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La muerte del libro

¿Desaparecerá el libro? ¿La era digital es una amenaza para la lectura? Son dos de los interrogantes que respondió el historiador francés hace unos días en Medellín. Crónica.

2010/03/15

Por Hernán Ortiz

“Ahí, en ese árbol –dijo Roger Chartier, señalando el sitio elegido para la foto que acompaña este artículo–. Creo que ese es el lugar más apropiado para un historiador del libro”. Una hora antes, Chartier, el director de la Escuela de Altos Estudios de París, el principal pensador de la historia de la lectura, se dirigió a una centena de personas congregadas en el auditorio Fundadores de la Universidad eafit, en el marco del segundo “Seminario internacional de Sociedad, Política e historias conectadas: cultura impresa y espacio público”.

Chartier comenzó citando a Umberto Eco, quien en 1998 dictó una conferencia dirigida a jóvenes libreros en Venecia: “Estoy obsesionado desde hace algunos años por una pregunta que me han planteado en entrevistas o coloquios a los que me invitan: ¿qué piensa usted de la muerte del libro? No aguanto más el interrogante. Pero como empiezo a tener algunas ideas sobre mi propia muerte, entiendo que esta pregunta repetitiva refleja una verdadera y profunda inquietud”. Inquietud que Chartier contestó al decir que nunca en la historia de la humanidad se han producido y vendido tantos libros como ahora, pero que no podemos sentirnos satisfechos con dichas estadísticas. La desaparición del libro es un tema delicado: significaría la desaparición de la lectura y el fin de la definición de la literatura, asociada al objeto, al decir de Kant.

Chartier habló sobre la cultura escrita. Citó los rollos de la Antigüedad griega y romana. Continuó diciendo que para llegar al libro tal como lo conocemos, fueron necesarias tres innovaciones fundamentales: la primera, entre los siglos II y IV, fue la difusión del Codex, es decir, el libro compuesto por páginas y hojas reunidas en la misma encuadernación. El codex es muy similar al libro que conocemos hoy, pero manuscrito. La segunda, en la Edad Media, cuando apareció del ‘libro unitario’, es decir, un libro en el que todas las obras eran del mismo autor. Y la tercera, en el siglo XV, con la invención de la imprenta, hasta ahora la técnica más utilizada para la producción de libros.

En ese sentido, prosiguió, la amenaza de la revolución digital (en específico los e-books y el hipertexto, y en el futuro, el papel electrónico) sobre el libro tradicional, acabaría con el reinado de la imprenta. La revolución digital abandona todas las herencias, ignora el ‘libro unitario’, y es ajena a la materialidad del codex. Además, la percepción de la cultura escrita se ha basado en las diferencias visibles entre los objetos, que son importantes para la construcción del sentido (una carta es diferente a un documento, a un periódico, a un libro…), pero en la textualidad electrónica “hay un solo objeto, y todos los textos se leen sobre el mismo soporte –la pantalla iluminada– creando una desaparición de las diferencias que se observaban fácilmente a partir de la materialidad propia de los diversos discursos”.

Con el cambio en el objeto, la forma de leer también se transforma. Desaparecen hábitos asociados al libro impreso y cambia la percepción del texto estático a uno multisecuencial, con posibilidades que, entre otras, incluye las búsquedas instantáneas, el uso de hiperenlaces, y la modificación directa del texto.

En el contexto de ‘la revolución digital’, también cambia el papel de las librerías que, según Chartier, deben enfrentar nuevos desafíos como la venta directa, la venta de libros en los emporios multimedia, y el comercio electrónico. Chartier puso como ejemplo a Amazon.com, que se considera la tercera librería en Estados Unidos –a pesar de que no cuenta con un espacio físico–, y mencionó su incremento de ventas de catorce por ciento entre 2002 y 2004, y dieciocho por ciento entre 2004 y 2005, mientras que los miembros del gremio de libreros American Booksellers Association pasaron de cinco mil en 1991, a cuatro mil en 1998, y a dos mil quinientos en 2003. También mencionó un estudio realizado por las Cámaras del Libro de Brasil, Colombia y México, en el que Colombia representaba el porcentaje más alto entre estos países por ventas en librerías y distribuidores, mientras que en México y Brasil el porcentaje era mayor en ventas directas.

Esa amenaza a las librerías, y la desaparición del libro físico ha sido temida desde antes de que se conociera el concepto de libro electrónico y ventas por internet. Chartier citó la declaración de Borges en su texto “El libro”, de 1978, con respecto a los medios de comunicación: “Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible”, y aclaró que dicha afirmación tal vez no sea adecuada para la realidad del presente “ya que las pantallas del presente no ignoran la cultura escrita sino que la transmiten y la multiplican”. La pantalla no es una página sino “un espacio de tres dimensiones que tiene profundidad”, y desde allí los textos llegan a la superficie iluminada [de la pantalla]. Así, en el espacio digital, el que está plegado es el texto mismo, no su soporte. “La lectura del texto electrónico debe pensarse, entonces, como desplegando el texto o, mejor dicho, una textualidad blanda, móvil e infinita”.

Este carácter hipertextual del texto electrónico tal vez sea más conveniente para obras de naturaleza enciclopédica, obras que no están diseñadas para ser leídas desde la primera hasta la última página, pero que otros textos requieren una lectura continua y atenta, una familiaridad con la obra y la percepción del texto como creación original y coherente.

En este punto, Chartier adopta dos posiciones sobre el texto electrónico basadas en observaciones de Borges sobre el libro: un texto electrónico de carácter hipertextual sería un libro de arena con páginas infinitas que no podría leerse, tan monstruoso que, como el libro de Próspero en La Tempestad, debía ser sepultado. O por otro lado, un texto electrónico significaría una nueva manera de percibir lo escrito, capaz de favorecer y enriquecer el diálogo que cada texto entabla con cada uno de sus lectores.

Roger Chartier miró al público, dejó sus documentos a un lado y dijo: “No me parece que el libro vaya a morir. Los diálogos de Platón fueron compuestos y leídos en rollos, fueron copiados y publicados en codex, fueron impresos, y hoy en día, pueden leerse frente a la pantalla. El libro no va a morir como objeto, porque este “cubo de papel con hojas”, como decía Borges, es todavía el más adecuado a los hábitos de los lectores que entablan un diálogo con las obras que les hacen pensar o soñar”. “Aunque, no sé –concluyó–: los historiadores somos los peores profetas del futuro.”

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