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La sexualidad de los angelitos

El escritor caleño Andrés Caicedo.

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El mito de Andrés Caicedo crece tanto como sus lectores. Felipe Gómez, especialista en su obra, hace un repaso de su compleja sexualidad y una lectura queer de su legado literario. ¿Era Caicedo un escritor gay?

Por: Felipe Gómez Gutiérrez

Publicado el: 2011-06-22

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"Yo no soy homosexual”, escribía enfáticamente Andrés Caicedo en la última carta a su amada Patricia Restrepo, fechada el 4 de marzo de 1977. La noche anterior habían tenido una de sus habituales peleas. Tras regresar de un viaje hasta Buenaventura compartido con Héctor Lavoe, “el cantante de los cantantes”, a Patricia le molestó un intercambio de gestos e insinuaciones amaneradas entre Andrés y su amigo Matraca, el poeta Harold Alvarado Tenorio. Cuando Patricia volvió al final de la mañana al apartamento que alquilaban en el edificio Corkidi, Andrés acababa de teclear la carta en su Remington. El escritorio sostenía además el primer ejemplar de su novela ¡Que viva la música!, recién llegado esa mañana desde las oficinas de Colcultura en Bogotá. Tras notar que Patricia no daba señas de querer perdonarle su actitud “degenerada”, Andrés salió a dar una vuelta. Regresó a los pocos minutos. Sesenta seconales navegaban briosos por su intestino, empujados por un mar de cerveza Popular hacia un rumbo fijo. “Se quedó muerto encima del escritorio”, apenas acierta a decir Patricia cuando recuerda ese momento.

 

La pregunta por la sexualidad de Caicedo no solo se la ha hecho Restrepo. Mucho se ha especulado sotto voce sobre el tema antes y después de su muerte. Si algo pudiera habernos preparado para la colisión con el posible outing de Caicedo quizás haya sido una imagen grabada en video por Eduardo Carvajal en 1976, incluida en Unos pocos buenos amigos de Luis Ospina (1986) y usada más recientemente para abrir el sonado filme colombo-argentino Noche sin fortuna (2010). En el brevísimo video la cámara hace un paneo de “arribabajo y de abajoarriba” por el cuerpo desnudo de un Andrés sonriente y melenudo, quien se sostiene de pie bajo el umbral de un (water) closet. A mitad de camino la zona púbica brilla por la ausencia del sexo, el pene oculto, travieso, tras las piernas cruzadas. “¡Andresito!”, exclama la voz de Patricia detrás de cámara, entre las risas y bromas de los presentes. La imagen sugiere un sujeto feminizado o emasculado, y Caicedo estaría realizando en ella el performance de uno de sus famosos angelitos, empantanado y asexuado. “Ángel, pero ángel caído”, habría sin duda replicado Caicedo.

 

A partir de varios fragmentos de la intencional traza de palabras que Caicedo fue dejando a su paso no es difícil constatar que las relaciones homosexuales existieron a lo largo de su vida meteórica. La más importante de ellas habría sido la que sostuvo con el mayor de los hijos de una familia colombo-española, su amigo Guillermito Lemos, a quien Caicedo incluyera en la dedicatoria del relato largo El atravesado en la edición original financiada por su madre (1975). A pesar de que el rumor de este noviazgo circuló en su momento, e incluso llegó a escandalizar a su ámbito social tras aparecer en la prensa, el nombre de Guillermito fue cuidadosamente eliminado de ediciones posteriores de ese libro y su voz silenciada por quienes le consideraron un gran “corruptor de mayores” y el responsable, junto a su hermana Clarisol, de que Andrés se hundiera de frente en la criminalidad y la drogadicción. Con el paso del tiempo, el fantasma reprimido volvería a tocar las puertas de la memoria para exigir su lugar: en carta “liberada” en el 2008 pero escrita en 1976, Andrés le confesaba a Hernando Guerrero, gestor de Ciudad Solar, el romance en ese “periodo homosexual [...] cuando ya me parecía que empezaba a detestar definitivamente a las mujeres”. Guillermo corroboraba estos rumores con su propio testimonio en entrevista concedida a Juan Duchesne Winter y publicada en el volumen La estela de Caicedo (2009), afirmando: “Andrés tenía... y tuvo relaciones homosexuales conmigo también [...] Llevábamos cuatro años de amigos y un día yo lo miré y... no sé, había algo que... no sé... algo extraño [...] como una atracción”.

