Casa en Orocué, lugar que ayudó a inspirar la novela. Crédito: Nick Jaussi.

‘La vorágine’: quinta parte

"De allí en adelante, el lente fotográfico se dio a funcionar entre las peonadas, reproduciendo fases de tortura, sin tregua ni disimulo, abochornando a los capataces. ‘Estos crímenes, que avergüenzan a la especie humana —solía decirme— deben ser conocidos por todo el mundo para que los gobiernos se apresuren a remediarlos’".

2017/03/17

Por José Eustasio Rivera

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«Desde aquel instante tuve, por primera vez, un amigo y un protector. Compadecióse el sabio de mis desgracias y ofreció libertarme de mis patrones, comprando mi cuenta y la de mi hijo, si aún era esclavo. Le referí la vida horrible de los caucheros, le enumeré los tormentos que soportábamos, y, porque no dudara, lo convencí objetivamente:

»—Señor, diga si mi espalda ha sufrido menos que ese árbol.

»Y, levantándome la camisa, le enseñé mis carnes laceradas.

»Momentos después, el árbol y yo perpetuamos en la Kodak nuestras heridas, que vertieron para igual amo distintos jugos: siringa y sangre.

”De allí en adelante, el lente fotográfico se dio a funcionar entre las peonadas, reproduciendo fases de tortura, sin tregua ni disimulo, abochornando a los capataces, aunque mis advertencias no cesaban de predicarle al naturalista el grave peligro de que mis amos lo supieran. El sabio seguía impertérrito, fotografiando mutilaciones y cicatrices. ‘Estos crímenes, que avergüenzan a la especie humana —solía decirme— deben ser conocidos por todo el mundo para que los gobiernos se apresuren a remediarlos’. Envió notas a Londres, París y Lima, acompañando vistas de sus denuncias, y pasaron tiempos sin que se notara ningún remedio. Entonces decidió quejarse a los empresarios, adujo documentos y me envió con cartas a La Chorrera.

»Sólo Barchilón se encontraba allí. Apenas leyó el abultado pliego, hizo que me llevaran a su oficina.

»—¿Dónde conseguiste botas de “soche»? —gruñó al mirarme.

»—El mosiú me las dio con este vestido.

»—¿Y dónde ha quedado ese vagabundo?

»—Entre el caño Campuya y Lagarto–cocha —afirmé mintiendo—. Poco más o menos a treinta días.

»—¿Por qué pretende ese aventurero ponerle pauta a nuestro negocio? ¿Quién le otorgó permiso para darlas de retratista? ¿Por qué diablos vive alzaprimándome los peones?

»—Lo ignoro, señor. Casi no habla con nadie y cuando lo hace, poco se le entiende...

»—¿Y por qué nos propone que te vendamos?

»—Cosas de él...

»El furioso judío salió a la puerta y examinaba contra la luz algunas postales de la kodak.

»—¡Miserable! ¿Este espinazo no es el tuyo?

»—¡No, señor; no, señor!

»—¡Pélate medio cuerpo, inmediatamente!

»Y me arrancó a tirones blusa y franela. Tal temblor me agitaba, que, por fortuna, la confrontación resultó imposible. El hombre requirió la pluma de su escritorio, y, tirándomela de lejos, me la clavó en el homoplato. Todo el cuadril se me tiñó de rojo.

»—Puerco, quita de aquí, que me ensangrientas el entablado.

»Me precipitó contra la baranda y tocó un silbato. Un capataz, a quien le decíamos “El Culebrón”, acudió solícito. El amo ordenó al entrar:

»—Ajústale las botas con un par de grillos, porque, de seguro, le quedan grandes.

»Así se hizo.

»El Culebrón se puso en marcha con cuatro hombres, a llevar la respuesta, según se decía.

»¡El infeliz francés no salió jamás!».

* * *

«El año siguiente fue para los caucheros muy fecundo en expectativas. No sé cómo, empezó a circular subrepticiamente en gomales y barracones un ejemplar del diario “La Felpa», que dirigía en Iquitos el periodista Saldaña Roca. Sus columnas clamaban contra los crímenes que se cometían en el Putumayo, y pedían justicia para nosotros. Recuerdo que la hoja estaba maltrecha, a fuerza de ser leída, y que en el siringal del caño Algodón, la remendamos con caucho tibio, para que pudiera viajar de estrada en estrada oculta entre un cilindro de bambú que parecía cabo de hachuela.

»A pesar de nuestro recato, un gomero del Ecuador a quien llamábamos “El Presbítero”, le sopló al vigilante lo que ocurría, y sorprendieron cierta mañana, entre unos palmares de “chiquichiqui”, a un lector descuidado y a sus oyentes, tan distraídos en la lectura que no se dieron cuenta del nuevo público que tenían. Al lector le cosieron los párpados con fibras de “cumare” y a los demás les echaron en los oídos cera caliente.

»El capataz decidió regresar a El Encanto para mostrar la hoja; y como no tenía curiara, me ordenó que lo condujera por entre el monte. Una nueva sorpresa me esperaba: había llegado un visitador y en la propia casa recibía declaraciones.

»Al darle mi nombre, comenzó a filiarme y en presencia de todos me preguntó:

»—¿Usted quiere seguir trabajando aquí?

»Aunque he tenido la desgracia de ser tímido, alarmé a la gente con mi respuesta:

»—¡No, señor; no, señor!

»El letrado acentuó con voz enérgica:

»—Puede marcharse cuando le plazca, por orden mía. ¿Cuáles son sus señales particulares?

»—Estas —afirmé, desnudando mi espalda.

»El público estaba pálido. El Visitador me acercaba sus espejuelos. Sin preguntarme nada, repitió:

»—¡Puede marcharse mañana mismo!

»Y mis amos dijeron sumisamente:

»—¡Señor Visitador, mande Su Señoría!

»Uno de ellos con el desparpajo de quien recita un discurso aprendido, agregó ante el funcionario:

»—Curiosas cicatrices las de este hombre, ¿verdad? ¡Tiene tantos secretos la botánica, particularmente en estas regiones! No sé si Su Señoría habrá oído hablar de un árbol maligno, llamado “mariquita» por los gomeros. El sabio francés, a petición nuestra, se interesó por estudiarlo. Dicho árbol, a semejanza de las mujeres de mal vivir brinda una sombra perfumada; mas ¡ay!, del que no resista a la tentación: su cuerpo sale de allí veteado de rojo, con una comezón desesperante, y van apareciendo lamparones que se supuran y luego cicatrizan arrugando la piel. Como este pobre viejo que está presente, muchos siringueros han sucumbido a la inexperiencia.

»—Señor... —iba a insinuar, pero el hombre siguió tan cínico:

»—¿Y quién creerá que este insignificante detalle le origina complicaciones a la empresa? Tiene tantas rémoras este negocio, exige tal patriotismo y perseverancia, que si el Gobierno lo desatiende quedarán sin soberanía estos grandes bosques, dentro del propio límite de la patria. Pues bien: ya Su Señoría nos hizo el honor de averiguar en cada cuadrilla cuáles son las violencias, los azotes, los suplicios a que sometemos a las peonadas, según el decir de nuestros vecinos, envidiosos y despechados, que buscan mil maneras de impedir que nuestra Nación recupere sus territorios y que haya peruanos en estas lindes, para cuyo intento no faltan nunca ciertos escritorcillos asalariados.

»Ahora retrocedo al tema inicial: La empresa abre sus brazos a quien necesite de recursos y quiera enaltecerse mediante el esfuerzo. Aquí hay trabajadores de muchos lugares, buenos, malos, díscolos, perezosos. Disparidad de caracteres y de costumbre, indisciplina, amoralidad, todo eso ha encontrado en la mariquita un cómplice cómodo; porque algunos —principalmente los colombianos— cuando riñen y se golpean o padecen “el mal del árbol”, se vengan de la empresa que los corrige, desacreditando a los vigilantes, a quienes achacan toda lesión, toda cicatriz, desde las picaduras de los mosquitos hasta la más parva rasguñadura.

»Así dijo, y volviéndose a los del grupo, les preguntó:

»—¿Es verdad que en estas regiones abunda la mariquita? ¿Es cierto que produce pústulas y nacidos?

»Y todos respondieron con grito unánime:

»—¡Sí, señor, sí señor!

»—Afortunadamente —agregó el bellaco—, el Perú atenderá nuestra iniciativa patriótica: le hemos pedido a la autoridad que nos militarice las cuadrillas, mediante la dirección de oficiales y sargentos, a quienes pagaremos con mano pródiga su permanencia en estos confines, con tal que sirvan a un mismo tiempo de fiscales para la empresa y de vigilantes en las estradas. De esta suerte, el gobierno tendrá soldados, los trabajadores garantías innegables y los empresarios estímulo, protección y paz.

