yaya que no podía darse nada de más tonto!

—¡Ah! ¿qué tal?, dijo Morgan, ¿qué tal? ¿No fué eso mismo lo que yo dije? ¡De allí no puede salir cosa buena!

—Tanto peor para los profanadores: ¡Vds. mismos se han condenado á la horca!, continuó Silver. Y á todo esto, ¿quién era el santurrón holgazán que tenía una Biblia?

—Era Dick, dijo uno.

—Conque Dick, ¿eh? Pues hijo mío, ya puedes encomendarte á Dios, replicó John. Creo que con esto ha concluído ya tu lote de buena suerte, puedes creérmelo.

En esto el pirata flaco oji-amarillento, saltó diciendo:

—Basta ya de charla inútil, John Silver. Esta tripulación le ha pasado á Vd. el disco negro, en sesión plena, y conforme á las reglas; Vd. no tiene más que hacer sino voltearlo como las mismas reglas se lo mandan y leer lo que hay escrito en él. Después podrá Vd. hablar.

¡Gracias, Jorge, un millón de gracias!, replicó el cocinero de La Española. Este muchacho siempre ha sido así para todos los negocios, vivo y enérgico. Además se sabe de memoria todas nuestras reglas, lo cual me complace en sumo grado. Pero, en fin, veamos qué es ello, con lo cual nada se pierde. ¡Ah! vamos: “¡Depuesto!” Eso es, ¿no es verdad? ¡Bonita escritura, hombre, muy bonita! Se diría que era de un maestro de escuela! ¡Si hasta parece hecho con letras de molde! ¿Fuiste tú quien escribió ésto, Jorge? Pues hombre, te felicito, porque, la verdad, se ve que ya te vas haciendo un personaje notable entre estos buenos chicos. ¿Qué apostamos á que tú vas á ser mi sucesor, nombrado Capitán con todos tus honores? Pero, entre tanto, ¿no me haces el favor de pasarme ese hachón? Esta pipa no arde bien.

—Basta una vez más, dijo Jorge. Se acabó el tiempo en que enredaba Vd. con su charla á esta tripulación. Vd. se tiene por muy gracioso, á lo que entendemos; pero, por ahora, ya no es Vd. nadie, con lo cual haría Vd. muy bien en bajarse de ese barril y ayudarnos á votar á otro jefe.

—Me pareció haberte oído decir que conocías nuestro reglamento, dijo Silver desdeñosamente. Pero si no es así, yo sí lo conozco. Digo, en consecuencia, que no me muevo de aquí, y añado que soy todavía el Capitán de la banda,—fijarse bien en esto—hasta que Vds. hayan desembuchado, una por una, todas sus quejas y yo haya contestado á ellas. Mientras tanto, su disco negro no vale un ardite. Después de cumplir con ese requisito, ¡ya veremos!

—¡Oh! pues en cuanto á eso no hay inconveniente en darle á Vd. gusto. Aquí todos somos llanos y parejos y no nos mordemos la lengua. He aquí nuestras razones: Primera: Vd. ha convertido esta expedición en un mero jigote; supongo que no tendrá Vd. el descaro de negarlo. Segunda: Vd. ha dejado escapar al enemigo, de esta ratonera, sin provecho alguno... ¿por qué querían ellos salirse? yo no lo sé, pero lo que es evidente es que salir querían. Tercera: Vd. no nos ha permitido atacarlos después de salidos... ¡ah! no se figure que dejamos de ver claro en esto: Vd. no juega limpio, John Silver, y eso es lo peor que puede hacer. Cuarta: ese muchacho que se nos ha colado esta noche y á quien Vd. defiende.

—¿Eso es ya todo?, preguntó tranquilamente Silver.

—Con lo que basta y sobra, contestó Jorge. Me parece que todos tendremos que vernos colgados y secando al sol, todo por culpa de Vd.

—Pues está bien. Voy á contestar á esos cuatro puntos, uno por uno. ¿Con que yo he hecho un jigote de esta expedición? ¡Vamos!... ¿acaso ignoran Vds. lo que yo quería y lo que había resuelto? Vds. saben bien que si aquello se hubiera hecho esta noche estaríamos todos á bordo de La Española, como siempre, todos vivos, todos contentos, muy bien comidos, mejor bebidos y con el tesoro almacenado en la cala, ¡con mil demonios! Y bien, ¿quién se me interpuso? ¿quién forzó mi mano que era la del legítimo capitán? ¿quién me hizo pasar el disco negro el mismo día que desembarcamos y comenzó esta danza?... ¡Ah! ¡bonita danza por cierto! Ya me veo en ella con Vds. hasta el verdadero fin. Esto me parece tan gracioso y divertido como si viera una gaita colgando en la punta de la horca en la Playa de los Ajusticiados. Pero ¿de quién es la culpa? Pues bien, fueron Anderson, y Hands, y tú, Jorge Merry, los que determinaron aquello. Tú eres el único que queda vivo de esos oficiosos impertinentes, y ahora te me vienes con la insolencia estúpida y endemoniada de ponérteme enfrente para tomar mi puesto de capitán... tú que has hundido á la mayoría de nuestra tripulación! ¡Por mi patrón Satanás, esto sí que es el más alto colmo de la desvergüenza y del cinismo!

Silver hizo una pausa durante la cual pude observar en los semblantes de Jorge y sus camaradas, que aquella filípica tremenda no había sido pronunciada en vano.

—Eso es por lo que hace al cargo número uno, dijo el acusado endulzando un poco el ceño terriblemente adusto con que hasta allí había hablado, y bajando el diapasón de aquella voz con que acababa hacer retemblar la casa.

—Es cosa que pone á uno enfermo, prosiguió, el disgusto de tener que entenderse con Vds. De todos no hay uno que tenga ni entendimiento, ni memoria; y hasta me admiro de pensar cómo se les iría el santo al cielo á sus mamás que los dejaron meterse á la mar. ¡Á la mar!... ¡Marinos Vds.! “¡caballeros de la fortuna!”... Sastres; ése debe ser su oficio.

—Siga Vd., John, dijo Morgan. Pero háblele á los demás también; no, no más á mí.

—¡Ah! ¡sí! ¡los otros! ¡precioso hato de hombres! ¿no es verdad? Dicen Vds. que esta expedición está desconcertada y descuadernada. ¡Oh! ¡si pudieran Vds. comprender hasta qué punto está descuadernada! ¡ya verían Vds. entonces! Básteme decirles que tenemos todos la horca tan cerca que casi huelo el cáñamo y siento el pescuezo oprimido, de sólo pensar en ello. Ya Vds. habían visto ese espectáculo... ¡qué hermoso! ¿no es verdad? Un hombre cargado de cadenas, suspenso de una cuerda, rodeado de buitres que revolotean sobre su cadáver ó almuerzan tranquilamente con sus entrañas. Y los marineros horrorizados señalándoselo con el dedo, unos á otros, cuando á la hora de la bajamar cruzan en sus barquillas junto al patíbulo. “¿Quién es ese?” dice uno—“¿Ese? ¿y lo preguntas? Pues es John Silver; yo lo conocí muy bien,” le contesta otro. Y entre tanto, puede llegar hasta los oídos del trabajador marino que cruza hacia la boya cercana, el ruido siniestro con que golpean unas con otras las cadenas de aquel ajusticiado... Pues hay que convencerse de que éso es lo que nos aguarda, á cada hijo de su madre, en esta compañía, gracias á Jorge, y á Hands y Anderson y á todos los torpes que han arruinado este negocio. Ahora, si quieren Vds. que conteste á su cuarto punto, es decir, á ese muchacho Hawkins ¡por el diablo en persona! ¿se figuran Vds. que vamos á asesinar á un huésped? ¡No nosotros, por vida mía! Es muy posible que él sea nuestra última tabla en el naufragio y no me sorprenderé que así sea. ¿Matar á este chico? ¡Repito que no, camaradas! ¿Y sobre el punto tercero? ¡Ah! mucho hay que decir sobre el tercer punto. Podrá suceder que para Vds. nada significa tener un Doctor entero y verdadero que viene á visitarlos diariamente, á tí John con tu cabeza rota, ó á tí Jorge Merry á quien la malaria ha puesto allí con unos ojos amarillos como limón maduro y que todavía no hace seis horas estabas tiritando con el calofrío y delirando con la fiebre. Podrá suceder también que ignoren Vds. que hay un segundo buque que debe venir á buscar á la tripulación de La Española, si se dilata por cierto tiempo. Pues sí, señores, viene, y para entonces ya veremos quien se alegra ó quien siente recibir una visita. Y por lo que hace al número dos, esto es, cuál es la razón que tuve para hacer un trato, no tienen Vds. más que ponerse todos aquí de rodillas, de rodillas como vinieron un día á pedírmelo, arrastrándose, para que lo hiciera yo. Pues allí es nada, vean Vds. la causa... ¡ésa es!

Y diciendo esto, arrojó en medio del grupo, sobre el piso, un papel que yo reconocí en el instante y que no era otra cosa que el mapa en pergamino, con las tres cruces rojas, que yo encontré en la tela impermeable guardada en el fondo del cofre del Capitán. Por qué razón el Doctor había pasado aquello á Silver, era problema que yo no acertaba á resolver.

Pero si bien, para mí, aquello no tenía explicación plausible, la carta fué en sí de un efecto increíble y mágico para los revoltosos. Todos á una saltaron sobre ella como gatos sobre un ratón. Pasáronsela de mano en mano, pero casi arañándose unos á otros para arrebatársela. Al oir los gritos, los juramentos, las carcajadas infantiles con que acompañaban su examen, se habría creído, no sólo que ya tenían entre las manos el oro codiciado, sino que ya se veían en alta mar, en posesión de él, y en completamente en salvo.

—Por supuesto, dijo uno; esto es de Flint, luego se ve. Aquí están sus iniciales J. F. y debajo una raya con un clavo atravesado encima, que era lo que él siempre ponía en su nombre.

—Todo esto está muy bueno, dijo Jorge, pero la cosa es que ¿cómo nos vamos á llevar la hucha si ya no hay buque?

—¡Jorge Merry!, gritó Silver poniéndose violentamente de pie y apoyándose con una mano contra la pared. Voy á hacerte una prevención á tiempo. Si sueltas una palabra más, tienes que salirte de aquí allá abajo y verte la cara conmigo, que tengo la certeza de aplastarte. ¿Cómo?... ¡Qué sé yo! ¿Tienes la insolencia de proferir lo que has dicho, tú, que con tus compinches has causado la pérdida de mi goleta, á causa de tu intervención? ¡tráguete el infierno! ¡No! no serás tú el que nos saque del atolladero, porque tú no puedes alcanzar ni á la pobre inventiva de una cucaracha. En nada de este asunto puedes tú tomar la palabra, Jorge Merry; y cuenta con desobedecerme.

—Eso es muy claro, dijo el viejo Morgan.

—¡Claro! ¡pues ya lo creo!, replicó el cocinero. Tú perdiste el buque y yo encontré el tesoro ¿quién vale de nosotros dos, Jorge Merry? Y ahora... presento mi renuncia. Pueden Vds. elegir Capitán á quien les dé la gana. Yo tengo ya bastante del cargo éste.

—¡Silver!, gritaron todos en coro. ¡Barbacoa ahora y siempre! ¡Barbacoa es nuestro Capitán! ¡Viva Barbacoa!

—¡En hora buena! esas tenemos ¿no es verdad?, exclamó el cocinero. Pues ya lo ves, Jorge, por hoy me parece que tendrás que aguardar otro turno para tener tu capitanía. Y da gracias al demonio de que yo no sea un hombre vengativo. Pero es la verdad, no es ese mi modo. Y ahora bien, camaradas... ¿este disco negro?... Me parece que por hoy no vale ya gran cosa, ¿no es verdad? Todo se reducirá á que Dick haya oscurecido su buena estrella y maltratado su Biblia... ¡nada más!

