Germaine Greer es la autora de La mujer eunuco, uno de los libros clásicos del pensamiento feminista.

La madre de todas las batallas

Es probable que —con El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, y La mística de la feminidad, de Betty Friedan— La mujer eunuco de Germaine Greer sea uno de los clásicos más importantes de la historia del feminismo. En 2010 se han cumplido cuarenta años de su publicación y, lejos de pasar inadvertido, el aniversario ha generado un furioso debate en torno a su vigencia.

2011/01/23

Por Gabriela Bustelo

Cuando en 1970 se publicó en Estados Unidos La mujer eunuco, su provocadora cubierta mostrando un torso femenino desnudo colgado de un perchero, denunciando la oquedad y el inmovilismo de la mujer, se produjo una verdadera conmoción. Sólo siete años antes había salido el libro de Betty Friedan, en cuya portada de Penguin aparecía la Venus de Botticelli en versión American Way of Life, rodeada de televisores, electrodomésticos y casas prefabricadas. A partir de esa década, gracias a esos dos libros, nada volvería a ser igual para las mujeres estadounidenses. En el resto del mundo, como ya sabemos, todo iba más despacio. España seguía gobernada por Franco, que permitía a las mujeres trabajar, pero no ingresar su sueldo en una cuenta propia ni tener un pasaporte independiente del de su marido. En cuanto a Colombia, era un país latifundista dedicado al cultivo del café, donde ya existían las Farc y el Eln, con una población femenina tan discriminada o más que la española. Incluso en Francia, donde Simone de Beauvoir había publicado El segundo sexo a mediados de siglo, la mujer tenía todavía un papel pasivo en la sociedad.

 

Greer vs. Friedan

 

Germaine Greer recordaba en 2006, al morir Betty Friedan, que cuando en 1963 salió La mística de la feminidad, las mujeres estadounidenses se entusiasmaron, “porque era un libro que les hablaba alto y claro”. Pero aunque ambas mujeres siempre se llevaron bien, Greer estuvo en desacuerdo con Friedan desde el primer momento. “Según Betty, la sociedad enfatizaba la sexualidad de la mujer por encima de sus otras capacidades y atributos. Pero lo que ella veía como sexualidad, para mí era todo lo contrario: la negación y represión de la sexualidad femenina”. Precisamente es esa discrepancia la que le inspira su gran obra: “Concebí La mujer eunuco como una reacción frente a La mística de la feminidad”. Sin embargo, ambas mujeres coinciden en las premisas básicas del feminismo establecidas por Friedan, muchas de cuyas frases parecen escritas hoy: “Había una extraña discrepancia entre la realidad de nuestra vida como mujeres y la imagen a la que pretendíamos amoldarnos, que es lo que he acabado bautizando como la mística de la feminidad”. Sus compatriotas, sin embargo, parecieron entenderla a la perfección, pues tres millones de mujeres estadounidenses compraron su libro. Pese a tener clara la gran contribución de Friedan al feminismo, Greer la considera víctima del clásico doble rasero de los primeros tiempos. “Todo lo que Betty decía en sus mitines era esperanzado y triunfalista, aunque no pareciera confiar demasiado en la igualdad como solución. No creía que la liberación de la mujer conllevase el fin de la civilización tal como la conocemos. Yo, en cambio, confío en que así sea”.

 

En última instancia, Betty Friedan creía que “una mujer, como un hombre, debe poder elegir si quiere hacer de su vida algo glorioso o infernal”. Según Greer, esta premisa llevó a su predecesora a actuar de modo tiránico y agotador, por estar convencida de que a una mujer jamás se la respeta de verdad a no ser que se porte como un hombre. La autora australiana admite, sin embargo, como otras muchas de nosotras, que en este punto su colega estadounidense tenía razón. Pero al cabo de tantos años, a Greer le siguen sorprendiendo las inconsistencias entre la vida de Betty Friedan y sus ideas: el matrimonio feliz, los tres hijos, la tibia aceptación del aborto y la mal disimulada admiración por esos hombres cuyos privilegios decía querer derrocar. “Betty era, de hecho, una mujer muy femenina, entusiasta de la buena ropa y muy sensible a la presencia masculina, cuyas atenciones recibía en bastante mayor medida de lo que se pueda pensar.”