»El Visitador hizo un signo de complacencia».

* * *

«Un abuelo, Balbino Jácome, nativo de Garzón, a quien se le secó la pierna derecha por la mordedura de una tarántula, fue a visitarme al anochecer; y recostando sus muletas bajo el alero de la barraca donde mi chinchorro pendía, dijo quedo:

»—Paisano, cuando pise tierra cristiana, pague una misa por mi intención.

»—¿En premio de que confirma las desvergüenzas de los empresarios?

»—No. En memoria de la esperanza que hemos perdido.

»—Sepa y entienda —le repuse—, que usted no debe valerse de mi persona. Usted ha sido el más abyecto de los “lambones», el favorito de Juancho Vega, a quien superó en renegar de nuestro país y en desacreditar a los colombianos.

»—Sin embargo —replicó—, mis compatriotas algo me deben. Pues que usted se va, puedo hablarle claro: he tenido la diplomacia de enamorar a los enemigos, aparentando esgrimir el rebenque para que hubiera un verdugo menos. He desempeñado el puesto de espía porque no pusieran a otro, de verdaderas capacidades. No hice más que amoldarme al medio y jugar al tute escogiendo las cartas. ¿Que era necesario atajar un chisme? Yo lo sabía y lo tergiversaba. ¿Que a un tal lo maltrataron en la cuadrilla? Aplaudía el maltratamiento, ya inevitable, y luego me vengaba del esbirro. ¿Por qué los vigilantes me miman tanto? Porque soy el hombre de las influencias y de la confianza. ‘Oye, le digo a uno: Los amos han sabido cierta cosita...’. Y éste se me postra, prorrumpiendo en explicaciones. Entonces consigo lo que nadie obtendría: ‘¡No me les pegues a mis paisanos; si aprietas allá, te remacho aquí!’.

»De esta manera practico el bien, sin escrúpulos, sin gloria y con sacrificios que nadie agradece. Siendo una escoria andante, hago lo que puedo como buen patriota, disfrazado de mercenario. Usted mismo se irá muy pronto odiándome, maldiciéndome, y al pisar su valle, fértil como el mío, sentirá alegría de que yo sufra en tierras de salvajes, la expiación de pecados que son virtudes.

»Confiéselo, paisano: ¿cuando su viaje al Caquetá no le rogué que se picureara? ¿No le pinté, para decidirlo, el caso de Julio Sánchez, que en una basta canoa se fugó con la esposa encinta, por toda la vena del Putumayo, sin sal ni fuego, perseguido por lanchas y guarniciones, guareciéndose en los rebalses, remontando tan sólo en noches oscuras, y en tal largo tiempo, que al salir a Mocoa la mujer penetró en la iglesia llevando de la mano a su muchachito, nacido en la curiara?

»Mas usted despreció muchas facilidades. ¡Si yo las hubiera tenido, si no me maneara esta invalidez! Cuantos se fugan, por consejos míos, me prometieron venir por mí y llevarme en hombros; pero se largan sin avisarme, y si los prenden, cargo la culpa, y vienen a decir que fuí cómplice, por lo cual tengo que exigir que les echen palo, para recuperar así mi influencia mermada. ¿Quién le rogó al francés que pidiera de rumbero a Clemente Silva? ¿Qué mejor coyuntura para un picure? ¡Y usted, lejos de agradecer mis sugestiones, me trató mal! Y en vez de impedir que el sabio se metiera en tantos peligros, lo dejó solo, y tuvo la ocurrencia de venir con esas cartas donde el patrón, para que sucediera lo que ha sucedido. ¡Y ahora quiere que me ponga a contradecir lo que dicen los amos, cuando nos ha perdido el Visitador!

»—¡Hola, paisano, explíqueme eso!

»—No, porque nos oyen en la cocina. Si quiere, más tardecito nos vemos en la curiara, con el pretexto de pescar.

»Así lo hicimos».

* * *

«En el puerto había diversas embarcaciones. Mi compañero se detuvo a hablar con un boga que dormía a bordo de una gran lancha. Ya me impacientaba la demora cuando oí que se despidieron. El marinero prendió el motor y encendióse la luz eléctrica. Sobre la bombilla de mayor volumen comenzó a zumbar el ventilador.

»Entonces, por un tablón que servía de puente, pasaron a la barca varias personas, de vestidos almidonados, y entre ellas una dama llena de joyas y arandelas, que se reía con risa de circo. Mi compañero se me acercó.

»—Mire —dijo en voz baja—, los señores amos están de té. Esa hermosura a quien le da la mano Su Señoría, es la madona Zoraida Ayram».

»Nos metimos en la curiara, y, a poco de bogar, la amarramos en un remanso, desde donde veíamos luces de focos reflejadas en la corriente. Balbino Jácome dio principio a su exposición:

»—Según me contaba Juanchito Vega, las cartas que el sabio mandó al exterior produjeron alarmas muy graves. A esto se agrega que el francés desapareció, como desaparecen aquí los hombres. Pero Arana vive en Iquitos y su dinero está en todas partes. Hace como seis meses empezó a mandar los periódicos enemigos para que la empresa los conociera y tomara con tiempo precauciones.

»Al principio ni siquiera me los mostraban; después me preguntaron si podían contar conmigo y me gratificaron con la administración de la pulpería.

»Cierta vez que los empresarios se trasladaron a La Chorrera, unos cuadrilleros pidieron quinina y pólvora. Como bien conozco qué capataces no deletrean, hice paquetes en esos periódicos y los despaché a los barracones y a los siringales, por si algún día, al quedar por ahí volteando, daban con un lector que los aprovechara.

»—Paisano —exclamé—, ahora sí le creo. Entre nosotros circuló uno. ¡Por causa de él vine a dar aquí, a encontrar salvación! ¡Gracias a usted!

»—No se alegre, paisano: ¡Estamos perdidos!

»—¿Por qué? ¿Por qué?

»—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este Visitador que al fin no hizo nada! Mire usted: quitaron el cepo, el día que llegó, y pusiéronselo de puente al desembarcar, sin que se le ocurriera reparar en los agujeros que tiene, o en las manchas de sangre que lo vetean; fuimos al patio, al lugar donde estuvo puesta esa máquina de tormento, y no advirtió los trillados que dejaron los prisioneros al debatirse, pidiendo agua, pidiendo sombra. Por burlarse de él, olvidaron en la baranda un rebenque de seis puntas, y preguntó el muy simple si estaba hecho de verga de toro. Y Macedo, con gran descaro, le dijo riéndose: ‘Su Señoría es hombre sagaz. Quiere saber si comemos carne vacuna. Evidentemente, aunque el ganado cuesta carísimo, en aquel botalón apegamos las “resecitas».

»—Me consta —le argüí—, que el Visitador es hombre enérgico.

»—Pero sin malicia ni observación. Es como un toro ciego que sólo embiste al que le haga ruido. ¡Y aquí nadie se atreve a hablar! Aquí ya estaba todo muy bien arreglado y las cuadrillas reorganizadas: a los peones descontentos o resentidos los concentraron quién sabe dónde, y los indios que no entienden el español ocuparon los caños próximos. Las visitas del funcionario se limitaron a reconocer algunas cuadrillas, de las ciento y tantas que trabajaban en estos ríos y en muchos otros inexplorados, de suerte que en recorrerlas e interrogarlas nadie gastaría menos de cinco meses. Aún no hace una semana que llegó el Visitador y ya está de vuelta.

»Su Señoría se contentará con decir que estuvo en la calumniada selva del crimen, les habló de “habeas corpus” a los gomeros, oyó sus quejas, impuso su autoridad y los dejó en condiciones inmejorables, facultados para el regreso al hogar lejano. Y de aquí en adelante, nadie prestará crédito a las torturas y a las expoliaciones, y sucumbiremos irredentos, porque el informe que presente Su Señoría será respuesta obligada a todo reclamo, si quedan personas cándidas que se atrevan a insistir sobre asuntos ya desmentidos oficialmente.

»Paisano, no se sorprenda al escucharme estos razonamientos, en los cuales no tengo parte. Es que se los he oído a los empresarios. Ellos temblaron ante la idea de salir de aquí con la soga al cuello; y hoy se ríen del temor pretérito porque aseguraron el porvenir. Cuando el Visitador se movía para tal caño, en ejercicio de sus funciones, quedábamos en casa sin más distracción que la de apostar a que no pasarían de tres los gomeros que se atrevieran a dar denuncias, y a que Su Señoría tendría para todos idéntica frase: ‘Usted puede irse cuando le plazca’.

»—Paisano, ¡si estamos libres! ¡Si nos han dado la libertad!

