El río Vaupés.

‘La vorágine’: segunda parte

"Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis en que la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exuberancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debilitarme de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la visión imaginativa".

2017/03/17

Por José Eustasio Rivera

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Venía del hato, a donde fue esa mañana a ofrecer los caballos. Franco y la niña Griselda, que lo acompañaron, regresarían por la tarde. Él se vino pronto, aprovechando la curiara, para consultarme un negocio y requerir mi consentimiento. El viejo Zubieta daba al fiado mil o más toros, a bajo precio, a condición de que los cogiéramos, pero exigía seguridades y Franco arriesgaba su fundación con ese fin. Era la oportunidad de asociarnos: la ganancia sería cuantiosa.

Gozoso le dije a don Rafo:

—¡Haré lo que ustedes quieran! —Y agregué estrechando a Alicia en mis brazos—: ¡Ese dinero será para ti!

—Yo daré mis caballos como aporte y volaré a Arauca a exigir la cancelación de algunas deudas. Podré reunir hasta mil pesos, y con esa suma se harán, en parte, los gastos de «saca». Además, empeñada la fundación, el viejo cerrará el negocio con Franco, de cuyos servicios necesita siempre, y más ahora que la ganadería está paralizada por el desorden de los vaqueros.

—Tengo aún treinta libras en el bolsillo. ¡Aquí están, aquí están! Sólo restaré algo para ciertos gastos de Alicia y para pagar nuestra permanencia en esta casa.

—¡Muy bien! Marcharé dentro de tres días, y aquí me tendrán a mediados del mes entrante, antes de las grandes lluvias, porque ya el invierno se acerca. A fines de junio llegaremos a Villavicencio con el ganado. ¡Luego, a Bogotá! ¡A Bogotá!

Cuando Alicia y don Rafael salieron al patio, abrió mi fantasía las alas.

Me vi de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza, viéndoles felicitarme, entre sorprendidos y envidiosos. Los invitaría a comer a mi casa, porque ya para entonces tendría una propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí los congregaría para leerles mis últimos versos. Con frecuencia Alicia nos dejaría solos, urgida por el llanto del pequeñuelo, llamado Rafael, en memoria de nuestro compañero de viaje.

Mi familia, realizando un antiguo proyecto, se radicaría en Bogotá; y aunque la severidad de mis padres los indujera a rechazarme, les mandaría a la nodriza con el pequeño los días de fiesta. Al principio se negarían a recibirlo, mas luego, mis hermanas, curiosas, alzándolo en los brazos, exclamarían: «¡Es el mismo retrato de Arturo!». Y mi mamá, bañada en llanto, lo mimaría gozosa, llamando a mi padre para que lo conociera; mas el anciano, inexorable, se retiraría a sus aposentos, trémulo de emoción.

Poco a poco, mis buenos éxitos literarios irían conquistando el indulto. Según mi madre, debía tenérseme lástima. Después de mi grado en la Facultad se olvida todo. Hasta mis amigas, intrigadas por mi conducta, disimularían mi pasado con esta frase: ¡Esas cosas de Arturo...!

—Venga usted acá, soñador —exclamó don Rafo— a saborear el último brandy de mis alforjas. Brindemos los tres por la fortuna y el amor.

—¡Ilusos! ¡Debimos brindar por el dolor y la muerte!

* * *

El pensamiento de la riqueza se convirtió en esos días en mi dominante obsesión, y llegó a sugestionarme con tal poder, que ya me creía ricacho fastuoso, venido a los llanos para dar impulso a la actividad financiera. Hasta en el acento de Alicia encontraba la despreocupación de quien cuenta con el futuro, sostenido por la abundancia del presente. Verdad que ella seguía enclaustrada en su misterio, mas yo me agasajaba con esta seguridad: son extravagancias de mujer rica.

Cuando Fidel me avisó que el contrato se había perfeccionado, no tuve la menor sorpresa. Parecióme que el administrador de mis bienes estaba rindiéndome un informe sobre el modo acertado como había cumplido mi voluntad.

—¡Franco, esto saldrá a pedir de boca! ¡Y si el negocio fallare, tengo mucho con qué responder!

Entonces Fidel, por primera vez, me averiguó el objeto de mi viaje a las pampas. Lúcidamente, ante la posibilidad de que mi compañera hubiera cometido alguna indiscreción, respondí.

—¿No habló usted con don Rafael? —y añadí, después de la negativa:

—¡Caprichos, caprichos! Se me antojó conocer a Arauca, bajar el Orinoco y salir a Europa. ¡Pero Alicia está tan maltratada que no sé qué hacer! Además, el negocio no me disuena. Haremos algo.

—Pena me da que esta «pechugona» de Griselda quiera convertir en una modista a la señora de usted.

—Despreocúpese. Alicia encuentra distracción en practicar lo que le enseñaron en el colegio. En casa divide el tiempo entre la pintura, el piano, los bordados, los encajes...

—Sáqueme de una duda: ¿Los cabayos de don Rafo se los dio usted?

—¡Ya sabe cuánto lo estimo! ¡Me robaron el mejor, ensillado, y todo el equipaje!

—Sí, me contó don Rafo... Pero quedan algunos buenos.

—Regulares; los de nuestras monturas.

—Al viejo Zubieta le gustarán. ¡Qué casualidad ésta del negocio, con un hombre tan desconfiado! Probablemente nos hizo el ofrecimiento en previsión de que Barrera «se le atravesara». Nunca había vendido semejante cosecha. Les respondía a los compradores: ¡si ya no tengo que vender! ¡Sólo me quedan cuatro bichitos! Y para estimularlo a la venta, se le debían depositar, con pretexto de que las guardara, las libras destinadas al trato, en la seguridad de que el oro se quedaría allí. Una vez tuvo esa táctica un «saquero» de Sogamoso, hombre corrido y negociante avisado, quien, para ganarse la voluntad del abuelo, duró borracho con él varios días. Mas cuando fueron a separar la torada, extendió Zubieta su bayetón fuera de los corrales y desnudó la mochila del cliente, advirtiéndole: «A cada torito que salga, écheme aquí una morrocotica, porque yo no entiendo de números». Agotado el depósito, insinuó el «reinoso»: «¡Me faltó dinero! ¡Fíeme los animalitos restantes!». Zubieta sonrió: «¡Camaráa, a usté no le falta dinero; es que a mí me sobra ‘ganao’!».

Y recogiendo el bayetón regresó irreductible.

Satisfecho de mi fortuna, escuchaba la anécdota.

—Franco —le dije, golpeándole el hombro—. ¡No se sorprenda usted de nada! El viejo sabe lo que hace. ¡Habrá oído mi nombre...!

* * *

—¡Veleta, veleta, cómo tas de cambiao!

—Hola, niña Griselda, ¿qué es ese tuteo?

—¿Tas entonao por el negocio? Pa morrocotas, el Vichada. Yévame. ¡Quiero irme con vos!

