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La solución final

Acaba de ser publicado en español el libro del periodista Stephen Dudley que investigó la sangrienta y triste historia de la UP, el partido de izquierda exterminado por la extrema derecha colombiana. ¿Qué opinan su autor y sus contradictores de las polémicas tesis del libro?

2010/03/15

Por José Monsalve

Steven Dudley concibió un título formidable para su libro: Armas y urnas. Además de ser un juego de palabras ingenioso es un título rotundo que sintetiza los riesgos de mezclar la estrategia militar y el ejercicio político en la Colombia de los 80, cuando las Farc crearon la Unión Patriótica en desarrollo de diálogos de paz con el gobierno de Belisario Betancur. Tras cinco años de investigación Dudley, corresponsal de diversos medios estadounidenses, escribió este libro que analiza la experiencia trágica de la UP.

¿Para qué hacer un libro sobre la tragedia de la Unión Patriótica?

Para ilustrar un aspecto característico del conflicto colombiano: la zona gris. Creo que este conflicto nunca ha sido de malos y buenos, de blancos y negros, sino que se alimenta de mucha gente que ocupa un espacio gris. Gente que vive en la ambigüedad. No son propiamente culpables, pero tampoco son del todo inocentes de esta guerra que ya lleva 50 años. Eso es precisamente lo que vi en la UP, que no era ni buena ni mala, era una mezcla de todo. No creo que las Farc hayan matado a gente de la UP. Pero el partido fue su víctima porque la UP solo podía existir en la medida en que las Farc dejaran las armas. Y eso jamás lo han considerado las Farc. Yo creo que las Farc no van a negociar pronto, tal vez nunca. Ellos preferirían morir en el monte.

El desaparecido comandante de las Farc Jacobo Arenas es un personaje central en su investigación. ¿Usted cree que él creó en 1985 la UP pensando en que sería su punta de lanza para llevar la guerra a los centros urbanos?

Jacobo Arenas siempre pensó que era necesario llevar la guerra a las ciudades. Y concibió la UP como un método de guerra y no como un fin. Eso no quiere decir que muchos de los que militaron en la UP —incluso gente de las Farc— no vieran allí el camino hacia el fin del conflicto. Quizá al comienzo Jacobo Arenas quería tantear el ambiente. Pero a lo largo de los años, con una tras otra muerte, fue confirmando sus miedos, su paranoia, su tesis de que en Colombia no había espacio para un partido político de izquierda por lo que el único camino posible era la lucha armada.

¿La UP fue algo así como el Caguán de los 80: un escenario de apariencia política donde la guerrilla tuvo posibilidad de crecer y fortalecerse militarmente?

Sí, de las muchas entrevistas que hice se desprende esa conclusión. Si se sobrepone el mapa electoral de la UP con el crecimiento de la guerrilla se tiene la misma radiografía. En los lugares donde el partido consigue éxitos va creciendo la guerrilla. En la UP convergieron diversas personas, algunos como Jacobo Arenas que apostaban a la combinación de las formas de lucha y otros muchos militantes que ingenua o conscientemente entendían que estaban en un movimiento sin nexos con las armas.

¿Y dónde ubica a quienes fueron candidatos presidenciales por la UP?

Jaime Pardo Leal está en la línea ortodoxa. Creo que entendía el juego de la duplicidad, pero no quería llevarlo a cabo. A pesar de su dogmatismo era una persona abierta, quizá con el tiempo —que no tuvo— podría haber modificado su posición. Un cambio así es más difícil imaginarlo en un líder como Manuel Cepeda, que era mucho más rígido a pesar de que tuvo más tiempo. Él vio todo lo que pasó por combinar las armas y las urnas y sin embargo nunca dejó la línea ortodoxa. El caso de Bernardo Jaramillo es muy distinto. Cuando él asume la dirección de la UP, en 1987, entiende que la duplicidad no sirve y trata de reorientar el partido guardando distancia con las Farc. Sin embargo, todos fueron asesinados por la extrema derecha. Y es irónico porque si la UP hubiera tenido una real posibilidad de participar en la democracia las Farc habrían perdido porque el partido coparía el espacio político de la izquierda.

Usted describe a los militantes de la UP como “fantasmas vivos” y muestra que efectivamente muchos asumieron actitud de mártires.