»—No, compañero, ni se lo sueñe. Quizás algunos podrían marcharse, pero pagando, y no tienen medios. No saben el por dónde, ni el cómo, ni el cuándo. ‘Mañana mismo’. ¡Ése es un adverbio que suena bien! ¿Y el saldo y la embarcación y el camino y las guarniciones? Salir de aquí por quedar allá no es negocio que pague los gastos, muy menos hoy que los intereses sólo se abonan a látigo y sangre.

»—¡Yo me olvidaba de esa verdad! ¡Me voy a hablarle al Visitador!

»—¡Cómo! ¿A interrumpir sus coloquios con la madona?

»—¡A pedirle que me lleve de cualquier modo!

»—No se afane, que mañana será otro día. El boga con quien hablé al venir aquí dañará el motor de la lancha esta misma noche y durará el daño hasta que yo quiera. Para eso está en mis manos la pulpería. Ya ve que los lambones de algo servimos.

»—¡Perdóneme, perdóneme! ¿Qué debo hacer?

»—Lo que manda Dios: confiar y esperar. ¡Y lo que yo mando: seguir oyendo!

»Sin hacer caso de mi angustia, Balbino Jácome prosiguió:

»—Su Señoría no se lleva ni un solo preso, aunque se le hubieran dado algunitos, por peligrosos; no a los que matan o a los que hieren, sino a los que roban. Pero el Visitador no pudo hacer más. Antes que llegara, fueron espías a las barracas a secretear el chisme de que la empresa quería cerciorarse de cuáles eran los servidores de mala índole, para ahorcarlos a todos, con cuyo fin les tomaría declaraciones cierto socio extranjero, que se haría pasar por Juez de Instrucción. Esta medida tuvo un éxito completísimo: Su Señoría halló por doquiera gentes felices y agradecidas, que nunca oyeron decir de asesinatos ni de vejámenes.

»Mas el crimen perpetuo no está en las selvas, sino en dos libros: en el Diario y en el Mayor. Si Su Señoría los conociera, encontraría más lectura en el DEBE que en el HABER, ya que a muchos hombres se les lleva la cuenta por simple cálculo, según lo que informan los capataces. Con todo, hallaría datos inicuos: peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y reciben franelas a veinte pesos: indios que trabajan hace seis años, y aparecen debiendo aún el mañoco del primer mes; niños que heredan deudas enormes, procedentes del padre que les mataron, de la madre que les forzaron, hasta de las hermanas que les violaron, y que no cubrirían en toda su vida, porque cuando conozcan la pubertad, los solos gastos de su niñez les darán medio siglo de esclavitud.

»Mi compañero hizo una pausa, mientras me ofrecía su tabaquera. Yo, aunque consternado por tanta ignominia, quise defender al Visitador:

»—Probablemente Su Señoría no tendrá orden judicial para ver esos libros.

»—Aunque la tuviera. Están bien guardados.

»—¿Y será posible que Su Señoría no lleve pruebas de tantos atropellos que fueron públicos? ¿Se estará haciendo el disimulado?

»—Aunque así fuera. ¿Qué ganaríamos con la evidencia de que fulano mató a zutano, robó a mengano, hirió a perencejo? Eso, como dice Juanchito Vega, pasa en Iquitos y en dondequiera que existan hombres: cuánto más aquí en una selva sin policía ni autoridades. Líbrenos Dios de que se compruebe crimen alguno, porque los patrones lograrían realizar su mayor deseo: la creación de Alcaldías y de Panópticos, o mejor, la iniquidad dirigida por ellos mismos. Recuerde usted que aspiran a militarizar a los trabajadores, a tiempo que en Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de subterránea complicidad, según frase de Larrañaga. ¿Los colonos colombianos no están vendiendo a esta empresa sus fundaciones, forzados por falta de garantías? Ahí están Calderón, Hipólito Pérez y muchos otros, que reciben lo que les dan, creyéndose bien pagados con no perderlo todo y poder escurrir el bulto. ¿Y Arana, que es el despojador, no sigue siendo, prácticamente, Cónsul nuestro en Iquitos? ¿Y el Presidente de la República no dizque envió al general Velasco a licenciar tropas y resguardos en el Putumayo y en el Caquetá, como respuesta muda a la demanda de protección que los colonizadores de nuestros ríos le hacían a diario? ¡Paisano, paisanito, estamos perdidos! ¡Y el Putumayo y el Caquetá se pierden también!

”Oigame este consejo: ¡no diga nada! Dicen que el que habla yerra, pero el que hable de estos secretos errará más. Vaya, predíquelos en Lima o en Bogotá, si quiere que lo tengan por mendaz y calumniador. Si le preguntan por el francés, diga que la empresa lo envió a explorar lo desconocido; si le averiguan la especie aquélla de que «El Culebrón» mostró cierto día el reloj del sabio, adviértales que eso fue con ocasión de una borrachera, y que por siempre está durmiéndola. Al que lo interrogue por «El Chispita», respóndale que era un capataz bastante ilustrado en lenguas nativas: yeral, carijona, huitoto, muinana; y si usted, por adobar la conversación, tiene que referir algún episodio, no cuente que esa paloma les robaba los guayucos a los indígenas para tener el pretexto de castigarlos por inmorales, ni que los obligaba a enterrar la goma, sólo por esperar que llegara el amo y descubrirle ocasionalmente los escondites, con lo cual sostenía su fama de adivino, honrado y vivaz; hable de sus uñazas, afiladas como lancetas, que podían matar al indio más fuerte con imperceptible rasguñadura, no por ser mágicas ni enconosas, sino por el veneno de «curare» que las teñía.

»—¡Paisano —exclamé—, usted me habla de Lima y de Bogotá, como si estuviera seguro de que puedo salir de aquí!

»—Sí, señor. Tengo quien lo compre y quien se lo lleve: ¡la madona Zoraida Ayram!

»—¿De veras? ¿De veras?

»—Como ser de noche. Esta mañana cuando Su Señoría lo mandó llamar para interrogarlo, la madona lo veía desde la baranda, con el binóculo, y cuando usted declaró en alta voz que no quería trabajar más, ella pareció muy complacida por tal insolencia. ‘¿Quién es —me preguntó—, ese viejo tan arriesgado?’ Y yo respondí: ‘Nada menos que el hombre que le conviene: es el rumbero llamado “El Brújula», a quien le recomiendo como letrado, ducho en números y facturas, perito en tratos de goma, conocedor de barracas y de siringales, avispado en lances de contrabando, buen mercader, buen boga, buen pendolista, a quien su hermosura puede adquirir por muy poca cosa. Si lo hubiera tenido cuando el asunto de Juan Muñeiro, no me contaría complicaciones’.

»—¿Asunto de Juan Muñeiro? ¿Complicaciones?

»—Sí, descuidillos que pasaron ya. La madona les compró el caucho a los picures de Capalurco y en Iquitos querían decomisarlos. Pero ella triunfó. ¡Para eso es hermosa! Les habían prohibido a las guarniciones que la dejaran subir estos ríos, y ya ve usted que el Visitador le compuso todo, y hasta de balde. Sin embargo: la mujer cuando da, pide; y el hombre pide cuando da.

»—¡Compañero, la madona tendrá noticias de Lucianito! ¡Voy a hablar con ella! ¡Aunque no me compre!

»Veinte días después estaba en Iquitos».

* * *

«La lancha de la madona remolcaba un bongo de cien quintales, en cuya popa gobernaba yo la “espadilla», sufriendo sol. Frecuentemente atracábamos en bohíos del Amazonas, para realizar la corotería aunque fuera permutándola por productos de la región, «jebe», castañas, «pirarucú», ya que hasta entonces la agricultura no había conocido adictos en tan dilatados territorios. Doña Zoraida misma pactaba las permutas con los colonos, y era tal su labia de mercachifle, que siempre al reembarcarse tuvo el placer de verme inscribir en el Diario las cicateras utilidades obtenidas.

»No tardé en convencerme de que mi ama era de carácter insoportable, tan atrabiliaria como un canónigo. Negóse a creerme que era el padre de Lucianito, habló despectivamente de Muñeiro, y a fuerza de humillaciones pude saber que los prófugos, tras de engañarla con una siringa, que ‘era robada y de ínfima clase’, burlaron las guarniciones del Amazonas y remontaron el Caquetá hasta la confluencia del Apoporis, por donde subieron en busca del río Taraira, que tiene una trocha para el Vaupés, a cuyas márgenes fue a buscarlos para que la indemnizaran de los perjuicios, sin lograr más que decepciones y hasta calumnias contra su decoro de mujer virgen, pues hubo deslenguados que se atrevieron a inventar un drama de amor.