 

Al criticar el doble rasero de la filosofía de Friedan, Greer parece querer incluirla en el llamado feminismo de primera ola, es decir, el movimiento sufragista iniciado en Inglaterra y Estados Unidos en el siglo XIX y que acabó precisamente cuando La mística de la feminidad denunció por primera vez las hipocresías del feminismo. Tras la larga lucha de las primeras feministas, las mujeres se habían conformado con ocupar un lugar ambiguo en la sociedad. Nadie se planteaba ya inferioridad o superioridad femenina. La mujer era diferente y punto. Esto fue lo que Friedan bautizó como “el problema sin nombre”.

 

La falta de realismo ante la conducta femenina es algo que Greer también ha criticado siempre. La premisa básica de La mujer eunuco es que los hombres odian a las mujeres y que ellas, al no querer tomar conciencia de este odio, acaban aprendiendo a odiarse a sí mismas. Uno de los temas más sonados del libro es la actitud de la mujer ante su sangre menstrual. El hecho de que a casi todas les suela dar asco es, en opinión de Greer, un síntoma de su baja autoestima, cosa que no superarán hasta que no sean capaces de probar su propia sangre. “Siendo pequeñas ya nos enseñan a portarnos como chicas”, explica. “A una edad muy temprana nos cuentan lo que es la conducta femenina ‘normal’: llevar vestidos, jugar con muñecas, aceptar cordialmente los elogios sobre nuestro aspecto en vez de nuestro talento.” Al imponer a la niña el rol de la mentalidad femenina, se la desconecta de su auténtica sexualidad, convirtiéndola a la larga en lo que Greer llama la mujer eunuco. El matrimonio monógamo, los hijos, la aislada vida familiar: todo ello aniquila la posibilidad de tener cualquier idea propia, propiciando un pensamiento servil y vulgar.

 

Mal que le pese a Greer, tanto ella como Friedan forman parte del feminismo de segunda ola iniciado en la década de los setenta y en la que también se incluye a autoras tan célebres como Gloria Steinem, Susan Faludi y Camille Paglia. Podría decirse que Friedan inau-?gura la segunda ola con La mística de la feminidad (refundiendo en parte El segundo sexo de Beauvoir) y Greer la asienta con La mujer eunuco. Si la segunda ola imponía a todas las mujeres la obligación de ser feministas por el simple hecho de ser mujeres, la tercera ola abanderada por Naomi Wolf y Elizabeth Wurtzel, entre otras muchas, engloba todo el abanico de las opciones posfeministas actuales —feminismo separatista, marxista, liberal, radical, filosófico, cristiano, islámico, ecofeminismo, anarcofeminismo y demás (!)—, dando a cada mujer la posibilidad de elegir.

 

Complicado aniversario

 

En el aparente caos actual existe, sin embargo, una coexistencia más pacífica que en el feminismo de la segunda ola, entre cuyas líderes destaca Greer como una de las más dadas a crear polémica. A su colega Gloria Steinem la ha llamado ingenua y atolondrada, a Cherie Blair la catalogó como la concubina del primer ministro británico y a Victoria Beckham la ha definido como una bestia escuálida con dientes como sables. Si hay quienes la valoran como una refrescante presencia en el aterido mundo de la corrección política, y las feministas en general la han alabado melancólicamente en el aniversario de su gran obra, otros como su compatriota ?Louis Nowra la consideran una provocadora algo patética y dispuesta a cualquier cosa con tal de llamar la atención. Este intelectual australiano escribía en marzo de 2010 un polémico artículo titulado “¿El lado bueno de la mujer?”, cuya crítica mordaz de La mujer eunuco ha generado todo un debate sobre su vigencia. Nowra, como tantas otras personas, leyó el libro de joven cuando lo descubrió en la biblioteca de su madre. Recuerda haber admirado el tono atrevido de Greer y su convincente argumento de que el capitalismo neutralizaba a las mujeres al oprimirlas bajo un disfraz de libertad. Admite que la influencia del libro fue enorme y que el capítulo sobre el aislamiento de la mujer casada es tan eficaz que hizo reaccionar a miles de mujeres, cambiándoles la vida para siempre. Pero Nowra, criado en un barrio obrero, define el libro como “imposiblemente burgués”, lleno de citas intelectualoides, desde Shakespeare hasta Marcuse, e inaccesible para las mujeres trabajadoras a quienes pretende salvar. Releer el libro hoy, en su opinión, es una curiosa experiencia. Muchos de los eslóganes sesenteros que hicieron famosa a Greer —“La revolución es el festival de los oprimidos”, “Las mujeres no deben aspirar a alcanzar el orgasmo, sino el éxtasis” o “El coño tiene que hacerse valer”— le parecen desfasados o ridículos.