 

La relación con Guillermo, arraigada en la afectividad, la intimidad y la confianza, y que le brindaba tanto consuelo emocional como placer, no fue una experiencia aislada, según hace constar el mismo Andrés. En junio de 1976, durante su permanencia en la Clínica Santo Tomás de Bogotá, donde se halla en tratamiento de desintoxicación después de un intento de suicidio, Caicedo ofrece algunas anécdotas de la exploración sexual de sus años preadolescentes: “En quinto de primaria tuve varias experiencias homosexuales pero en grupo. Se sucedían los miércoles, en tarde deportiva. Íbamos a jugar un partido de fútbol a un lote bien alejado y al terminar empezábamos un campeonato de quien tuviera el pipí más largo. Yo pensaba en eso como propio de la edad y del despertar del sexo, y nunca pensé que se repitieran, pero sucedió. Ahora sí creo que desapareció esa faceta de mi personalidad. Amo a Patricia, la adoro con todas mis fuerzas”.

 

A pesar de que las exploraciones homosexuales de Caicedo son presentadas por él mismo como algo transitorio digno de ser minimizado o negado, va quedando claro que los intentos por definir y fijar su sexualidad fueron ambiguos, complejos y complicados, e incluyeron una bisexualidad reprimida que el escritor Iván Thays adjudica no a la lascivia sino más bien al anafroditismo y la soledad terminal. Tanto así se desprende de la tensión percibida en esa última carta, entre el cuestionamiento de su “hombría” por parte de la mujer amada y la insistente, maniática negación de la homosexualidad como afirmación de su amor por ella. A este panorama hay que sumarle la fuerte y muchas veces dolorosa relación edípica con la madre, las visitas ocasionales a los prostíbulos, periodos de misoginia declarada, y una obsesión por los niños mucho menores que él, que algunos no tardarían en calificar de pedofilia (Clarisol Lemos, a quien Caicedo no le dedicó su novela ¡Que viva la música!, y su hermano Guillermo tenían 8 y 12 años respectivamente cuando Andrés, de 19, empezó a frecuentarlos). Esto último ocasionó una demanda legal en su contra y la necesidad de escaparse a las montañas a causa de la persecución armada, “con claras intenciones de asesinato” por parte del padre de los menores, todo lo cual ha sido explorado en la “Historia debida” incluida en el volumen La estela de Caicedo.

 

Caicedo encuirado

 

El área de los estudios queer ha mostrado interés por el corpus literario de Caicedo debido a la presencia de personajes y elementos que se alejan de la norma heterosexual y cuestionan la legitimidad de la identidad sexual entendida de forma binaria, inscribiéndose en el abanico de identidades sexuales alternativas (gay, lesbiana, bisexual, travesti, transgénero, intersexual, transexual). Al ser “encuirados” (el neologismo es de Amy Kaminsky), los textos de Caicedo revelan una exploración de la sexualidad paralela a la que efectuaba en su propia vida. Llaman la atención por ejemplo los héroes de masculinidad dura, misógina y homofóbica, como los pertenecientes a las galladas o pandillas juveniles (muy cercanos a los del western cinematográfico y el hard-boiled detectivesco, objetos adicionales de la fascinación de Andrés como se ve ejemplificado en Los amantes de Suzie Bloom, su historia para un western llevada a la pantalla por Forbes y Cifuentes). Caicedo demostró temprano interés y afición por la agresividad en el lenguaje y la dinámica homosocial de estas galladas, transformando el conocimiento adquirido a través de terceros en el núcleo mismo del texto El atravesado. “Las galladas eran de machos”, recuerda Guillermo Lemos, afirmando además que el velo de clandestinidad con el que recubre Andrés su relación responde en parte al pavor que le produce el código masculino de las pandillas del sur. Con su lenguaje, accionar violento, y relaciones fuertemente autoritarias, estos “machos” se adecúan a las demandas impuestas por el orden social heterosexual en que viven, representando en público un papel que funciona para desplazar cualquier implicación del latente deseo homoerótico (cuyo objeto es el disfrute o la participación en relaciones sexuales con otros hombres, incluso cuando su preferencia es por mujeres).