»—¡No olvides, viejo, —gritóme un día—, tu vil condición de criado mendigo! No tolero que me interrogues familiarmente sobre puntos que apenas serían pasables en conversaciones de camaradas. Basta de preguntarme si Lucianito es mozo apuesto, si tiene bozo, buena salud y modales nobles. ¿Qué me importan a mí semejantes cosas? ¿Ando tras los hombres para inventariarles sus lindas caras? ¿Está mi negocio en preferir los clientes gallardos? ¡Sigue, pues, de atrevido y necio, y venderé tu cuenta a quien me la compre!

»—¡Madona, no me trate así, que ya no estamos en los siringales! ¡Harto estoy de sufrir por hijos ingratos! ¡Ocho años llevo de buscar al que se vino, y él, quizás, mientras yo lo anhelo, nunca habrá pensado en hallarme a mí! ¡El dolor de esta idea es suficiente para abreviar mi pesadumbre, porque soy capaz, en cualquier instante, de soltar el timón del bongo y lanzarme al agua! ¡Sólo quiero saber si Luciano ignora que lo busco; si topaba mis señas en los troncos y en los caminos; si se acordaba de su mamá!

»—¡Ay, arrojarte al agua! ¡Arrojarte al agua! ¿Será posible? ¿Y mis dos mil soles? ¿Mis dos mil soles? ¿Quién paga mis dos mil soles?

»—¿Ya no tengo derecho ni de morir?

»—¡Eso sería un fraude!

»—¿Pero cree usted que mi cuenta es justa? ¿Quién no cubre en ocho años de labor continua lo que se come? ¿Estos harapos que envilecen mi cuerpo no están gritando la miseria en que viví siempre?

»—Y el robo de tu hijo...

»—¡Mi hijo no roba! ¡Aunque haya crecido entre bandoleros! No lo confunda con los demás. ¡Él no le ha vendido caucho ninguno! Usted hizo el trato con Juan Muñeiro, recibió la goma y se la debe en parte. ¡He revisado ya los libros!

»—¡Ay, este hombre es un espía! ¡Me engañaron los de El Encanto! ¡Traición del viejo Balbino Jácome! ¡Pero de mí no te burlarás! ¡Cuando desembarquemos, te haré prender!

»—¡Sí, que me entreguen al Juez Valcárcel, para quien llevo graves revelaciones!

»—¡Ajá! ¿Piensas meterme en nuevos embrollos?

»—¡Pierda cuidado! No seré delator cuando he sido víctima.

»—Yo arreglo eso. ¡Me echarás encima el odio de Arana!

»—No mentaré lo de Juan Muñeiro.

»—¡Vas a crearte enemigos muy poderosos! ¡En Manaos te dejaré libre! ¡Irás al Vaupés y abrazarás a Luciano Silva, tu hijo querido, quien de seguro anda buscándote!

»—No desistiré de hablar con mi Cónsul. ¡Colombia necesita de mis secretos! ¡Aunque muriera inmediatamente! ¡Ahí le queda mi hijo para luchar!

»Horas después desembarcamos».

* * *

«El altercado con la madona me enalteció. A las últimas frases, me troqué en amo, temido por mi dueña, mirado con respeto por la servidumbre de la lancha y del bongo. El motorista y el timonel, que en días anteriores me obligaban a lavar sus ropas, no sabían qué hacer con el “señor Silva». Al saltar a tierra, uno de ellos me ofreció cigarrillos, mientras que el otro me alargaba la yesca de su eslabón, sombrero en mano.

»—¡Señor Silva, usted nos ha vengado de muchas afrentas!

»La mestiza del Parintins, camarera de la madona, pidió a los hombres, desde la lancha, que descorrieran las cortinas de a bordo.

»—Pronto, que la señorita tiene cefálicos. Ya se ha tomado dos aspirinas. ¡Es urgente guindarle la hamaca!

»Mientras los marineros obedecían, medité mis planes: ir al Consulado de mi país, exigirle al Cónsul que me asesorara en la Prefectura o en el Juzgado, denunciar los crímenes de la selva, referir cuanto me constaba sobre la expedición del sabio francés, solicitar mi repatriación, la libertad de los caucheros esclavizados, la revisión de libros y cuentas en la Chorrera y en El Encanto, la redención de miles de indígenas, el amparo de los colonos, el libre comercio en caños y ríos. Todo, después de haber conseguido la orden de amparo a mi autoridad de padre legítimo, sobre mi hijo menor de edad, para llevármelo, aun por la fuerza, de cualquier cuadrilla, barraca o monte.

»La camarera se me acercó:

»—Señor Silva, nuestra señora ruega a usted que ordene sacar del bongo lo que allí venga, y que haga en la Aduana las gestiones indispensables, como cosa propia, por ser usted el hombre de confianza.

»—Dígale que me voy para el Consulado.

»—¡Pobrecita, cómo ha llorado al pensar en “Lu»!

»—¿Quién es ese “Lu»?

»—Lucianito. Así le decía cuando anduvieron juntos en el Vaupés.

»—¡Juntos!

»—¡Sí señor, como beso y boca! Era muy generoso, la conseguía lotes de caucho. La que tiene detalles ciertos es mi hermana mayor, que actualmente está en el Río Negro, como querida de un capataz del turco Pezil, y fue primero que yo camarera de la madona.

»Al escuchar esta confidencia temblé de amargura y resentimiento. Volví el rostro hacia la ciudad, disimulando mi indignación. Ignoro en qué momento me puse en marcha. Atravesé corrillos de marineros, filas de cargadores, grupos del resguardo. Un hombre me detuvo para que le mostrara el pasaporte. Otro me preguntó de dónde venía, y si en mi canoa quedaban legumbres para vender. No sé cómo recorrí calles, suburbios, atracaderos. En una plaza me detuve frente a un portón que tenía un escudo. Llamé.

»—¿El Cónsul de Colombia se encuentra aquí?

»—¿Qué Cónsul es ése? —preguntó una dama.

»—El de Colombia.

»—¡Ja, ja!

»En una esquina vi sobre el balcón el asta de una bandera. Entré.

»—Perdone, señor. ¿El Consulado de la República de Colombia?

»—Éste no es.

»Y seguí caminando de ceca en meca, hasta la noche.

»—Caballero —le dije a un nadie—. ¿Dónde reside el Cónsul de Francia?

»Inmediatamente me dio las señas. La oficina estaba cerrada. En la placa de cobre, leí: Horas de despacho, de nueve a once».

* * *

«Pasada la primera nerviosidad, me sentí tan acobardado, que eché de menos la salvajez de los siringales. Siquiera allá tenía “conocidos» y para mi chinchorro no faltaba un lugar; mis costumbres estaban hechas, sabía desde por la noche la tarea del día siguiente y hasta los sufrimientos me venían reglamentados. Pero en la ciudad advertí que me faltaba el hábito de las risas, del albedrío, del bienestar. Vagaba por las aceras con el temor de ser importuno, con la melancolía de ser extranjero. Me parecía que alguien iba a preguntarme porqué andaba de ocioso, por qué no seguía fumigando goma, por qué había desertado de mi barraca. Donde hablaban recio, mis espaldas se estremecían; donde hallaba luces, encandilábanse mis ojos, habituados a la penumbra. La libertad me desconocía, porque no era libre: tenía un amo, el acreedor; tenía un grillo, la deuda, y me faltaba la ocupación, el techo y el pan.

»Varias veces había recorrido el pueblo, sin comprender que no era grande. Al fin me di cuenta de que los edificios se repetían. En uno de ellos desocupábanse los vehículos. Adentro, aplausos y música. La madona bajó de un coche, en compañía de un caballero gordo, cuyos bigotes eran gruesos y retorcidos como cables. Quise volver al puerto y vi en una tienda al motorista y al timonel.

»—Señor Silva, estamos aquí porque no hay cuidado en la embarcación. Ya entregamos todo. Mañana, a las once en punto sale el vapor de línea que entra en el Río Negro. La madona compró pasaje. Pero los tres viajaremos en nuestra lancha. Saldremos cuando usted lo ordene. Le aconsejaríamos dejar sus secretos para Manaos. Aquí no le oyen. ¿Qué esperanzas le dio su Cónsul?

»—Ni siquiera sé dónde vive.

»—¿Podrían decirme —les preguntó el timonel a los parroquianos— si el Consulado de Colombia tiene oficina?

»—No sabemos.

»—Creo que donde Arana, Vega y Compañía —insinuó el motorista—. Yo conocí de Cónsul a don Juancho Vega.

»La ventera, que lavaba las copas en un caldero, advirtió a sus clientes:

»—El latonero de la vecindad me ha contado que a su patrón lo llaman El Cónsul. Pueden indagar si alguno de ellos es colombiano.

»Yo, por honor del hombre, rechacé la burla.

»—¡Ustedes no sospechan por quién les pregunto!

