El gran genio literario Oscar Wilde posa con su amante, Lord Alfred Douglas, en 1894.

La ley del deseo de Oscar Wilde

Gracias a su lengua mordaz, a su extravagante indumentaria y a su dominio del arte de la conversación erudita, Wilde encarnó la idea del genio victoriano. Pero el escritor más célebre de su tiempo acabaría repudiado por los mismos que lo habían adorado...

2010/06/22

Por Felipe Restrepo Pombo

Casi sin quererlo, Oscar Wilde fue uno de los precursores de esos espectáculos que hoy inundan sin clemencia los medios sensacionalistas: los juicios de las celebridades. Como un O.J. Simpson o Michael Jackson victoriano, Wilde protagonizó, en 1895, un proceso que fue seguido por la prensa y por curiosos en todo el Reino Unido. Un hecho mediático —quizás, también, uno de los primeros— que pocas veces se había visto: una mezcla irresistible entre fama, odios familiares y homosexualismo. De hecho, el proceso fue un escándalo que aún hoy tiene ecos en su país. Tanto así que, en 2003, un donador anónimo le entregó a la Biblioteca Británica todos los documentos que hicieron parte del juicio. A partir de ellos, el escritor Merlin Holland —nieto de Wilde— armó El marqués y el sodomita , Oscar Wilde ante la justicia, un libro en el que por primera vez se transcribió el proceso en su totalidad y en el que se revelaron detalles que habían permanecido ocultos por más de cien años.

Holland comienza su libro explicando cómo Wilde se encontraba en el mejor momento de su carrera cuando estalló el escándalo. Las adaptaciones de sus obras teatrales, como El abanico de lady Windermere por sólo mencionar una, eran un éxito. Además, El retrato de Dorian Gray, publicada en 1891, había sido aclamada y lo había convertido, tal vez, en el novelista más popular del momento. Wilde también brillaba en sociedad. Era un divertidísimo dandy que no faltaba a ninguno de los eventos más glamorosos de Londres, en donde era protagonista por su ingenio y humor. Además era un buen hombre de familia: estaba casado con Constance Lloyd —hija de un consejero de la Reina—, con quien tenía dos hijos, Cyril y Vyvyan.

Sin embargo, era bien sabido que Wilde tenía algunas aficiones non sanctas. Constantemente era visto en restaurantes y bares acompañado de jóvenes mucho menores que él, con quienes festejaba hasta el amanecer. Uno de ellos era Lord Alfred Douglas, un aristócrata de 21 años, famoso por su belleza. El muchacho, tercer hijo del marqués de Queensberry, conoció a Wilde en una fiesta en 1891: “Bosie” —como lo llamaban sus amigos— acababa de leer El retrato de Dorian Gray y admiraba a su autor. Un amigo mutuo los presentó y, de inmediato, se hicieron inseparables. Wilde y Douglas iban juntos a todos los eventos sociales y viajaban por Europa. Incluso, Wilde rentó un pequeño apartamento en el centro de Londres, donde pasaba la mayor parte del tiempo con el joven.

El marqués de Queensberry no aprobaba la relación de su hijo con el escritor: no soportaba los rumores, cada vez más fuertes, de que uno de sus herederos era amante de Wilde. De hecho, en una ocasión coincidió con los dos en un restaurante y estuvo a punto de golpear a su hijo en público. Varias veces amenazó con tomar acciones legales para separarlos, pero nunca lo hizo. Sólo se atrevió a escribir un mensaje intimidante. Una tarde de febrero de 1895, el marqués fue a un club social en Albermale Street, del cual él y Wilde eran socios, y dejó en la recepción un sobre para el escritor. Éste la recibió al día siguiente y se sorprendió con una nota que decía: “Para Oscar Wilde, afectado sodomita”.

El dramaturgo se enfureció y corrió a buscar a su abogado: estaba decidido a demandar al marqués. Edward Clarke, quien se encargaba de los asuntos legales del escritor, trató de disuadirlo. Le dijo que no tenía ningún sentido embarcarse en un proceso por calumnia y le recordó dos casos, más o menos recientes, de escritores que habían salido mal librados de juicios. El primero de ellos fue Gustave Flaubert, quien fue demandado porque su novela Madame Bovary supuestamente atentaba contra la moral pública. El otro fue Charles Baudelaire, quien fue acusado de escribir poemas obscenos e inmorales en Las Flores del Mal. Flaubert fue absuelto, pero su prestigio se vio afectado, y Baudelaire sí fue condenado a pagar 300 francos y obligado a suprimir algunos poemas en las ediciones siguientes de su libro. Aunque el caso de Wilde era diferente, Clarke trató de convencerlo de que a los intelectuales no les convenía involucrarse en procesos judiciales de orden moral. Wilde sostuvo que en este caso su obra no tenía nada que ver. Pero se equivocó: sus escritos terminaron siendo parte del proceso y jugaron en su contra.