 

El crítico Daniel Balderston ha notado que las “referencias despectivas como maricas y maricones, y la amenaza constante de una violencia homofóbica son frecuentes en muchos cuentos de Caicedo”. Estos elementos pueden hallarse en “Besacalles”, texto que escribió antes de cumplir los 18 años (1969). La voz narradora del cuento, que pasa inicialmente por ser femenina, revela mediante detalles ser la de un travesti que recorre las calles en procura de conquistas sexuales. Misoginia, homofobia y homosexualidad velada aparecen encarnadas en la gallada de Frank, que obliga a sus integrantes no masculinos a soportar la violación masiva por parte de los demás como un acto normalizado de violencia iniciática: “Después le dieron la mano a Marta para que se parara, y muy amables y todo les dio por consolarla, tranquila mija, toda pelada que quiera estar en la gallada, tiene que ser bien chévere, vos sabés”. La “besacalles” recibe un tratamiento similar, agravado por la amenaza de hacer pública su clandestina sexualidad: “si no me dejo de todos, allí mismo me cortan hasta que no quede nada de mi cara y le cuentan a mi hermano que estoy metida de buscapollos por todas las calles de Cali, y [...] yo sé que mi hermano sí me mata”. La amenaza de violencia del hermano nace de la misma norma heterosexual, aunque provenga de otro estrato de la sociedad, y es idéntica a la que aparece al final del cuento en el momento en que la narradora camina hacia el río con el muchacho que le gusta, al que ha tratado de seducir antes: “hasta que él metió la mano debajo de mi falda sin que yo pudiera evitarlo. Entonces quedó paralizado. Pero antes de que yo reaccionara me levantó agarrándome de los hombros y me arrancó la blusa y sacó los papeles y los algodones gritando que su vida era la vida más puta de todas las vidas, y dándome patadas en los testículos y en la cabeza hasta que se cansó”.

 

El documentalista Oscar Campo da cuenta del lenguaje homófobico que la gallada emplea para despreciar y burlarse de todo comportamiento que se sale de la norma heterosexual comentando que “casi todas las bromas eran en torno al sexo con maricas”, pero al mismo tiempo recuerda que dentro de estos grupos ese rasgo coexiste con un homosexualismo velado. Durante el rodaje de un documental, el hombre más “duro y cuajado” de Cali le confesaba fuera de cámara haberse “cogido” a todos los miembros menores de la pandilla. “Bien pueda tóquela”, le dice el narrador de El atravesado a su interlocutor, refiriéndose en sentido estricto al poder de su mano derecha pero invitando un doble sentido que es a la vez claro índice de esa homosexualidad velada que en las sociedades latinoamericanas se llega a considerar “normal” sin comprometer la hombría del que efectúa la penetración. La homosexualidad “activa” practicada por quien detenta algún poder aparece normalizada en “Angelitos empantanados” (1972), en que el portero accede a abrirle la puerta del colegio al narrador únicamente a cambio de que se deje “pirobear”: “apreté bien los libros contra mi pecho y me doblé, él primero me puso las manos en las nalgas y me las sobó un rato y luego con una sola mano me tocó por el medio hasta que yo me voltié y le dije ya y él ni protestó siquiera y yo salí corriendo de allí”.