—¿No cree Vd. que la cosa se compondrá besando severamente el libro?, exclamó Dick que positivamente se sentía desazonado al pensar en la maldición celeste que creía haber hecho caer sobre su cabeza.

—¡Una Biblia con un pedazo recortado!, dijo Silver sarcásticamente. ¡Imposible! Entre ella y una simple colección de canciones no hay ya diferencia alguna.

—¿Cree Vd. que no?, replicó Dick con cierta especie de alegría. ¡Bueno! pues sin embargo, creo que todavía vale la pena de guardarla.

—Y ahora, Jim, dijo Silver, aquí hay una curiosidad para tu colección de ellas.

Diciendo esto me pasó el pedacillo de papel: era éste como del tamaño de una moneda “corona.” De un lado nada tenía impreso, porque era la última hoja del libro: del otro lado contenía un versículo de la Revelación, y en él me llamaron la atención estas palabras de una manera particular: “Afuera están los perros y los asesinos.” El lado impreso había sido ennegrecido con carbón de la hoguera, que á la sazón comenzaba ya á desprenderse y á manchar mis dedos; en el lado blanco habíase escrito con el mismo material la palabra “Depuesto.” Todavía al escribir este relato conservo en mi poder aquella curiosidad, y la tengo aquí, sobre mi mesa; pero no podría ya verse en ella la menor huella de escritura, si no es una especie de araño como el que alguien podría hacer con la uña de su dedo pulgar.

Con aquello terminaron los sucesos de esa noche. Á pocos momentos se sirvió á todos un vaso de cognac y nos tendimos todos á dormir. La señal de venganza que dió Silver fué nombrar á Jorge para hacer cuarto de centinela, amenazándole con la muerte si no obraba con toda lealtad.

Mucho rato se pasó para que yo pudiera cerrar los ojos, y bien saben los cielos que razón me sobraba al solo recuerdo de aquel hombre á quien por la tarde había yo quitado involuntariamente la vida, en el instante de mayor peligro para la mía. Pero lo que más contribuía á desvelarme era aquella partida terrible y sagaz que acababa de ver jugar á Silver, cuyos maravillosos esfuerzos tendían, por un lado, á mantener unidos y á raya á los sublevados, y por el otro á intentar todos los medios humanos, posibles é imposibles, para obtener una reconciliación y salvar su miserable existencia. Pero él, por su parte, se durmió al momento de la manera más apacible y muy pronto comencé á oir el estrépito de sus ronquidos. Entre tanto mi corazón se oprimía penosamente al pensar en los riesgos inminentes que rodeaban á aquel hombre, por más malvado que fuera; y en la horca infamante que tenía como última perspectiva de su triste carrera.

*

CAPÍTULO XXX: Bajo palabra

Una voz clara y alegre que sonaba á la orilla del bosque llamando á los del reducto me despertó, y despertó igualmente á todos los demás; y el centinela mismo que se había buenamente recargado contra la puerta se estremeció enderezándose en su puesto.

—¡Ha del reducto!, gritaba la voz. Aquí viene el Doctor.

Y el Doctor era, no cabía dada. Yo sentía gusto, ciertamente en escuchar aquel acento amigo, pero mi alegría no era muy pura que digamos. Recordé, al punto, con gran bochorno, mi insubordinación y conducta furtiva, y al ver á qué extremo me había ella conducido, en qué compañía y de qué peligros me rodeaba, sentí vergüenza de ver al Doctor á la cara.

Él debió haberse levantado muy de madrugada, por que la luz no llegaba aún decididamente, y cuando yo hube corrido á una de las troneras para verle, le divisé allá abajo, de pie, y como á Silver el día de su misión, hundido hasta las rodillas en una niebla rastrera.

—¡Es Vd. Doctor! ¡Santos y buenos días tenga vuesa merced!, dijo Silver perfectamente despierto y armado de excelente humor en un momento. Vivo y madrugador, no cabe duda, pero ya sabemos aquí que, como lo dice el dicho “el pájaro madrugador es el que coge las raciones.” Jorge, muévete, muchacho, y ayuda al Doctor Livesey á saltar á bordo de este navío. Por aquí todo va bien, Doctor; todos sus enfermos van mejorando mucho y todos están contentos.

Hablando de esta suerte estaba allí, de pie en la cima de la loma, con su muleta bajo el brazo y con la otra mano apoyándose en una de las paredes de la casa. Su actitud, su acento, sus palabras, sus modales, ya eran, de nuevo, los del mismo John Silver que yo conociera en Brístol.

—Le tenemos preparada á Vd., por hoy, una pequeña sorpresa Señor Doctor, continuó. Tenemos aquí un extrañito. Un nuevo comensal y huésped, sí señor, tan listo y templado como un violín. Aquí ha dormido toda la noche, como un sobrecargo, al lado mismo del viejo John.

Á este tiempo, el Doctor Livesey había ya saltado la estacada y estaba muy cerca del cocinero, por lo cual pude observar muy bien la alteración de la voz en que preguntaba:

—¿Supongo que no será Jim?

—El mismo Jim en cuerpo y alma, sí señor, contestó Silver.

El Doctor se detuvo afuera, y aunque no respondió ya palabra alguna, pasaron algunos segundos antes de que pareciera poder moverse.

—¡Bien, bien!, dijo por último. Primero la obligación y luego el placer, como se diría Vd. á sí mismo. Vamos á ver y á examinar á esos enfermos.

Un momento después ya estaba adentro de la cabaña y sin tener para mí más que una torva inclinación de cabeza, se puso en el acto á la obra con sus enfermos. No parecía tener el más pequeño recelo, á pesar de que debe haber comprendido muy bien que su vida en manos de aquellos traidores y endemoniados piratas estaba pendiente de un cabello. Con la misma naturalidad que si estuviera haciendo una ordinaria visita profesional á una tranquila familia en Inglaterra, iba de paciente en paciente, sonando, componiendo y arreglándolo todo. Sus maneras, á lo que creo, habían ejercido una reacción saludable sobre aquellos hombres, porque el caso es que se comportaban con él como si nada hubiera sucedido, como si todavía fuese el mismo médico de á bordo y ellos marinos leales en sus puestos respectivos.

—Lo que es tú vas muy bien, dijo al individuo de la cabeza entrapajada. Y si hombre alguno en el mundo recibió un porrazo peligroso, ése has sido tú: tu cabeza debe ser dura como de acero. Vamos á ver tú, Jorge, ¿cómo estás hoy? Bonito color de limón estás echando allí, no te quepa duda: es que el hígado se te ha vuelto hacia abajo. ¿Tomaste esa medicina? Á ver, muchachos, digan la verdad ¿tomó Jorge su medicina?

—¡Oh! en cuanto á eso, sí señor, de veras que sí, respondió Morgan.

—La cosa es que, desde que me he convertido en médico de rebeldes, ó diré mejor, en médico de cárcel, continuó el Doctor en el tono más afable, vengo considerando como un puesto de honor para mí el no perder ni un solo hombre para nuestro Rey Jorge (Q. D. G.) y para la horca.

Los malvados aquellos se miraron unos á otros, pero no hicieron más que tragar la píldora en silencio.

—Dick no está hoy muy bien, señor, dijo uno.

—¿Esas tenemos? Á ver, ven acá, Dick, llamó el Doctor. Enséñame esa lengua. No, no me sorprende que se sienta mal: esta lengua de por sí bastaría para espantar á una armada francesa. ¡Otra malaria tenemos!

—¡Ah! dijo Morgan, eso resulta de andar profanando Biblias.

—Eso resulta de ser, como tú dices, unos asnos monteses, replicó el Doctor; ó para hablarte más claro, de no saber distinguir un aire viciado y ponzoñoso, de un aire sano y vivificador, ni un pantano inmundo y envenenado de una tierra alta y seca. Me parece lo más probable (sin que pase esto de una opinión, por supuesto) que todos Vds. sin excepción van á tener que pagar el duro tributo de la fiebre antes de que logremos arrojar de sus cuerpos los gérmenes de la malaria que absorbieron por todos los poros. ¡Acampar en un marjal!... Silver, me sorprende verle á Vd. autorizar tal disparate. Vd. es mucho menos tonto que todos estos juntos, pero no se me figura que tenga Vd. ni los más pequeños rudimentos de higiene.

—Está bien, añadió después que ya hubo medicinado á todos, y cuando ya cada uno había tomado su droga respectiva con una humildad infantil que distaba mucho de denunciar á aquellos hombres como sanguinarios rebeldes, y piratas. Está bien; por hoy ya no hay más que hacer. Y ahora, desearía tener un rato de conversación con ese muchacho.

Y diciendo esto me señaló con un desdeñoso movimiento de cabeza.

Jorge Merry estaba en la puerta escupiendo alguna medicina poco agradable, pero apenas el Doctor dijo sus últimas palabras, se volvió con un movimiento brusco y casi bramó así:

¡No! ¡por cien mil diablos!

Silver golpeó sobre la barrica con su mano abierta y rugió estas dos palabras, tomando el aspecto de un verdadero león.

—¡Silencio tú!

Y luego en su melifluo tono habitual prosiguió:

—Doctor, ya estaba yo pensando en ello, sabiendo lo mucho que siempre ha querido Vd. á este chiquillo. Todos nosotros le estamos á Vd. inmensamente agradecidos por su amabilidad y, como Vd. lo ve, ponemos la más gran fe en Vd. y tomamos sus drogas como empinaríamos un jarro de grog. Creo pues, que he encontrado un medio que lo concilia todo. Hawkins, ¿quieres darme tu palabra de honor, como caballero, puesto que lo eres, aunque jovencito y pobre de nacimiento, de que no nos jugarás una mala pasada?

—Cuente Vd. con mi palabra, le contesté sin vacilar.

—Pues entonces, Doctor, añadió Silver, no tiene Vd. que hacer más sino salir afuera del recinto de la estacada, y una vez allí, yo personalmente llevaré abajo á Jim para que, él de este lado y Vd. del otro, puedan conversar á través de los grandes claros de los postes. Que Vd. lo pase muy bien, Doctor, y presente mis más humildes respetos al Caballero y al Capitán Smollet.

La explosión de descontento, mal reprimida por las miradas terribles de Silver, se produjo no bien el Doctor salió del reducto. Silver fué rotundamente acusado de jugar doble; de intentar una reconciliación especial para sí; de sacrificar los intereses de sus cómplices y víctimas y, en una palabra, de hacer precisamente lo mismo que en realidad estaba haciendo. Me parecía aquello, á la verdad, tan claro, que no me era posible imaginar como podría él desarmar su furia. Pero lo cierto es que él solo valía doble, como hombre, que todos aquellos juntos, y que su triunfo de la víspera le había asegurado una sólida preponderancia sobre el ánimo de cada cual. Díjoles muy formalmente la mayor sarta imaginable de sandeces y tonterías, para convencerlos; añadió que era preciso de todo punto que hablase yo con el Doctor; les paseó una vez más la carta por delante de los ojos y concluyó por preguntarles si alguno se atrevía decididamente á romper los tratados el día mismo en que se les permitía ponerse ya en busca del tesoro.

—¡No! ¡por el infierno!, exclamó. Nosotros somos los que debemos romper el tratado, pero hasta su debido tiempo. Entre tanto yo he de mimar y embaucar á ese Doctor, aun cuando me viera obligado á limpiarle sus botas personalmente.

Dicho esto les ordenó que arreglasen el fuego y se lanzó afuera, sobre su muleta y apoyando una de sus manos sobre mi hombro, dejándolos desconcertados y silenciosos; pero más embotados por su palabrería que convencidos con sus razones.