 

Buscando una explicación en las circunstancias personales de la autora, Nowra hace un breve repaso de su biografía: “Greer nació en Melbourne en 1939. Estudió interna en un convento católico donde la recuerdan como una alumna inteligente y animosa. Ella, en cambio,juzgaba a su padre como un hombre débil e incapaz de defenderla del maltrato físico y psicológico al que la sometía su madre, Peggy, quien al día de hoy sigue siendo su bestia negra”. Después de estudiar en las universidades australianas de Melbourne y Sydney, Greer se marchó a Inglaterra, donde tras doctorarse en Cambridge, escribió en pocos meses La mujer eunuco sin haber llegado a cumplir los 30 años.

 

Louis Nowra saca a colación un hecho importante: lo mucho que ha cambiado el papel de la mujer en el mundo occidental desde que la feminista australiana escribió su libro. “Ella hubiera querido que las mujeres transformaran por completo la visión de sí mismas y de sus relaciones con los hombres. Al contrastar lo que Greer pensaba que podía suceder con lo que realmente sucedió, es evidente que nuestro mundo le habrá supuesto una decepción”. La vagina que ella veía “oculta tras un velo de misterio” está hoy expuesta hasta la saciedad por la industria pornográfica de internet. En cuanto a que las mujeres abandonen el consumismo al que las había llevado el sistema capitalista, es una de sus equivocaciones más flagrantes. Greer también adoctrinaba a sus lectoras sobre la forma correcta de emplear el poder: un modelo radicalmente distinto del masculino. Para el crítico australiano, sin embargo, Margaret Thatcher ?demostró lo que cualquier cí-nico del mundo sabía de sobra: que el poder no tiene género ni sexo. La mayoría de las mujeres lo emplean de un modo parecido a los hombres, reforzando su propio entorno y con las tretas habituales.

 

Las mujeres occidentales han optado por demostrar su independencia haciendo precisamente todo lo contrario de lo que predijeron las feministas de segunda ola como Friedan, Greer y Steinem, cuyo idealismo resulta casi enternecedor. Nowra nos recuerda lo poco que se identifican las jóvenes de hoy con ese feminismo dispuesto a darlo todo por ellas. La obsesión de la mujer por su apariencia física no sólo no ha desaparecido, sino que ha generado un boom universal de la moda femenina, acompañado de las consabidas operaciones de cirugía estética, la venta masiva de productos cosméticos, el enorme auge de las revistas femeninas, la aparición de la cultura rosa moderna, con fenómenos mundiales como la serie Sex in the City o las novelas del ciclo Loca por las compras de Sophie Kinsella.?Nowra, sin embargo, no parece consciente de que él mismo es la prueba viviente de la implantación del feminismo en nuestra sociedad. Si hasta ahora los hombres occidentales no tenían el menor interés en participar en un debate feminista, por considerarlo un asunto ajeno y algo bochornoso, resulta obvio que ya ha surgido la primera generación de hombres posfeministas, dispuestos a enfrentarse a las mujeres con sus mismas armas. Es cierto que a Nowra tal vez le falte la ironía que caracteriza a Germaine Greer, pero las siguientes generaciones de autoras no parecen tener ese problema. El libro de Ariel Levy Female Chauvinist Pigs se ríe a carcajadas de la némesis del machismo: el ejército de las Paris Hilton armadas de tacones, caniches, dólares y tonterías. ¿Es un pájaro, es un avión? ¡No, es el femichismo!

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