Sigifredo López el día de su liberación.

La versión de Sigifredo López en un libro

Hace un año se lanzó el libro “Sigifredo: el triunfo de la esperanza”, en el que Sigifredo López cuenta los detalles del secuestro de los doce diputados del Valle y sus años en cautiverio. Ahora que se le acusa de ser cómplice de las Farc, compartimos un fragmento de la obra en la que López presenta su versión de los hechos.

2012/05/18

Por Revistaarcadia.com

Sigifredo: el triunfo de la esperanza

(Fragmento)

Ese día mis hijos me despertaron con un beso, como todos los días, “nombre de Dios, papá”, y se fueron al colegio. Mi mujer tenía una cita médica a las siete y me pidió que la acompañara. Le dije que no podía. Tenía programada una intervención en la Asamblea a las diez y quería terminar de prepararla.

Se fue sola. Luego llamó desde el consultorio del endocrinólogo y me contó que allí estaba un cirujano experto en implantes de balones gástricos, una técnica que la gente estaba usando mucho, era la última moda, y la penúltima opción para gordos irredentos como yo.

—¿Por qué no te vienes para acá? —dijo Patricia—, ya te conseguí una cita para las nueve.

Le dije que no, porque aún no había terminado de preparar mi intervención. Era un debate clave que yo mismo había citado sobre la cobertura educativa en el departamento del Valle.

—¿Y por la tarde? —insistió.

—Tampoco puedo por la tarde. Gracias amor, la barriga tendrá que esperar —le dije.

Salí de la casa a las nueve y quince, con tiempo suficiente para llegar a la Asamblea a las diez. No quería fallarle al presidente de la Duma, Juan Carlos Narváez, quien nos había insistido en que fuéramos muy puntuales. Era un tema clave, sin lugar a dudas.

Cuando pasé por la Clínica Imbanaco pensé arrimar donde el médico aquel, pero resolví hacerlo luego para no retrasarme. Más adelantico, cerca del parque de las banderas, funcionaba un taller donde había dejado un carro para que lo sincronizaran, y me dije, “lo llevo y que el motorista siga en este y recoja a mi mujer”, pero decidí que no, que mejor mandaba a alguien más tarde por él. Miré el reloj, eran apenas las nueve y treinta. “Alcanzo a darle un saludo a Ofelia Salgado”, pensé, una amiga de Pradera que estaba hospitalizada en la Clínica Sebastián de Belalcázar, y quería visitarla un ratico pero decidí que no, que pasaría por la tarde para no retrasarme.

Desde Bretaña el tráfico se puso pesado. Cuando llegamos a la Asamblea faltaban cinco para las diez. Siempre dábamos la vuelta a la manzana para entrar al parqueadero, operación que podía tardar unos cinco minutos al ritmo en que estaban las cosas, pero en eso el semáforo se puso en rojo, me dio afán, me bajé y entré por la puerta principal, por la esquina de la carrera octava con octava. Era mi costumbre subir primero a la oficina a dar vuelta pero ese día no lo hice, llegué directamente al recinto, pedí que me bajaran unos documentos que necesitaba para la intervención y me senté a repasar la tarea y a esperar que llegaran los demás diputados para empezar la sesión. El recinto estaba prácticamente solo, yo fui uno de los primeros en llegar.

No vi nada anormal. Sólo recuerdo que cuando entré al edificio había personas vestidas con uniforme militar y pensé, claro, que era el Ejército. Recordé que la semana anterior habíamos tenido una sesión sobre la seguridad en la ciudad, en la que estuvieron presentes varios generales del Ejército y la Policía con quienes se discutió el tema. Algunos diputados, entre ellos Juan Carlos Abadía y Ramiro Echeverry, habían denunciado fallas en la seguridad del edificio y el presidente de la Duma había pedido protección al DAS y a la Policía.

Yo era uno de los más interesados en el tema de la seguridad porque frecuentemente me desplazaba a Pradera y Florida, municipios ubicados en zonas de riesgo. Llevaba meses solicitando un plan de protección y una escolta para viajar a estos lugares pero sólo me habían respondido con oficios protocolarios en los que prometían estudiar mi caso; en alguna ocasión mandaron a un policía que dijo ser de inteligencia, llenó un formulario y finalmente concluyó que no necesitaba escoltas, que simplemente bastaba con seguir recomendaciones básicas: no seguir las mismas rutas ni los mismos horarios, dar dos o tres vueltas antes de entrar a la casa… en síntesis, no dar papaya.

He contado cada minuto, he repasado todas las vacilaciones, todas las cosas que pude haber hecho y que me habrían salvado, pero estoy convencido de que ese día yo tenía una cita con el destino, estaba escrito que esto iba a ocurrir, porque hubiera podido elegir hacer cualquiera de las cuatro o cinco diligencias que tenía pendientes y me habría salvado. Muchas veces había llegado tarde al hemiciclo pero ese día me entró el afán, me dio por ser puntual y llegué dos minutos antes de que se iniciara una sesión macabra que duraría siete años.

Hubo algunas señales, como la del cura. Por esos días había un sacerdote en Pradera a quien llamábamos padre Camilo, no recuerdo el apellido, hoy está de cura en Florida… Yo estuve repasando este episodio con él hace unos días. Ese sacerdote me dijo un mes antes del secuestro que en secreto de confesión alguien le había dicho que me iban a secuestrar en Pradera, que a ese alguien le habían ofrecido ese “trabajo” pero que se había negado, que él no era capaz de hacer eso porque yo le había ayudado a su familia cuando era alcalde.