—¡Despacio!, chico, ¡despacio!, díjome moderando la rapidez de mi marcha. Podríamos hacerlos caer sobre nosotros en un abrir y cerrar de ojos, si viesen que nos apresurábamos demasiado.

Ya entonces deteniéndonos con toda deliberación nos adelantamos á través de la arena basta el punto en que, habiendo ya cumplido la condición, el Doctor esperaba al otro lado de la empalizada.

—Vd. tomará nota de lo que hago en este momento, Doctor, dijo Silver en cuanto que llegamos á distancia de poder hablar. Además Jim le contará á Vd. cómo he salvado anoche su vida, y cómo fuí depuesto por sola esa razón, no lo olvide Vd. Doctor, cuando un hombre hace cuanto está en su poder por dar á su embarcación el rumbo cierto, como yo lo hago; cuando con sus postreros esfuerzos trata aún de jugar al hoyuelo, ¿cree Vd. que será mucho conceder á semejante hombre el decirle una palabra de esperanza? Vd. no debe perder de vista que ahora no se trata ya simplemente de mi vida, sino de la de este muchacho, que está comprometida en nuestro trato; así, pues, hábleme Vd. claro, Doctor y déme siquiera un rayo de esa esperanza que solicito, para seguir en mi obra; hágalo Vd. por favor.

Silver era, en aquel momento, un hombre totalmente diverso del que parecía antes de volver la espalda á sus amigos. Allí estaba ahora, con la voz trémula, con las mejillas caídas, y con toda la apariencia de una persona muerta positivamente.

—¿Qué es eso, John?, díjole el Doctor. ¡Me figuro que no tiene Vd. miedo!

—Doctor, replicó él. Yo no tengo de cobarde ni tanto así. Si lo fuera no lo confesaría. Pero es el caso que creo ya sentir los horrendos estremecimientos del patíbulo. Vd. es un hombre bueno y leal; yo nunca ví sujeto mejor que Vd. Así, pues, lo que deseo es que Vd. no se olvide de lo bueno que yo haya hecho y procure olvidar lo malo. Con esto, me hago ya á un lado, vea Vd., aquí, para dejarlos á Vds. hablar á solas. Y quiero que añada Vd. esto más á mi favor también, pues estamos pasando por una situación más que espinosa.

Diciendo esto se retiró un poco hacia atrás hasta colocarse donde no pudiera oirnos, y allí tomó asiento en el tronco de uno de los abetos cortados y comenzó á silbar, girando en torno de su asiento una y otra con el objeto de vigilar tanto á mí y al Doctor, como á sus insubordinados secuaces de allá arriba que se ocupaban en ir de aquí para allá en la arena arreglando el fuego y yendo y viniendo á la cabaña de la cual sacaban tocino y pan para confeccionar su almuerzo.

—Conque sí, amiguito, díjome el Doctor en un tono triste, por fin ya estás aquí, ¿eh? Lo que has sembrado eso es lo que cosechas, muchacho. Bien sabe Dios que no me siento con la energía necesaria para reñirte en regla, pero no omitiré decirte esto, ya sea que te parezca suave ó duro: cuando el Capitán Smollet estaba bueno y sano jamás te atreviste á salirte, pero en cuanto que lo viste herido y que nada podía impedírtelo ¡por San Jorge! entonces te aprovechaste al punto. ¡Mira tú si conducta semejante no era ruin y cobarde!

Debo confesar que al oir esto me eché á llorar sin poderme contener. En cuanto pude hablar, dije:

—Doctor, Vd. puede disculparme; demasiados reproches me he hecho yo mismo; pero, como quiera que sea, mi vida está perdida, y ya hubiera yo muerto á la hora de esta á no ser porque Silver ha estado de mi parte, y—créame Vd. Doctor—yo puedo muy bien morir y aun me atrevo á decir que lo merezco, pero, francamente, la idea de ser torturado me aterroriza. Si, pues, llega el caso de que me den tormento...

—Jim, me interrumpió el Doctor, en una voz bastante cambiada ya; Jim, no puedo consentir en semejante idea. ¡Salta al punto este cercado y correremos hasta ponernos en salvo!

—Doctor, le dije, tengo empeñada mi palabra.

—Ya lo sé, ya lo sé, me replicó. No podemos evitar el faltar á ella, Jim. Yo asumo la responsabilidad del acto; toda sobre mí, hijo mío. Vergüenza ó castigo, yo me comprometo á sufrir lo que venga. Pero es imposible dejarte aquí. ¡Vamos! date prisa... ¡brinca! de un solo salto ya estarás al otro lado y te aseguro que correremos como antílopes.

—¡No!, le contesté. Vd. comprende bien que Vd. mismo sería incapaz de hacer lo que me aconseja; y como Vd., no lo harían ni el Caballero, ni el Capitán... Pues ni yo tampoco. Silver ha confiado en mí. Me ha dejado sin más lazo que la garantía de mi palabra... tengo, pues, que volver y volveré. Pero Vd. no me ha dejado terminar: si se llega el caso de que me den tormento, decía yo, podría suceder que se me escapara alguna confesión acerca del punto donde la goleta está ahora, puesto que yo he logrado capturarla, en parte por mi buena suerte y en parte arriesgándome un poco. La Española, Doctor, está en estos momentos en la Bahía Norte, hacia su playa meridional, precisamente abajo de la marca de la pleamar. Á media marea debe encontrársela alta y en seco.

—¡La goleta!, exclamó asombrado el Doctor.

Brevemente le referí mis aventuras de mar que él escuchó en silencio.

—Hay en esto una especie de hado misterioso, díjome cuando hube concluido. Á cada paso eres tú el destinado á salvar nuestras vidas. ¿Y puedes suponer, por tanto, que vamos á dejarte aquí á una perdición segura? Sería eso una gratitud de muy mala calidad, amigo Jim. Tú descubriste la conspiración; tú encontraste á Ben Gunn, hazaña la más notable que en tu vida has hecho y que harás aun cuando vivas más que Matusalém. ¡Oh! ¡por el cielo! y hablando de Ben Gunn, este es el daño personificado. ¡Silver!, gritó; ¡Silver!...

Y cuando el cocinero estuvo bastante cerca para poder oirlo, prosiguió.

—No tengan Vds. ninguna prisa respecto de este tesoro: es consejo que me permito dar á Vd.

—Puede Vd. creer, señor, contestó John, que hago todo cuanto está en mi mano para hacer tiempo. Pero tenga Vd. entendido que de emprender la descubierta del tal tesoro dependen mi vida y la de este muchacho; no hay que olvidarlo.

—En hora buena, Silver, replicó el Doctor. Si ello es así, daré todavía un paso más en mis advertencias: cuidado con un chubasco posible, cuando se encuentre.

—Doctor, dijo Silver, como de hombre á hombre debo decir á Vd. que sus palabras ó me dicen demasiado, ó bien poco. ¿Qué es lo que Vds. persiguen; por qué dejaron este reducto; por qué me dieron la carta; todo eso lo ignoro, ¿no es verdad? Y sin embargo, ya ve Vd. que sigo sus instrucciones á ojos cerrados sin haber recibido ni una sola palabra de esperanza. Pues bien, esto último es ya demasiado. Si no quiere Vd. decirme claramente qué es lo que Vd. quiere darme á entender, decláremelo así sin rodeos y le ofrezco á Vd. que al punto suelto el timón.

—No, contestó el Doctor. No tengo derecho de decir nada más: no es un secreto mío, Silver; que si lo fuera, le empeño á Vd. mi palabra de que lo diría. Sin embargo, me avanzo, en bien suyo, hasta donde creo que puedo atreverme, y un paso más todavía; porque me parece que el Capitán va á ajustarme la peluca si no me equivoco. Pero no importa: por primera vez, Silver, le doy á Vd. alguna esperanza; si ambos salimos vivos de esta lobera, le ofrezco á Vd. que, menos perjurar, haré cuanto esté en mi mano por salvarle.

La fisonomía de Silver radió con una expresión brillante.

—Si fuera Vd. mi madre, exclamó aquel hombre, no podría Vd. decir nada que me consolara más; estoy seguro.

—¡Bien!, esa es mi primera concesión, añadió el Doctor. La segunda es algo como un nuevo consejo: guarde Vd. á este muchacho muy cerca de sí, y si necesitare Vd. ayuda, no haga más que gritar. Yo voy á asegurársela á Vd., y eso mismo le probará que yo no hablo á la ventura. Adiós, Jim.

Diciendo esto, el Doctor Livesey me apretó la mano, al través de los mal unidos postes, hizo una inclinación á Silver y se alejó á paso vigoroso perdiéndose luego entre la arboleda.

*

CAPÍTULO XXXI: En busca del tesoro - El directorio de Flint

—Jim, díjome Silver en cuanto que estuvimos solos: si yo salvé tu vida, tú has salvado también la mía y te ofrezco no olvidarlo. Ya noté al Doctor urgiéndote para que te fugases; lo he visto de reojo, sí señor, y he visto que tú no has querido; lo he visto tan claro como si lo hubiera oído. Jim, esto debo abonártelo en cuenta. Desde que el primer ataque falló, este es el primer rayo de esperanza que me llega, y ese lo debo á tí. Ahora, bien, es ya tiempo de que nos pongamos en marcha en busca de ese tesoro, llevando pliegos cerrados, como quien dice; lo cual no es de mi gusto; pero sea como fuere, tú y yo debemos mantenernos siempre juntos, casi espalda con espalda, y yo te aseguro que salvaremos nuestros pescuezos, á despecho del hado y de la fortuna.

En aquel mismo instante un hombre nos dió voces desde arriba gritando que el almuerzo estaba listo; por lo cual, sin más deliberaciones, llegamos cerca de la hoguera y nos sentamos todos aquí y allá, sobre la arena, haciendo los honores al bizcocho y al tocino frito.

Habían encendido los piratas una hoguera capaz de asar un buey entero y verdadero; y esa hoguera se había puesto tan ardiente que no era posible acercársele, sino por el lado que soplaba el viento, y eso con bastantes precauciones. Con el mismo espíritu de desperdicio, á lo que supongo, habían cocinado una cantidad de carne, por lo menos, tres veces mayor de la que necesitábamos y podíamos comer, por lo cual uno de ellos, con una estúpida risotada arrojó á la hoguera todo cuanto quedó sobrante, atizándose en gran manera el fuego con este nuevo pábulo. Nunca en mi vida he visto hombres más descuidados del mañana; “mano á la boca” es lo único que puede describir su manera de ser y obrar. Con desperdicio de víveres y centinelas que se dormían, podían aquellos hombres estar buenos, quizás, para una escaramuza de momento y salir con bien en ella, pero era evidente que no servían en manera alguna para algo que se pareciese á una campaña prolongada.

El mismo Silver corriendo con su Capitán Flint posado en su hombro, no tenía una sola palabra de reproche para su falta de previsión y de cuidado. Y esto me sorprendió tanto más cuanto que me parecía que aquel hombre jamás se había mostrado tan astuto y marrullero como aquel día.

—¡Ah!, camarada, dijo: deben Vds. tenerse por muy felices con tener por Capitán á este Barbacoa para que piense en vez de Vds. con esta cabeza que Dios le ha dado. Ya he dado con lo que quería, prosiguió. Esas gentes tienen el buque ¿en dónde? aún no lo descubro; pero una vez que demos con la hucha, ya sabremos descubrirlo. Además, muchachos, nosotros tenemos los botes, es decir, les llevamos la ventaja.

Sobre este tema continuó disertando, sin esperar á que su boca estuviese libre de los tremendos bocados de tocino que se llevaba á ella. Esto sirvió para restablecer la esperanza y la fe de los piratas; pero yo en cambio tornándome desconfiado, sentí rebajarse mucho las que había cobrado, poco rato hacía.

