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“La lectura me salvó la vida”

Mal de escuela es el más reciente libro del autor de la famosísima Como una novela. A pesar de la muy mentada crisis de la educación en el mundo, Pennac es un defensor de la escuela como un lugar en el cual se puede aprender a amar la lectura. Arcadia habló con él en el Hay Festival de Segovia.

2010/06/30

Por Catalina Gómez

Daniel Pennacchioni era un zoquete, un burro. Un niño incapaz de responder a las preguntas que le hacían sus profesores. Un niño que no entendía nada, nada de nada. Un niño que según él mismo dice tardó un año en aprender la letra ‘a’. “No te preocupes, hijo, todavía hay esperanzas, eso quiere decir que aprenderás el abecederario en veintisiete años”, le dijo su padre para animarlo. En fin, era un niño lleno de dolor y rabia al que un día un profesor le propuso un trueque: no hacer los exámenes de matemáticas a cambio de leer un libro para el final del curso. Un buen profesor, uno solo, puede salvar a un niño, es la teoría del otro Daniel. De Daniel Pennac, el profesor que ha escrito libros exitosos como El dictador y la hamaca, Como una novela, o la saga de la familia Malaussene, o un escritor famoso que enseña. O que enseñaba. A los 64 años ha dejado escuela, pero solo en teoría. Ya no recibe sueldo por ello, pero se pasa la vida de instituto en instituto hablando con los jóvenes franceses sobre sus libros, tratando de enamorarlos de la lectura.

Este Daniel ya tiene bastantes arrugas, sus manos están envejecidas y se ve incluso más viejo por las gafas redondas que lleva puestas. Podría ser la caricatura del profesor francés malencarado de instituto que todos nos imaginamos. Pero este, a diferencia del personaje, no es un profesor neurótico, histérico… Es uno tierno, que se ríe cuando habla de lo mal que lo pasó en el colegio, que saluda a todo aquel que se le acerca a saludarlo, que hace dibujos en las primeras páginas de sus libros cuando alguien le reclama una firma, pero que también se exalta cuando le hablan del fracaso de la escuela. “No ha fracasado”.

Sentado en un café del hotel San Facundo de Segovia, España, Pennac fue uno de las principales protagonistas del Hay Festival a donde lo invitaron a presentar su nuevo libro del que todo el mundo habla en Francia y España en las últimas semanas: Mal de escuela. “Es un libro sobre la ternura de los que quedan excluidos, no es sobre la escuela sino sobre el dolor de no entender”. Acaba de terminar de desayunar, pero no importa, sigue tomando café. Entre entrevista y entrevista se toma varios expresos. “Gracias”, le dice a la camarera con la misma risa que cuenta que hace poco soñó con la familia Malaussane y se rio mucho. Que lo hicieron pasar tan bien con sus absurdos que está pensando en escribir la historia pues los lectores también tienen derecho a reírse con ella. Aunque también dice que para eso habrá que esperar un poco porque ahora se ha metido en un tarea que lo tiene nervioso: va a leer a Bartleby en voz alta. Bartleby, el escribiente, el personaje creado por Herman Melville, aquel que “preferiría no hacerlo”, tomará vida en la voz de Pennac que actuará —si así se puede decir— en un teatro parisino durante el primer trimestre de 2009. “Es lo mismo que he hecho siempre con mis alumnos pero ahora con el público, lo que es muy diferente. Los alumnos eran un público cautivo y a los espectadores los tengo que cautivar”. Imposible creerle. Ya los tiene cautivos. Un ejemplo es que en Segovia todo el mundo quiere hablar con él, el público lo adora y la prensa lo persigue. Y es que el zoquete se volvió famoso después de todo.

Este libro parece ser un saldo de cuentas con ese dolor que sintió de niño por no entender nada…

Es una reflexión sobre el dolor que sentí en la escuela. Todavía me acuerdo de lo que sentí la primera vez que no pude contestar a una pregunta, tuve tanta tristeza, me sentí tan incapaz y bloqueado que me ha costado mucho esfuerzo recuperarme del todo.

