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La memoria quemada

La reportera noruega se ha metido en los conflictos más cruentos de los últimos quince años. De Kosovo a Irak y de allí a Afganistán, en donde conoció a un librero que la convirtió en bestseller y ahora la ha demandado.

2010/03/15

Por Alejandra de Vengoechea

No hay duda de que en lo simple está lo complejo. De lo tantísimo que se ha escrito sobre Afganistán, nadie había pensado en los libros, alma y memoria de un país y, mucho menos, en internarse a vivir con una familia afgana, donde nada se finge y todo es.

Pero en noviembre de 2001, poco después de la caída de los talibanes, Asne Seierstad, periodista noruega veterana en las últimas guerras, conoció a Sultán Khan –“un hombre elegante y canoso”, un “curioso librero, un patriota afgano a menudo frustrado por su país”–, que con sus nueve mil títulos era considerado el dueño de la biblioteca privada más grande del mundo sobre Afganistán. “Pueden quemar mis libros, pueden complicarme la vida y hasta quitármela, pero no conseguirán borrar la historia de Afganistán”, le dijo el librero una tarde a Seierstad, quien venía de pasar seis semanas con las tropas americanas cubriendo la ofensiva contra los talibanes.

Fue entonces cuando esta historiadora, que ya había escrito De espaldas hacia el mundo, sobre el conflicto de los Balcanes a principios de los noventa, y Ciento un días, sobre la guerra iraquí, decidió quedarse. En el librero se resumía buena parte de la historia de este país. Primero los comunistas quemaron los libros. Luego los muyajadines, como se conocía a los rebeldes que combatieron a la ex Unión Soviética, saquearon la librería. Finalmente llegaron los talibanes, quienes terminaron de quemar lo poco que quedaba. Este hombre, sin embargo, no se dio por vencido: los escondió, los exportó y los enterró. Khan tenía joyas únicas, como un manuscrito de quinientos años proveniente de la república rusa de Uzbekistán que vendió por veinticinco mil dólares. Los libros eran su vida.

Pese a que Afganistán ha sido uno de los países más reporteados en la historia reciente, esta periodista nacida en 1970, graduada en historia de la Filosofía y Lenguas Modernas en la Universidad de Oslo, encontró un diamante: una familia librera de por sí ya es insólita en un país donde tres cuartas partes de la población es analfabeta. A nadie más se le había ocurrido. Así que se fue a vivir con ellas un día brumoso de febrero “con tan sólo mi computadora, cuadernos, bolígrafos, un teléfono celular y la ropa que llevaba puesta”.

Y el resultado no es sólo un libro que ya ha sido traducido a treinta idiomas. A diferencia de otros grandes reportajes novelados, en diecinueve pequeños y contundentes capítulos, Seierstad, otrora corresponsal en Moscú y después en China, le va dando al lector cápsulas de dolor puro. Los personajes duelen, sufren, se quedan para siempre como Simbad el Marino, en Las Mil y una noches, o Ana Karenina, la protagonista de León Tolstoi. El librero de Kabul deja entrepechada de una vez y para siempre a Leila, de diecinueve años, cuyo destino era barrer, llorar, no soñar. “Las mujeres protestan con el suicidio o el canto”, escribió el poeta afgano Sayd Bahodin sobre la poesía de las mujeres afganas. Pero Seierstad resume más que en burkas el destino femenino afgano. “Me lanzo al río, la corriente no me arrastra. Mi horrible marido tiene suerte: siempre soy devuelta a la ribera”, dice uno de los poemas femeninos que cita. Y uno lo agradece.

Y es que a los escritores que suelen reportear o contar un país que se ha visto sólo en libros de geografía y si acaso en las crónicas de Marco Polo, los lectores les agradecemos no sólo buenas descripciones y jugosas historias, sino sesudas investigaciones. Esta mujer se preocupa por el dato justo, el detalle preciso, el contexto vital para entenderlo todo. De las burkas, por ejemplo, tan publicitadas pero tan poco explicadas, la reportera se va a los orígenes y cuenta cómo durante el reinado de Habibulla, entre 1901 y 1919, el rey impuso la prenda a doscientas mujeres de su harén “para que sus rostros no tentaran a otros hombres cuando traspasaban las puertas del palacio”. Por eso uno siente respeto por este libro desde la primera línea. Porque explica y se aplica en hacerlo sin que suene a lección de Historia.

No es extraño, entonces, que el librero, como ella misma lo ha contado en entrevistas, se haya puesto furioso al leerla y, tras demandarla, esté pensando incluso en escribir su propia versión titulada Yo soy el librero de Kabul. Y no lo es, porque en esas páginas Seierstad dice las cosas por su nombre –“mientras el valor de una novia está en su himen, el de una esposa está en el número de hijos que procree– y resume crudos pero inconfensables sentimientos afganos. “¿Por qué he nacido afgano?”, se pregunta uno de los hijos de Kahn. “Todas esas costumbres y tradiciones anquilosadas me están matando lentamente. Respetar esto y respetar lo otro, no soy libre”, agrega.

Asne Seierstad produce antojos, ganas de ver a más mujeres serias, sólidas, bien informadas, osadas, escribiendo sobre temas difíciles con ángulos distintos. Porque tienen una mirada particular y entran fácil a terrenos vetados para hombres. Porque cuando se lo proponen, dejan con ganas de saber más.

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