—En cuanto á nuestro huésped, continuó, me parece que no volverá á tener otra conversación con aquellos á quienes tanto quiere. Ya he recibido mis pocas de noticias y gracias le sean dadas por ello; pero eso ya está hecho y pasado. Por ahora me lo llevo entre filas mientras dura nuestra busca del tesoro, pues creo que el guardarlo con nosotros es tanto como guardar oro molido, por “lo que pudiera suceder” ¿no es verdad? Pero una vez que tengamos el dinero y el navío—las dos cosas—y nos demos á la mar como buenos camaradas, entonces ¡qué! nos despediremos del Sr. Hawkins, sí señor, y le daremos su parte, sin que quepa la menor duda, agradeciéndole todos sus servicios y amabilidades para con sus amigos.

No era de sorprender que aquellos hombres estuvieran de buen humor; mas por lo que hace á mí me sentía terriblemente descorazonado. Me parecía que en el caso de que el proyecto que acababa de bosquejar pareciese factible; Silver, doblemente traidor, no vacilaría ciertamente en adoptarlo. En aquellos momentos tenía todavía un pie en cada campamento, pero no era de dudarse que preferiría la riqueza y la libertad, con los piratas, á la débil probabilidad de escapar al verdugo, lo cual era lo más que le esperaba de nuestro lado.

Pero aun suponiendo que los sucesos se presentaran de tal manera que aquel hombre se viese constreñido á guardar la fe del pacto con el Doctor Livesey; aun suponiendo esto, ¡qué peligro tan terrible no teníamos en frente! ¡qué momento tan crítico aquel en que las sospechas de sus secuaces y cómplices se trocaran en perfecta realidad! ¡qué lucha tan á muerte y tan desigual, la de cinco marineros vigorosos, ágiles y decididos, contra un viejo inválido y un débil niño!

Añádase á esta doble preocupación el misterio que aun envolvería, á mis ojos, la conducta de mis compañeros; su inexplicable abandono de la estacada; su no menos extraña cesión del mapa de Flint, ó, lo que todavía era para mí más incomprensible, aquella última prevención del Doctor á Silver: “Cuidado con un chubasco posible cuando se encuentre.” Añádase todo esto y se comprenderá sin dificultad qué poco sabor pude tomar á mi almuerzo y con qué poca tranquilidad me puse en marcha detrás de mis capturadores, en busca del dichoso tesoro.

Nuestro aspecto era bien curioso y hubiera divertido á cualquiera que hubiese podido vernos: todos con trajes de marino perfectamente sucios, y todos, excepto yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos fusiles colgados, uno sobre el pecho y el otro á la espalda, ambos en bandolera; al cinto llevaba ceñida su gran cuchilla y en cada bolsa de su saco una pistola. Para completar esta extraña figura Capitán Flint iba posado sobre su hombro chapurreando toda clase de tonteras y frases incoherentes de charlas marinas. Yo marchaba atado á la cintura por una cuerda cuyo extremo llevaba el cocinero á ratos con su mano desocupada, á ratos sujeta con su poderosa dentadura; no me quedaba más recurso que seguirle humildemente, pero lo cierto es que parecía yo un oso de feria.

Los restantes iban diversamente cargados: unos, con picos, palas y azadones, que habían cuidado de sacar de La Española desde el primer momento; y otros con víveres para la comida de medio día. Todas las provisiones eran las mismas nuestras; lo que probó que Silver había dicho la verdad la noche anterior. Si el Doctor y él no hubiesen concluído un verdadero convenio, tanto él como sus secuaces se verían precisados á subsistir con agua clara y con el producto de sus cacerías. El agua habría sido bien poca cosa para su paladar y, por lo que hace á la caza, un marinero no es precisamente lo que se llama un buen tirador; á lo cual hay que añadir que es muy probable que si andaban escasos de provisiones no debían estar más bien provistos de pólvora y municiones.

Ahora bien; así dispuestos y equipados nos pusimos en camino, sin exceptuar ni el sujeto de la cabeza rota, el cual, por lo visto, debería haber quedádose á la sombra. Uno tras de otro fuimos hasta la playa en que los botes estaban amarrados. En ellos notábanse también las huellas de las brutales borracheras de los piratas; uno tenía un travesaño roto y ambos estaban positivamente asquerosos con lodo y toda clase de inmundicias. Por vía de precaución se tomaron ambos esquifes, dividiéndose la banda en ellos, y ya embarcados en esa disposición nos pusimos en movimiento hacia el centro del ancladero.

Al ponernos en movimiento no dejó de suscitarse alguna discusión acerca del mapa. Por de contado la cruz roja era demasiado grande para que por sí sola pudiera servirnos de guía, y los términos en que estaba concebida la nota á espaldas del pergamino no dejaban de contener alguna ambigüedad. Como se recordará, decían así:

“Árbol elevado en el declive del ‘Vigía’ en dirección de Norte á Nor-Nordeste.

“Islote del Esqueleto, Este Sudeste, cuarta al Este.

“Diez pies.”

Un árbol elevado era la seña principal. Ahora bien; precisamente frente á nosotros, el ancladero estaba ceñido por una meseta de dos á trescientos pies de elevación, juntándose hacia el Norte con la pendiente Sur de “El Vigía” y alejándose otra vez, en dirección Sur, hacia la eminencia abrupta y rocallosa designada con el nombre de Cerro de Mesana. Toda la cima del declive estaba espesamente arbolada con pinos de diversas alturas. Aquí y allá, alguno, de especie diferente, se alzaba cuarenta ó cincuenta pies sobre las cumbres de los que lo rodeaban... ¿cuál de estos era, entonces, el que estaba especialmente designado por el Capitán Flint con el nombre de “árbol elevado?” Esto no podía decidirse sino sobre el sitio mismo con las indicaciones precisas de la brújula.

Pero aunque esto último era palmario, cada uno de los que tripulaban los botes eligió su árbol favorito, antes de que estuviéramos á medio camino, y sólo John Silver permanecía encogiéndose de hombros y diciendo á sus gentes que se esperasen hasta estar en tierra.

Remamos sin hacer grandes esfuerzos, conforme á las instrucciones de Silver, para no cansarnos prematuramente, y después de una travesía, no muy corta por cierto, desembarcamos cerca de la boca del segundo riachuelo, el que corre, tierra abajo, por una de las más arboladas cuencas del “Vigía.” Una vez desembarcados, volvimos nuestros pasos sobre la izquierda y comenzamos á ascender el declive del terreno hacia la meseta superior.

Al principio, un terreno pesado y cenagoso y una tupida vegetación de marjal demoraron en gran manera nuestra marcha; pero poco á poco la loma se iba escarpando un poco, ofreciéndonos ya camino un tanto pedregoso, al par que la vegetación aparecía con otro carácter muy diverso, presentando sus árboles en una disposición más abierta y ordenada. Positivamente la parte de la isla en que íbamos entrando era la más grata de toda ella. Finas retamas de un aroma delicioso y arbustillos vestidos de flores habían ocupado casi enteramente el lugar del césped. Pequeños boscajes de verdegueantes mimosas se apretaban aquí y allá entre las erguidas columnas de los pinaletes y bajo su sombra protectora, mezclando todos aquellos vegetales y flores sus esencias y sus perfumes en un solo perfume que embriagaba los sentidos. La brisa, además, era fresca y regeneradora, lo cual, bajo los destellos clarísimos del sol, refrigeraba y tonificaba asombrosamente todos nuestros sentidos.

Los expedicionarios se desparramaron en forma de abanico, gritando y saltando como chicuelos. Hacia el centro y bastante atrás del cuerpo de expedicionarios, seguíamos Silver y yo; él tropezando á cada paso en las resbaladizas piedras, y yo, tras él, tirado por la cuerda á que me he referido. Empero, de cuando en cuando me veía precisado á sostenerle, porque, de lo contrario, hubiera perdido el pie y caído de espaldas, loma abajo. De esta manera habíamos avanzado como por una media milla y ya casi tocábamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba más alejado hacia nuestra izquierda comenzó á gritar con todas sus fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra y otra llamaba á sus compañeros; ya éstos comenzaban á correr hacia él.

—Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha, dijo el viejo Morgan pasando del lado derecho junto á nosotros en dirección del que gritaba. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal descubrimiento.

Y en verdad que, cuando Silver y yo llegamos al sitio aquel, nos encontramos con que era algo totalmente distinto. Al pie de un pino bastante alto y medio envuelto en las espirales de una verde trepadora, estaba un esqueleto humano, y á su lado, en el suelo, uno que otro andrajo de vestido. La exuberancia de la enredadera había ya cubierto algunos de los miembros de aquella osamenta. Me parece que un calofrío involuntario se apoderó de todos nosotros, llegándonos hasta el corazón en aquel momento.

—Este era un marinero, dijo Jorge Merry que más atrevido que los otros se había acercado y examinaba los andrajos esparcidos por el suelo. Por lo menos, esto no es más que un buen paño marino.

—¡Por vida mía!, dijo Silver, ¡me gusta el descubrimiento! ¿Acaso podríamos esperar encontrarnos aquí el cuerpo de un arzobispo? Pero ¿qué especie de postura es esa para un cadáver? Me parece muy poco ó nada natural, ¿no creen Vds.?

Y ciertamente una segunda ojeada nos convenció de la inverosimilitud de aquella postura extraordinaria. Por quién sabe qué causas, tal vez por la obra de los pájaros que habían comido sus carnes, tal vez por la acción de crecimiento de la enredadera, el hecho es que el hombre aquel yacía perfectamente recto con sus pies apuntando en una dirección, y sus manos tendidos paralelamente sobre su cabeza, señalando rígidamente en dirección opuesta.

—Me acaba de entrar una idea en la vieja calavera, dijo Silver chocarreramente. Aquí está la brújula; allí se ve la cima principal del Islote del Esqueleto sobresaliendo como un gran colmillo: sigan Vds. la dirección marcada por los huesos y tomen una visual hacia aquella punta.

Hízose como lo ordenó Silver. Las manos del esqueleto apuntaban directamente hacia el Islote y la brújula marcó, con toda claridad: Este Sudeste, cuarta al Este.

—Bien me lo figuré, exclamó el cocinero; este sujeto es un directorio. Pues allí derecho tenemos la línea que nos guía hacia la estrella polar y las benditas talegas. Pero lléveme el diablo si no me da calofrío el pensar en el amigo Flint. Esta es una de las bromas que él usaba, no cabe duda. Él y sus seis marineros vinieron solos hasta aquí: los seis murieron á sus manos, sabe el demonio de qué manera, y á este le cupo en suerte ser colocado aquí, de apuntador, con todas las medidas náuticas muy bien tomadas, ¡voto al infierno! Esos huesos son muy largos y el cabello parece haber sido amarillo. De seguro que este era Allan... ¿te acuerdas de Allan, Tom Morgan?

—¡Vaya si me acuerdo!, contestó Morgan. Por cierto que me debía algunas guineas que le presté, sí señor; y, además, se trajo consigo mi cuchilla cuando bajó á tierra.

—Y á propósito de cuchilla, dijo otro, ¿por qué no encontramos la de Allan, por aquí cerca de él, ni su dinero? El Capitán Flint no era hombre que se entretuviera en recoger la bolsa de un marinero, y en cuanto á los pájaros no me parece que excitara su codicia semejante hallazgo.

—¡Por mi patrón Satanás!, exclamó Silver. Eso me parece muy racional.

—Pues no hay por todo esto ni trazas de cosa alguna, dijo Merry, que registraba todavía en todo el derredor de la osamenta; ni un pobre penique de cobre, ni nada parecido. Pues esto sí que no es natural.