Se echó a abrazarme, pero la aparté con el codo. Ella vaciló, sorprendida.

—¡Ya sé, ya sé! ¡Le tenés «terronera» a mi marío!

—¡Le tengo aversión a usted!

—¡Desagradecío! La niña Alicia no sabe náa. Sólo me encargó que no te creyera.

—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

—Que el yanero es el sincero; que al serrano ni la mano.

Pálido de cólera, entré en la sala.

—¡Alicia, no me agrada tu compañerismo con la niña Griselda! ¡Puede contagiarte su vulgaridad! ¡No conviene que sigas durmiendo en su cuarto!

—¿Quieres que te la deje sola? ¿No respetarás ni al dueño de casa?

—¡Escandalosa! ¿Vuelven ya tus celos ridículos?

La dejé llorando y me fuí al caney. La vieja Tiana prendía remiendos en la camisa del mulato, que, semidesnudo, con las manos bajo la cabeza, esperaba la obra tendido en un cuero.

—Blanco, refrésquese en ese chinchorro. ¡Ta haciendo un caló de agua!

En vano pretendía conciliar el sueño. Me importunaba el cacareo de una gallina que escarbaba en el zarzo, mientras sus compañeras, con los picos abiertos, acezaban a la sombra, indiferentes al requiebro del gallo que venía a arrastrarles el ala.

—¡Estas condenáas no dejan ni dormí!

—Mulata —le dije— ¿cuál es tu tierra?

—Esta onde me hayo.

—¿Eres colombiana de nacimiento?

—Yo soy únicamente yanera, del lao de Manaure. Dicen que soy craveña, pero yo no soy del Cravo; que pauteña, pero no soy del Pauto. ¡Yo soy de todas estas yanuras! ¡Pa qué más patria, si son tan beyas y tan dilatáas! Bien dice el dicho: ¿Onde ta tu Dios? ¡Onde te salga el sol!

—¿Y quien es tu padre? —le pregunté a Antonio.

—Mi mamá sabrá.

—¡Hijo, lo importante es que hayás nacío!

Con doliente sonrisa, indagué:

—Mulato, ¿te vas al Vichada?

—Tuve cautivao unos días, pero lo supo el hombre y me «empajó». Y como dicen que son montes y más montes, onde no se puée andá a cabayo, ¡eso pa qué! A mí me pasa lo que al ganao: sólo quero los pajonales y la libertá.

—Los montes pa los indios —agregó la vieja.

—A los «pelaos» también les gusta la sabana: que lo diga el daño que hacen. ¡En qué no se ve pa enlazá un toro! Necesita hayarse bien remontao y que el potro empuje. ¡Y eyos los cogen de a pie, a carrera limpia, y los desjarretan uno tras otro, que da gusto! Hasta cuarenta reses por día, y se tragan una y las demá pa los «zamuros» y los «caricaris». Y con los cristianos también son atrevíos: ¡al dijunto Jaspe le salieron del matorral, casi debajo del cabayo, y lo cogieron en estampía y lo «envainaron»! Y no valió gritarles. ¡Aposta, andábamos desarmaos, y eyos eran como veinte y echaban flecha pa toas partes!

La vieja, apretándose el pañuelo que llevaba en las sienes, terció en esta forma:

—Era que el Jaspe los perseguía con los vaqueros y con el «perraje». Onde mataba uno, prendía candela y hacía como que se lo taba comiendo asao, pa que lo vieran los fugitivos o los vigías que atalayaban sobre los moriches.

—Mamá, jué que los indios le mataron a él la familia, y como puaquí no hay autoridá, tié uno que desenredarse solo. Ya ven lo que pasó en el Hatico: «machetearon» a tóos los racionales y toavía humean los tizones. Blanco, ¡hay que apandillarnos pa echarles una buscáa!

—¡No, no! ¿Cazarlos como a fieras? ¡Eso es inhumano!

—Pues lo que usté no haga contra eyos, eyos lo harán contra usté.

—¡No contradigas, zambo alegatista! El blanco es más leído que vos. Preguntále más bien si masca tabaco y dále una mascáa.

—No, gracias, viejita. Eso no es conmigo.

—Ahí tan remendaos tus «chiros» —díjole al mulato, aventándole la camisa—. ¡Ora rómpelos en el monte! ¿Ya trujiste la «vengavenga»? ¿Cuánto hace que te la han solicitao?

—Si me da café, la traigo.

—¿Y qué es eso de vengavenga?

—Encargos de la patrona. ¡Es la cascarita de un palo que sirve pa enamorá!

* * *

Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis en que la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exuberancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debilitarme de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la visión imaginativa. Frecuentemente las impresiones logran su máximum de potencia, en mi excitabilidad, pero una impresión suele degenerar en la contraria a los pocos minutos de recibirla. Así, con la música, recorro la gama del entusiasmo para descender luego a las más refinadas melancolías; de la cólera paso a la transigente mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.

Mi organismo repudia los excitantes alcohólicos, aunque saben llevar el marasmo a las penas. Las pocas veces que me embriagué, lo hice por ociosidad o por curiosidad: para matar el tedio o para conocer la sensación tiránica que bestializa a los bebedores.

El día que don Rafo se separó de nosotros sentí vago pesar, augurio de males próximos, certidumbre de ausencia eterna. Yo participaba, al ver que se iba, del entusiasmo de la empresa, cuyo programa empezaba a cumplirse con las gestiones encomendadas a él. Pero a la manera que la bruma asciende a las cimas, sentía subir en mi espíritu el vaho de la congoja humedeciéndome los ojos. Y bebí con ahínco las copas que precedieron a la despedida.

Así, por un momento, reconquisté la animación veleidosa; pero mi mente seguía deprimiéndose con el eco tenaz de los sollozos de Alicia, cuando le dijo a don Rafael en un abrazo desesperado:

—¡Desde hoy quedaré en el desierto!

Yo entendí que ese desierto tenía algo que ver con mi corazón.

Recuerdo que Fidel y Correa debían acompañar al viajero hasta el propio Tame, en previsión de que los secuaces de Barrera lo asaltaran. Allí contratarían vaqueros remontados para nuestra cogienda y no podían tardar más que una semana en volver a La Maporita.

«En sus manos queda mi casa», había dicho Franco, y yo acepté la comisión con disgusto. ¿Por qué no me llevaban a las faenas? ¿Imaginarían que era menos hombre que ellos? Quizás me aventajaban en destreza, pero nunca en audacia y en fogosidad.

Ese día les cobré repentino resentimiento, y loco de alcohol estuve a punto de gritar: ¡El que cuida a dos mujeres con ambas se acuesta!

Cuando partieron entré en la alcoba a consolar a Alicia. Estaba de bruces sobre su catre, oculto el rostro en los brazos, hipante y llorosa. Me incliné para acariciarla, y apenas hizo un movimiento para alargarse el traje sobre las pantorrillas. Luego me rechazó con brusquedad.