»Sin embargo, al amanecer tuve el pensamiento de visitar la latonería y pasé varias veces por la acera opuesta, con actitudes de observador, mientras llegaba la hora de presentarme al Cónsul de Francia. La gente del barrio era madrugadora. No tardó en abrirse la indicada puerta. Un hombre que tenía delantal azul, soplaba fuera del quicio, con grandes fuelles, un brasero metálico. Cuando llegué, comenzó a soldar el cuello de un alambique. En los estantes se alineaba una profusa cacharrería.

»—Señor, ¿Colombia tiene Cónsul en este pueblo?

»—Aquí vive y ahora saldrá.

»Y salió en mangas de camisa, sorbiendo su pocillo de chocolate. El tal no era un ogro, ni mucho menos. Al verlo, aventuré mi campechanada:

»—¡Paisano, paisano! ¡Vengo a pedir mi repatriación!

»—Yo no soy de Colombia, ni me pagan sueldo. Su país no repatria a nadie. El pasaporte vale cincuenta soles.

»—Vengo del Putumayo, y esto lo compruebo con la miseria de mis “chanchiras», con las cicatrices de los azotes, con la amarillez de mi rostro enfermo. Lléveme al Juzgado a denunciar crímenes.

»—Ni soy abogado ni sé de leyes. Si no puede pagar a un procurador...

»—Tengo revelaciones sobre la exploración del sabio francés.

»—Pues que las oiga el Cónsul de Francia.

»—A un hijo mío, menor de edad, me lo secuestraron en esos ríos.

»—Eso se debe tratar en Lima. ¿Cómo se llama el hijo de usted?

»—¡Luciano Silva! ¡Luciano Silva!

»—¡Oh, oh, oh! Le aconsejo callar. El Cónsul de Francia tiene noticias. Ese apellido no le será grato. Un tal Silva fue a La Chorrera, después que el sabio desapareció, usando los vestidos de éste. La orden de captura no tardará. ¿Conoce usted al rumbero apodado El Brújulo? ¿Cuáles van a ser sus revelaciones?

»—Versarán sobre cosas que me refirieron.

»—Las sabrá de seguro el señor Arana, quien se interesa por ese asunto; pero cuénteselas usted y pídale trabajo de mi parte. Él es hombre muy bueno y le ayudará.

»Porque no percibiera mi agitación, me despedí sin darle la mano. Cuando salí a la calle, no acertaba a encontrar el puerto. El motorista y el timonel estaban a bordo de la lancha con unos peones.

»—Vámonos —les rogué.

»—Venga, conozca a tres compañeros del personal del señor Pezil, el caballero grueso que anoche estuvo en el cine con la madona. Todos vamos para Manaos, y vamos solos porque nuestros patrones tomaron el buque.

”Al instalarnos para partir, me dijo alguno de esos muchachos:

»—De todo corazón lo acompañamos en sus desgracias.

»—De igual manera les agradezco sus expresiones.

»—En el propio raudal del Yavaraté, contra las raíces de un jacarandá.

»—¿Qué me dice usted?

»—Que es preciso esperar tres años para poder sacar los huesos.

»—¿De quién? ¿De quién?

»—De su pobre hijo. ¡Lo mató un árbol!

»El trueno del motor apagó mi grito:

»—¡Vida mía! ¡Lo mató un árbol!».

Tercera Parte

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.

A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos porque todos son tristes: ¡el de los padres, que envejecieron en la pobreza, esperando el apoyo del hijo ausente; el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve el oro restaurador!

¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseos de descargarla contra mi propia mano, que tocó las monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime, y ha vacilado en libertarme de la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están soportando igual dolor!

¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el alma incalmable? ¿Para qué nos dieron alas en el vacío? Nuestra madrastra fue la pobreza, nuestro tirano, la aspiración. Por mirar la altura tropezábamos en la tierra; por atender al vientre misérrimo fracasamos en el espíritu. La medianía nos brindó su angustia. ¡Sólo fuimos los héroes de lo mediocre!

¡El que logró entrever la vida feliz no ha tenido con qué comprarla; el que buscó la novia halló el desdén; el que soñó con la esposa, encontró la querida; el que intentó elevarse, cayó vencido ante los magnates indiferentes, tan impasibles como estos árboles que nos miran languidecer de fiebres y de hambre entre sanguijuelas y hormigas!

¡Quise hacerle descuento a la ilusión pero incógnita fuerza disparóme más allá de la realidad! ¡Pasé por encima de la ventura, como flecha que marra su blanco, sin poder corregir el fatal impulso y sin otro destino que caer! ¡Y a esto lo llamaban mi «porvenir»!

¡Sueños irrealizables, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar? ¡Ved en lo que ha parado este soñador: en herir al árbol inerte para enriquecer a los que no sueñan; en soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer!

Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu prisión; ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como la selva, cuyas bóvedas verdes tienen por fosos ríos inmensos. ¡No sabéis del suplicio de las penumbras, viendo al sol que ilumina la playa opuesta, adonde nunca lograremos ir! ¡La cadena que muerde vuestros tobillos es más piadosa que las sanguijuelas de esos pantanos; el carcelero que os atormenta no es tan adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!

Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizarlos gasto nueve días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia cada uno desbrocé un camino. Al recorrer la taimada tropa de vegetales para derribar a los que no lloran, suelo sorprender a los castradores robándose la goma ajena. Reñimos a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del vegetal? ¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que nunca perdona!

¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones que no lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado por la hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo será menor. Otro tanto harán conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado para mis padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos!

Mientras le ciño al tronco goteante el tallo acanalado del «caraná», para que corra hacia la tazuela su llanto trágico, la nube de mosquitos que lo defiende chupa mi sangre y el vaho de los bosques me nubla los ojos. ¡Así el árbol y yo, con tormento vario, somos lacrimatorios ante la muerte y nos combatimos hasta sucumbir!

Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor de ramas no es rebeldía que me inspire afecto. ¿Por qué no ruge toda la selva y nos aplasta como a reptiles para castigar la explotación vil? ¡Aquí no siento tristeza sino desesperación! ¡Quisiera tener con quién conspirar! ¡Quisiera librar la batalla de las especies, morir en los cataclismos, ver invertidas las fuerzas cósmicas! ¡Si Satán dirigiera esta rebelión!...

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los árboles puede hacerlo contra los hombres!

* * *

—Sepa usted, don Clemente Silva —le dije al tomar la trocha del Guaracú—, que sus tribulaciones nos han ganado para su causa. Su redención encabeza el programa de nuestra vida. Siento que en mí se enciende un anhelo de inmolación; mas no me aúpa la piedad del mártir, sino el ansia de contender con esa fauna de hombres de presa, a quienes venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se pronuncia entre los rendidos. ¿Qué ha ganado usted con sentirse víctima? La mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de los explotados sirve de incentivo a la explotación. Su bondad y su timidez han sido cómplices inconscientes de sus victimarios.

Aunque ya mis iniciativas parecen súplicas al fracaso, porque mi mala suerte las desvía, tengo el presentimiento de que esta vez se mueven mis pasos hacia el desquite. No sé cómo se cumplirán los hechos futuros, ni cuántas pruebas ha de resistir mi perseverancia; lo que menos me importa es morir aquí, con tal que muera a tiempo. ¿Y por qué pensar en la muerte ante los obstáculos, si, por grandes que sean, nunca cerraron al animoso la posibilidad de sobrevivirlos? La creencia en el destino debe valernos para caldear la decisión.

—Estos jóvenes que me siguen son hazañosos; mas si usted no quiere afrontar calamidades, escoja al que le provoque y escápese en una balsa por este río.

—¿Y mi tesoro? ¿No sabe que el Cayeno guarda los despojos de Lucianito? ¿Cree usted que sin esa prenda andaría yo suelto?

Por lo pronto nada tuve que replicar.

—Los huesos de mi hijo son mi cadena. Vivo forzado a portarme bien para que me permitan asolearlos. Ya les dije a ustedes que ni siquiera los poseo todos: el día que los exhumé, tuve que dejarle a la sepultura algunas falanges que aún estaban frescas. Los cargaba envueltos en mi cobija, y cuando el Cayeno me capturó, a mi regreso del Vaupés, en la trocha que enlaza al Isani y al Kerari, pretendía botármelos por la fuerza. Ahora los conservo, limpios, blancos, dentro de una caja de kerosén, bajo la barbacoa de mi patrón.

—Don Clemente, tiene usted evidencia de que esos restos...

—¡Sí! ¡Ésos son! ¡La calavera es inconfundible: en la encía superior un diente encaramado sobre los otros! Tal vez con la pica alcancé a perforar el cráneo, pues tiene un agujero en el frontal.

