La escritora argentina Pola Oloixarac fue elegida como una de las mejores narradoras jóvenes en español tras la publicación de Las teorías salvajes.

La palabra salvaje de Pola Oloixarac

Elegida por la revista Granta como una de las mejores narradoras jóvenes en español tras la publicación de Las teorías salvajes, la escritora argentina ha sido calificada por el gran crítico español Ignacio Echevarría como una “exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea”.

2011/01/25

Por Oscar Guisoni

Hay un personaje que se repite como una obsesión en las portadas del único libro que hasta ahora se conoce de Pola Oloixarac. Un Napoleón furibundo montado en un blanco caballo mientras mira con ojos torvos y esconde su mano en el abrigo militar en ese gesto que sólo el emperador francés era capaz de ejecutar con tanta autoridad aparece en la edición argentina de Las teorías salvajes (Editorial Entropía) y un Napoleón con un extraño pajarraco anidando en su sombrero corso se repite en la edición española (Alpha Decay). Como si la propia Pola hubiera dado la orden ¿marcial? de incorporar al guerrero máximo en una obra que habla de la guerra como si se tratara de una película pornográfica en la que los fusiles son penes incólumes que penetran cuerpos de mujeres que provocan la muerte con filosófica alegría. Las portadas (ambas) funcionan así como preludio alucinado de lo que vendrá, anuncio de un texto bizarro como pocos, plagado de árboles invertidos, tortugas que son como el universo, manzanas por cabeza y elegantes cucarachas de roja cabellera. Ante semejante despliegue surge la pregunta: ¿quién es Pola Oloixarac?

 

Nacida en Buenos Aires en 1977, Pola era apenas una palabra mágica pronunciada entre ciertos especímenes de lectores argentinos desde que en 2008 publicó Las teorías salvajes, suscitando una avalancha de críticas excelsas y se transformó de repente en una especie de incipiente celebridad regional cuando la prestigiosa revista literaria inglesa Granta la incluyó el pasado año en el grupo de los escritores en lengua castellana destinados a alumbrar el porvenir. Antes de Las teorías salvajes

Oloixarac era, como ella misma lo cuenta, una escritora secreta que había empezado a “escribir a los siete años y a los ocho, en un viaje familiar por el Atlántico”, que se había obsesionado con Carl Sagan tanto como para empezar “a mandar cartas a la Nasa” y a la que fascinaban Borges y Leopoldo Lugones, mientras conseguía su primer trabajo como escritora redactando textos… ¡para un hotel!

 

Mientras entrenaba su escritura ejecutando “un libro de cuentos sobre enfermedades imaginadas, una comedia social que transcurría en Punta del Este (con orgías de quinceañeras católicas), una novela de ciencia ficción biológica (que ahora estoy reescribiendo), y una novela en inglés gótico, sobre un joven rey que es visitado por fantasmas”, Pola ingresaba a la Universidad de Buenos Aires para estudiar Filosofía, un dato biográfico no menor teniendo en cuenta que en ese ámbito se desarrolla su libro.

 

Su primera novela, que recibió elogios de Ricardo Piglia (“el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”) y de Ignacio Echevarría (“una novela realmente insólita, escrita por una exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea”), entre otros, es un texto arrollador que tiene por protagonistas a una joven pareja que hace de su deformidad física su raison d’être, mientras una rara voz en primera persona fantasea con seducir a un viejo profesor de la facultad proponiéndole llevar hasta las últimas consecuencias su extravagante Teoría de las Transmisiones Yoicas. Personajes que en realidad son refinadas excusas para que Oloixarac saque a relucir su ácida visión del Buenos Aires contemporáneo, una ciudad que bien podría ser cualquier otra del planeta, ya que en la era de las redes sociales y el mundo Google poco importa en qué lugar se desarrollan las tramas.

 

Construida a golpes de descripciones filosóficas, como si la filosofía fuese el ángulo que viene a reemplazar las visiones psicoanalíticas de los personajes que alumbraron la literatura en el siglo XX, Las teorías salvajes es también una reflexión profunda sobre la violencia y sobre los modos que la violencia adquirió en los años setenta, o al menos, sobre el modo en que a Pola le narraron la violencia de una época en la que ella no vivió, pero cuyos ecos impregnaron sus años iniciáticos. “Sentí que seres privados de luz permanecían junto a mí en medio de sombras impalpables; que un hombre me miraba como solo se mira a un predador. ¿Era este el llamado ?”, se pregunta la poderosa voz que recorre la novela, solo un poco después de haber afirmado que “aquel que nunca ha oído historias de dioses, héroes y santos, difícilmente quiera o pueda transformarse en un héroe o un dios”.

 

Novela sobre el mito, o mejor, sobre el reciclaje de los viejos mitos en el esperpéntico siglo XXI que apenas comienza, Las teorías salvajes es también una broma macrabra de humor negro capaz de hacer desternillar de la risa al lector durante páginas, una risa que se corta de manera brusca cuando se percibe que no hay mucho de qué reírse y la mueca se trastoca en horror. Es ese mismo horror que ensombrece el texto desde el principio, cuando un narrador incierto todavía relata “los ritos de pasaje” practicados por ciertas comunidades primitivas en los que los niños que van a ser iniciados son “amenazados por adultos que se agazapan entre los arbustos” para provocarles miedo, un miedo primordial que está en la base de toda formación del yo. Después de convertirse “en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu”, los niños que sobreviven “regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio, y participan de la caza de cerdo. Regresan ya no como presa sino como predadores”.

 

Invadida de una sexualidad tan salvaje como la que anuncia su título, la ópera prima de Oloixarac más que una cumbre es un anuncio de lo que vendrá. Bella y voraz, como su autora (a juzgar por la seductora foto que acompaña la edición argentina sería lícito preguntarse —en irónica sintonía con su propio texto— si no estamos ante la primera escritora diseñada íntegramente por Photoshop de la historia de la literatura), la palabra de Pola llegó para quedarse y todo hace suponer que todavía tiene mucho por decir. ¡Que así sea! |

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