Así que, a pesar de los consejos de sus amigos y de su propio abogado, Wilde instauró una demanda por calumnia contra el marqués de Queensberry ante el tribunal de Great Marlborough Street. El proceso se inició una semana después, la mañana del 2 de marzo. Ese día todos los diarios londinenses enviaron a sus reporteros a cubrir el evento. Wilde vestía un elegante sobretodo azul oscuro, una corbata de seda negra y, en la solapa de su traje negro, llevaba una enorme flor blanca. Le hizo notar a todos que estaba muy molesto y que se sentía fuera de lugar. También se mostró displicente ante los trámites y los interrogatorios.

Queensberry escogió como defensor a Edward Carson, un experimentado abogado, quien de inmediato se ensañó contra Wilde. El escritor, tal vez confiado en su ingenio, respondía con un tono irónico que no le agradó a nadie. Como ocurrió cuando el abogado le dijo: “Quiero una respuesta sencilla a esta pregunta. ¿Alguna vez ha sentido un sentimiento de adoración desmedida por una persona hermosa de sexo masculino muchos años más joven que usted?”. A lo que Wilde respondió: “Nunca he sentido adoración por nadie que no fuera yo mismo”.

Durante el proceso, que tardó tres días, Wilde pasó de acusador a acusado. Él mismo se puso en esa posición incómoda con algunas de sus intervenciones. El abogado logró demostrar que Wilde había mentido sobre su edad: el escritor afirmaba que tenía treinta y ocho años, cuando en realidad tenía más de cuarenta. También logró probar, a través de testimonios, que Wilde se relacionaba con varios jovencitos que tenían entre dieciséis y veinticinco años. Carson mostró cómo Wilde seducía a estos muchachos, que muchas veces tenían ocupaciones dudosas o eran pobres, les compraba ropa y regalos, los llevaba a cenar a restaurantes costosos, les hacía beber mucho alcohol y luego los invitaba a pasar la noche en su apartamento. Y aunque nunca logró que el escritor confesara que tenía relaciones sexuales con ellos, sí logró que aceptara que sentía atracción por ellos y que había llegado a besarlos. “Creo que para cualquier artista es totalmente natural admirar intensamente y amar a un joven. Creo que se trata de un incidente en la vida de casi todo artista”, dijo Wilde durante el segundo día de juicio.

Al tercer día, el proceso se detuvo y Lord Queensberry fue absuelto. Tres semanas después, la Corona inició un proceso en contra de Wilde por sus actos inmorales. Los abogados utilizaron todas las evidencias del primer juicio, así como nuevos testimonios de algunos de sus amantes. En mayo de ese año fue condenado a pasar dos años en la prisión. Sus libros se dejaron de vender y las adaptaciones de sus obras de teatro fueron canceladas. Wilde debió vender sus pertenencias y su casa en Tite Street para pagar las deudas. Su esposa y sus hijos salieron del país y se refugiaron en Suiza y luego en Francia. El tiempo en prisión fue devastador —como lo relató después en dos obras: De Profundis y Balada de la cárcel de Reading— y cuando quedó en libertad, en 1897, estaba en ruinas. Huyó a París, donde pasó el restó de sus días. Murió en noviembre de 1900 y su cuerpo fue sepultado en uno de los más impresionantes mausoleos del cementerio Père-Lachaise.

Oscar Wilde no fue —ni será— el único que escribió sobre su fascinación por los jovencitos: se pueden citar decenas de ejemplos, desde Platón hasta Fernando Vallejo. Pero sí fue uno de los que pagó un precio más alto por sus pasiones. El abominable juicio que —como lo presentía su abogado— lo destruyó, al menos sirvió para dejar constancia del peligro de la intolerancia. Wilde se convirtió —de nuevo, sin quererlo— en un símbolo para quienes creen que, más allá de los sistemas legales, cada quien debe vivir con los fantasmas de su deseo como mejor pueda.

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