—¡Quita! ¡Sólo me faltaba verte borracho!

Entonces, en su presencia, le di un abrazo a la patrona.

—¿No es verdad que tú si me quieres? ¿Que sólo he tomado dos copitas?

—Y si las bebieras con cáscaras de quinina, no te darían calenturas.

—¡Sí, amor mío! ¡Lo que tú quieras! ¡Lo que tú quieras!

Indudablemente, fue entonces cuando salió con la botella hacia la cocina y le puso «vengavenga». Pero yo, a los pies de Alicia, me quedé profundamente dormido.

Y esa tarde no bebí más.

* * *

Desperté con el alma ensombrecida por la tristeza, huraño y nervioso. Miguel había llegado del hato en un potro «coscojero» de falsa rienda, y mantenía conversación en el caney con Sebastiana.

—Vengo a yevá mi gayo y a ve si Antonio me presta su tiple.

—Aquí el que manda ahora es el blanco. Pedile permiso pa cogé tu poyo. El requinto no lo pueo prestá no tando su dueño.

El hombre, desmontándose, acercóseme tímidamente:

—Ese gayito es mío y lo quero poné en cuerda pa las riñas que vienen. Si me lo deja yevá, espero que escurezca pa cogelo en el palo.

El recién venido me pareció sospechoso.

—¿No mandó razón ninguna el señor Barrera?

—Pa usté, no.

—¿Para quién?

—Pa naide.

—¿Quién te vendió esa montura? —dije, reconociendo la mía, la misma que me robaron en Villavicencio.

—Se la mercó el señor Barrera a un guate que vino del interió hace dos semanas. Dijo que se la vendía porque una culebra le había matao el cabayo.

—¿Y cómo se llama el que la vendió?

—Yo no lo vi. Apenas escuché el cuento.

—¿Y tú acostumbras a usar la silla de Barrera? —rugí, acogotándolo— ¡si no me confiesas dónde está él, dónde quedó escondido, te trituro a palos! Pero si eres leal a mi pregunta, te daré el gallo, el tiple y dos libras.

—Suélteme, pa que no malicéen que le confieso.

Lo llevé hacia la corraleja, y me dijo:

—Quedó agazapao en la otra oriya del monte, porque no vido la señal convenía, es decir, el bayetón extendío en el tranqueo por el lao rojo. Por eso me mandó con la recomienda de que si no había peligro desensiyara el rango y lo esperara. El vendrá con la noche, y yo, como aviso debo tocá tiple, pero no he podido hablá con la mujé.

—¡No le digas nada!

Y lo obligué a desensillar.

Ya había oscurecido, y sólo en el límite de la pampa diluía el crepúsculo su huella sangrienta. La vieja Tiana salió de la cocina, llevando encendido el mechero de «kerosén». Las otras mujeres rezaban el rosario con murmullo lúgubre. Dejé al hombre en espera y me fui al cuartucho de Antonio por el requinto. A oscuras lo descolgué de la percha y saqué la escopeta de dos cañones.

Acabado el rezo, me presenté con las manos vacías ante la niña Griselda:

—Un hombre le espera en el patio.

—¡Ah! ¡Miguelito! ¿Vino a buscá el tiple?

—Sí. Es bueno prestárselo. Lléveselo usted. En ese rincón está.

Cuando salió, pretendí, en vano, descubrir en los ojos de Alicia alguna complicidad. Estaba fatigada, quería recogerse temprano.

—¿No apetece ver la salía de la luna? —propuso Sebastiana.

—No —dije—. La llamaré cuando sea tiempo.

Y con disimulo cogí la botella bajo la ruana. Serenamente, sin que en mi rostro se delatara el propósito trágico, le advertí a la niña Griselda apenas regresó:

—Sebastiana puede quedarse aquí en la sala. Yo guindaré mi chinchorro en el corredor del caney. Necesito aire fresco.

—Eso sí es bien pensao. Con estos calores no se puée dormí —observó la mulata.

—Si querés —propúsole la patrona— dejá la puerta de par en par.

Al oír esto sentí maligna satisfacción. Di las buenas noches acentuando estas frases:

—Miguel me ofreció cantar un «corrido». No tardaré en acostarme.

Al breve rato apagaron la luz.

* * *

Mi primer cuidado fue mirar si en el patio estaban los perros. Los llamé en voz baja, anduve por todas partes con extraordinaria cautela. ¡Nada! Afortunadamente habrían seguido a los viajeros.

Llegué al caney, orientado por el tabaco que fumaba el hombre.

—Miguelito, ¿quieres un trago?

Devolvióme la botella escupiendo:

—Qué amargo tá ese ron.

—Dime: ¿con quién tiene cita Barrera?

—No sé bien con cuál es.

—¿Con ambas?

—Así será.

El corazón empezó a golpearme el pecho, como un redoblante. En mi garganta se ahogaba, seca, la voz.

—¿Barrera es un caballero generoso?

—Es de «chuzo». Dicen que da cuanta mercadería quera el solicitante, lo hace firmá en un libro y le entrega cualquier retazo advirtiendo: «Lo demá se lo tengo en el Vichada». Yo le he perdío la voluntá.

—¿Y cuánto dinero te dio?

—Cinco pesos, pero me cogió recibo por diez. Me tiée ofrecía una muda nueva y nada me ha dao. Así con tóos. Ya despachó gente hacia San Pedro de Arimena, pa que le alisten «bongos» en el Muco. El hato ha quedao casi solo. Hasta el Jesús ya se largó, pero pasando por Orocué con una razón del viejo Zubieta pa la autoridá.

—¡Está bien! Toma el requinto y canta.

—Toavía es temprano.

Esperamos casi una hora. La idea de que Alicia me fuera infiel llenábame de cóleras súbitas, y para no estallar en sollozos me mordía las manos.

—¿Usté piensa matá al hombre?

—¡No, no! Sólo quiero saber a qué viene.

—¿Y si es a toparse con su mujercita?

—Tampoco.

—Pero eso le quedaría feo a usté.

—¿Crees que debo matarlo?

—Ésas son cosas suyas. Lo que ha de tené es cuidao con yo. Aguáitelo en la talanquera porque me voy a poné a cantá.

Le obedecí. A poco, me dijo:

—No se emborrache. Póngale pulso a la puntería.

Por encima de la platanera tendió más tarde la luna un reflejo indeciso, que fue dilatándose hasta envolver la inmensidad. El tiple elevó su rasgueo melancólico en el preludio de la tonada:

Pobrecita palomita,

que el gavilán la cogió;

aquí va la sangrecita

por donde se la llevó.

Con el alma en los ojos, tendía yo la escopeta hacia el caño, hacia los corrales, hacia todas partes. El pavo, desde la cumbrera de la cocina, hirió la noche con destemplados gritos. Afuera, en alguna senda del pajonal, aullaron los perros.