—¡No, por vida mía!, agregó Silver; ni natural ni tranquilizador, ni agradable en manera alguna. ¡Mil carronadas!, compañeros... la verdad es que si Flint estuviera aún vivo, ya tendríamos aquí cuentas largas que entregar. Seis eran los que le acompañaron; seis somos nosotros, y de aquéllos, ya lo hemos visto, no quedan más que las osamentas.

—Yo lo ví muerto con estos ojos que se ha de comer la tierra, dijo Morgan. Billy Bones me llevó á verlo. Tendido estaba allí con un penique de cobre sobre cada ojo.

—¡Muerto, sí!, ya lo creo, y sepultado en los infiernos, dijo el herido de la cabeza. Pero yo creo, de veras, que si alguna vez hubo ánima en pena, ¡esa ha de ser el alma condenada de Flint! ¡Cáspita! ¡pues vaya si tuvo una mala y horrible muerte aquel hombre!

—En cuanto á eso, ni quien lo dude, observó un tercero. En su agonía, ya blasfemaba como un condenado, ya deliraba con el rom, ya prorrumpía con una voz hueca como si saliera de la sepultura, en su canción eterna:

¡Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto!

Dijérase que no sabía otra canción más que esa y, la verdad, camaradas, desde entonces no es mucho lo que me divierte esa canturria. Hacía un calor horrible; la ventana del agonizante estaba abierta y yo podía oir clara, cada vez más clara, la lúgubre tonada que el hombre dejaba escapar, interrumpida por el hipo de la muerte, y ya con las sombras del cadáver sobre el rostro...

¡Vamos, vamos!, dijo Silver, ¿quieres dejar semejante conversación? Muerto está el hombre, muy bien muerto, y los que se mueren no vuelven, que yo sepa; ó si vuelven no pasean de día; á lo menos, estemos seguros. Se acabó el cuento: “¡entro por un caño dorado y salgo por otro, y basta!” ¡Adelante! ¡adelante que la hucha nos espera!

Diciendo y haciendo, partimos otra vez. Pero á despecho del ardiente sol y de la deslumbradora claridad, los piratas ya no marcharon separados, corriendo y gritando por la espesura, sino todos juntos, apretados unos contra otros y hablando con la respiración agitada. El terror del filibustero difunto había caído como una sombra densa sobre sus espíritus.

*

CAPÍTULO XXXII: La voz del alma en pena

En parte por la influencia aterrorizadora de aquella alarma y en parte para que descansaran Silver y sus compañeros enfermos, todos los expedicionarios tomaron asiento en cuanto que hubimos ganado definitivamente el borde superior de la meseta. Estando ésta un poco empinada hacia el Oeste, el lugar en que nos habíamos detenido nos descubría un ancho panorama á un lado y otro. Frente á nosotros, sobre las cumbres de los árboles mirábamos el Cabo de la Selva con su inmensa franja de espumantes ondas. Detrás no solamente dominábamos el ancladero y el Islote del Esqueleto, sino que podíamos divisar por sobre la punta arenosa en que está la Peña blanca, y por encima de las tierras bajas, una gran extensión de mar abierto hacia el Oriente. Por cima de nosotros se destacaba el “Vigía,” ya matizado á trechos por pinos aislados, ya negreando con profundos barrancos y desfiladeros. Ningún ruido llegaba hasta allí, á no ser el monótono golpear de las rompientes lejanas subiendo en oleadas de rumor incesante hasta nuestros oídos, y el zumbido de insectos incontables bullendo en la espesura. Ni un hombre, ni una vela en el océano: lo inmenso de aquel vasto panorama parecía aumentar su triste soledad.

En cuanto que Silver se hubo sentado hizo ciertos cálculos con la brújula.

—Hay tres “árboles elevados” dijo, hacia la dirección de la línea marcada rectamente del Islote del Esqueleto. “La vertiente del Vigía,” ya lo entiendo; esto significa aquel punto en declive hacia allá. Pues ahora es ya un juego de niños el encontrar la hucha. Me parece, sin embargo, que haríamos bien en comer primeramente.

—No me siento muy filoso, murmuró Morgan. Este pensamiento de Flint me ha quitado el apetito. ¡Ah! si Flint estuviera vivo, yo podría darme ya por muerto.

—Ah, vamos, hijo mío, dijo Silver; dale gracias á tu buena suerte. Flint no tiene nada que hacer ya en este mundo.

—Era un diablo bien horroroso el tal Flint, exclamó el tercer pirata. ¡Con aquella eterna cara de murria!

—Fué el rom el que le produjo aquel tinte azulado y aquella expresión de esplín; aunque “murria” como tú dices, me supongo que es una mejor palabra.

Desde que habíamos descubierto el esqueleto de Allan y dado margen con él á esta clase de pensamientos, la voz de los piratas había ido bajando, bajando, hasta que, en aquel punto, ya no era casi más que un ligero murmullo cuyo sonido escasamente podría decirse que interrumpiese el silencio misterioso de la selva.

De repente, como del medio de los árboles que había frente á nosotros, una voz aguda, penetrante, temblorosa, prorrumpió en la lúgubre y conocida cantilena:

Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,

Son quince ¡yo—ho—hó! son quince ¡viva el rom!

Jamás he visto ni espero volver á ver hombres más horriblemente asustados que los piratas. Como por arte de encantamiento sus caras se quedaron, de súbito, lívidas como la cera: algunos se pusieron de pie; algunos se asieron trémulos y trastornados al brazo ó á la ropa del más cercano; Morgan murmuró, sin levantarse, palabras sin sentido.

—¡Ese es Flint, por el infierno!, exclamó Merry.

La canción aquella había cesado de una manera tan súbita como empezó; cortada, podía decirse, como si alguien hubiera cubierto bruscamente con su mano la boca del cantor. Viniendo de la distancia á que venía á través de la atmósfera clara y luminosa y de entre las cumbres de los árboles, me pareció á mí que la voz aquella había sonado dulce y airosa, y lo que había que extrañar era el efecto producido sobre mis compañeros.

—¡Vamos!, dijo Silver pugnando con sus labios cenicientos por hacer salir las palabras, ¡Esa no pega! Á otro perro con ese hueso. Ese es alguno que comienza á ponerse la mona y se va por allí haciéndonos la calandria; es alguno que tiene su carne y huesos, no lo duden Vds.

Conforme hablaba le iba volviendo más y más el alma al cuerpo y con ella el color al rostro. Los otros ya comenzaban también á dar oídos á su envalentonamiento, y ya iban recobrándose poco á poco, cuando el mismo acento prorrumpió de nuevo, esta vez ya no cantando, sino con un voceo lejano que los ecos de las cuencas en el “Vigía” repetían muy débilmente:

—¡Darby Grow!, gimió aquel acento, ¡Darby Grow! ¡Darby Grow!, y seguía repitiendo aquel nombre; y luego en un diapasón un poco más alto y no sin acompañar un horrible juramento, concluyó así: ¡Corre á traerme rom; pronto Darby!

—Eso ya no deja duda, murmuró uno. ¡Vámonos!

—Esas fueron las últimas palabras de Flint, murmuró Morgan; sus últimas palabras á bordo de este mundo.

Dick había sacado un Biblia y rezaba mecánicamente, como un maniaco. Este pobre muchacho había recibido una mediana educación antes de venir á la marina con tan malas compañías.

Sin embargo, Silver aún permanecía luchando. Sus dientes casi castañeteaban de cuando en cuando, pero él no se rendía al terror ni mucho menos.

—Nadie ha podido oir hablar en esta isla acerca de Darby, clamó; nadie más que los que aquí estamos.

Pero luego, como para contrapesar esas palabras, prosiguió haciéndose un esfuerzo:

—Camaradas: yo he venido aquí para encontrar esa hucha y ni alma en pena ni hombre de carne y hueso podrán impedírmelo. Jamás, durante su vida, tuve miedo al viejo Flint y ¡por Satanás mi patrón! yo le haré frente hasta á su misma alma condenada. Á menos de un cuarto de milla de aquí están setecientas mil libras en oro... ¿Cuándo se ha visto que un caballero de la fortuna haya volteado la popa á una hucha de ese tamaño nada más que por miedo á la memoria de un viejo borracho, con su cubilete de rom, y ya muerto y enterrado?

Los piratas no daban señal alguna de reanimarse con este discurso; antes bien pareció que la notoria irreverencia de aquellas palabras aumentaba su terror.

¡Cuidado, cuidado, John!, dijo Merry. ¡No es bueno enojar á los espritus!

En cuanto á los otros estaban sobrado aterrorizados para que pudiesen contestar. Varios de ellos habrían emprendido una retirada á carrera abierta si se hubieran encontrado con valor, siquiera para esto; pero el miedo los hacía querer estarse juntos en torno de John, como si encontraran ayuda en el valor de éste. Silver, por su parte, había ya logrado sobreponerse bastante á su debilidad.

¿Spritu?, dijo. ¡Bueno! Podría ser. Pero noto una cosa que no me parece muy clara, y es que la voz del tal espritu ha tenido un eco. Ahora bien, yo digo que ningún hombre ha visto que las almas hagan sombra. ¿Cómo podía entonces su voz hacer un eco? Quisiera averiguar esto. Á mí, por lo pronto, no me parece natural.

Aquel argumento me pareció á mí bastante débil. Pero es imposible decir qué cosas afectarán á la superstición; así es que, con no poca sorpresa de mi parte, ví que Jorge Merry se mostraba muy consolado.

—¡Vaya! ¡pues de veras!, exclamó. John, Vd. lleva una verdadera cabeza sobre sus hombros, no hay duda en eso. Á propósito, camaradas: esta tripulación lleva su vela sobre una mala amura. Decíamos que esa voz se parece á la de Flint; un poco, digo yo; pero á esa distancia tan larga no era fácil juzgar tan bien del parecido. Puede ser muy bien la voz de otro...

—¡Por el infierno!, gritó Silver; ¡ese fué Ben Gunn!

—Ben Gunn ha sido, le ha acertado Vd., dijo Morgan incorporándose hasta ponerse de rodillas. ¡Ben Gunn y muy Ben Gunn!

—Pues ahora no tiene ya mucho de extraordinario, dijo Dick. Ben Gunn no anda con nosotros, es verdad, pero supongo que tampoco andará con Flint.

Los de más edad en la compañía recibieron la sosa observación de Dick con el más marcado desprecio.

—¡Y qué nos importa Ben Gunn!, exclamó Merry. Vivo ó muerto, aquí nadie le tiene miedo á Ben Gunn.

Era cosa sorprendente el ver hasta qué punto había vuelto el ánimo á sus corazones y el color natural á sus caras, poco antes lívidas. Poco rato después ya estaban charlando unos con otros, si bien todavía de cuando en cuando prestaban oído atentamente; más como no percibiesen ya sonido alguno, concluyeron por echarse á cuestas todos sus aperos y la caravana entera se puso de nuevo en marcha. Merry iba á la vanguardia llevando consigo la brújula de Silver á fin de seguir, sin desviarse, la línea recta tirada del Islote del Esqueleto. Jorge había dicho la verdad; vivo ó muerto, nadie allí tenía miedo de Ben Gunn.

Dick, sin embargo, todavía conservaba su Biblia en la mano, como un amuleto, y echaba en torno ojeadas llenas de temor; pero su cobardía no encontró ya prosélitos, y Silver no le hizo poca burla á causa de sus precauciones.

—Ya te lo había yo dicho, Dick, exclamaba el cocinero; ya te había yo dicho que tu Biblia estaba profanada, y si tal como está ya no sirve ni para jurar por ella, ¿qué fuerza quieres tú que tenga para libertarte de un espritu? ¡Ninguna por cierto!

