George Peppard y Audrey Hepburn en una escena de 'Breakfast at Tiffany's' (1961).

La química de los besos

Presentamos un capítulo de 'Amor, delirio y redención', del filósofo Roberto Palacio, un libro que reúne diez narraciones sobre las formas excéntricas que asume el amor.

2016/10/31

Por Roberto Palacio

La química de los besos
(Lo que la evolución tiene que decir en torno a un animal hostigado por el amor)

¿Qué hay en el amor que lo hace tan difícil, tan endeble y esquivo? Cuando no es la vida la que lo extingue, nosotros mismos a ello nos damos. ¿Acaso el propósito del amor es el de dificultarnos la existencia? ¿Evolucionó para ser una ardua y espinosa materia? La ciencia tiene algo que decir… y no por ciencia se le escapa el núcleo de la cuestión.

“El amor es ser estúpidos juntos” - Paul Valery

No le sorprenderá a nadie descubrir que muchos amantes nunca son capaces de sobrepasar el dilema fundamental del amor que definíamos en el capítulo anterior como intentar abrazar lo que siempre retrocede y retroceder ante lo que siempre nos quiere abrazar Aun así, nos definimos por la posición que adoptan ante él; gran parte de nuestras energías mentales se gastan en elaborar intrincados mecanismos para huir o al menos sentir que no se ha caído bajo su influjo.

N. por ejemplo era experta en escabullirse de las cosas que más deseaba. Había patentado de su propio puño y letra un “dispositivo” que yo llamaba “la autoimposición de lo inevitable”: escondía trampas para excusarse de realizar lo que más apetecía. Cuando ya llevábamos un tiempo saliendo y parecía ineludible que tendríamos sexo, no se afeitó las piernas para que fuese imposible, al menos bajo sus reglas, estar conmigo. Luego era cuestión de hacer cumplir sus códigos. Es siempre más sencillo simular obstáculos que permitir el deseo; se trata de una versión sofisticada de esconder el tarro de las galletas durante una dieta. Para N. nunca resultaba: aún recuerdo la sensación aterciopelada de nuestro primer encuentro.

¿Era su culpa? Ni siquiera estaba consciente de su patente. De hecho, se consideraba una víctima de las malas relaciones amorosas. ¿Acaso ella misma estaba haciendo cosas de las cuales no era la dueña? ¿El amor es como otras capacidades y experiencias humanas, un campo en el cual estamos determinados por las leyes de la atracción y la neurología pulidas a través de millones de años de evolución? ¿O, por el contrario, es una faceta de la experiencia humana en la cual como en ninguna otra somos libres? Ambos parecen factibles; en el amor es común sentir al tiempo la fuerza de la inevitabilidad y una sensación sobrecogedora de que hemos elegido amar. Es esta una vieja pelea, la de si estamos impelidos a actuar por causas inamovibles o si somos libres. Es el debate de los constructivistas versus los deterministas. El constructivista cree que el amor es una construcción social, ligada a su tiempo, radicalmente dependiente de las tendencias. El determinista, por su lado, dirá que en el amor estamos conminados a hacer lo que hacemos; es nuestra “programación”, inalterable y de la que poco o nada control tenemos. El filósofo del siglo XVIII David Hume dijo sobre este dilema algo que no ha dejado de fascinarme: no le cabía duda de que en nuestras acciones estábamos obligados por la ciega determinación. Sólo que ignorábamos que ello fuese así por la manera en que las ideas se presentan en nuestra mente: cuando siento el impulso y me hago a la idea de que lo mejor es pararme enfadado y salir de la reunión arrojando la puerta, me siento libre; en mi mente, soy un impulsivo creador al que no se le pueden imponer límites. Los demás que me conocen dirán: “Ah, ahí está pintado”…