Bueno, fue tanto el dolor que de adolescente llegó a pensar en el suicidio…

Sí. Un día mi padre, recuerdo bien, abrió la puerta de mi habitación en un momento en que yo miraba por la ventana y pensaba en cómo podría suicidarme. Me miró y me dijo:“Daniel, el suicidio no es una opción… Y es que todo es como una cadena, cuando uno es mal estudiante empieza por no entender la pregunta, luego ya no entiende nada y empieza a sentir vergüenza, a sentirse indigno y luego ya no ve salida a nada. Me ayudó mucho a superar aquella tristeza el volverme profesor y estar en contacto con el dolor de mis alumnos.

¿El dolor quedó curado con el libro?

De alguna manera este libro fue una forma de curar esa herida, pero no solo la mía sino la de todos los niños que sufren por no entender, la de las madres preocupadas por sus hijos y la de los profesores desesperados porque no logran que el niño progrese. Los padres y los maestros también sufren los efectos colaterales del miedo, los padres sienten vergüenza por sus hijos y los profesores se preguntan “¿qué tipo de profesor soy?”. Hasta llegar el momento de odiar a ese tipo de niños con problemas y a decirse “yo no estoy aquí para enseñar a los tontos”.

Usted cuenta que incluso su hermano mismo se sentía tan angustiado que quería buscar disculpas para explicar por qué usted era tan mal estudiante…

Mi hermano estaba convencido de que yo era zoquete porque me había caído en un basurero en medio del calor de Djibuti, me había pegado muy duro en la cabeza, y por eso me había vuelto tonto. Era la única forma para explicarse por qué yo era así, pues en nuestra casa todo el mundo era normal, nuestros padres vivían juntos, no tenían ningún problema ni de alcohol ni de drogas, eran educados…

Al final queda claro que las cosas pueden cambiar, que un niño puede mejorar, que no hay que ser tan fatalistas. Usted es un ejemplo…

El cambio depende de cada uno de nosotros en particular. Tenemos, si lo deseamos, todos los medios para modificar las cosas, por lo menos las que están en nuestro entorno inmediato. A un niño se le puede curar. El trauma empieza a curarse cuando el niño saca su primera buena nota. Es increíble ver la felicidad que se produce en un niño que había perdido las esperanzas de entender algo cuando se da cuenta de que puede hacerlo. Ver cómo le cambia la cara es maravilloso… Para eso es necesario también un buen profesor.

A usted, por ejemplo, le salvó la vida darse cuenta de que era bueno escribiendo…

Fue la lectura la que me salvó la vida y por suerte fue una lectura de obras literarias. Entre el caos de mi vida de mal alumno, de zoquete, donde no lograba constituirme como individuo, en el que yo era un poco la presa de muchísimos sentimientos destructores, mi forma de estructurarme consistió en decidir a los 13 años leer a grandes autores. Por ejemplo, leí los cuentos de Andersen cuando era pequeño y me encantaron. Ahora que soy mayor los he vuelto a leer y he vuelto a comprobar de que se trata de una obra genial. Evidentemente que yo no sabía esto cuando era pequeño, pero leerlo me salvó la vida. Y también me salvó escribir, empecé a hacerlo desde pequeño.

Y también salvó la vida de muchos alumnos a través de la literatura…

Hace tiempos estaba en un bar y un hombre que estaba tomándose una copa junto a la barra me miró y me dijo: “Dos segundos sombra”. Inmediatamente me di cuenta de que había sido alumno mío en determinado año en el que les había dado a leer ese texto en clase. “Ese libro me hizo lector”, me dijo y me contó que ahora era piloto de avión y que cada vez que estaba volando ponía el piloto automático y se ponía a leer. Así que lo que hice también puede ser peligroso. Pero lo que yo solía hacer cuando era profesor era sacar cada día un tiempo para leer con mis alumnos en voz alta sin temer a la inspección escolar, sin tener que diseccionar los textos como se hacen en la escuela. Cada vez que empezaba a leer un texto les preguntaba a mis alumnos quién lo quería leer y siempre aparecía alguien, llegaba a tener treinta libros circulando entre los alumnos. Mi pasión era reconciliar a los niños con la novela.

