El general Francisco Franco.

La literatura colombiana bajo la lupa del franquismo

Hoy parecen risibles, pero en su tiempo bloquearon la difusión internacional de la literatura colombiana y, con ello, el reconocimiento de sus autores más allá de nuestras fronteras. Son los informes de los fastidiosos lectores franquistas. ¿Quiénes se salvaron de la censura y quiénes no?

2011/03/09

Por Andrés Bermúdez Liévano

Alvaro Mutis escribía versos “irreverentes” y “blasfematorios”. Jorge Gaitán Durán, el poeta que fundó la legendaria revista Mito, era de “ideología netamente anarquista y ateo”. José María Vargas Vila, quien a tantos lectores colombianos escandalizó a finales del siglo XIX, era “vanidoso, irresponsable, miedoso y lleno de prejuicios”. Cierta novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal era “deprimente” y otra de Fernando Soto Aparicio “pura pornografía”. Esas son las conclusiones de los censores del gobierno del general Francisco Franco en España, en cuyas manos recayó la responsabilidad de autorizar —o prohibir— los libros de una treintena de escritores colombianos.

En los interminables corredores del Archivo General de la Administración, el tercero más grande del mundo, reposan los informes que realizaba la Sección de Orientación Bibliográfica, eufemismo con el que se designaba al ejército de quisquillosos censores del régimen franquista. El laberíntico edificio, situado a treinta kilómetros de Madrid, en la plácida ciudad universitaria de Alcalá de Henares, alberga los manuscritos de todos los títulos propuestos para publicación durante los 36 años de gobierno de Franco (1939-1975). A cada petición de publicación corresponde un “expediente”, un sobre de manila que contiene los informes de censura, las cartas de las editoriales y las galeradas de los textos, cosidos con cabuya y escritos a máquina o a mano. Algunos, como las Obras completas de Tomás Carrasquilla, superan los 2000 folios y 40 informes. Los fragmentos reprobables eran tachados en esfero rojo —y a veces perforados— por los “lectores”, que firmaban con números o garabatos indescifrables. Los textos más complejos eran revisados por dos o más censores, hasta que se llegaba a una decisión.

Tinterillos con tijeras

¿Ataca a la moral?, ¿a la Iglesia o a sus ministros?, ¿al régimen y a sus instituciones?, ¿a las personas que colaboran o han colaborado con el régimen? Los pasajes censurables, ¿califican el contenido total de la obra? Estas eran las preguntas que guiaban la lectura de estos anónimos personajes, quienes para ser censores debían ser traductores, militares, sacerdotes o militantes del partido, “con méritos suficientes para ello por los servicios prestados a España y a la Iglesia católica”, según constaba en el reglamento oficial.

Ni siquiera los clásicos se salvaron de la purga falangista. Desde Shakespeare hasta Nietzsche, pasando por Alejandro Dumas y Emilio Salgari, se vieron reescritos, mutilados o incluso prohibidos durante la España del Generalísimo. Los escritores del boom latinoamericano figuran ampliamente en los archivos franquistas. Miguel Ángel Asturias tenía “un tono antiimperio” y los libros de Julio Cortázar derivan “hacia el panfleto subversivo”. El siglo de las luces de Alejo Carpentier resultaba “insultante contra Dios y contra la Santísima Virgen”. Otras veces el problema era más de forma que de contenido: La traición de Rita Hayworth de Manuel Puig era un “cubo de basura” escrito con estilo “sosísimo e insoportable” que podría haber sido redactado por “un niño de ingreso de bachillerato”. Tampoco superaron el corte El túnel de Ernesto Sábato, Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, ni Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante.

Había varios finales posibles para un libro. Las obras juzgadas inadmisibles eran denegadas, sin que se dieran mayores explicaciones. Si contaban con suerte podían ser publicadas, según una gama de respuestas positivas que iba desde “autorizada” hasta “tolerada” o “no impugnable”. Con frecuencia se pedía suprimir algún pasaje o cambiar una palabra, en cuyo caso se aplazaba el depósito legal hasta que la editorial presentara una versión corregida. Uno de los destinos más curiosos era el “silencio administrativo”, un limbo burocrático en el que la editorial nunca recibía una respuesta oficial pero tampoco una prohibición. En estos casos el editor podía publicar el libro, asumiendo el riesgo de que los ejemplares fueran confiscados. Así pudo circular la Summa de Maqroll de Álvaro Mutis, inconveniente a los ojos del lector 12 por versos como: “mujeres que alzan sus vestidos / para gemir con su sexo desnudo / y la luz de sus nalgas / la eficacia de la conquista”.

Los favoritos y los condenados del régimen

Algunos escritores colombianos generaron el rechazo rotundo de la censura franquista. Entre ellos estuvo el poeta nadaísta Gonzalo Arango, quien “ataca a la Iglesia, al Estado, el Ejército, la Justicia y a todo lo que supone autoridad o poder, jerarquía u orden”. La conclusión sobre su poesía fue implacable: “nada escapa al afán demoledor e iconoclasta, subversivo y anarquista de este escritor, evidentemente hispanoamericano”. También el poeta Jorge Gaitán Durán cayó en desgracia con el régimen por escribir “informaciones peligrosas para la moral y las buenas costumbres” y por “atacar a la familia y a los fundamentos del Estado”.