Hubo una pausa. No sé si en aquel momento se había agrietado la decisión de mis compañeros, que callaban en corro meditabundo. El mulato dijo, aproximándose a don Clemente:

—Camaráa, siempre es mejorcito que nos volvamos. Mi mamá se quedó sola, y mi ganao se mañosea. Tengo cuatro cachonas de primer parto, y de seguro que ya tan parías. Déjese de güesos, que son guiñosos. Es malo meterse en cosas de dijuntos. Por eso dice la letanía: «Aquí te encierro y aquí te tapo, el diablo me yeve si un día te saco». Ruéguele a estos señores que reclamen la güesamenta y la sepulten bajo una cruz y verá usté que se le compone la suerte. ¡Resuelva ligero, que ya es tarde!

—¡Cómo! ¿Arriesgarnos a que nos prenda Funes? Usted no sabe en qué tierra está. Los secuaces del coronel merodean por aquí.

—Y ya no es tiempo de indecisiones —exclamé colérico—. ¡Mulato, adelante! ¡Ya te pasó la hora!

Helí Mesa, entonces, acercóse al «tambo», a prenderle fuego. Don Clemente lo miraba sin protestar.

—¡No, no! —ordené— se quemarían los mapires envenenados. ¡Los cazadores de indios pueden volver, y ojalá que se envenenen todos!

* * *

Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silenciosos; me hacían daño mis pensamientos y una especie de pánico me invadía al meditar en mi situación. ¿Cuáles eran mis planes? ¿En qué se apoyaba mi altanería? ¿Qué debían importarme las desventuras ajenas, si con las propias iba de rastra? ¿Por qué hacerle promesas a don Clemente, si Barrera y Alicia me tenían comprometido? El concepto de Franco empezó a angustiarme: «Era yo un desequilibrado impulsivo y teatral».

Paulatinamente llegué a dudar de mi espíritu: ¿estaría loco? ¡Imposible! La fiebre me había olvidado unas semanas. ¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte y mis ideas limpias. No sólo comprendía que era apremiante ocultar mis cavilaciones, sino que me daba cuenta hasta de los detalles minuciosos. La prueba estaba en lo que iba viendo: el bosque en aquella parte no era muy alto, no había camino, y don Clemente abría la marcha, partiendo ramitas en el rastrojo para dejar señales del rumbo, como se acostumbra entre los cazadores; Fidel llevaba la carabina atravesada sobre el pecho, engarzando con el calibre, por encima de las clavículas, los cabestros de la talega, rica en mañoco, que fingía sobre su espalda inmensa joroba; portaba el mulato el hatillo de las hamacas, un caldero y dos canaletes; Mesa, en aquel momento, bajo sus bártulos, saboreaba un cuesco maduro y mecía en el aire el tizón humeante, que cargaba en la diestra, a falta de fósforos.

¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande! Ya se me había ocurrido un proyecto lógico: entregarme como rehén en las barracas del Guaracú, mientras el viejo Silva se marchaba a Manaos, llevando secretamente un pliego de acusaciones dirigido al Cónsul de mi país, con el ruego de que viniera inmediatamente a libertarme y a redimir a mis compatriotas. ¿Quién que fuera anormal razonaría con mayor acierto?

El Cayeno debía aceptar mi ventajosa propuesta: en cambio de un viejo inútil adquiría un cauchero joven, o dos más, porque Franco y Helí no me abandonaban. Para halagarlo, procuraría hablarle en francés: «Señor, este anciano es pariente mío; y como no puede pagarle la cuenta, déjele libre y dénos trabajo hasta cancelarla». Y el antiguo prófugo de Cayena accedería sin vacilar.

Cosa fácil habría de serme adquirir la confianza del empresario, obrando con paciencia y disimulo. No emplearía contra él la fuerza sino la astucia. ¿Cuánto iban a durar nuestros sufrimientos? Dos o tres meses. Acaso nos enviara a «siringuear» a Yaguanarí, pues Barrera y Pezil eran sus asociados. Y aunque no lo fuesen, le expondríamos la conveniencia de sonsacar para sus gomales a los colombianos de aquella zona. En todo caso, al oponerse a nuestros deseos, nos fugaríamos por el Isana, y, cualquier día, enfrentándome a mi enemigo, le daría muerte, en presencia de Alicia y de los enganchados. Después, cuando nuestro Cónsul desembarcara en Yaguaraní, en vía para el Guaracú, con una guarnición de gendarmes, a devolvernos la libertad, exclamarían mis compañeros: ¡El implacable Cova nos vengó a todos y se internó por este desierto!

Mientras discurría de esta manera, principié a notar que mis pantorrillas se hundían en la hojarasca y que los árboles iban creciendo a cada segundo, con una apariencia de hombres acuclillados, que se empinaban desperezándose hasta elevar los brazos verdosos por encima de la cabeza. En varios instantes creí advertir que el cráneo me pesaba como una torre y que mis pasos iban de lado. Efectivamente, la cara se me volvió sobre el hombro izquierdo y tuve la impresión de que un espíritu me repetía: «¡Vas bien así, vas bien así! ¡Para qué marchar como los demás!».

Aunque mis compañeros caminaban cerca, no los veía, no los sentía. Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebullición. Tuve miedo de hallarme solo, y, repentinamente, eché a correr hacia cualquier parte, ululando empavorecido, lejos de los perros, que me perseguían. No supe más. De entre una malla de trepadoras mis camaradas me desenredaron.

—¡Por Dios! ¿Qué te pasa? ¿No nos conoces? ¡Somos nosotros!

—¿Qué les he hecho? ¿Por qué me amenazan? ¿Por qué me tienen amarrado?

—Don Clemente —prorrumpió Franco—, desandemos este camino: Arturo está enfermo.

—¡No, no! Ya me tranquilicé. Creo que quise coger una ardilla blanca. Las caras de ustedes me aterraron. ¡Tan horribles muecas...!

Así dije, y aunque todos estaban pálidos, porque no dudaran de mi salud me puse de guía por entre el bosque. Un momento después se sonrió don Clemente:

—Paisano, usted ha sentido el embrujamiento de la montaña.

—¡Cómo! ¿Por qué?

—Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira atrás. Pero no se afane ni tenga miedo. Es que algunos árboles son burlones.

—En verdad no entiendo...

—Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trastorna cuando vagamos en la selva. Sin embargo, creo acertar en la explicación: cualquiera de estos árboles se amansaría, tornándose amistoso y hasta risueño, en un parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos, o agresivos, o hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas sombras, tienen su manera de combatirnos: algo nos asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene el mareo de las espesuras y queremos huir y nos extraviamos, y por esta razón miles de caucheros no volvieron a salir nunca.

«Yo también he sentido la mala influencia en distintos casos, especialmente en Yaguanarí».

* * *

Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva inhumana. Arboles deformes sufren el cautiverio de las enredaderas advenedizas, que a grandes trechos los ayuntan con las palmeras y se descuelgan en curva elástica, semejantes a redes mal extendidas, que a fuerza de almacenar en años enteros hojarascas, chamizas, frutas, se desfondan como un saco de podredumbre, vaciando en la yerba reptiles ciegos, salamandras mohosas, arañas peludas.

Por doquiera el bejuco de «matapalo» —rastrero pulpo de las florestas— pega sus tentáculos a los troncos acogotándolos y retorciéndolos, para injertárselos y transfundírselos en metempsicosis dolorosas. Vomitan los «bachaqueros» sus trillones de hormigas devastadoras, que recortan el manto de la montaña y por anchas veredas regresan al túnel, como abanderadas del exterminio, con sus gallardetes de hojas y de flores. El comején enferma los árboles cual galopante sífilis, que solapa su lepra supliciatoria mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza, hasta derrocarlos, súbitamente, con su pesadumbre de ramazones vivas.

Entretanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al pie del coloso que se derrumba, el germen que brota; en medio de las miasmas, el polen que vuela; y por todas partes el hálito del fermento, los vapores calientes de la penumbra, el sopor de la muerte, el marasmo de la procreación.

¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mariposas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que sólo conocen las soledades domesticadas!

¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco, nada de panoramas sentimentales! Aquí, los responsos de sapos hidrópicos, las malezas de cerros misántropos, los rebalses de caños podridos. Aquí la parásita afrodisíaca que llena el suelo de abejas muertas; la diversidad de flores inmundas que se contraen con sexuales palpitaciones y su olor pegajoso emborracha como una droga; la liana maligna cuya pelusa enceguece los animales; la «pringamosa» que inflama la piel, la pepa del «curujú» que parece irisado globo y sólo contiene ceniza cáustica, la uva purgante, el corozo amargo.

Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóricas, silencios fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. Oyese el golpe de la fruta, que al abatirse hace la promesa de su semilla; el caer de la hoja, que llena el monte con vago suspiro, ofreciéndose como abono para las raíces del árbol paterno; el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser devorada; el silbido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se inicia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, los retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. ¡Todo por el júbilo breve de vivir unas horas más!

Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, sólo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la asechanza. Los sentidos humanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos, huyamos!