Creo que el análisis de Hume es totalmente certero; no nos gusta que nos recuerden el poco control que en realidad tenemos sobre  lo que es crucial en nuestras  vidas, como el amor. El hecho de que se dé entre dos no significa que alguno fiscalice la maquinaria o esté moviendo los hilos. Todos los que han estado enamorados han tenido esa poderosa sensación de que no controlamos el momento en que comienza el amor y la poca injerencia que tenemos sobre aquel en el que termina. Pero hay un sentido en el cual no tenemos que ser objeto de la ciega determinación, decía Hume. Si me conozco lo suficiente, sabré que es preciso crear para mí mismo las condiciones bajo las cuales no me enfadaré. Puedo, literalmente, introducir causas que alteren mi conducta. En el caso de N., la idea de no afeitarse las piernas era justamente un intento desesperado posibilitado por el hecho de que en algo se conocía. Saber que ello nunca era efectivo en su vida… bueno, ese debía ser otro nivel de conocimiento. Sin duda a este desconocimiento bien se le pudiera achacar al menos la mitad de su mala suerte en el amor.

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El que el amor sea un juego gobernado por reglas que no están bajo nuestro control se desprende del hecho de que él evolucionó a la par con otras capacidades humanas. El psicólogo Steven Pinker tiene una explicación de por qué al lado del lenguaje, la ética y el conocimiento surgió el amor, el único indigno del honorable grupo ya que parece no tener otro propósito más que darle un tinte absurdo a la vida. ¿Por qué poseemos una perturbación semejante que nos expone a las asechanzas del ridículo? ¿Por qué ocupa un lugar tan importante en nuestras vidas?

Allá afuera, dice Pinker, entre los siete mil millones de seres humanos que habitan este planeta debe haber una persona que es la más ingeniosa, la que tiene un sentido del humor justo como nos agrada, la más apuesta que encontraremos… que, en poco, es un 10 perfecto. La frase dicha por Jerry McGuire en la película del mismo nombre a su secretaria cuando descubre que está enamorado de ella “… tú me completas” parece resumir magistralmente el asunto. El problema es encontrar esa mitad entre todas las almas errabundas sin la ayuda de la magia de Hollywood. Probablemente moriremos solteros en caso de que nos dispongamos a esperar al 10. Haremos mejor en contentarnos con un 7, en el mejor de los casos un 7,5.Y, de hecho, así lo hacemos.

Estando con ese 7, sin embargo, siempre es probable que aparezca en el camino, si no el diez, algo que más se le acerque, un 8, un 8,5, un 9 si nos corre la suerte. Ello hace absurda toda relación permanente con nuestro apreciado 7; mejor haríamos en desecharlo y darnos al de más alto valor. Si la posibilidad de la infidelidad pende constantemente sobre nuestra cabeza, ¿qué sentido tiene que nuestra pareja se comprometa sacrificando sus posibilidades? ¿Por qué dejará pasar lo que para ella son ochos, nueves? No tiene ningún sentido formar un vínculo con visos de disolución. No lo tiene a menos que entre los dos se forme uno que le reste importancia al conocimiento de que siempre es posible que llegue alguien mejor. De hecho, ese vínculo no debe estar basado en ningún conocimiento, siendo de carácter netamente emocional. Y más aún, irracional, dispuesto a atarse tercamente a otro con base en cualquier cosa, cualquier rasgo accidental. Ese vínculo absurdo es lo que llamamos “amor”.

A menudo los amantes ni siquiera saben realmente qué es lo que ven en el otro: “…ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca”. Son detalles insignificantes, pero significativos porque sólo una persona en el mundo los tiene… y los he seleccionado y deseado por ninguna razón en especial. Los amantes que por un motivo u otro han roto su relación (lejanía, muerte, una pelea) buscarán el rasgo deseado en otro.Así lo encuentren, la peculiaridad en la que ese otro exhibe el rasgo nunca será el correcto. El escritor Julian Barnes narra en su Historia del mundo en diez capítulos y medio cómo su amada se retiraba el pelo de la nuca para que él la besara mientras se acomodaba a su lado en la cama. Ante esto, todo lo demás es una falsificación, todo un sucedáneo pavoroso. Nadie es un reemplazo del amado; sólo parece haber otros que por accidente tienen los mismos rasgos.