Otros fueron bien recibidos por el régimen, aunque rara vez sin ningún reparo. Para los censores, Tomás Carrasquilla, un hombre “profundamente católico y amante de España y de nuestra cultura”, era de lejos “el mejor novelista de su tierra y el que con mayor soltura y riqueza ha sabido escribir en castellano” en Colombia. Eso a pesar de que “algunas veces manifiesta un leve barniz de liberalismo político y religioso” y de que su novela La marquesa de Yolombó, que transcurre en un pueblo antioqueño durante la Colonia, infortunadamente “presenta a los colonizadores con rasgos no muy favorables”.

Algo similar sucedió con José Eustasio Rivera, cuya obra maestra La vorágine —publicada en España en 1972, medio siglo después de haber sido escrita— recibió el raro elogio de ser una “novela para minorías selectas y que sepan lo que es literatura”. Para su censor, la odisea de Arturo Cova en la selva contiene “alguna escena cruda, pocas, pero todo esto palidece si se estudia su léxico, riquísimo”. Y Eduardo Caballero Calderón, cuyo Cristo de espaldas tenía un “espíritu profundamente católico y moralizador”, debió aceptar varias tachaduras en sus otros libros para poder verlos editados.

Superaron la censura sin problemas varias novelas de Manuel Zapata Olivella, de Manuel Mejía Vallejo y de José Antonio Osorio Lizarazo, así como casi todos los libros del historiador Germán Arciniegas. También tuvieron fortuna poetas como José Asunción Silva, Guillermo Valencia y Eduardo Cote Lamus, mientras que otros como León de Greiff, Aurelio Arturo o Porfirio Barba Jacob nunca fueron llevados a la “madre patria”.

El paradójico caso de Gabo

Los grandes escritores del boom como Cortázar y Cabrera Infante tuvieron muchos problemas con la censura, pero curiosamente a Gabriel García Márquez lo perdonaron los lápices rojos. La mala hora fue aprobada sin problemas pese a la “abundancia de situaciones pícaras y palabrotas que no vulneran la moral”. La cándida Eréndira pasó a pesar de sus “licencias de lenguaje sin mayor trascendencia”. Relato de un náufrago llamó la atención por criticar la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, pero terminó pasando. Y Los funerales de la Mamá Grande y El coronel no tiene quién le escriba tampoco sufrieron sobresaltos.

Tal vez ningún caso sea tan increíble como el de Cien años de soledad, que el lector no dudó en calificar como “muy buena”, un piropo poco común en los informes de censura. Para este, la obra maestra de García Márquez da “una idea, la más exacta posible, de la baja y media sociedad hispanoamericana, concretamente de la sociedad colombiana, con sus infidelidades matrimoniales, sus rencores familiares, sus trapicheos, sus aspiraciones, sus pequeños y ruidosos negocios, su elevada natalidad y mortalidad infantil, su hacinamiento doméstico…”. Y a pesar de que tiene “un ambiente en el que predomina la inmoralidad como cosa de todos los días y sin ulteriores preocupaciones éticas”, la novela se salva porque describe “situaciones inconvenientes sin aprobarlas ni condenarlas”.

Pero, ¿qué tenía Gabo que no tuvieran Vargas Llosa o Cortázar? El caso del colombiano resulta paradójico porque Cien años de soledad fue publicada en la península ibérica antes incluso que sus primeros cuatro libros. En esa época el gobierno español comenzaba a intentar adueñarse del mercado editorial en América Latina y este libro era una pieza clave del rompecabezas. “El prestigio de la novela y los beneficios económicos que traería se sobrepusieron a la moralina del régimen. Al final hicieron la vista gorda con problemas como el del incesto o las escenas sexuales. Tuvo un poco de suerte también”, explica Alejandro Herrero-Olaizola, un profesor de la Universidad de Michigan que ha investigado la censura franquista de los autores del boom. De alguna manera el ascenso meteórico del Nobel lo hizo inmune a los tachones del franquismo. García Márquez no solo tuvo suerte con la censura literaria, sino también con la cinematográfica, en una época en la que también el cine y el teatro eran vigilados con especial cuidado por su impacto masivo. El guion de La cándida Eréndira, que el escritor presentó al tiempo que Cien años de soledad, despertó un inusitado fervor del régimen. Aunque el primer lector lo describió como “muy barroco” y “en parte escabroso”, el segundo lo llamó una “preciosidad auténtica” en una “época de imaginación y fantasía en crisis”. Este censor concluyó su informe agradecido porque el guion le había dado “uno de los escasos placeres conseguidos en [su] ya larga tarea de lector”.

A pesar de la opinión favorable, el guion quedó “condicionado” hasta que la productora escogiera un director y garantizara la supresión de las escenas de desnudos. Aun así, la película no vería la luz hasta los años ochenta, cuando fue filmada por el brasilero Ruy Guerra.

