Foto del autor: Camilo Rozo.

Un fragmento de la nueva obra de Alonso Sánchez Baute

El tercer libro del autor nacido en Valledupar recuenta la vida de tres seres marginados: un drogadicto, una prostituta y un deportista venido a menos. El libro fue presentado el 20 de octubre en el Museo El Chicó, en Bogotá, a las siete de la noche.

2015/10/20

Por Revistaarcadia.com

Mis tiempos de ñero han ido quedando atrás. Nunca nadie me enseñó a decir “Hola”, “Gracias” o “Buenos días”. Ahora hasta hablo bonito. Como un chico educado en un colegio colombo-gringo. Me he hecho fuerte a base de comer mierda y —bien biblia— sé que sólo puedo confiar en mí mismo. No creo en el limbo ni en la gloria ni en el infierno ni en la vida eterna ni en cualquiera de esos departamentos creados por Dios para atraer a ingenuos, aunque hay tres cosas que me enseñó mi cucho que nunca olvido: en la vida uno tiene que saber quién es, para dónde va y cómo conseguirlo. El resto de vainas las aprendí en la universidad de la vida… y de las chimbitas. No tengo plata para los tres golpes, pero nadie me quita lo bailado. Tampoco me dejo azarar del ambiente. Nací en el más bajo estrato social pero me adapto a cualquier terreno, así que cuando hay, hay y cuando no, pos ni modo. Soy como esos tigres que se atiborran cuando consiguen cacería pero la ven difícil en tiempos de apabullante sequía.

 Tengo verbo, tengo pinta y hasta buena pinga. ¿Cómo no levantarme a la que me venga en gana? No es por chimbiar pero, tan pronto me ven el tumbao que tenemos los guapos al caminar, todas deambulan como moscas a mi alrededor. Los tipos también, pero yo a eso no le jalo. Sé que 16 me desean por como me miran el paquete tantas vironchas que mueren por arroparme. Y por como se me insinúan. Pero si uno quiere ganar, de vez en cuando conviene soltar la cuerda. Me la llevo bien con las jacarandas porque son buenos clientes.

Pero ¡hasta ahí!

Parezco joven pero no nací ayer: hace marras aprendí a peinar mi propia idiosincrasia, especialmente si se trata de pelear: cuando presiento que alguien intenta invadir mi territorio me limito a mostrar los colmillos. Puede que no tenga la razón pero el mensaje queda enviado: conmigo no se metan, galafardos, que en esto de ser garulla nadie me gana: es cierto que tengo pinta de Pedro Navaja, pero soy más gonorrea que Juanito Alimaña. Al que no lo entiende se lo digo a mi manera: hay una diferencia entre ser un hijo de puta y ser el hijo de una puta. Yo soy ambas cosas. Quizás por eso me he vuelto solitario, pues cada vez son más las personas de las que huelo el peligro. ¿Por qué me temen? Lo tengo claro: no soportan la idea de ver al mismo nivel a alguien que viene de bien abajo.

 

En el diccionario hay palabras que en la realidad no existen. Bondad es una de ellas; solidaridad es otra; la justicia también es una farsa, así como la verdad, pues cada quien tiene la suya.

Esta que cuento es la mía.

 Soy impaciente desde antes de nacer. Al menos es lo que mi madre dice por haberme parido prematuro. El silencio es una virtud que sólo les conviene a los peces: a nadie le gusta la gente callada. La toma o por güevona o por 17 agazapada. Hablo con la velocidad con la que un boxeador reparte trompadas y vivo a cuarenta y cinco revoluciones por minuto, como me contó mi apá que aceleraron la salsa cuando —desde Cuba y Puerto Rico— llegó a mi Kali natal. Así de embalado me mantiene la cocaína que no dejo de esnifar en promedio cada veinte minutos. Ya me acostumbré al sabor del éter pegado a mi boca, a la carencia de saliva (que me obliga todo el tiempo a masticar chicles sin azúcar), al uso de Afrín contra la moqueadera, de los chastic para la resequedad de los labios, a la pedorrea de noche y de día o a la meadera por el exceso de líquidos que tomo para mantenerme fresco. Pero la droga me apalanca. No sólo me mantiene intensa la mirada y chispeante la memoria sino también la imaginación. Pensar con hambre no es bueno, pero soy tan astuto que cuando pienso mucho yo mismo me preocupo: me doy cuenta incluso de lo que no debo.

Que la realidad nunca es buena, es algo que aprendí desde niño: prefiero angustiarme en balde a pecar de güeva. Soy como esos vampiros que tanto me gusta disfrutar en la televisión. Sólo que en lugar de chupar sangre inyecto vida. Para muchos, soy un héroe nacional; para otros, el jíbaro más buscado de la ciudad. No soy un peligro para la sociedad pero tampoco un lavaperros en el interior de la organización (más ahora, cuando la caída de los patrones ha ocasionado un aumento del detal). Navego mi nave como si fuera un bólido.

