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La verdad doble

José Monsalve, periodista de Semana, leyó la novela El día del odio, de Osorio Lizarazo, y la biografía de Herbert Braun, Mataron a Gaitán. ¿Más poderoso el 9 de abril visto desde el rigor histórico o desde la ficción literaria?

2010/03/15

Por José Monsalve

Herbert Braun es uno de los más juiciosos historiadores del conflicto colombiano. Su fijación por la vida y el legado de Gaitán empezó a finales de los años 70 y se plasmó en una extensa investigación sobre este animal político cuyo asesinato fue la chispa que encendió el Bogotazo. Braun persiguió el fantasma de Gaitán por todas partes. Entrevistó a cientos de personas, recopiló y estudió miles de documentos relacionados con el caudillo liberal y el 9 de abril. Este trabajo fue publicado en 1985 en inglés con el título de The Assassination of Gaitán: Public Life and Urban Violence in Colombia, llegó al país dos años después como Mataron a Gaitán, traducido por Hernando Valencia Goelkel.

Son innumerables los textos que se han escrito sobre Gaitán. Sin embargo, este de Braun sobresale por varios logros. Lo primero es que aunque es una pieza académica no carga con ese tedio que espanta a tantos lectores. La estrategia de Braun es maravillosa: pone nuevamente a deambular a Gaitán por las etapas de su vida al tiempo que va agotando los rasgos más complejos de su personalidad, siempre atento de ir enmarcando su narración en las tensiones políticas de la época. Y el resultado es gratificante. El lector entiende, sin agotarse, quién era Gaitán, su dimensión simbólica y comprende así la grieta que se abrió en la historia de Colombia con su asesinato.

Braun da cuenta del surgimiento de un hombre que rompió los esquemas de la política tradicional y que por tanto significó una amenaza para las élites dirigentes del país. El autor instala a Gaitán entre una nueva generación de jóvenes políticos. Los “convivialistas”, protagonistas de la escena nacional desde 1930 con la culminación de la hegemonía conservadora, que significó una esperanza de cambios democráticos reales.

Sin embargo, a medida que avanzan las páginas, en un rico barrido histórico, Braun permite identificar que los jóvenes dirigentes son el rostro fresco de las castas que siempre han ostentado el poder y que Gaitán es el líder atípico que encarna la esperanza de cambios profundos. El lector encuentra el desarrollo de todas estas tensiones y aprecia el constante ascenso de popularidad de Gaitán que inconteniblemente va mutando de líder a caudillo. Y es con todos estos elementos que Braun presenta, no sin cierto aire cinematográfico, el desarrollo detallado del trágico 9 de abril.

En su novela El día del odio, José Antonio Osorio Lizarazo cierra el lente y se ubica en una perspectiva que Braun apenas puede arañar. Osorio cuenta las vicisitudes e intimidades que afrontaban las mayorías desgraciadas a las que Gaitán representaba y esperaba revindicar. Lo hace a través del personaje de Tránsito, una joven campesina que –tropezón tras tropezón– intenta desesperadamente salir de Bogotá para regresar a su vereda en Lenguazaque.

La vida de Tránsito (nombre que sugiere por sí solo desventurada trashumancia) es la historia individual a través de la cual se refleja a tantos campesinos condenados por la injusticia social. El novelista plasma las angustias de los proscritos con diálogos que preservan el lenguaje pintoresco y ágil: “¡Ah hiju’emichica. Como tres días que no pasab’ un ladrón bocao!”. Y logra transmitirle al lector el resentimiento incendiario que se activó en miles de estos, en la “chusma”, el 9 de abril, el día del odio.

Osorio tenía los elementos para crear una obra así. Fue un inquieto intelectual que acompañó a Gaitán en su ascenso político y compartió a su lado el afán por producir reformas que favorecieran a los marginados. Fundó y dirigió Jornada, el periódico del movimiento gaitanista. Luego del magnicidio tuvo que salir del país. Vivió en diversos países de Latinoamérica y publicó su gran novela sobre el 9 de abril en Argentina en 1952.

La obra de Braun es un excelente recuento histórico de la vida del caudillo y los hechos políticos que la envolvieron. Se lee con agrado y cierto afán por llegar al momento crucial cuando estalla el Bogotazo. Su fortaleza está en la riqueza de los datos y el buen tacto con que el autor los supo sembrar a lo largo del libro. Por su parte, la novela de Osorio Lizarazo es una ficción que explora la dimensión humana de quienes arrasaron con Bogotá. En algunos pasajes el Osorio político aplaca al narrador. Y es una lástima porque el relato, en cada página, va cociendo un coctel de hambre, rencor acumulado, miedo e ignorancia, que responde a la pregunta por el origen del odio masivo con el que actuó la horda de desharrapados el día que se partió la historia del país.

Gaitán solía señalar como una trágica característica de Colombia la brecha que había entre lo que él llamaba el ‘país político’ y el ‘país nacional’. Distinguía así a la clase dirigente, pequeña, improductiva y carente de méritos de la gran mayoría anónima, laboriosa y necesitada. En Mataron a Gaitán y El día del odio se plasma con contundente claridad esta brecha. La gran diferencia entre uno y otro libro es que la biografía lo hace desde el país político, mientras que la novela lo hace desde el país nacional.

Si hay que escoger una obra para dar su justa dimensión al 9 de abril sin duda habría que echar mano de la biografía de Braun. Pero si lo que se quiere es simplemente sentir la íntima y masiva motivación que empujó a la trágica jornada hay que entonces acompañar a Tránsito por su desdicha. Y sentir en algún momento sus lágrimas porque “no existieron jamás un gusano, un insecto, una larva tan abandonados sobre la faz de la tierra”.

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