Cuando el amado de consolado busca las semblanzas en otro, será inevitable corregir el error, intentar pedir que ese que no tiene la habilidad repita torpemente la treta. El amante que busca al amado perdido reclamará furioso cuando no se hace exactamente como él quiere. Como un director de cine condenado al fracaso intentará remontar la escena sólo para terminar extrañando el metraje original que se repite en su cabeza. Qué común es que se dé esto en una relación… se trata de los espectros transfigurados de amores anteriores que como ideas indigentes perviven en su cabeza simplemente porque no tienen a dónde más ir.

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Tenemos entonces que el amor es una estrategia de apego irracional diseñada para hacer que valga la pena engancharse con un ser imperfecto que en el proceso deviene perfecto para nosotros. Bella… ingeniosa idea.

Permítaseme explicarla en los términos menos románticos que se me ocurren, con un ejemplo del mundo inmobiliario. El dueño de un inmueble quiere arrendar al mejor postor, y este a su vez quiere poder acceder al mejor inmueble que le den por su dinero. Como no han de conseguir el inmueble o arrendatario perfecto, ambos se conforman con lo mejor que encuentran; cada uno de ellos. A ninguno de los dos  le convendría que la contraparte cambiara de opinión repentinamente.

Las leyes del matrimonio funcionan un poco como el leasing, pero uno  que les permitía a nuestros ancestros comprometerse antes de que se inventaran las leyes. ¿Cómo  estar seguro de que un compañero no nos dejará en el instante en que es racional hacerlo –digamos, cuando un 10 aclamado llega al vecindario–? Una respuesta es: no aceptes a un compañero que te haya aceptado, para comenzar, por motivos racionales, busca un compañero que esté dispuesto a comprometerse contigo simplemente  porque tú eres tú. ¿Comprometido por qué? Comprometido por una emoción. Una emoción que la persona no eligió tener y que por lo tanto no puede decidir no tener. Una emoción que no estuvo desencadenada por una escala objetiva de valoración de la pareja y como tal no será alienada por alguien con un mayor puntaje en esa posible escala. Una  emoción que está garantizada no es un engaño porque tiene costos fisiológicos como la taquicardia, el insomnio y la anorexia. Una emoción como el amor romántico.

No es extraño que los amantes se quieran asegurar todo el tiempo que se concrete un pacto según el cual se amarán para siempre, que no se abandonarán, que con previo aviso se informarán en caso de que un mejor óptimo aterrice en sus vidas. Se dicen cosas como esta: “… soy afortunado de haberte encontrado”, “… somos el uno para el otro”, frases  que bien significan que eres lo mejor que hasta el momento he podido conseguir y que yo soy lo mejor que hasta la fecha.

El esfuerzo invertido en la búsqueda no es despreciable. No queremos despilfarrar el talento invertido en la conquista… romanticismo, amabilidad que arduamente hemos derrochado en la seducción del otro. Una de las cosas que los amantes se agradecen mutuamente es haberse librado del endemoniado mundo de las citas. En When Harry met Sally, Marie, amiga de la pareja protagónica, le dice a su nuevo marido, Jess: “Por favor, dime que nunca tendré que volver a salir en una cita”.

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La increíble teoría de Pinker implica al menos esto: el contubernio entre amor y estupidez no es un accidente, es un matrimonio hecho en el cielo. La única forma de permanecer con el otro por un largo tiempo, llevando a cabo todos los difíciles sacrificios que para ambos sexos implica la monogamia, es el absurdo de la elección…irracional, emocional. ¿Qué se ve sacrificado en el amor? Nada menos que la capacidad misma de hacer elecciones racionales. ¿Hasta qué punto se ve sacrificada? Indefinidamente porque una vez la capacidad se ha desligado de sus medidas correctivas podrá la estupidez girar en el vacío cuanto quiera.