Aquí va la sangrecita

por donde se la llevó.

Las mujeres encendieron luz en el cuarto. La vieja Tiana, como una ánima en pena, asomó al umbral:

—¡Hola, Miguel!; dice la niña Griselda que dejés dormí.

El cantador enmudeció y fue luego a buscarme.

—Se me olvidó decile que yo estaba obligao a yevarle la curiara. Me voy. Cuando volvamos, tírele al de adelante. ¡Si le pega, yo se lo echaré a los caimanes y acabáas son cuentas!

Lo vi alejarse en la embarcación, sobre el agua enlutada donde los árboles tendían sus sombras inmóviles. Entró luego en la zona oscura del charco, y sólo percibí el cabrilleo del canalete, rútilo como cimitarra anchurosa.

Esperé hasta la madrugada. Nadie volvió.

¡Dios sabe lo que hubiera pasado!

* * *

Al rayar el día, ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta en el zarzo. La niña Griselda, que andaba con un cubo rociando las matas, me observaba inquieta.

—¿Qué tas haciendo?

—Aguardo a Barrera, que amaneció por aquí.

—¡Exagerao! ¡Exagerao!

—Oiga, niña Griselda: ¿cuánto le debemos?

—¡Cristiano! ¿Qué me decís?

—Lo que oye. La casa de usted no es para gentes honradas. Ni a usted le conviene echarse en el pajonal teniendo su barbacoa.

—¡Ponele freno a tu lengua! Tas bebío.

—Pero no con el licor que le trajo Barrera.

—¿Acaso fue pa mí?

—¿Quiere decir usted que fue para Alicia?

—Vos no la podés obligá ni a que te quiera ni a que te siga, porque el cariño es como el viento: sopla pa cualquier lao.

Al oír esto, con alterna premura, chupé la botella y bajé el arma. La niña Griselda salió corriendo. Empujé la puerta. Alicia, a medio vestir, estaba sentada en el catre.

—¿Comprendes lo que está pasando por ti? ¡Vístete! ¡Vámonos! ¡Aprisa! ¡Aprisa!

—¡Arturo, por Dios!...

—¡Me voy a matar a Barrera en presencia tuya!

—¡Cómo vas a cometer ese crimen!...

—¡No llores! ¿Te dueles ya del muerto?

—¡Dios mío!... ¡Socorro!

—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos! ¡No estoy loco! ¡Ni tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No! ¡Mientes! ¡Loco, no! ¡Quítame ese ardor que me quema el cerebro! ¿Dónde estás? ¡Tiéntame! ¿Dónde estás?

Sebastiana y la niña Griselda se esforzaban por sujetarme.

—¡Calma, calma, por lo más querío! Soy yo. ¿No me conocés?

Me echaron en un chinchorro y pretendieron coserlo por fuera; mas, con pataleo brutal rompí las cabuyas, y agarrando a la niña Griselda del moño, la arrastré hasta el patio.

—¡Alcahueta! ¡Alcahueta! —y de un puñetazo en el rostro la bañé en sangre.

Luego, en el delirio vesánico, me senté a reír. Divertíame el zumbido de la casa, que giraba en rápido círculo, refrescándome la cabeza. «¡Así, así! ¡Que no se detenga porque estoy loco!». Convencido de que era un águila, agitaba los brazos y me sentía flotar en el viento, por encima de las palmeras y de las llanuras. Quería descender para levantar en las garras a Alicia, y llevarla sobre una nube, lejos de Barrera y de la maldad. Y subía tan alto, que contra el cielo aleteaba, el sol me ardía el cabello y yo aspiraba el ígneo resplandor.

Cuando la convulsión hizo crisis, intenté caminar, pero sentía correr el suelo bajo mis plantas en sentido contrario. Apoyándome en la pared, entré en la sala vacía. ¡Habían huido! Tenía sed y de nuevo apuré la botella. Recogí el arma y para enfriarme las mejillas las oprimía contra los cañones. Triste porque Alicia me desamparaba, empecé a llorar. Luego declamé a gritos:

—¡No le hace que me dejes solo! ¡Para eso soy hombre rico! ¡Nada quiero de ti, ni de tu muchacho, ni de nadie! ¡Ojalá que ese bastardo te nazca muerto! ¡Ni será hijo mío! ¡Lárgate con el que se te antoje! Tú no eres más que una querida cualquiera.

Después hice disparos.

—¿Dónde está Franco, que no sale a defender a su hembra? ¡Aquí me tiene! ¡Yo vengaré la muerte del Capitán! ¡Al que se presente lo mato! ¡A Barrera no, a Barrera no; para que Alicia se vaya con él! ¡Se la cambio por brandy, por una botella no más!

Y recogiendo la que tenía, monté en el potro, me tercié la escopeta y partí a escape por el llano impasible, dando a los aires este pregón enronquecido y diabólico:

—¡Barrera, Barrera! ¡Alcohol, alcohol!

* * *

Media hora después, los del hato me vieron pasar. Del otro lado del caño me gritaban y me hacían señas. Por el vado que me indicaron hostigué el potro y salí al patio, dispersando la gente a pechadas, entre una algarabía de protestas.

—¡A ver! ¿Quién manda aquí? ¿Por qué se esconde Barrera? ¡Que salga!

Y colgando la escopeta en la montura, salté desarmado. Todos esperaban perplejos. Algunos sonrieron mirándose.

—¡Guá, chico! ¿Qué quieres tú?

Tal dijo una mujercilla, halconera de rostro envilecido por el colorete, cabello oxigenado y brazos flacuchos, puestos en jarras sobre el cinturón del traje vistoso.

—¡Quiero jugar a los dados! ¡Nada más que jugar! ¡En este bolsillo están las libras!

Y tiré unas a lo alto, y se regaron en el suelo.

Entonces oí la voz carrasposa del viejo Zubieta, que ordenaba desde el cuarto contiguo:

—Clarita, el cabayero, que siga.

Acaballado en el chinchorro y tendido de espaldas, en camiseta y calzoncillos, estaba el hacendado, de barriga protuberante, ojos de lince, cara pecosa y pelo rojizo. Alargándome sus manos, que además de ser escabrosas parecían hinchadas, hizo rechinar entre los bigotes una risa:

—¡Cabayero, dispense que no me pueo enderezá!

—¡Yo soy el socio de Franco, el cliente de los mil toros, y, si quiere, se los pagaré al contado!

—¡Ansina sí, ansina sí! Pero usté debe cogerlos porque el «zambaje» que tengo ta de pie, y no sirve pa náa.

—Yo conseguiré vaqueros, bien montados, y no dejaré que me los sonsaquen para el Vichada.

—Me gusta usté. ¡Eso tá bien hablao!

Salí a meter mis aperos y vi a Clarita, cuchicheando con mi enemigo, mientras que con una totuma le echaba agua en las manos. Al verme, se escondieron detrás de la casa.