 

La masculinidad y los roles sociales de género aparecen cuestionados y subvertidos en “Maternidad” (1974), en que el protagonista de 16 años se dedica al cuidado de su hijo recién nacido, adoptando el papel de una madre tradicional: “Me levantaba temprano, le daba el tetero al niño, cambiaba pañales, barría, trapeaba. Al volver del colegio me pasaba horas. […] contemplándole su pipí, lo único que sacó igualito a mí”. La ternura que inspira el personaje se disipa y torna macabra cuando se entiende que al mismo tiempo se encargaba de alentar la drogadicción de la madre biológica del niño, con la firme esperanza de que les abandone. La relación de Caicedo con las mujeres debe entenderse en el contexto del amor edípico por su madre. Patricia Restrepo ha recordado el terror que le producían las relaciones con mujeres a Andrés, algo que él reconoce en los textos de Mi cuerpo es una celda: “Desempeño una mejor función si el objeto es escogido en órdenes anormales (prostitución, masculino, poca estabilidad emocional), en cambio hay un temor creciente cuando se trata, por ejemplo, de una muchacha distinguida por su corrección o inteligencia”. Esta visión sin duda está relacionada con muchos de sus personajes femeninos, caníbales y vampiresas de sexualidad excesiva que castran a mordiscos a los jovencitos, como se puede ver en “Los dientes de Caperucita” y en la novela inconclusa Noche sin fortuna. Pero entre sus personajes femeninos, lectores y críticos de la obra caicediana recuerdan especialmente a la vital y promiscua narradora de ¡Que viva la música!, novela en que Balderston halla la advocación travesti y queer del deseo de un narrador masculino encubierto. Al recontar su primera relación sexual, la rubia narradora nos confiesa de su amante gringo que “eso que él tenía y (permítame el lector decirle) me metía, era mío; sin verlo, sin tocarlo casi, lo conocía yo mejor que él”, antes de llegar a la conclusión de que “los hombres no gozan con el sexo”.

 

Además de explorar las relaciones sexuales de la narradora con una variedad de hombres, la novela también incluye relaciones homosexuales entre mujeres como la que sostiene la Mona con la puertorriqueña Maria lata Bayó, de piel canela y “pecho de muchachito”. “La violencia progresaba si la belleza conducía”, reflexiona la Mona sobre el momento en que Bárbaro, su compañero de turno, obliga a Maria lata a desnudarse y a las dos a que hagan el amor frente a sus ojos mientras él se dedica a extraerle la vida y la dentadura a un joven gringo. También está el personaje de Mariángela, una mujer fuerte e independiente que no oculta su lesbianismo cuando le desabotona el vestido a la Mona y almohadilla las manos sobre sus senos susurrándole al oído: “los hombres son unos tontos. Tú puedes manejar mejor que ellos ese pipí que te meten con tanto misterio”. Cabe notar que Mariángela se lanzará al vacío desde el decimotercer piso del edificio de Telecom, víctima de soledad e incomprensión, en un fatal destinito muy cercano al de dos personajes inseparables que aparecen enmarcando la trama de “Maternidad”. Un día se escapan del colegio con dirección al río, de donde no regresan: “encontraron sus cuerpos ‘entrelazados’, pero el periódico no explicaba cómo”. Posteriormente, el manuscrito hallado en una botella dará cuenta de su voluntad compartida de dejarse tragar por las aguas: “No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río”.

 

El crítico, poeta y escritor gay barranquillero Jaime Manrique, quien escribió (sin saberlo) la contraportada de El atravesado, recuerda los coqueteos con Andrés y considera que la sexualidad de él era un tanto infantil y truncada, y que la angustia que le proporcionaba sin duda obró en alguna medida en la decisión de su suicidio. La sexualidad de Caicedo se ha mantenido más de 30 años entre el silencio, el tabú, el chisme y el amarillismo sostenidos por el binario gay/heterosexual de la cultura machista latinoamericana. El “boomcito” actual en que se encuentra la obra de Caicedo con la publicación de ensayos y artículos en el volumen La estela de Caicedo, y con el anuncio en mayo pasado, en la revista Cahiers du Cinema, de la próxima publicación de traducciones de textos suyos al inglés (Penguin Classics) y al francés (Belfond, la misma editorial que publicó la obra de Fernando Vallejo), y la preparación de una película basada en su novela, se presenta sin duda como un buen momento para que se le dé vuelta a la página con una mirada honesta y desprejuiciada a su sexualidad.

 

En el mercado

 

Mi cuerpo es una celda

Andrés Caicedo

Edición de Alberto Fuguet

Norma, 2010

300 páginas

$39.000