Pero Dick no estaba para oir razones: la verdad es que, según ya noté, el pobre muchacho se estaba poniendo muy enfermo; la fiebre que el Doctor le había anunciado en la mañana se apoderaba de él á toda prisa, espoleada por el susto, el calor y la fatiga.

Ya sobre la cima, el terreno era abierto, y nuestro camino descendía un poco, porque, como he dicho antes la meseta se inclinaba un tanto en dirección del Oeste. Los pinos, pequeños y grandes, crecían á buena distancia unos de otros, y aun entre los espesos lunarcillos de azaleas y mimosas, quedaban grandes claros al descubierto en que el sol reverberaba con insólita fuerza. Prosiguiendo como íbamos, en dirección Noroeste, al través de la isla, nos acercábamos cada vez más, por una parte, á los declives del “Vigía,” y por otra á aquella bahía occidental formada por el Cabo de la Selva en la cual había yo pasado tales angustias á bordo del llevado y traído coracle.

Llegamos al primero de los grandes árboles, pero tomada la dirección con la brújula resultó no ser aquél el que buscábamos. Lo mismo sucedió con el segundo. El tercero se alzaba como á unos doscientos pies sobre la cima de un boscaje de arbustos. Era este un verdadero gigante de los bosques con una columna recta y majestuosa como los pilares de una basílica y con una copa ancha y tupida bajo cuya sombra podría muy bien haber maniobrado una compañía de soldados. Tanto desde el Este como desde el Oeste podía distinguirse muy bien en el mar aquel coloso y pudiera habérsele marcado en el mapa, como una señal marítima.

Pero no era por cierto su corpulencia imponente lo que impresionaba á mis compañeros, sino la seguridad de que nada menos que setecientas mil libras en oro yacían sepultadas en un punto cualquiera bajo el círculo extenso de su sombra. La idea de las riquezas que les aguardaban concluyó por dar al traste con todos sus terrores precedentes en cuanto que se acercaban al sitio codiciado. Sus ojos lanzaban rayos; sus pies parecían más ligeros y expeditos; su alma entera estaba absorta en la expectativa de aquella riqueza fabulosa que había de asegurarles para toda la vida una no interrumpida serie de extravagancias y placeres sin límites, cuyas imágenes danzaban tumultuosamente en sus imaginaciones.

Silver gruñía, cojeando más que nunca, sobre su muleta; su nariz aparecía ancha y dilatada, estremeciéndose de cuando en cuando; si una mosca se paraba sobre cualquiera parte de su rostro, juraba y maldecía como un poseído; tiraba furiosamente de la cuerda con que me llevaba sujeto y de tiempo en tiempo echaba sobre mí ojeadas con que hubiera querido aniquilarme. La verdad es que no se tomaba ya el menor trabajo para disimular sus pensamientos, y á mí me era tan fácil leerlos como si los llevara escritos sobre la frente. Á la aproximación del oro, todo otro pensamiento se había borrado de su memoria; su promesa, las advertencias del Doctor, todo era para él como no existente, y no me cabía la menor duda de que su esperanza, en aquellos momentos, era apoderarse del tesoro, encontrar y fletar La Española á favor de la oscuridad de la noche, degollar sin compasión á cuantas gentes honradas había en la isla y hacerse á la mar, como lo había primeramente meditado, con su doble cargamento de crímenes y de oro.

Impresionado con pensamientos tan poco consoladores, era para mí cosa difícil el seguir el paso rápido y agitado de los buscadores de oro. De vez en cuando tropezaba y entonces era cuando Silver daba violentos tirones á la cuerda con que me conducía y me arrojaba, como dardos, sus miradas asesinas. Dick que se había quedado á nuestra espalda y que, á la sazón, formaba la retaguardia de la caravana, venía murmurando para sí, todo mezclado, oraciones y juramentos. Esto no hacía más que aumentar mi desazón y malestar y, para coronarlo todo, me acordé en aquellos momentos de la tragedia que se había desenlazado una vez en esa misma meseta, cuando aquel pirata sin Dios que murió en Savannah cantando y pidiendo rom, había asesinado allí á sus seis cómplices. Ese bosque, tan tranquilo y silencioso á la sazón, debió resonar entonces con los alaridos de terror y de agonía de las víctimas sacrificadas, alaridos que el terror hacía resonar á los oídos de mi imaginación.

Nos encontrábamos, en aquel momento, al borde del boscaje.

—¡Hurra, muchachos!, gritó Merry; ¡todos juntos!

Y al decir esto el hombre de vanguardia echó á correr.

Repentinamente, y antes de que hubiera avanzado diez yardas vimos al grupo detenerse. Un grito ahogado se escapó de cada pecho. Silver aceleró el paso, empujándose con el apoyo de la muleta á distancias inverosímiles, y un momento después tanto él como yo habíamos tenido que hacer alto como los demás.

Á nuestros pies se veía una gran excavación nada reciente, porque se veían los costados de la fosa desprendidos, y en el fondo había ya brotado el césped. Allí yacía, roto en dos pedazos, el mango de una azada, y las tablas de varias cajas de empaque se miraban esparcidas aquí y acullá. En una de esas tablas pude leer esta marca hecha con un hierro candente: “Walrus,” nombre del buque de Flint, como se recordará quizás.

Aquello era claro como la luz del día. El escondite había sido descubierto y explotado. ¡Las setecientas mil libras habían desaparecido!

*

CAPÍTULO XXXIII: La caída de un caudillo

Jamás trastorno alguno en la vida ha sido más sentido que aquel. Se diría que un rayo había herido á todos aquellos hombres. Pero á Silver el golpe le pasó en un instante. Todas las facultades de su alma se habían concentrado por un rato en aquel tesoro, es verdad; pero el instinto le hizo recobrarse en un segundo: su cabeza se alzó firme, su valor apareció al instante y ya había formado todo su plan cuando los otros aún no acertaban á darse cuenta exacta del terrible chasco.

Y al punto, dándome una pistola de dos cañones, me dijo:

—Toma esto, Jim, y preparémonos para una querella.

Al mismo tiempo comenzó á trasladarse sin precipitación hacia el Norte, y á pocos pasos ya había puesto la excavación entre nosotros y los otros cinco. En seguida me dirigió una mirada y me hizo con el dedo una señal muy significativa como diciendo: “Aquí se juega el pellejo,” en lo cual estaba yo de acuerdo. Empero sus miradas eran ya de todo punto amistosas, y yo me sentí tan indignado con estos frecuentes cambios, que no pude menos que decirle:

—Por lo visto ya es Vd. de los nuestros otra vez.

No tuvo tiempo para contestarme. Los filibusteros, con gritos y maldiciones de todo género, comenzaban á brincar adentro del hoyo unos tras de otros, cavando rabiosamente con sus propias uñas y haciendo caer los bordes de la fosa al hacer esto. Morgan se encontró una pieza de oro. Alzóla en sus manos con una verdadera explosión de juramentos: era una moneda de valor de dos guineas y fué pasando de mano en mano durante unos quince segundos.

—¡Dos guineas!, rugió Merry enseñando aquella pieza á Silver y sacudiéndola en alto. ¿Son estas tus setecientas mil libras? ¡De veras que eres tú el hombre para hacer contratos! Tú eres el que aseguras que jamás empresa se ha echado á perder entre tus manos, viejo imbécil, haragán, ¡cabeza de alcornoque!

—¡Escarben, escarben, muchachos!, gritó Silver con la más fría insolencia; no me sorprenderá que todavía encuentren algunos cacahuates.

—¡Cacahuates!, repitió Merry en un grito salvaje. ¿Camaradas, lo han oído Vds.? Pues ahora tengo la seguridad de que ese infame lo sabía todo. No hay más que mirarle á la cara; allí le leo yo su traición.

—¡Hola, Merry!, le gritó Silver; ¿ya piensas proponerte de nuevo para capitán? ¡Eres un chico emprendedo, no cabe duda!

Pero lo que es por esta vez todos estaban decididamente del lado de Merry. Uno tras de otro, todos fueron echándose afuera de la excavación, arrojando miradas furiosas tras de sí. Una cosa observé en aquellos críticos momentos, que por cierto nos favorecía en gran manera, y es que todos saltaban del lado opuesto al que ocupábamos Silver y yo.

Por fin, estábamos allí frente á frente, dos de un lado y cinco del otro, con el socavón separando ambas facciones y sin que ninguna de ellas pareciera resuelta á dar el primer golpe. Silver permanecía inmóvil, observando simplemente al enemigo, erguido sobre su muleta y con una frialdad que parecía inverosímil. Aquel bandido era valiente, no cabe duda.

Merry, al cabo, creyó que un discurso aceleraría la conclusión de la escena.

—Camaradas, dijo, allí están dos individuos solos de los cuales el uno es el viejo derrengado, á quien trague el infierno, que se ha burlado de nosotros trayéndonos á sufrir una decepción inmerecida. El otro no es más que ese cachorro del diablo á quien pienso arrancarle por esta vez hasta las entrañas. No hay temor, ¡á ellos, camaradas!...

Al decir esto alzó la voz y el brazo como para guiar al ataque; pero en aquel mismo instante... ¡crac! ¡crac! ¡crac!, tres detonaciones de mosquete sonaron casi simultáneamente y tres relámpagos se vieron brillar en la espesura más cercana. Merry se desplomó de cabeza dentro de la excavación; el hombre de la cara vendada dió vueltas girando como una peonza que espira y cayó de lado cuan largo era, completamente muerto, por más que todavía hiciera algunos movimientos, inconscientes ya, después de caído. En cuanto á los tres restantes no esperaron nuevas razones, sino que en el acto volvieron la espalda y se pusieron en precipitada fuga, corriendo como ciervos espantados.

En un abrir y cerrar de ojos Silver había disparado los dos cañones de una doble pistola sobre el agonizante Merry, y como este desdichado levantase hasta él los ojos en sus últimas convulsiones, le gritó el implacable cocinero:

—Me parece, Jorge, que te he ajustado las cuentas.

En el mismo instante, el Doctor, Gray y Ben Gunn salían, á reunírsenos, de un bosquecillo de mimosas, trayendo entre las manos sus mosquetes humeando todavía.

—¡Adelante, muchachos!, gritó el Doctor. No hay que perder un instante, para impedirles que se apoderen de los botes: ¡adelante! ¡adelante!

Con esta excitativa tan apremiante partimos á paso veloz, sumergiéndonos, algunas veces, hasta el pecho, en las espesuras de retamas y matorrales de toda clase de yerbas.

Silver, en aquellas circunstancias, demostraba el mayor empeño por no separarse de nosotros. Y lo que aquel viejo inválido hizo, abriéndose paso por donde nosotros íbamos, saltando frenéticamente sobre su muleta hasta hacer casi que se destrozaran los músculos de su pecho, todo eso no lo habría podido hacer con más energía y resolución un hombre sano. El Doctor fué de la misma opinión que yo en este particular. Con todo y eso, cuando llegamos á la ceja de la mesa en vía de descender, el hombre aquel venía á unas treinta yardas tras de nosotros y su fatiga era tal que parecía á punto de ahogarse.

—Doctor, gritó: mire Vd. allá; ya no hay prisa ninguna.

En efecto, no la había. Por un claro bastante grande de la meseta podíamos divisar á los tres fugitivos, corriendo todavía en la misma dirección en que partieron, esto es, en derechura hacia el Cerro de Mesana. Nosotros estábamos ya, á aquella hora, entre ellos y los botes, por lo cual todos cuatro nos sentamos para tomar aliento, en tanto que John Silver, enjugándose el rostro, llegaba, ya lentamente, hasta nosotros.