—¿Qué ladrón recogió el oro que tiré aquí?

—Vení, quitámelo —replicó un hombre, en quien reconocí al del winchester que pretendió decomisarle la mercancía a don Rafael—. ¡Ora sí podemos arreglá lo del otro día! ¡Sinvergüenza, ora sí me topás!

Adelantóse amenazante, mirando hacia el punto donde su patrón estaba escondido, como en espera de una orden. ¡Sin darle tiempo, lo aplasté de una sola trompada!

Barrera acudió exclamando:

—Señor Cova ¿qué pasa? ¡Venga usted acá! ¡No haga caso de los peones! ¡Un caballero como usted!...

El ofendido fue a sentarse contra el petril, y, sin apartar de mí los ojos, se enjugaba la sangre de las narices.

Barrera lo reprendió con dictados crueles: «¡Malcriado, atrevido! ¡El señor Cova merece respeto!». Mas, a tiempo que me invitaba a penetrar en el corredor, prometiendo que el oro me sería devuelto, el hombre desensilló mi caballo y guardóse la escopeta y yo me olvidé del arma. La gente hacía comentarios en la cocina.

En el cuarto, Clarita estaba refiriéndole al viejo lo que pasaba, porque enmudecieron al verme.

—¿El cabayero se regresa hoy?

—No, amigo Zubieta. ¡No se me antoja! ¡Vine a beber y a jugar, a bailar y a cantar!

—Es un honor que no merecemos —afirmó Barrera—. El señor Cova es una de las glorias de nuestro país.

—¿Y gloria, por qué? —interrogó el viejo—. ¿Sabe montá? ¿Sabe enlazá? ¿Sabe toreá?

—¡Sí, sí! —grité—. ¡Lo que usted quiera!

—¡Ansina me gusta, ansina me gusta! —Y se agachó hacia el cuero de tigre que tenía bajo el chinchorro—. Clarita, danos unos «brándises» —dijo, indicándole el garrafón.

Barrera, para no beber, salió al corredor, y a poco, vino alargándome un puñado de oro.

—Estas monedas son de usted.

—¡Miente! Desde ahora son de Clarita.

Ella las recibió sonriendo y me dio las gracias con este cumplido:

—¡Aprendan! ¡Es una dicha encontrar cabayeros!

Zubieta se quedó pensativo. De pronto mandó que acercaran la mesa y, cuando vaciamos otras copas, señaló un morralito suspendido de un cuerno en la pared fronteriza:

—Clarita, danos «las muelas de santa Polonia».

Clarita puso los dados sobre la mesa.

* * *

Indudablemente, mi nueva amiga me favoreció aquella noche en ese juego plebeyo, desconocido para mí. Tiraba yo los dados con nerviosidad y a veces caían debajo del chinchorro. Entonces el viejo, entre carcajadas y toses, preguntaba: ¿Me ganó? ¿Me ganó? Y ella, entre una humareda de tabaco, ladeando la farola, respondía: Echó «cenas». Es un chico de suerte.

Barrera, simulando confianza en las palabras de la mujer, confirmaba tales decisiones pero vivía celoso de que no escaseara el licor. Clarita, ebria, me apretaba la mano al descuido; el viejo, ebrio, tatareaba una canción obscena; mi rival, por encima de la luz temblorosa, me sonreía irónico; yo, semiinconsciente, repetía las «paradas». En la puerta del acalorado cuartucho, los peones seguían el juego con interés.

Cuando quedé dueño de casi todo el montón de frisoles que representaba un valor convenido, Barrera me propuso jugarlo en «paro», «vaciando» las morrocotas del chaleco. «Tire por mitad, cien toros», exclamó el vejete, dando fuertes golpes en la mesa. Entonces noté que los zapatos de mi adversario pisaban los de Clarita y tuve el presentimiento de que llegaba el fraude.

Con frase feliz decidí a la mujer:

—Juguemos esto en compañía.

Ella extendió al instante sobre el montoncillo de granos las manos avaras. El rubí de su anillo se encendió en sangre.

Zubieta maldijo su suerte cuando lo venció mi jugada.

—Ahora con usted —le dije a Barrera, sonando los dados. Recogiólos sin inmutarse, y, mientras los agitaba, cambiándolos, pretendió distraernos con un chiste de baja ley. Pero al lanzarlos sobre la mesa, los atrapé de un golpe:

—¡Canalla, estos dados son falsos!

Trabóse de súbito una reyerta y la lámpara rodó por el suelo. Gritos, amenazas, imprecaciones. El viejo cayó del chinchorro, pidiendo auxilio. Yo, a oscuras, esgrimía los puños a diestro y siniestro hacia cualquier sitio donde oyera una voz de hombre. Alguien hizo un disparo, ladraron los perros, rechinaba la puerta con el afán del ahuyentado tumulto, y la ajusté de un empellón, sin saber quién quedaba adentro.

Barrera exclamó en el patio:

—¡Ese bandido vino a matarme y a robar al señor Zubieta! ¡Anoche me estuvo «puesteando»! ¡Gracias a Miguel, que se opuso al crimen y me denunció la asechanza! ¡Prendan a ese miserable! ¡Asesino! ¡Asesino!

Yo, desde adentro, le lanzaba atrevidos insultos, y Clarita, conteniéndome, suplicaba:

—¡No salgas, no salgas, porque te acribillan!

El viejo gimoteaba espantado:

—¡Alumbren, que escupo sangre!

Cuando me ayudaron a echar el cerrojo, sentí humedecida una de mis muñecas. Tenía una puñalada en el brazo izquierdo.

Con nosotros quedó encerrada una persona que me puso en las manos un winchester. Al sentir que me buscaba, intenté cogerla, por lo cual, susurrando, me repetía:

—¡Cuidado con yo! ¡Soy el tuerto Mauco, amigo de tóo el mundo!

Afuera empujaban la puerta, y yo, sin permanecer en un solo punto, perforaba las tablas a tiros, iluminando la estancia con el relampagueo de los fogonazos. Al fin terminó la agresión. Quedamos sumidos en el más pavoroso silencio y mi oído acechante dominaba la oscuridad. Por los huecos que abrieron mis balas, observé con sigilosa pupila. Hacía luna y el patio estaba desierto.

Mas por instantes recogía el rumor de voces y risotadas que venían quien sabe de dónde. El dolor de la herida empezó a rendirme y el vértigo del alcohol me echó a tierra. Allí me desangré hasta que Dios quiso, entre el pánico de mis compañeros, que en algún rincón se decían: Parece que está agonizando.

—¡Agua, agua! ¡Estoy herido! ¡Me muero de sed!

* * *

Al amanecer, abrieron el cuarto y me dejaron solo. Desperté con desmayada dolencia a los gritos que daba el dueño del hato, reprendiendo a la peonada por indolente, pues no quiso salvarlo de la batahola.