Otra persona de Pradera, un señor que fue secretario de Gobierno, les había comentado lo mismo a dos personas amigas mías. Yo lo llamé y le dije que me preocupaba ese rumor de que me iban a secuestrar porque de pronto nos pasaba lo del cuento de García Márquez. En un pueblo empezó a correr la conseja de que algo malo iba a ocurrir, y el presagio fue cogiendo tanta fuerza que la gente se puso paranoica y abandonó el pueblo y al final un tipo, el mismo que había echado a correr el rumor, terminó diciendo: “Yo les dije que algo muy grave iba a ocurrir en este pueblo”.

Por esos días hablé también con el asistente del gestor de paz, quien hoy es el gestor de paz en propiedad. Le conté y le pregunté cómo podía ayudarme y me contestó que no tenía ninguna información al respecto pero me prometió que averiguaría. Días después me dijo que estuviera tranquilo, que había hecho indagaciones y no habían encontrado nada, que no sabían de ningún plan para atentar contra mí ni contra mi familia.

Mi mamá me dijo que había tenido pesadillas en las que me veía llorando y ensangrentado, pero no le paré bolas porque ella andaba muy nerviosa por esos días. En realidad siempre ha sido muy nerviosa y tiene todo el derecho del mundo a serlo… Mi vieja…

Bueno, como les decía, yo estaba repasando mi intervención cuando llegó un tipo medio gordo con uniforme de fatiga, botas altas y boina roja ladeada (luego supe que era J. J.), y dijo: “Hay que evacuar el edificio porque los facinerosos de las Farc han puesto una bomba”. Estaba parado en el quicio de la puerta de ingreso al recinto, por donde se llega directamente a las curules, dio dos pasos adelante, se cuadró de perfil, como para franquearnos el paso, y repitió con autoridad: “Hay que evacuar el edificio porque las Farc pusieron una bomba en la Gobernación y otra acá”.

Tenía un fusil en las manos y apuntaba al suelo. Entonces los diputados nos paramos (eran más o menos las diez y diez) y salimos por ahí, por esa misma puerta, dimos la vuelta y salimos por la parte de atrás de la Asamblea, por la puerta del sótano, un portón metálico que da a la calle… Obedecimos sin chistar las instrucciones del tipo y de otros “soldados” que fueron apareciendo. Seguimos todas sus órdenes con una inocencia que hoy me parece estúpida.

En parte porque todo estaba planeado de manera magistral, hay que reconocerlo, y en parte porque estábamos entrenados para hacer esa misma evacuación por esa misma ruta. Lo habíamos hecho un año atrás, cuando discutimos una ordenanza sobre una reforma administrativa que terminó con la supresión de cargos en el departamento. Entonces, los ánimos estaban caldeados, afuera había una manifestación muy fuerte y el Ejército llegó y sacó a todos los diputados de allí y nos llevó en una tanqueta hasta la Tercera Brigada. Por todo esto el operativo “militar” de ese jueves nos pareció casi normal, casi rutinario, pensamos que nos iban a sacar en tanqueta y nos llevarían a la Brigada. Lo único que cambió fue que cuando un “soldado” abrió el portón metálico no había tanqueta sino una buseta blanca de transporte urbano con los avisos de la empresa Blanco y Negro, y nos hicieron subir. Anduvimos media cuadra y al doblar la esquina por la carrera octava nos encontramos con otros diputados que estaban ingresando a la Asamblea; al vernos hicieron una señal para detener el vehículo, y al subirse dijeron: “Nosotros también somos diputados”.

Si no estoy mal eran Héctor Fabio Arizmendi, Francisco Javier Giraldo, Ramiro Echeverry, Carlos Alberto Charry y Carlos Alberto Barragán.

Carlos Alberto Barragán hacía parte de este segundo grupo, estaba cumpliendo años ese día y Érika, su mujer, le había dicho que se quedara porque le tenía un almuerzo especial para celebrar. Pero él no aceptó porque tenía reunión de la comisión de presupuesto. Carlos Alberto Charry estaba pendiente de una cita con un amigo pero también subió a la buseta. Héctor Fabio Arizmendi había ido a la Asamblea sólo a presentar un certificado de incapacidad médica (estaba enfermo de los bronquios) y pensaba regresar a Cartago esa misma mañana. Cuento estos detalles porque sigo convencido que ese día todos teníamos una cita fatal con el destino, algo tan inexorable que nada nos pudo salvar.

Los demás ya estábamos en la buseta y seguimos (en total, en la buseta íbamos doce de los veinticinco diputados de la Asamblea del Valle, cinco asistentes y varios “soldados”). Juan Carlos Abadía se salvó porque no había llegado; Manuel Reina se salvó del secuestro, pero años después lo asesinaron en Vijes.

Y mi amigo Carlos Hernán Rodríguez se salvó porque minutos antes lo llamaron para informarle que su hijo estaba ardiendo en fiebre y se devolvió a llevarlo al médico. En la buseta iba una “periodista” con filmadora y camiseta de Telepacífico. “¿Qué está pasando?”, nos preguntaba, y nosotros le respondimos con una candidez enternecedora: “No sabemos a ciencia cierta… Nos ordenaron evacuar el edificio, parece que hay bombas”. ¡Se burlaron miserablemente de nosotros esos hijueputas! ¡Pensaron en todo! Fueron muy audaces, hay que reconocerlo.

Editorial Planeta

230 páginas

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