No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la destrucción. Hay un valor magnífico en la epopeya de estos piratas que esclavizan a sus peones, explotan al indio y se debaten contra la selva. Atropellados por la desdicha, desde el anonimato de las ciudades, se lanzaron a los desiertos buscándole un fin cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se despojaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin otras armas que el winchester y el machete, sufrieron las más atroces necesidades, anhelando goces y abundancia, al rigor de las intemperies, siempre famélicos y hasta desnudos porque las ropas se les pudrían sobre la carne.

Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza y se llaman «amos de empresa». Teniendo a la selva por enemigo, no saben a quién combatir, y se arremeten unos a otros y se matan y se sojuzgan en los intervalos de su denuedo contra el bosque. Y es de verse en algunos lugares cómo sus huellas son semejantes a los aludes: los caucheros que hay en Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela el «balatá» desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las generaciones del porvenir.

Uno de aquellos hombres se escapó de Cayena, presidio célebre, que tiene por foso el océano. Aunque sabía que los carceleros ceban los tiburones para que ronden la muralla, sin zafarse los grillos se arrojó al mar. Vino a las vegas del Papunagua, asaltó los tambos ajenos, sometió a los caucheros prófugos, y, monopolizando la explotación de goma, vivía con sus parciales y sus esclavos en las barracas del Guaracú, cuyas luces lejanas, al través de la espesura, palpitaban ante nosotros la noche que retardamos la llegada.

¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros destinos describirían la misma trayectoria de crueldad!

* * *

Durante los días empleados en el recorrido de la trocha hice una comprobación humillante: mi fortaleza física era aparente, y mi musculatura —que desgastaron fiebres pretéritas— se aflojaba con el cansancio. Sólo mis compañeros parecían inmunes a la fatiga, y hasta el viejo Clemente, a pesar de sus años y lacraduras, resultaba más vigoroso en las marchas. A cada momento se detenían a esperarme; y aunque me aligeraron de todo peso, del morral y la carabina, seguía necesitando de que el cerebro me mantuviera en tensión el orgullo para no echarme a tierra y confesarles mi decaimiento.

Iba descalzo, en pernetas, malhumorado, esguazando tembladeros y lagunas, por en medio de un bosque altísimo cuyas raigambres han olvidado la luz del sol. La mano de Fidel me prestaba ayuda al pisar los troncos que utilizábamos como puentes, mientras los perros aullaban en vano porque les soltara en aquel paraíso de cazadores, que ni por serlo, me entusiasmaba.

Esta situación de inferioridad me tornó desconfiado, irritable, díscolo. Nuestro jefe en tales emergencias era, sin duda, el anciano Silva, y principié a sentir contra él una secreta rivalidad. Sospecho que aposta buscó ese rumbo, deseoso de hacerme experimentar mi falta de condiciones para medirme con el Cayeno. No perdía don Clemente oportunidad de ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de cualquier fuga, sueño perenne de los caucheros, que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la montaña.

Estas prédicas tenían eco en mis camaradas y se multiplicaron los consejeros. Yo no les oía. Me contentaba con replicar:

—Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo. ¿Estáis fatigados? Podéis ir caminando en pos de mí.

Entonces, silenciosos, me tomaban la delantera y al esperarme cuchicheaban mirándome de soslayo. Esto me indignaba. Sentía contra ellos odio súbito. Probablemente se burlaban de mi jactancia. ¿O habrían tomado una dirección que no fuera la del Guaracú?

—Oigame, viejo Silva —grité deteniéndole—. ¡Si no me lleva al Isana, le pego un tiro!

El anciano sabía que no lo amenazaba por broma. Ni sintió sorpresa ante mi amenaza. Comprendió que el desierto me poseía. ¡Matar a un hombre! ¿Y por qué? ¿Por qué no? Era un fenómeno natural. ¿Y la costumbre de defenderme? ¿Y la manera de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de solucionar los diarios conflictos?

Y por este proceso —¡oh selva!— hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine.

* * *

Agachados entre la fronda, con las manos en las carabinas, atisbábamos las luces de las barracas, miedosos de que alguien nos descubriera. En aquel escondite debíamos pernoctar sin encender fuego. Sollozando en la oscuridad pasaba una corriente desconocida. Era el Isana.

—Don Clemente —dije abrazándolo— en esto de rumbos es usted la más alta sabiduría.

—Sin embargo, le cogí miedo a la profesión: anduve perdido más de dos meses en el siringal de Yaguanarí.

—Tengo presentes los pormenores. Cuando su fuga para el Vaupés...

—Éramos siete caucheros prófugos.

—Y quisieron matarlo...

—Creían que los extraviaba intencionalmente.

—Y unas veces lo maltrataban...

—Y otras me pedían de rodillas la salvación.

—Y lo amarraron una noche entera...

—Temiendo que pudiera abandonarlos.

—Y se dispersaron por buscar el rumbo...

—Pero sólo toparon el de la muerte.

Este mísero anciano Clemente Silva siempre ha tenido el monopolio de la desventura. Desde el día que yendo de Iquitos para Manaos oyó noticias del hijo muerto, cifró su esperanza en prolongar la esclavitud. Quería ser cauchero unos años más, hasta que la tierra le permitiera exhumar los restos. La selva, indirectamente, lo reclamaba como a prófugo, y era el espectro de Lucianito el que le pedía volver atrás.

Aunque la madona hubiera querido darlo libre, ¿qué ganaría con la libertad si de nuevo debía engancharse, obligado por la indigencia, en la cuadrilla de cualquier amo que quizás lo alejara del Vaupés? En Manaos recorrió las agencias donde buscan trabajo los inmigrantes, y salió descorazonado de esos tugurios donde la esclavitud se contrata, porque los patrones sólo «avanzaban» gente para el Madeira, para el Purús, para el Ucayali. Y él quería irse al infausto río que guardaba al pie de su raudal la enmalezada tumba, distinguida por cuatro piedras.

El turco Pezil no tenía trabajos en esos parajes, pero se lo llevaba al alto Río Negro, y eso era mucho. Solo que fingía no querer comprarlo, y al fin accedió a sus ruegos, estipulando con la madona una retroventa, por si no le satisfacían las aptitudes del «colombiano». Lo trajo a su hermosa quinta de Naranjal, en la margen opuesta de Yaguanarí, y lo tuvo un tiempo en oficios fáciles, bajo su vigilancia de musulmán, despreciativo y taciturno, sin maltratarlo ni escarnecerlo.

Mas cierta vez riñeron unas mujeres en la cocina y despertaron a su señor, que dormía la siesta. Don Clemente estaba en el corredor, observando el mapa del muro. En esa actitud lo sorprendió el amo. Ordenóle a gritos que desnudara a las contrincantes hasta la cintura y las azotara. El viejo Silva se resistió a cumplir la orden. Esa misma tarde lo despacharon a siringuear a Yaguanarí.

Una de las cuitadas era la antigua camarera de la madona, la que conoció en el Vaupés a Luciano Silva cuando su mancebía con doña Zoraida. «No lo vio muerto», pero sabía el lugar de la sepultura, junto al correntón de Yavaraté, y le había dado ya a don Clemente todas las señas indispensables para hallarla.

La desobediencia del colombiano no consiguió indultarla de los azotes, porque el turco feroz, con un látigo en cada mano, la llenó de sangre y contusiones. Gimoteando entre la despensa escribió un papel para su querido, que trabajaba en los siringales, y rogó a don Clemente que se lo entregara al destinatario, sin omitir detalle alguno sobre la cobarde flagelación.

Este hombre, que se llamaba Manuel Cardoso, era capataz en un barracón del caño Yurubaxi. Al saber los percances de la mujer, ofreció matar a Pezil donde lo encontrara, y, por vengarse interinamente, quiso proceder contra los intereses de su patrón, aconsejándoles a los gomeros que se fugaran con la goma que tenían en el tambo.

El viejo Silva aparentó rechazar esa idea, receloso de alguna celada. Sin embargo, en los días siguientes, comentaba con los peones la insinuación del vigilante, mientras procedían a fumigar la leche extraída. La respuesta no cambió nunca: «Cardoso sabe que no hay rumbero capaz de enfrentársele a estas montañas».

De noche, los caucheros dictaminaban sobre tal hipótesis, tan sugestionadora como imposible, por tener de qué conversar:

—Es claro que la fuga sería irrealizable por el Río Negro: las lanchas del amo parecen perros de cacería.

—Mas logrando remontar el Cababurí es fácil descender al Maturacá y salir al río Casiquiare.

—Conforme. Pero el Río Negro tiene una anchura de cuatro kilómetros. Hay que descartar los afluentes de su banda izquierda. Más bien, aguas arriba por este caño Yurubaxí, a los sesenta y tantos días de curiara, dizque se encuentra un «igarapé» que desemboca en el Caquetá.