—¡Gracias al guate —repetía—, gracias al guate estoy contando el cuento! Él tenía razón, los dados eran falsos y con eyos me había estafao mi plata ese tramposo del Barrera. ¡Aquí topé uno bajo la mesa! Convénzanse. Tiene azogue por dentro.

—No podíamos arrimá por los tiros.

—¿Y quién hirió a Cova?

—¿Quién sabrá?

—Vayan a decirle al Barrera que no lo quero aquí; que pa eso tiene sus toldos, que se quede ayá. ¡Que si no sabe pa qué son los caminos; que el guate tá aquí con la carabina!

Clarita y el tuerto Mauco vinieron en mi socorro trayendo un caldero de agua caliente. Descosieron la manga de la camisa para quitármela sin lastimar el brazo tumido, y luego, humedeciendo los bordes de la tela pegada, descubrieron la herida, pequeña pero profunda, abierta sobre el músculo cercano al hombro. La lavaron con aguardiente, y, antes de extenderle la cataplasma tibia, el tuerto, con unción ritual, exclamó:

—Pongan fe, porque la voy a rezá.

Admirado yo, observaba al hombruco, de color terroso, mejillas fofas y amoratados labios. Puso en el suelo, con solicitud minuciosa, el bordón en que se apoyaba, y encima el sombrero grasiento, de roídas alas, que tenía como cinta un mazo de cabuyas a medio torcer. Por entre los harapos se le veían las carnes hidrópicas, principalmente el abdomen, escurrido en rollo sobre el empeine. Volvió parpadeando hacia la puerta el ojillo tuerto, para regañar a los muchachos que se asomaban.

—¡Esto no es cosa de juego! ¡Si no han de poné fe, lárguense, porque se pierde la virtú!

Los gandules permanecieron fervorosos, como en un templo, y el viejo Mauco, después de hacer en el aire algunos signos de magia, masculló una retahíla que se llamaba «La oración del justo juez».

Satisfecho de su ministerio, recogió el sombrero y el palo, y dijo, inclinándose sobre el cuero de toro donde me hallaba tendido:

—No se deje «acochiná» del doló. Yo lo curo presto: con otra rezáa tiene.

Miré con asombro a Clarita como para indagar la certidumbre de cuanto estaba pasando. Era convencida creyente que manifestaba respeto fanático. Para ahuyentar mis dudas, expuso:

—¡Guá, chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.

—No sólo eso —añadió el mamarracho—. Sé muchas oraciones pa tóo. Pa topá las reses perdías, pa sacá entierros, pa hacerme invisible a los enemigos. Cuando el reclutamiento de la guerra grande me vinieron a cogé, y me les convertí en mata de plátano. Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y me encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hormiga y me picurié. Si no hubiera sío por yo, quién sabe qué nos hubiera acontecío en la gresca de anoche. Yo tuve listo pa evaporarme cuando entraran y taparlos a tóos con mi neblina. Apenas supe que usté taba herío, le recé la oración del «sana que sana» y la hemorragia se contuvo.

Lentamente fui cayendo en una quietud sonámbula, en un vago deseo de dormir. Las voces iban alejándose de mis oídos y los ojos se me llenaron de sombra. Tuve la impresión de que me hundía en un hoyo profundo, a cuyo fondo no llegaba jamás.

* * *

Un sentimiento de rencor me hacía odioso el recuerdo de Alicia, la responsable de cuanto pasaba. Si alguna culpa podía corresponderme en el trance calamitoso, era la de no haber sido severo con ella, la de no haberle impuesto a toda costa mi autoridad y mi cariño. Así, con la sinrazón de este razonamiento, envenenaba mi ánima y enconaba mi corazón.

¿Verdaderamente me habría sido infiel? ¿Hasta qué punto le había mareado el espíritu la seducción de Barrera? ¿Habría existido esa seducción? ¿A qué hora pudo llegarle la influencia del otro? ¿Las palabras reveladoras de la niña Griselda, no serían mensajes de astucia para decidirme en su favor, calumniando a mi compañera? Tal vez había sido yo injusto y violento; pero ella debía perdonarme, aunque no le pidiera perdón, porque le pertenecía con mis cualidades y defectos, sin que le fuera dable hacer distingos en mí. Agregábase en descargo mío que la vengavenga me llevó a la locura. ¿Cuándo en sano juicio le di motivos de queja? Entonces, ¿por qué no venía a buscarme?

Parecíame a ratos verla llegar, bajo el sombrero de lánguidas plumas, tendiéndome los brazos entre sollozos:

«¿Qué desalmado te hirió por causa mía? ¿Por qué estás tendido en el suelo? ¿Cómo no te dan la cama?». Y anegándome el rostro en lágrimas sentábase a mi cabecera, dándome por almohada sus muslos trémulos, peinando hacia atrás mis cabellos, con mano enternecida y amorosa.

Alucinado por la obsesión, me reclinaba sobre Clarita, apartándome al reconocerla.

—Chico, ¿por qué no descansas en mis rodillas? ¿Quieres más limonada para la fiebre? ¿Te cambio el vendaje?

A veces sentía la tos impaciente de Zubieta en el corredor.

—Mujé, quítate de ahí que acaloras al enfermo. ¡Ni tu marío que juera!

Clarita se alzaba de hombros.

¿Y por qué aquella mujer no me desamparaba, siendo una escoria de lupanar, una sombra del bajo placer, una loba ambulante y famélica? ¿Qué misterio redimía su alma cuando me consentía con avergonzada ternura, como cualquier mujer de bien, como Alicia, como todas las que me amaron?

Alguna vez me preguntó cuántas libras me quedaban en el bolsillo. Eran pocas, y las guardó en el seno; mas en un momento que nos dejaron solos, me leyó un papel al oído: «Zubieta te debe doscientos cincuenta toros; Barrera cien libras, y yo te tengo guardadas veintiocho».

—Clarita, tú me has dicho que mi ganancia en el juego estuvo exenta de dolo. Todo eso es para ti, que has sido tan buena conmigo.

—Chico, ¿qué estás diciendo? No creas que te sirvo por interés. Sólo quiero volver a mi tierra, a pedirle perdón a mis padres, a envejecer y morir con eyos. Barrera quedó de costearme el viaje a Venezuela, y, en compensación, abusa de mí, sin más medida que su deseo. Zubieta dice que se quiere casar conmigo y yevarme a Ciudad Bolívar, al lado de mis viejecitos. Confiada en esta promesa, he vivido borracha casi dos meses, porque él me amonesta con su norma invariable: «¿Cuál será mi mujé? La que me acompañe a bebé».

«En estas fundaciones me dejó botada el Coronel Infante, guerriyero venezolano, que tomó a Caicara. Ayí me rifaron al tresiyo, como simple cosa, y fuí ganada por un tal Puentes, pero Infante me descontó al liquidar el juego. Después lo derrotaron, tuvo que asilarse en Colombia y me abandonó por aquí.