Un asunto de sexo y religión

Al revisar los expedientes de censura da la impresión de que los lectores oficiales estaban más interesados en tachar los pasajes que juzgaban escandalosos que en hacer lecturas cuidadosas de los textos. Tal vez por eso los temas más sensibles eran el sexo y la religión, y en menor medida la política y el uso del “buen castellano”.

La mansión de Araucaíma, el relato gótico que escribió Álvaro Mutis para ganarle una apuesta al cineasta Luis Buñuel, fue descrita por los censores como la historia de “un invertido (aunque no en ejercicio) [que] vive con un fraile que es su administrador, un sirviente negro, el guardián (un soldado retirado), un piloto y una criada cuarentona que se reparte entre todos menos el dueño, que tiene aficiones especiales”. La novela, pese a su “ambiente decadente y sensual”, fue autorizada siempre y cuando se eliminaran algunos pasajes para “suavizarla”, incluyendo una escena sexual y referencias a la religión.

Peor suerte tuvo Pastora Santos, de Fernando Soto Aparicio, que fue denegada por contener en sus páginas “todas las aberraciones y desviaciones sexuales imaginables con la sola excepción del homosexualismo”. El bazar de los idiotas, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, fue prohibida por su “desvergonzado homosexualismo” y sus “actitudes indignas” contra la Iglesia católica. De hecho, a uno de sus cuatro censores le molestó tanto que concluyó su informe diciendo “no me parece aconsejable echar al ambiente más porquería, irreligiosidad, guasa de las cosas santas”. Ni siquiera surtió efecto una carta de Belisario Betancur, entonces embajador en España, cuando Plaza y Janés la volvió a presentar tras la muerte de Franco, a finales de 1975. A pesar de que el ministro de Información y Turismo le respondió en persona que no había encontrado “nada negativo” en el libro, la petición fue misteriosamente denegada de nuevo.

El adulterio era otro tema arriesgado. Catalina de Elisa Mújica se salvó porque su historia de una mujer empujada al adulterio tras ser rechazada por ser estéril termina con el arrepentimiento de la protagonista. Asimismo, Los laberintos insolados de Marta Traba se salvó no solo por estar escrito en “el buen castellano de Colombia y con notable originalidad y enjundia poética”, sino también por las circunstancias en las que ocurre el adulterio de su personaje. Para su censor, la novela era permisible porque “psicológicamente no estaba vinculado el adulterio por la lealtad de un primer amor”, porque el protagonista lo comete con una mujer desconocida y porque el ambiente de hotel parisino es menos sórdido.

De literatura y política

A pesar de que el régimen franquista examinaba con lupa los textos de escritores españoles en el exilio, los lápices rojos se ensañaban con los autores latinoamericanos más por sus simpatías de izquierda que por las implicaciones políticas de sus obras. Aun así, a algunos libros colombianos se les dificultó la publicación porque podían resultar políticamente inconvenientes. Uno de los casos más notorios fue el de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio sobre la masacre de las bananeras ocurrida en Ciénaga en 1928. El libro del escritor barranquillero generó un arduo debate al interior del aparato de censura pese a que cinco años antes había sido publicado en España Cien años de soledad, que también inmortalizó la represión brutal de una huelga de trabajadores de la United Fruit Company. Pese a suceder en un país y un tiempo lejanos, para el lector 21 los hechos narrados “no pueden resultar tangenciales o indiferentes a un lector español”. Para este censor, “hay una clara animadversión hacia el Ejército  incluso hacia el servicio militar— y, en general, hacia las fuerzas encaminadas a restituir el orden establecido”. Al final, la pelea se zanjó con un silencio administrativo que permitió su publicación.

En otras ocasiones el problema no era el contenido, sino el contexto. La rebelión de las ratas, la novela más conocida de Fernando Soto Aparicio, fue autorizada en 1962 tras otra acalorada discusión entre los censores. Por esos días se llevaba a cabo en la provincia española de Asturias una feroz huelga minera, que fue uno de los mayores retos de orden público que enfrentó Franco. En efecto, un duro primer informe recomendaba no publicar el libro por las similitudes de su trama con la situación política del país.

En su juicio la novela no era “nada oportuna” porque “si bien está limpia de ‘mala intención’, haría el ‘caldo gordo’ a la propaganda comunista de estos días”. Su conclusión era tajante: debía denegarse por los “nada saludables resultados de su lectura en los tiempos que corren”. Finalmente terminó ganando el pulso la opinión de otro censor, quien la declaró “limpia de demagogia y llena de acentos cristianos”. A veces los lectores franquistas hacían gala de un sentido del humor perverso. El espejo sombrío de Soto Aparicio fue permitida porque se pensó que no circularía ampliamente debido a su “pobreza argumental” y su “exceso de verbalismo poético poco al alcance de la masa”. La novela fue finalmente autorizada, siempre que se hicieran diez tachaduras. Entre los fragmentos eliminados había uno que decía que “la censura es una de las monstruosidades que persisten como resaca de los viejos perjuicios para deformar la libertad”. La censura para ocultar la censura.  

Compartimos una galería de imágenes con los facsímiles de algunos de los documentos expedidos por la censura. 

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