—¿Y para el río Vaupés no hay rumbo directo?

—¿A quien se le ocurre esa estupidez?

El barracón estaba situado sobre un arrecife que no se inunda, único refugio en aquel desierto. Mensualmente llegaba la lancha de Naranjal a recoger la goma y a dejar víveres. Los trabajadores eran escasos y el beriberi mermaba el número, sin contar los que perecían en las lagunas, lanzados por la fiebre desde el andamio donde se trepaban a herir los árboles.

Pese a todo, muchos pasaban meses enteros sin verle la cara al capataz, guareciéndose en chozas mínimas, y volvían al tambo con la goma ya fumigada, convertida en bolones, que entregaban a la corriente en vez de conducirlos en las curiaras. Acostumbrados a no alejarse de las orillas, carecían del instinto de orientación, y esta circunstancia ayudó al prestigio de don Clemente, cuando se aventuraba por la floresta y clavando el machete en cualquier lugar, los instaba días después a que lo acompañaran a recogerlo, partiendo del sitio que quisieran.

Una mañana, al salir el sol, vino una catástrofe impresentida. Los hombres que en el caney curaban su hígado, oyeron gritos desaforados y se agruparon en la roca. Nadando en medio del río como si fueran patos descomunales, bajaban los bolones de goma, y el cauchero que los arreaba venía detrás, en canoa minúscula, apresurando con la palanca a los que se demoraban en los remansos. Frente al barracón, mientras pugnaban por encerrar su rebaño negro en la ensenada del puertecito, elevó estas voces, de más gravedad que un pregón de guerra:

—¡Tambochas, tambochas! ¡Y los caucheros están aislados!

¡Tambochas! Esto equivalía a suspender trabajos, dejar la vivienda, poner caminos de fuego, buscar otro refugio en alguna parte. Tratábase de la invasión de hormigas carnívoras, que nacen quién sabe dónde y al venir el invierno emigran para morir, barriendo el monte en leguas y leguas, con ruidos lejanos, como de incendio. Avispas sin alas, de cabeza roja y cuerpo cetrino, se imponen por el terror que inspiran su veneno y su multitud. Toda guarida, toda grieta, todo agujero; árboles, hojarascas, nidos, colmenas, sufren la filtración de aquel oleaje espeso y hediondo, que devora pichones, ratas, reptiles, y pone en fuga pueblos enteros de hombres y de bestias.

Esta noticia derramó la consternación. Los peones del tambo recogían sus herramientas y «macundales» con revoltosa rapidez.

—¿Y por qué lado viene la ronda? —preguntaba Manuel Cardoso.

—Parece que ha cogido ambas orillas. ¡Las dantas y los cafuches atraviesan el río desde esta margen, pero en la otra están alborotadas las abejas!

—¿Y cuáles caucheros quedan aislados?

—¡Los cinco de la ciénaga de «El Silencio», que ni siquiera tienen canoa!

—¿Qué remedio? ¡Que se defiendan! ¡No se les puede llevar socorro! ¿Quién se arriesga a extraviarse en estos pantanos?

—Yo —dijo el anciano Clemente Silva.

Y un joven brasileño, que se llamaba Lauro Coutinho:

—Iré también. ¡Allá está mi hermano!

* * *

Recogiendo los víveres que pudieron y provistos de armas y de fósforos, aventuráronse los dos amigos por una trocha que, partiendo de la barraca, profundiza las espesuras en dirección del caño Marié.

Marchaban presurosos por entre el barro de las malezas, con oído atento y ojo sagaz. De pronto, cuando el anciano, abriéndose de la senda, empezó a orientarse hacia la ciénaga de El Silencio, lo detuvo Lauro Coutinho.

—¡Ha llegado el momento de picurearnos!

Don Clemente ya pensaba en ello, mas supo disimular su satisfacción.

—Habría que consultarlo con los caucheros...

—¡Respondo de que convienen, sin vacilar!

Y así fue, porque al día siguiente los hallaron en un bohío, jugando a los dados sobre un pañuelo y emborrachándose con vino de «palmachonta», que se ofrecían en un calabazo.

—¿Hormigas? ¡Qué hormigas! ¡Nos reímos de las tambochas! ¡A picurearnos! ¡A picurearnos! ¡Un rumbero como usted es capaz de sacarnos de los infiernos!

Y allá van por entre la selva, con la ilusión de la libertad, llenos de risas y de proyectos, adulando al guía y prometiéndole su amistad, su recuerdo, su gratitud. Lauro Coutinho ha cortado una hoja de palma y la conduce en alto, como un pendón; Souza Machado no quiere abandonar su balón de goma, que pesa más de dieciocho kilos, con cuyo producto piensa adquirir durante dos noches las caricias de una mujer, que sea blanca y rubia y que trascienda a brandy y a rosas; el italiano Peggi habla de salir a cualquier ciudad para emplearse de cocinero en algún hotel donde abunden las sobras y las propinas; Coutinho, el mayor, quiere casarse con una moza que tenga rentas; el indio Venancio anhela dedicarse a labrar curiaras; Pedro Fajardo aspira a comprar un techo para hospedar a su madre ciega; don Clemente Silva sueña en hallar una sepultura. ¡Es la procesión de los infelices, cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte!

¿Y cuál era el rumbo que perseguían? El del río Curí-curiarí. Por allí entrarían al Río Negro, setenta leguas arriba de Naranjal, y pasarían a Umarituba, a pedir amparo. El señor Costanheira Fontes era muy bueno. En aquel sitio el horizonte se les ampliaba. En caso de captura, era incuestionable la explicación: salían del monte derrotados por las tambochas. Que le preguntaran al capataz.

Al cuarto día de montaña principió la crisis: las provisiones escasearon y los fangales eran intérminos. Se detuvieron a descansar, y, despojándose de las blusas, las hacían jirones para envolverse las pantorrillas, atormentadas por las sanguijuelas. Souza Machado, generoso por la fatiga, a golpes de cuchillo dividió su bolón de goma en varios pedazos para obsequiar a sus compañeros. Fajardo se negó a recibir su parte: no tenía alientos para cargarla. Souza la recogió. Era caucho, «oro negro», y no se debía desperdiciar.

Hubo un indiscreto que preguntaba:

—¿Hacia dónde vamos ahora?

Todos replicaron reconviniéndolo:

—¡Hacia delante!

Mientras tanto, el rumbero había perdido la orientación. Avanzaba a tientas, sin detenerse ni decir palabra, para no difundir el miedo. Por tres veces en una hora volvió a salir a un mismo pantano, sin que sus camaradas reconocieran el recorrido. Concentrando en la memoria todo su ser, mirando hacia su cerebro, recordaba el mapa que tantas veces había estudiado en la casa de Naranjal, y veía las líneas sinuosas, que parecían una red de venas, sobre la mancha de un verde pálido en que resaltaban nombres inolvidables: Teya, Marié, Curí–curiarí. ¡Cuánta diferencia entre una región y la carta que la reduce! ¡Quién le hubiera dicho que aquel papel, donde apenas cabían sus manos abiertas, encerraba espacios tan infinitos, selvas tan lóbregas, ciénagas tan letales! Y él, rumbero curtido, que tan fácilmente solía pasar la uña del índice de una línea a otra línea, abarcando ríos, paralelos y meridianos, ¿cómo pudo creer que sus plantas eran capaces de moverse como su dedo?

Mentalmente empezó a rezar. ¡Si Dios quisiera prestarle el sol!... ¡Nada! La penumbra era fría, la fronda transpiraba un vapor azul. ¡Adelante! ¡El sol no sale para los tristes!

Uno de los gomeros declaró con certeza súbita que le parecía escuchar silbidos. Todos se detuvieron. Eran los oídos que les zumbaban. Souza Machado quería meterse entre los demás: juraba que los árboles le hacían gestos.

Estaban nerviosos, tenían el presentimiento de la catástrofe. La menor palabra les haría estallar el pánico, la locura, la cólera. Todos se esforzaban por resistir. ¡Adelante!

Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre, le soltó una pulla a Souza Machado, que se había detenido a botar el caucho. Esto forzó los ánimos a resignarse a la hilaridad. Hablaron un trecho. No sé quién le hizo preguntas a don Clemente.

—¡Silencio! —gruñó el italiano—. ¡Recuerden que a los pilotos y a los rumberos no se les debe hablar!

Pero el anciano Silva, deteniéndose de repente, levantó los brazos, como el hombre que se da preso, y, encarándose con sus amigos, sollozó:

—¡Andamos perdidos!

Al instante, el grupo desventurado, con los ojos hacia las ramas y aullando como perros, elevó su coro de blasfemias y plegarias:

—¡Dios inhumano! ¡Sálvanos, mi Dios! ¡Andamos perdidos!

* * *

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