«Antier, cuando yegaste a cabayo, con la escopeta al arzón, atropellando a la gente, caída la gorra sobre la nuca, te me pareciste a mi hombre. Luego simpaticé contigo desde que supe que eras poeta».

* * *

Mauco entraba a rezarme la herida y tuve el tino de aparentar que creía en la eficacia de sus oraciones. Sentábase en el chinchorro a mascar tabaco, royéndolo de una rosca que parecía tasajo reseco, e inundaba el piso a salivazos sonoros. Después me daba informes sobre Barrera:

—Se la pasa metío en el toldo, afiebrao. Sólo me pregunta que hasta cuando va a quearse usté aquí. ¡Quién sabe pa qué cosas le tará haciendo usté «mal tercio»!

—¿Por qué no ha venido Zubieta a ocupar su chinchorro?

—Porque es «alertao» y teme otra «chirinola». Duerme en la cocina y se tranca por dentro.

—¿Y Barrera ha vuelto a La Maporita?

—Las calenturas no lo dejan pará.

Esta afirmación me aquietaba el espíritu, pues vivía celoso de Alicia y hasta de la niña Griselda. ¿Qué estarían haciendo? ¿Cómo calificarían mi conducta? ¿Cuándo vendrían por mí?

El primer día que tuve fuerzas para levantarme, suspendí el brazo de un pañuelo, a manera de cabestrillo, y salí al corredor. Clarita barajaba los naipes junto al chinchorro donde el viejo dormía la siesta. La casa, pajiza y a medio construir, desaseada como ninguna, apenas tenía habitable el tramo que ocupaba yo. La cocina, de paredones cubiertos de hollín, defendía su entrada con un barrizal formado por las aguas que derramaban las cocineras, sucias, sudorosas y desarrapadas. En el patio, desigual y fragoso, se secaban al sol, bajo el zumbido de los moscones, cueros de reses sacrificadas y de ellos desprendía un zamuro sanguinolentas tiras. En el caney de los vaqueros vigilaban, amarrados sobre perchas, los gallos de riña y en el suelo refocilábanse perros y lechones.

Sin ser visto, me acerqué al tranquero. En los corrales, de gruesos troncos clavados, la torada prisionera se trasijaba de sed. Detrás de la casa dormían unos gañanes sobre un bayetón extendido encima de las basuras. A poco trecho, en la costa del caño, divisábanse los toldos de mi rival, y en el horizonte, hacia la fundación de La Maporita, perdíase la curva de los morichales... ¡Alicia estaría pensando en mí!

Clarita, al verme, acudió con la sombrilla de muaré blanco:

—Chico, el sol puede irritarte la herida. Vente a la sombra. ¡No vuelvas a cometer despropósitos semejantes!

Y sonreía, exhibiendo los dientes llenos de oro.

Como intencionalmente me hablaba en voz alta, el viejo, al oírla, se incorporó:

—¡Ansina me gusta! ¡Los jóvenes no deben vivir encamaos!

Sentéme sobre la viga que servía de pretil y avoqué el meditado interrogatorio.

—¿A cómo piensa darnos las resecitas?

—¿Cuáles serán?

—Las de nuestro negocio con Franco.

—Con él, propiamente, no quedamos en náa. La fundación que da en prenda vale muy poco. Pero como usté las paga de «relance», será bueno cogelas, si tiene cabayos, y después les ponemos precio.

Clarita interrumpiónos:

—¿Y cuándo le das a Cova las doscientas cincuenta que te ganó?

—¡Cómo! ¿Qué doscientas cincuenta?

Enderezándose me argüía:

—Y si usté hubiera perdío, ¿con qué había pagao? Enséñeme las libras que trujo.

—¿Qué es eso? —replicó la mujer—. ¿Acaso el único rico eres tú? ¡El que pierde paga!

El viejo hundía los dedos entre las mallas del chinchorro. De repente propuso:

—Mañana es domingo, y me da el desquite en las riñas de gayos.

—¡Muy bien!

* * *

«Mi admirado señor Cova:

»¿Qué poder maléfico tiene el alcohol, que humilla la razón humana, abajándola a la torpeza y al crimen? ¿Cómo pudo comprometer la condición mansa de mi temperamento en un altercado que me enloqueció la lengua, hasta ofender de palabra la dignidad de usted, cuando sus merecimientos me imponen vasallaje enaltecedor que me llena de orgullo?

»Si pudiera públicamente, echarme a sus pies para que me pisoteara antes de perdonarme las reprobables ofensas, créame usted que no tardaría en implorarle esa gracia; mas como no tengo derecho ni de ofrecerle esa satisfacción, heme aquí cohibido y enfermo, maldiciendo los pasados ultrajes que por fortuna no alcanzaron a salpicarle siquiera la merecida fama de que goza.

»Como estoy envilecido por mis desaciertos, mientras usted no me dignifique con su benevolencia, no ha de parecerle extraña la condición lamentable en que a usted llego, convertido en un mercachifle común, que trata de introducir en los dominios de la poesía, la propuesta de un negocio burgués. Es el caso —y perdone usted el atrevimiento— que nuestro buen amigo el señor Zubieta me debía sumas de consideración, por dinero prestado y por mercancías, y me las pagó con unos toros que se hallan en el corral, y que yo recibí entonces en la expectativa de que usted pudiera necesitarlos. Véalos, pues, y si algún precio se digna ponerles, sepa que mi mayor ganancia, será la de haberle sido útil en algo.

«Besa sus pies, fervorosamente, su desgraciado admirador,

Barrera»

Delante de Clarita me fue entregada esta carta. El chicuelo que la trajo me veía palidecer de cólera y se iba retirando, cautelosamente, ante la tardanza de la respuesta.

—¡Diga usted a ese desvergonzado que cuando se encuentre a solas conmigo, sabrá en qué para su adulación!

Mientras tanto, Clarita releía el papelucho.

—Chico, nada te dice de lo que te debe, ni de la puñalada, ni del disparo; porque él fue quien te hirió. Aquel día, al verte yegar, preparó el revólver y engrasó el estilete. «Ojo de garza» con el Miyán, el hombre a quien le pegaste en el patio: ése tiene órdenes terminantes. ¿Y sabes tú que Zubieta nada le debe al cauchero por sumas prestadas? Éste le dio a guardar unas morrocotas, en la confianza de que yo se las robaría; pero el viejo las enterró. Después lo estafó con los dados que conoces. Cada mañana me pregunta: «¿Ya le sacaste las amariyas? De ayí te daré para el viaje. Bien se conoce que no deseas volver a tu extraordinario país». Ese hombre tiene planes siniestros. Si no hubieras estado aquí...

—Dame la carta para mostrársela al viejo.