—Doy á Vd. las más rendidas gracias, Doctor, dijo. Ha llegado Vd. en el momento crítico, á lo que creo, para Hawkins y para mí. ¡Hola!, con que Ben Gunn está también por aquí, ¿eh? ¡Bien! ¡bien! Tú eres un buen chico, á no dudarlo.

—¡Ben Gunn, y muy Ben Gunn!, replicó el hombre de la isla, meneándose como una anguila con un embarazo bastante visible.

Y luego, después de una pausa, añadió aquel mísero aislado:

—¿Y qué tal está Vd., Sr. Silver? Muy bien, dirá Vd., no es esto; ¡pues tanto que me alegro!

—¡Ah! ¡Ben, Ben!, murmuró Silver. ¡Y pensar en la que nos has jugado!

El Doctor envió á Gray á que recogiera uno de los picos abandonados por los piratas en su precipitada fuga, y en seguida fuimos ya bajando, con todo despacio, hacia el punto en que los botes yacían amarrados, en cuyo tiempo el mismo Doctor nos refirió, en pocas palabras, lo que había pasado. Pero su narración interesó profundísimamente á Silver; sobre todo al ver que, desde el principio hasta el fin, era el único héroe de ella aquel Ben Gunn, el semi-idiota abandonado hacía tres años en la isla.

Ben, en sus solitarias y vagabundas excursiones por la isla, había encontrado el esqueleto de Allan y lo había despojado de sus armas y dinero. Después había encontrado el tesoro; había hecho la excavación, dejando en ella, por último, su azada rota y ya inútil; había cargado sobre sus hombros todo el oro, en incontables viajes penosísimos, desde el pie del gigantesco pino, hasta una gruta que él tenía en la loma de las dos puntas, en el ángulo Nordeste de la isla y allí, por último, lo tenía todo almacenado, dos meses hacía, perfectamente á salvo.

Cuando el Doctor se hubo hecho dueño de este secreto, en la tarde del día del ataque, y al ver á la mañana siguiente desierto el ancladero, no vaciló ya en ir á ver á Silver, darle el mapa que era ya perfectamente inútil, y cederle todas las provisiones, puesto que la gruta de Ben Gunn estaba abundantemente surtida con carne de cabras monteses y de venados, salada por él mismo; sin reservarse, en una palabra, cosa alguna, á fin de asegurarse la retirada del reducto hacia la colina de las dos puntas, en donde no había el menor peligro de malaria y se mantendría una vigilancia efectiva sobre el tesoro.

—En cuanto á tí, Jim, dijo, la cosa me podía mucho; pero yo hice lo que me pareció mejor para los que habían permanecido fieles á su deber, y si tú no estabas entre ellos, ¿de quién era la culpa?

Pero aquella mañana, comprendiendo que iba yo á verme envuelto en el horrible desengaño que había preparado para los rebeldes, había corrido hasta llegar á la gruta, y, dejando al Caballero para cuidar al Capitán, había traído consigo al hombre aislado y á Gray, y describiendo una diagonal á través de la isla, se preparaba para estar á la mano, cerca del gran pino. Pronto vió, sin embargo, que los sublevados le llevaban la ventaja, y por tanto Ben Gunn, que ya casi volaba en aquellos terrenos, como se recordará, fué despachado á vanguardia para que, solo de por sí, hiciera lo posible por detener el avance de los sublevados. En estas circunstancias fué cuando al hombre de la isla le ocurrió prevalerse de la superstición de los piratas, y tuvo tal éxito en su ensayo que el Doctor y Gray pudieron bien llegar al gran pino y emboscarse cerca de él antes de que se presentaran los buscadores del tesoro.

—¡Ah!, dijo Silver. Por lo visto ha sido para mí una gran fortuna el tener á Jim conmigo. Á no ser por él, hubieran Vds. dejado hacer picadillo al pobre viejo John, sin consagrarle un pensamiento siquiera, ¿no es verdad?

—¡Ni un pensamiento!, dijo el Doctor jovialmente.

Á este tiempo ya habíamos llegado á los botes. El Doctor, sirviéndose del pico destruyó uno de ellos, y luego todos nos pusimos á bordo en el restante y nos arreglamos para ir rodeando por mar hasta la Bahía del Norte.

Era aquel un viaje de unas ocho ó nueve millas. Silver, aunque casi muerto de fatiga, fué asignado á uno de los remos como todos nosotros, y muy pronto ya iba nuestro esquife deslizándose ligero sobre un mar terso y favorable. Antes de mucho ya habíamos pasado el estrecho, doblamos la punta Sudeste de la isla, en torno de la cual, cuatro días antes, habíamos remolcado tan penosamente La Española.

Cuando pasamos frente á la colina de los dos picos, pudimos ver la negra boca de la gruta de Ben Gunn y una figura humana, de pie, cerca de ella, recargándose sobre un fusil. Era el Caballero, á quien saludamos ondeando nuestros pañuelos y lanzando tres hurras en los cuales la voz de Silver se unió tan calurosamente como la de cualquiera de nosotros.

Tres millas más lejos y muy cerca de la entrada de la Bahía del Norte, ¿qué otra cosa habíamos de encontrar sino La Española navegando sola? La última creciente la había levantado de la posición en que la dejé, y si hubiera dado la casualidad de que soplase un viento fuerte, ó que la marea hubiese engendrado una corriente enérgica como sucedía en el ancladero Sur, es seguro que jamás la habríamos vuelto á ver ó la hubiéramos encontrado encallada en algún arrecife fuera de toda probabilidad de ponerla de nuevo á flote. Tal como se nos presentaba, había muy poco que reparar y componer, excepto el destrozo de la vela mayor. Alistóse una nueva ancla y la tiramos á braza y media de agua y en seguida todos volvimos al bote remando hacia la “Caleta del Rom,” que era el abrigo más próximo á la gruta del tesoro de Ben Gunn. Gray, sin nadie más que lo acompañara, fué despachado de nuevo en el esquife hasta La Española, á fin de que pasara en ella la noche en guardia.

Un ligero declive llevaba desde la playa de la caleta hasta la entrada de la cueva. En la parte más alta el Caballero salió á nuestro encuentro. Cordial y amable fué conmigo, omitiendo toda referencia á mi escapatoria, lo mismo para alabarla que para condenarla. Al recibir el saludo cortés de Silver, se puso encendido y dijo así:

—John Silver, es Vd. el más prodigioso villano é impostor que jamás vivió sobre la tierra... un impostor monstruoso, sí señor. Se me ha dicho que debo renunciar á perseguir á Vd. ante los tribunales. En hora buena: no lo haré. Pero eso no impedirá que todos esos hombres que han perecido pesen al cuello de Vd. como piedras de molino.

—Gracias de nuevo, gracias muy cordiales, señor, exclamó Silver saludando otra vez.

—Le desafío á Vd. á que vuelva á pronunciar esas palabras, dijo con vehemencia el Caballero. He allí una irrisión de mi deber. ¡Quédese Vd. detrás de todos!

Dicho esto entramos todos á la gruta. Era esta una gran estancia bien ventilada, con una fuentecilla y una represa pequeña de agua clara circundada de helechos. El piso estaba enarenado. Ante un grande y confortable fuego yacía el Capitán Smollet, y en un rincón más apartado, mal iluminado por los resplandores oblícuos de la hoguera, advertí un gran montón de monedas y un cuadrilátero formado con barras de oro. Aquel era el tesoro de Flint que desde tan lejos habíamos venido á buscar y que, á aquellas horas, había costado ya las vidas de diez y siete de los tripulantes de La Española. ¿Cuántas más habría costado el reunirlo, cuánta sangre vertida, cuántos amargos duelos ocasionados, cuántos buques arrojados al fondo inmenso del océano, cuantos hombres haciendo con los ojos vendados el horrible “paseo de la tabla,” cuantos cañonazos disparados, cuanta mentira, cuanto engaño, y cuantas crueldades?... He aquí una cosa imposible de inquirir. Y sin embargo, allí mismo, en aquella isla, andaban aún tres hombres que habían tenido su participación en aquellos crímenes: Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn; y cada uno de ellos había esperado en vano tener su participación en la recompensa.

—Ven acá, Jim, díjome el Capitán. Tú eres un buen muchacho en tu clase; pero no creo que tú y yo volveremos juntos á la mar de nuevo. Eres demasiado lo que se llama un niño mimado para que pudieras ir bajo mis órdenes por mucho tiempo, ¿Es Vd., John Silver? ¿Qué vientos lo arrojan á Vd. por acá, amigo?

—Vuelvo á mis obligaciones, señor, contestó Silver.

—¡Ah!, dijo el Capitán, y no añadió una palabra más.

¡Dios mío! ¡y qué cena que tuve aquella noche, junto á todos mis amigos, con las carnes saladas por Ben Gunn y golosinas exquisitas traídas de La Española, con más una botella de magnífico vino! Estoy seguro de que jamás hubo sobre la tierra gentes más alegres y felices. Y con nosotros estaba allí Silver, sentado detrás de nuestro grupo, casi fuera del radio de luz de la hoguera, pero comiendo con gran apetito, listo para levantarse y servir algo que hiciera falta y hasta uniéndose á nuestras risas de una manera poco ruidosa; en una palabra, el mismo hombre obsequioso, comedido y agradable que salió con nosotros de Brístol.

*

CAPÍTULO XXXIV: Se cuenta el fin de esta verdadera historia

Á los primeros albores de la mañana siguiente ya todos estábamos en movimiento y á la obra, porque lo cierto es que no era trabajo tan sencillo el trasporte de toda aquella masa de oro por cerca de una milla, en tierra, y por tres millas, en el bote, hasta llegar á La Española, siendo como éramos tan escaso en número los operarios. Los tres rebeldes escapados la víspera y que forzosamente permanecían aún en la isla, no nos dieron ningún quehacer. Pusimos un centinela en el declive de la loma para evitarnos una sorpresa, y por lo demás, nos tranquilizaba la idea de que ya no deberían tener mucha gana de pelear después de los sucesos de cuatro días infructuosos para ellos.

Con esta creencia, la obra del trasporte fué activada vigorosamente. Gray y Ben Gunn iban y venían con el bote, mientras los restantes, durante sus ausencias apilaban oro en la playa. Dos de aquellas barras atadas con un cabo de cuerda hacían una carga suficiente para un hombre formal, y puede creérseme que todos se sentían contentos hasta no poder más de ir marchando lentamente con semejante carga. Por lo que hace á mí, como no les era muy útil para el acarreo, me ocuparon todo el día en la gruta en empacar las monedas en cajas y sacos que se habían traído exprofeso para el objeto en La Española.

Como en la talega de Billy Bones, había allí la más extraña colección de monedas, sólo que en cantidad infinitamente superior, por de contado, y en mucha mayor variedad, al grado de que no creo haber gozado más en mi vida que al separarlas y arreglarlas. Monedas francesas, inglesas, españolas, portuguesas, Jorges y Luises, doblones y dobles guineas, moidores y zequíes, con los retratos de todos los soberanos de Europa, lo menos por un siglo; y extrañas piezas orientales marcadas con lo que me parecía haces de cuerdas ó trocitos de telarañas, piezas circulares, y otras agujereadas como si se las hubiera destinado á llevarse al cuello á guisa de collar; casi todas las variedades de moneda conocida, en una palabra, tenían sus representantes en aquella colección. En cuanto al número, tengo por cierto que eran tan incontables como las hojas que el otoño esparce; de tal suerte que la espalda me dolía ya terriblemente de tanto estar inclinado y las uñas me punzaban con el trabajo de la separación.

Un día y otro día repetíamos el mismo trabajo y á la llegada de cada noche una verdadera fortuna se había llevado á bordo de La Española, en tanto que otra fortuna más quedaba aún esperando para el día siguiente. En cuanto á los tres rebeldes sobrevivientes, para nada nos molestaron.