¡No como un boludo!

Sigo el ejemplo de Meteoro, mi héroe de la infancia.

Desde niño soy adicto a los cómics y a los superhéroes. Vivo en una trama de película, manejando una química magnética con mis clientes: a cada uno le robo 18 algo. No terminé la primaria pero escucho aquí y allá, grabando rápidamente en mi disco duro. Soy un hombre tan superado que hasta me copio la jerga de la gente con la que hablo. Me parezco a Bob Esponja, pero no por lo maricón —aunque a veces me haga— sino por lo que le absorbo a la gente. Nunca leo nada, ni siquiera los nombres de los almacenes que veo desde mi auto, pero memorizo todo lo que escucho. Por eso sé que el cerebro es moldeable como la plastilina y uno puede remodelar su mapa mental cuantas veces quiera. Aunque quizás mi sentido común se deba a que, cuando era niño, en casa casi nunca había carne pal almuerzo pero la cucha nos cocinaba hígado, corazón o menudencias mezclados con una buena pasta casera cada vez que podía, porque había escuchado de la señora para quien trabajaba que tragar mucho de esas vainas desarrolla la mente de los chinos.

 

Hablando de muñequitos…

Cuando era niño no sabía leer, pero me gustaban los dibujitos. Además de El tigre de Malasia, mi preferido era Kalimán porque tenía muchos enredos en la cabeza (y lo digo por su turbante). Todo por cuenta de que mi amá escuchaba la radio mientras hacía el aseo en los baños. Ella sólo era modelo los fines de semana. De lunes a viernes se encargaba de los baños públicos en la terminal, adonde me llevaba para evitar que me juntara con mi parche (aunque igual yo me le escapaba). Allá me la pasaba viendo salir buses a todos los pueblos del país a los que nunca he podido llegar. A las seis de la tarde, cuando volvía de trabajar, le gustaba sentarse en un banco de la cocina a 19 oír un dramatizado llamado La ley contra el hampa; pero, mientras aseaba los baños en la mañana, el tiempo se le iba escuchando en la emisora capítulos viejos de Kalimán. Con mi cucha, la radio era sagrada. Al escucharla, dejaba volar mi imaginación porque las historias de Kalimán siempre se desarrollaban en Oriente Medio, en Marruecos, en Italia… y solía imaginarme esos paisajes con unos sonidos impresionantes.

 En lugar de ser hijo de una mujer que vivía de limpiar baños, soñaba con ser el descendiente caleño de algún faraón que, de tiempo atrás, se había perdido en mi barrio y ahora era perseguido por unos soldados que intentaban despojarlo de sus propiedades; que cuando nací fui abandonado en el interior de una canastilla a orillas de la quebrada de aguas yerbosas a los pies del Siloé y luego rescatado por mi cucho, que en realidad se llamaba Abul Pashá en lugar de Hospicio Sobrado; y que era el príncipe heredero de Kalimantán —Kali querido—, un reino que quedaba muy lejos, mucho más allá de los Farallones, al que algún día volvería para hacer justicia, enfrentándome a punta de yudo y karate a todas esas organizaciones criminales que habían hecho ricos a los ricos quitándonos a los pobres lo nuestro.

Uno de los personajes contra los que luchaba Kalimán se llamaba la Araña Negra, que en realidad no lo odiaba sino que tan sólo quería presumir ante el resto del mundo de haberse encargado de eliminarlo. Le decían así porque usaba un anillo tan venenoso que mataba todo lo que tocaba, pero era un hombre de nombre Martin Luker y siempre llevaba una máscara negra para que nadie supiera 20 que el verdadero enemigo de la humanidad era él. Todavía recuerdo la voz en off que, en la radio, narraba su presencia con un acento muy misterioso diciendo algo así como: “Londres, seis de la mañana, el auto se detiene. En medio de la neblina aparecen las primeras horas del día buscando acabar con la oscuridad que de tiempo atrás se empeña en destruir nuestro planeta. Por fortuna existe la Araña Negra, que será la encargada de salvarnos de ese temible mal”, y en ese momento entraba el fulano y se escuchaba de fondo el rechinar de una puerta y la voz impecable de Kalimán aconsejándole al pequeño Solín enfrentar siempre las inmundicias del mundo con serenidad y paciencia.

 (Desde entonces asumí la filosofía

de que la vida hay que tomarla

con serenidad y paciencia).

 

Lea también la entrevista que le hizo Semana al autor aquí.

Un fragmento de Líbranos del bien, otro libro de Sanchéz Baute,

 

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