También implica que todo el sistema o red de relaciones que denominamos “amor” es endeble, sostenido apenas por dos voluntades que ven en el otro algo que ninguno de los dos puede explicar. El amor es un nicho transformado de la ira, el capricho, la irracionalidad, la alegría sin contención, que momentáneamente se transfiguran en un lujoso despliegue de lo mejor que tenemos.

Por esto somos unos idiotas en esta danza dialéctica de los afectos. Conformamos pareja torpemente, escogiendo no sólo la que no es adecuada sino abiertamente  perjudicial, nociva, nos desagrada o, incluso decíamos odiar. Suelen ser las que más desagradan a la familia, a los amigos y a los allegados. Fallamos en ver su inadecuación.Y las escogemos por los motivos más adustos. En Orgullo y prejuicio, Jane Austen describe el momento en el que Elizabeth Bennet, luego de haber despreciado al señor Darcy por antojársele como el caballero más arrogante, insulso y materialista, se da al amor sólo con que él le confiese sus sentimientos ocultos. Si alguna vez se dibujara el retrato de una mujer que cede en el instante al amor deseado, tendría que ser este:

Elizabeth, sintiendo algo más que ansiedad común y extrañamiento de esta situación, se obligó a hablar, e inmediatamente, aunque no de manera muy fluida, le dio a entender que sus sentimientos habían sufrido un cambio cualitativo de tal envergadura desde el período al que aludía, que ahora la hacían recibir con gratitud y placer sus aseveraciones. La felicidad que produjo fue una que nunca antes había sentido… y se expresó en la ocasión con un calor y una sensibilidad de la cual sólo es capaz  un hombre violentamente  enamorado. Si Elizabeth lo hubiera  podido mirar a los ojos, hubiera podido constatar cómo la expresión de deleite que viene del corazón y que su cara irradiaba se convertía en todo él. Pero aunque no lo podía mirar, lo podía escuchar; él le contó de sus sentimientos, que, al demostrar la importancia que ella tenía para él, hicieron que su afecto fuera más valioso cada instante que transcurría

Como bajo ningún otro efecto, imbuidos por el amor la perspectiva completa cambia en segundos. Basta el efímero agradecimiento de que alguien se haya fijado en nosotros para pensar en el amor con ese otro que hace poco aborrecíamos. Pasa en hombres y mujeres; una de las cosas que más nos agrada de una mujer es que nosotros le agrademos; algo que a ellas les atrae es que crean que a nuestros ojos son la mujer más hermosa del mundo.

Como bajo ningún otro efecto, imbuidos por el amor la perspectiva completa cambia en segundos. Basta el efímero agradecimiento de que alguien se haya fijado en nosotros para pensar en el amor con ese otro que hace poco aborrecíamos. Pasa en hombres y mujeres; una de las cosas que más nos agrada de una mujer es que nosotros le agrademos; algo que a ellas les atrae es que crean que a nuestros ojos son la mujer más hermosa del mundo.