Por último—y creo que esto fué la tercera noche—el Doctor y yo vagábamos por el declive de la loma en el punto en que pueden dominarse desde ella todas las partes bajas de la isla, cuando en medio de la oscuridad de la noche el viento trajo hasta nosotros un rumor entre ahullido y canto. Fué una mera ráfaga lo que llegó á nuestros oídos y luego se restableció de nuevo el silencio.

—Dios los tenga de su mano, dijo el Doctor; esos son los rebeldes.

—¡Borrachos, sí señor!, añadió la voz de Silver tras de nosotros.

Aquí es la oportunidad de decir que á Silver se le había dejado el pleno goce de su libertad y que, á pesar de que tuvo que sufrir diarios y constantes desaires, parecía él considerarse, una vez más, como un dependiente querido y privilegiado. Lo cierto es que era de admirar la prudencia con que sobrellevaba todas sus humillaciones y la invariable urbanidad con que trataba de congraciarse con todos. Sin embargo, tengo entendido que nadie lo trató mejor que si hubiese sido un perro; á no ser Ben Gunn, que continuaba sintiendo un terror pánico por su antiguo contramaestre, y yo que, en realidad, tenía algo que agradecerle, si bien es cierto que aun en esto podía yo haberme sentido tan predispuesto como otro cualquiera en contra suya, puesto que recordaba muy bien haberle visto meditando en la meseta una nueva traición en contra mía. En virtud de esto, no fué sino muy ásperamente que el Doctor le respondiera:

—Borrachos ó delirando, ¿qué sabe Vd.?

—Tiene Vd. razón que le sobra, replicó John. Pero lléveme el diablo si ni á mí ni á Vd. nos importa que sea lo uno ó lo otro.

—No creo que tenga Vd. muchas pretensiones á ser considerado un miembro real de la humanidad, dijo el Doctor, con una mirada de desprecio para su interlocutor; por lo mismo, Maese Silver, es muy probable que mis sentimientos le sorprendan á Vd.; pero si yo tuviera la certeza moral de que los tres están delirando, como la tengo de que uno, por lo menos, debe estar postrado por la fiebre, crea Vd. que dejaría al punto este campo y á riesgo de mi propio pellejo, iría á llevarles los auxilios de mi profesión.

—Vd. me perdonará mucho, señor, si le digo que ese sería un gran error, añadió Silver. Vd. perdería con toda certeza su preciosa vida y no le quepa á Vd. duda de ello. Yo estoy ahora en las filas de Vds., en cuerpo y alma, y no consentiría yo jamás en que se debilitara nuestra fuerza, dejando á Vd. ir solo, á Vd. á quien muy bien sé todo lo que debo. Además, aquellos hombres no sabrían nunca mantener su palabra, aun suponiendo que se lo propusieran, y—lo que es peor todavía—nunca podrían tener fe en la promesa de un hombre de honor como Vd.

—Es verdad, dijo el Doctor; pero, en cuanto á hombres que cumplen su palabra, allí está Vd. que se pinta solo para ello.

Ahora bien, aquellas fueron casi las últimas noticias que tuvimos de los tres piratas. Sólo una vez oímos un disparo lejano, y supusimos que andarían cazando. Celebramos, á propósito de ellos, consejo de guerra, y se les sentenció á ser abandonados en la isla, con indecible regocijo de Ben Gunn y con la más cordial aprobación de Gray. Les dejamos un abundante surtido de pólvora y balas, todas las provisiones de carne salada por Ben, algunas medicinas, ropa, una pequeña vela, algunas brazas de cuerda, aperos de labranza y otros muchos útiles y, por deseo expreso del Doctor, una buena cantidad de tabaco como el mejor regalo, según él.

Esto fué casi ya lo último que hicimos en la Isla del Tesoro. Antes de esto ya habíamos embarcado cuidadosamente todo el oro, lo mismo que agua en abundancia, y víveres de sobra para el caso de algún accidente, por lo cual, en una mañana, por cierto muy hermosa, levamos el ancla, que era todo lo que nos restaba que hacer; y levantando al tope de nuestro palo mayor la misma bandera que izara el Capitán en la empalizada y bajo la cual peleamos, salimos mansamente afuera de la Bahía del Norte.

Los tres rebeldes deben haber estado á la mira de nuestros movimientos más cerca de lo que nosotros creíamos. Comprobó este aserto el hecho de que, al cruzar el estrecho que da paso al mar abierto, tuvimos que ir casi costeando la punta Sur y allí los divisamos á todos tres en una pequeña eminencia de arena, arrodillados, y tendiéndonos los brazos con aire suplicante. Lo que hacíamos era muy en contra de nuestros sentimientos, dejándolos en aquella isla salvaje y abandonada; pero era imposible exponernos á los riesgos de un nuevo motín á bordo, y llevarlos á bordo para entregarlos al verdugo en Inglaterra hubiera sido una compasión de una especie enteramente cruel. El Doctor les dió voces avisándoles de las provisiones de todo género que les dejábamos y el punto en donde podrían encontrarlas. Empero ellos continuaban llamándonos á todos por nuestros nombres con unos gritos que partían el corazón, y pidiéndonos que por el amor de Dios no los condenáramos á morir en semejante paraje.

Por último, viendo que el buque seguía inflexiblemente su marcha y se iba ya poniendo fuera del alcance de la voz, uno de ellos, que bien sé cual fué, se puso en pie de un salto lanzando un grito ronco, apoyó el mosquete en su hombro, apuntó é hizo fuego, lanzando una bala que pasó casi rozando la cabeza de Silver y perforó la vela mayor.

Después de esto nos pusimos á cubierto tras la balaustrada de cubierta, y cuando, algún rato después, saqué la cabeza para verlos, habían ya desaparecido de sobre la eminencia de arena, y la eminencia misma se fué perdiendo poco á poco en la bruma de la distancia. Aquel fué, en realidad, el fin del drama representado en la Isla del Tesoro; y como á eso de mediodía, con indecible regocijo de mi ánima, la punta más elevada, la del “Vigía,” se sumergía, por fin, en la azul inmensidad del océano.

Nuestra tripulación era tan escasa que cada uno de nosotros tenía precisión de prestar su ayuda personal á la maniobra, excepto el Capitán que tendido á popa sobre un colchón, daba sus órdenes con toda propiedad, pues aunque ya muy mejorado de su grave herida, tenía aún que guardar una inmovilidad casi absoluta.

Hicimos proa á uno de los puertos más inmediatos de la América española, porque no nos era posible arriesgarnos á hacer todo el viaje sin tripulantes de refresco, pues aun en aquella corta travesía nos bastó tener uno ó dos días de malos vientos y unas dos fugadas recias para que casi todos quedáramos, como quien dice, fuera de combate.

Era precisamente la puesta del sol, cuando tiramos el ancla en un precioso golfo admirablemente protegido, y al punto nos vimos rodeados por lanchones de indígenas y negros y mestizos que vendían frutas y legumbres de toda especie y ofreciéndonos bucear, para divertirnos, por recompensas verdaderamente miserables. La vista de tantos rostros placenteros y amigables, especialmente los de los negros; el gustar las deliciosas frutas tropicales y, sobre todo, las luces que comenzaban á brillar en la población en calles, puertas y ventanas, me hacían sentir la inmensidad del contraste más grato con nuestra sangrienta estancia en la isla. El Doctor y el Caballero, llevándome consigo, bajaron á tierra con el ánimo de pasar en ella las primeras horas de la noche. Pero una vez allí encontraron al Capitán de un buque de guerra inglés anclado en la bahía, entraron en conversación con él, fueron á bordo de su navío y, en una palabra, se divirtieron tanto y tan bien que sería como el amanecer del día siguiente cuando volvimos á bordo de La Española.

Ben Gunn estaba solo sobre cubierta y, no bien hubimos entrado á bordo, cuando comenzó con las más estrambóticas contorsiones á hacernos una confesión. Silver se había marchado. El hombre de la isla había favorecido su escape en un lanchón costanero, hacía algunas horas, y ahora nos aseguraba que lo había hecho así con el solo ánimo de salvar nuestras vidas, que de seguro habrían corrido riesgo inmenso si aquel “marino de una sola pierna” hubiera seguido á bordo. Pero no era eso todo. El cocinero no se había marchado con las manos vacías. Había hecho un agujero disimuladamente y se había sacado uno de los sacos que contenían unas quinientas guineas, para ayudarse seguramente en sus correrías posteriores. Creo, de veras, que todos nos sentimos archisatisfechos de vernos libres de él á tan poca costa.

Ahora bien, para abreviar lo que aún queda por referir, diré que contratamos allí algunos nuevos y honrados marinos para completar nuestra tripulación; que hicimos una travesía feliz, y que La Española tiró el ancla en Brístol, precisamente en momentos en que ya el Sr. Blandy comenzaba á pensar en la precisión de enviar otro buque en busca nuestra. Sólo cinco de las personas que habían partido en la goleta volvían en ella,

El diablo y la bebida hicieron, todo el resto,

con la añadidura de una venganza. Sin embargo, á no caber la menor duda, nuestra condición no era tan mala, ni con mucho, como la de aquel navío del que decía la canción que

No tornó á bordo sino un hombre vivo,

Cuando eran, al zarpar, setenta y cinco.

Todos nosotros recibimos una porción considerable del tesoro, y la usamos, ya cuerda, ya tontamente, según nuestras respectivas inclinaciones. El Capitán Smollet vive ahora retirado ya del mar, en una posición cómoda y desahogada; Gray, no solo guardó su dinero, sino que sintiendo el deseo vivo de acrecerlo, estudió cuidadosamente su profesión, y ahora es piloto y propietario, en parte, de un grande y magnífico buque mercante. Además, se ha casado, y es padre de una familia enteramente dichosa. En cuanto á Ben Gunn, le tocaron cinco mil libras, que dilapidó con una prontitud asombrosa, encontrándose, al cabo de pocas semanas, pidiendo limosna para vivir. Entonces se le dió precisamente lo que él tanto repugnaba en la isla; esto es, la conserjería de una casa, en la cual vive á estas horas siendo el gran favorito de todos los chicuelos de la vecindad á quienes embelesa con la narración de sus hazañas y aventuras. Por lo demás, su piadosa costumbre de orar los domingos en el agreste cementerio de la isla, le ha conducido á ser ahora un excelente cantor en la iglesia, lo mismo los domingos que en las fiestas de los grandes santos.

De Silver jamás volvimos á saber ni una palabra. Aquel formidable “marino de una sola pierna,” había, por fin, desaparecido del escenario de mi vida. Pero no sería extraño que al cabo se hubiese reunido con su mulata y tal vez á la hora de esta vive aún cómodamente con ella y en la inseparable sociedad de su loro. Quiero creerlo así, porque si en esta vida no le es dable gozar algo, lo que es en la otra, mucho me temo que no le espere cosa alguna que sea de envidiarse.

La gran barra de plata y las armas aún permanecen, á lo que me figuro, en el mismo lugar en que el terrible pirata las sepultara, y permanecerán allí ciertamente hasta que yo vaya por ellas. Empero ni monjas y frailes descalzos me persuadirán á que vaya de nuevo á aquel maldito lugar. Créaseme que las más siniestras pesadillas que suelen aún turbar el reposo de mis tranquilas noches, son aquellas en que me veo trasportado á la Isla del Tesoro, y oigo el sordo mugido de la mar estrellándose en sus escarpadas costas, hasta que me despierto sudoroso sobre mi lecho tan luego como la pesadilla me hace oir la voz aguda y penetrante de Capitán Flint, gritando desesperadamente: “¡Piezas de á ocho! ¡Piezas de á ocho! ¡Piezas de á ocho!”

-Fin-

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