Sí, los de la UP sentían en todo momento que tenían su muerte pendiente. Los que viven en ese mundo se encierran y asumen que ser mártir es más digno que sobrevivir. En ese mundo la culpa que se lleva encima es mucho mayor que en cualquier otro. Se parte de la idea que son muchos los amigos muertos y yo como compañero de causa no puedo dejar eso en la nada abandonando el partido porque entonces qué sentido tienen esas muertes. Por una multitud de razones es muy difícil salir de ese mundo. Incluso por razones más prácticas como qué con 40 años qué voy a hacer en otro país. Todo eso los lleva a tomar esa actitud de mártires. Es difícil de entender pero incluso conservan esa postura cuando tienen que elegir entre eso o su familia. Es muy impactante.

¿Realmente cree que el general Fernando Landazábal fue el hombre que urdió ideológicamente el exterminio de la UP?

Sí, él reaccionó así porque entendió muy bien cuál era el propósito de las Farc. Vio que la guerrilla podía tener éxito, endureció su posición radical y fue creando la base ideológica necesaria para promover la solución final: la aniquilación del partido. Él defendió a los militares que estaban implicados en eso. No dijo que eran héroes pero aseguró que “estaban cumpliendo su deber”. Eso creó la aceptación de ese método. Es decir eso era lo que funcionaba para combatir a la guerrilla y estamos hablando de 1982, antes de que apareciera la UP. La matanza de la UP viene más adelante con mucha plata del narcotráfico, pero la base ideológica de ese genocidio se crea con Landazábal y los primeros grupos de paramilitares que surgen en el Magdalena Medio.

En esa campaña sistemática de aniquilamiento es donde caen muchos líderes de la UP que realmente intentaban proyectar sus ideas en el marco de la democracia.

Claro, el propio Carlos Castaño me dijo que su gran error fue no haber diferenciado las tendencias que había entre la gente de izquierda y haberlos tomado como un todo indistinto al que había que eliminar. A pesar de que para Castaño era más útil que se reconocieran las diferencias entre, por ejemplo, un político como Bernardo Jaramillo y un guerrillero como Jacobo Arenas, porque así la UP ganaba espacios políticos y la guerrilla los perdería. Castaño dice que por ignorancia no hicieron diferencia y que procedieron a matar a todo aquel que fuera señalado de ser de izquierda.

¿El Polo Democrático es la versión correcta y actualizada de lo que debió ser la UP?

El Polo es una expresión legítima y legal de la izquierda. En ese sentido, sí. Ellos hacen un esfuerzo permanente por dejar claro que no tienen nada que ver con las armas. Entienden que no se puede cometer el error de “combinar las formas de lucha”.

¿Quién tuvo la mayor responsabilidad en el exterminio de la UP?

Creo que al Estado le cabe la mayor responsabilidad porque su compromiso era el de proteger a la gente de la UP. Si los estaban matando porque eran “ilegales” lo que tocaba hacer era declararlos ilegales y procesarlos. No se hizo ni lo uno ni lo otro. El camino que se tomó es el de permitir que un aparato narcoparamilitar los aplastara. Por eso pongo el mayor peso de la responsabilidad en el Estado. Creo que Colombia debe fortalecer las instituciones. Esa es la mejor manera de enfrentar los problemas de ambigüedad y duplicidad política. La mejor solución es canalizar las diferencias a través de las instituciones y a través del debate público. Ese es el camino que poco a poco está tomando el país. Y ese es el camino correcto.

¿Qué nos dejó la UP?

Dejó una lección: el conflicto no es blanco y negro y es necesario ver los matices. Es paradójico y triste que del libro hoy cada uno está sacando lo que quiere. Unos dicen “mire lo que estaba haciendo la UP” y otros responden “vea lo que hizo el establecimiento”. Pero es necesario ver el problema en su totalidad. Me esforcé por plantear en todo el libro el área gris de la que tanto hablo. Eso quiere decir que casi nadie se salva de responsabilidades. Yo procuro seguir esa línea, pero es muy difícil mantenerla y por eso las reacciones frente al libro van desde la derecha que dice que yo tengo un sesgo ideológico hasta la izquierda que reniega porque yo estoy justificando los crímenes que sufrió la UP. Lo que quiero es que los lectores decidan con todos los elementos.

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