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La otra cara de Bombay

Es uno de los escritores más brillantes de la nueva narrativa india. Sus temas, aunque tocan la historia de su país, están más cerca de Bollywood, las calles sucias de Bombay y el mundo criminal de su ciudad. Arcadia habló con él en Barcelona sobre su nueva novela y los rumbos de una literatura no muy conocida en Colombia.

2010/03/15

Por Lina María Aguirre

Vikram Chandra (Nueva Delhi, 1961) está de vacaciones en Barcelona. Ha pasado los últimos veinte años escribiendo casi sin parar. Su más reciente novela, Juegos sagrados, es una obra ambiciosa. Tiene mil páginas. Y le costó siete años de trabajo de lunes a sábado, de 8 a.m. a 1 p.m. Chandra presentó hace unas semanas la edición en español de su novela: “Es como volver a encontrarme con un viejo amigo, como si hubiese sido escrita por otra persona y yo estuviese redescubriendo mi propio trabajo”, dijo. El protagonista es un héroe de un relato anterior, un antagonista muerto que vuelve a la vida. Una especie de renacimiento literario. La novela es un complejo entramado de subtramas, escritas en una mezcla extraña de hindi-inglés y dialectos que habla un variadísimo grupo de más de treinta y cinco personajes.

Chandra viene de una familia trabajadora que lo apoyó cuando decidió estudiar en los Estados Unidos Literatura y escritura creativa. En 1995 publicó Tierra roja y lluvia torrencial, que nació de un libro que Chandra encontró en la biblioteca de la Universidad de Columbia sobre el coronel anglo-indio James ‘Sikander’ Skinner. Son quinientas cincuenta páginas que revelan su habilidad como contador de historias. Sus protagonistas son un estudiante y un mono mecanógrafo. Y la historia toca varios siglos: desde la India del siglo XIX hasta los ochenta y el punk en Los Ángeles. “Mis compañeros en la universidad decían que era demasiado melodramático –en tiempos de predominio minimalista– pero yo replicaba a nosotros nos gusta el melodrama, somos indios”. En 1997 se publicó su segundo libro, Amor y añoranza, una colección de cinco historias cortas con una mezcla de personajes tan coloridos y variados que algunos críticos los compararon con los de Salman Rushdie, Michael Ondaatje o Gabriel García Márquez.

La idea de Juegos sagrados apareció a partir de una situación familiar. Su madre y otros parientes han estado vinculados a la industria de Bollywood y uno de sus cuñados, director de cine, había recibido amenazas por unos chantajes que no accedió a pagar. Vikram quiso conocer más sobre el mundo criminal en su propia ciudad. “Me era ajeno. Solemos pensar en esta gente como de otra especie, como si fueran monstruos. Al indagar y hablar con más contactos, me di cuenta de que no son “otros”, que son seres humanos como yo, esa es la parte que asusta. La historia demuestra de qué somos capaces en ciertas circunstancias. Quería mostrar no una caricatura del mal sino un personaje complejo, que reflexiona sobre sí mismo, quería entender sus motivaciones sobre lo que hace y comprendí que, como todos nosotros, intenta darle un sentido a su vida”.

Así nació Ganesh Gaitonde, jefe de una poderosa banda criminal que entra en contacto con Sartaj Singh, un investigador policial de Bombay. Gaitonde es un hombre de apetitos indiscriminados y voraces; pero es muchas otras cosas: es un patriota, un mafioso, un realizador de cine, un espía, un filósofo adepto del yoga vestido de Armani. Una fuerza del mal, un asesino benevolente a ratos e insomne siempre. La novela captura el calor, la velocidad y la perversión de Bombay. Ambos personajes comparten una decepción profunda, una condición de marginalidad y desolación. Como siempre, Chandra se ocupa de la historia de su país: en Juegos sagrados hay ecos de la partición de la India y de las guerrillas maoístas en el Himalaya, “se trata de una imagen de India formada entre ideas de yoga e hinduismo, millones de películas de Bollywood y call centers de grandes multinacionales occidentales”, dice el escritor no sin cierta ironía.

Chandra ha escrito una obra inmensa que se aparta de las populares historias de clanes y matrimonios arreglados. Bombay es el centro del relato, pero es una ciudad donde lo sórdido y lo lujoso conviven en pocos metros, en una atmósfera de ambigüedad moral. Además la novela está escrita en argot provisto de múltiples términos de diversas lenguas, muchos de ellos insultos de todos los calibres, que Chandra arroja sin itálicas. “En Bombay se habla así, con muchas mezclas de palabras”. Hay un glosario disponible en el sitio web del autor y las ediciones española y estadounidense tienen glosarios anexos (la británica no). Esto puede ser difícil al principio de la lectura pero vale la pena perseverar, y de paso aprender algunas palabras que, según Chandra, “pueden servir si uno termina metido en alguna pelea en Bombay”. Leer Juegos sagrados es como atreverse a vivir en Bombay: la novela no hace concesiones para ser más comprensible. Es uno el que tiene que aprender. Y una vez lo logra “la ciudad no lo dejará nunca”, dice Chandra. Es una obra exigente con dosis magistrales de imaginación, realismo, psicología y acción cinemática. Algunos críticos la han comparado con las grandes novelas del siglo XIX, con una influencia dickensiana en extensión y profundidad. Es un libro que uno quiere terminar pero que no quiere que se acabe.

Con Chandra el mundo hispano comienza a descubrir otra cara de la literatura india contemporánea. Mientras tanto, su autor, un lector compulsivo aficionado a los computadores, solo tiene un consejo para los lectores y los futuros escritores: “Lean, lean, lean. Y después... exploren todas sus obsesiones”, termina con una sonrisa.

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