En Francia y en muchas partes de Europa se habla del fracaso de la escuela pública, sector en el que usted trabajó muchos años. Se cree que es un modelo que ya no va más e incluso se habla del regreso al profesor único y castigador…

No quiero admitir el fracaso de la enseñanza pública. Vivimos en una sociedad en la cual solo hace cuarenta años enseñamos a todos los niños de nuestras sociedades, sin importar si es rico, pobre, extranjero, de color, árabe… Solo hace cuarenta años. Es la primera vez en la historia de la humanidad que sucede tal fenómeno pedagógico. En consecuencia la escuela de hoy, incluso con sus problemas, es un alto hecho de civilización. Yo acepto hablar de los problemas de la escuela si partimos de esa constatación. La escuela como está hecha, con el dinero que cuesta, es ante todo un hecho de civilización europeo único en la historia de la humanidad. Luego podemos empezar a hablar de los problemas que son complejos, numerosos.

Pero hay crisis, al menos todo el mundo habla de ella. Un ejemplo es la película Entre los muros que ha sido tan exitosa en Francia y que muestra los problemas sociales de una escuela en los barrios periféricos de París…

No es que no me guste hablar de la crisis, a mí me gusta hablar de todo. Pero cuando hablo no me gusta simplificar. Hay dos maneras de abordar un tema: desde la imaginación que siempre se simplifica y desde la realidad que siempre es compleja. Entre los muros describe una aula particular, en un instituto particular, que es distinto del instituto que está al lado. En esta película se ve un salón de clase en crisis, con niños violentos que insultan a los profesores y se insultan entre ellos. La misma semana que vi la película visité tres institutos diferentes en barrios iguales al que se desarrolla la trama, que son considerados barrios difíciles. Estas tres clases responden a la misma definición socioeconómica a la de los niños de la película, pero eran completamente diferentes. Sentían tanto entusiasmo por aprender que les recomendé una obra de teatro que me presentarían al final de año. Yo no los conocía hasta ese momento, pero los vi tan vitales que les propuse ese juego.

En Francia hay una especie de fantasía que está muy cercana a lo que se podría llamar racismo. Y no es una fantasía, sino que también se traduce en los hechos. Pero realmente lo que no se quiere ver es que estos niños que son negros, que son musulmanes, son adolescentes que tienen problemas pero que eso no los hace peligrosos. Esto se debe a una ideología que está muy cercana a esa idea del miedo a la inmigración. Porque si se ven los hechos y los números, en Francia hay 12 millones de alumnos y de estos solo el 0,4% son alumnos hiperviolentos. Solo se habla de esos niños para referirse a la crisis de la escuela. Este 0,4% representa 50.000 alumnos lo que indica que quedan 11 millones 950 mil que son absolutamente normales.

Usted ha dicho que la escuela está hoy sola contra el mundo…

Esta sola frente a una sociedad mercantilizada que crea consumidores desde la cuna. Los niños de hoy están educados para cambiar de deseos permanentemente, es la era de la multiplicación de los deseos superficiales. La escuela está sola frente a ese fenómeno y es la única institución que se dirige a satisfacer los deseos vitales de los niños, como el deseo de aprender a leer, a contar, a escribir. Pero estos son procesos que toman tiempo, requieren esfuerzo y reflexión, que son exactamente los valores opuestos a los valores del consumo que se satisfacen inmediatamente. El consumismo es el gran rival de los profesores.

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