Los motivos que hacen del amor algo verdadero también lo hacen algo estúpido. Los evolucionistas y naturalistas llaman a esto el “despliegue de un módulo de conducta”. La naturaleza nos ha programado para en que en algunas escogidas ocasiones actuemos de la manera más irracional posible, no de la manera más procedente. El amor es un expediente “artificial” en el sentido de no ser la primera y obvia conducta humana, creado por la evolución y que suple la dificultad que hay en el mundo natural para encontrarse y procrear. Entre los humanos es tan sencillo acoplarse de no ser por el amor… no hay predadores que nos amenacen durante la conquista, ni enmarañadas fieras ruñendo nuestros despliegues de ostentación como en el caso de la cola del pavo real. Esa dificultad sin embargo es esencial para asegurar una progenie viable; evita que los incapaces de sobrevivir a los rasgos que los hacen atractivos (en el caso de los humanos a su propia irracionalidad) impriman su huella en el mundo a través del amor. Si habiendo nacido de los vencedores del amor tenemos esta redomada tendencia a la idiotez, ¿cómo habría sido sin la intervención del amor? El amor es entonces una torpeza programada desde el punto de vista evolutivo. Hace que, a costa de ser tontos por un tiempo y en el lapso de una vida, extingamos algo de lo muerma que podría llegar a ser toda la especie por generaciones enteras. Es una forma de estulticia que se torna funcional y necesaria. Crea todo un riesgo secundario que dificulta acoples, aumenta el peligro de la exposición, el gasto energético y de recursos a la manera que lo hacen los intrincados cortejos en otras especies. El amor es un cortejo llevado al extremo hipertrófico y desfigurado; uno que se torna tan complejo que se puede llevar a cabo sin pareja, por escrito, luego de años de no ver al ser amado, e incluso sin saberlo. Es interesante notar que no hay más de dos géneros en la reproducción sexual porque quizá la vida se hubiese extinguido si fuese preciso poner de acuerdo a tres.

Todos somos productos complejos de la irracionalidad que duerme en el seno del amor. ¿Cómo más entender la sentencia del poeta romántico italiano Giacomo Leopardi que decía que la madre de los idiotas vive siempre preñada?

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Así no encontremos nuestro diez ideal, es claro que muchos hombres y mujeres, en caso de no poder formar lazos irracionales entre sí, se enamorarían de la misma persona. Esto es evidente en el caso de las estrellas mediáticas.  ¿Cuántas mujeres no quisieran un hijo de George Clooney? ¿Cuántos hombres, de serles dada la oportunidad, no quisieran proteger amorosamente a una niña indefensa como Winona Ryder? Como esas personas existen, es mejor que encontremos formas de atraernos permanentemente los unos a los otros. El hecho de que el amor opere irracionalmente tiene que ver con un imperativo de la especie; no todos pueden aspirar a reproducirse con unos pocos con quienes la naturaleza ha sido prolija, como lo dictarían los más estrictos imperativos biológicos, porque de la misma manera en que muchos tiernos bebés tendrían la cara de Clooney y el rostro de Ryder, esos mismos probablemente desarrollarían el talento de Clooney para la actuación y la honestidad de Rider1. Es muy recordada la anécdota de una bella actriz que alguna vez le propuso al escritor George Bernard Shaw que tuvieran un hijo para que heredara su belleza y el talento de él, ante lo cual se negó rotundamente reconociendo el riesgo de que la criatura tuviera su propia belleza y la inteligencia de ella La sociedad, claro, dispone de ayudas muy efectivas para permitir ver belleza y virtud en donde no las hay. En Seinfeld se hace una alusión a ese embellecedor universal:

Jerry: Elaine, ¿qué porcentaje de las personas dirías que son bien parecidas?

Elaine: ¿25%?

Jerry: Ni cerca, debe ser entre 4% o 6%... es un acierto de uno en veinte

Elaine: Estás muy perdido…

Jerry: ¿Muy  perdido? ¿Has ido recientemente a la oficina de tránsito?... Es una colonia de leprosos

Elaine: ¿Básicamente lo que estás diciendo es que no se puede salir en una cita con el 95% de la población?

Jerry: ¡Son incitables!

Elaine: Entonces, ¿por qué se están juntando todas estas personas?

Jerry: ¡El alcohol!

1. Winona Ryder fue arrestada el 12 de diciembre de 2001 por robar más de 5.500 dólares en un almacén en Beverly Hills, algo que en la mentalidad masculina sólo ha aumentado su extraño atractivo sexual al contrarrestar su imagen de niña inocente.

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