—No le digas nada, que él es muy sabido. Comprende que Barrera es peligroso y para distraerlo, le entregó la torada que está en el corral; mas porque no pueda sacarla, mandó a esconder los cabayos. Apenas le dejó los peones en alquiler, después de enviar emisarios a todas partes con la noticia de que este año no le vendería ganados a nadie. Como Barrera se enteró de eyo, el viejo, para desmentirlo, hizo un simulacro de negocio con Fidel Franco, sin advertirle que era una simple treta contra el molesto huésped.

—¿De suerte que no nos venderá ganado ninguno?

—Parece que ha congeniado contigo.

—¿Cómo haré para ganarme su voluntad?

—Es muy senciyo. Soltar el ganado que le dio a Barrera. Con solo asustarlo, romperá los corrales.

—¿Me ayudarás esta noche en la empresa?

—Cuando te dé la gana. Bastará que yo, con este vestido blanco, me asome al tranquero para que la torada «barajuste». Lo importante es que no mueran atropeyaos los peones que velan en contorno de los encierros. Afortunadamente se retiran temprano.

—¿Y podrán descubrirnos?

—Absolutamente. Los pocos hombres y mujeres que no han enganchado, se van a los toldos a jugar naipes, tan pronto como el viejo se «encocina». Yo también iré, para alejar falsos testimonios; y cuando calcules que vuelvo, me esperas en el corredor con la piel de tigre que Zubieta tiene en la sala bajo el chinchorro abandonado. La yevamos por la platanera y la sacudimos en el corral.

Después, el que pudiera vernos pensaría: «Ésos se levantaron al fragor del tropel».

* * *

Sepulté en mi ánimo el ardid vengativo como puede guardarse un alacrán en el seno: a cada instante se despertaba para clavarme el aguijón.

Ya cuando la tarde se reclinó en las praderas, regresaron los vaqueros con la torada numerosa. Habíanla llevado al pastoreo vespertino, de gramales profusos y charcales inmóviles, donde, al abrevarse, borraban con sus belfos la imagen de alguna estrella crepuscular. Venía adelante el rapaz que servía de puntero, acompasando al trotecito de su yegua la tonada pueril que amansa los ganados salvajes. Seguíanlo en grupos los toros de venerable testa y enormes cuernos, solemnes en la cautividad, hilando una espuma en la trompa, adormilados los ojos, que enrojece, con repentino fuego, la furia. Detrás, al paso de sus rocines y entre el dejo de silbidos monótonos, avanzaban las filas de peones, a los flancos del «rodeo» formidable y letárgico.

Lo encerraron de nuevo, con maña paciente, cuidadosos de la dispersión. Oíase apenas el melancólico sonsonete del guía, más eficaz que el toque de cuerno en las majadas de mi tierra. Corrieron las trancas y las liaron con «rejos» indóciles. Y cuando oscureció, encendieron alrededor del corral fogatas de boñiga seca, para aquerenciar al rebaño, que absorto miraba las candelas y el humo, con rumiar apacible, al amparo de las constelaciones.

Mientras tanto, yo meditaba en nuestro plan de la media noche, en pugna con el temor que me enfriaba las sienes y me fruncía las cejas. Mas la certidumbre de la venganza, la posibilidad de causarle a mi enemigo algún mal, ponía viveza en mis ojos, ingenio en mis palabras, ardentía en mi decisión.

A eso de las ocho, el tuerto Mauco protestó contra las hogueras porque le trasnochaban los gallos de riña. Como nadie quiso apagarlas, los llevó a mi cuarto.

—Démelos posaíta que los poyos son güenos. ¡Pero si se desvelan, se vuelven náa!

Mas tarde, el hato quedó en silencio. Sobre los pajonales vecinos tendían su raya luminosa las lámparas de los toldos.

Clarita volvió casi ebria.

—¡Animo, chico, y sígueme!

Llegamos a la barda de los corrales por entre el platanar. Un vasto reposo adormecía a la manada. Afuera estornudaban los caballos de los veladores. Entonces Clarita, trepada en mi rodilla, sacudió la aurimanchada piel.

Súbito, el ganado empezó a remolinear, entre espantado choque de cornamentas, apretándose contra la valla del encierro, como vertiginosa marejada, con ímpetu arrollador. Alguna res quebróse el pecho contra la puerta y murió al instante, pisoteada por el tumulto. Los vigías empezaron a cantar, acudiendo con los caballos, y la torada se contuvo; mas pronto volvió a remecerse en aborrascadas ondas, crujió el tranquero, hubo berridos, empujones, cornadas. Y así como el derrumbe descuaja montes y rebota por el desfiladero satánico, rompió el grupo mugiente los troncos de la prisión y se derramó sobre la llanura, bajo la noche pávida, con un estruendo de cataclismo, con una convulsión de embravecido mar.

La peonada y el mujerío acudieron con lámparas, pidiendo socorro. Hasta Zubieta, siempre encerrado, averiguaba a gritos qué ocurría. Los perros persiguieron el barajuste, cloquearon las gallinas medrosas y los zamuros de la ceiba vecina hendieron la sombra con vuelos entorpecidos.

En los portillos de la corraleja quedaron aplastadas diez reses, y más lejos, cuatro caballos. Clarita vino con estos pormenores a encarecerme la reserva de nuestra complicidad.

Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre, todavía retumbaba el desierto.

* * *

Al siguiente día me levanté después de los comentarios al suceso nocturno y de las bravatas del viejo, que disimulaba con blasfemias su regocijo interior:

—¡Maldita sea! Yo no tengo la culpa de que el ganao barajustara. Díganle al Barrera que vaya a cogerlo, si tiene bagajes pa remontá la gente. ¡Pero que me pague primero los cabayos que se malograron! ¡Maldita sea!

—El señó Barrera quié vení pa acá a discutí con usté lo de anoche.

—Aquí no puée acercarse, porque el guate anda armao y no quero más disgustos en mis propiedades.

—Se me pone —observaba uno— que jue la ánima del difunto Julián Hurtao la que se presentó en el corral, y por eso barajustó la toráa. Alguno de los veladores vio una figura blanca sobre la cerca del lao onde dicen que dejó el entierro.

—Puée ser verdá.

—Sí, porque la otra noche se nos apareció, con una linternita en la mano, por la oriya de la sabana, caminando sin pisar el suelo.

—¿Y por qué no le preguntaron, de parte de Dios, qué quería?

—Porque apagó la lucecita y casi quedamos privaos.

—Bandíos —rugió Zubieta—: Ustedes jueron entonces los que tuvieron cavando entre las raíces del algarrobo. ¡Ojalá los tope yo en esas vagabunderías pa echales bala!

Cuando salí al patio, había mucha gente reunida, pero Barrera no estaba allí. Dándolas de inocente, me asomé al corral, donde varios hombres descuartizaban los toros destripados.

—No valió —decía uno— que yo me le pusiera adelante al ganao, corriendo en estampía y cantándole en la oscuridá pa vé si lo apaciguaba. Fuí hasta muy lejos, y, gracias a mi potro, no morí atropeyao.

Momentos después, al regresar a la casa, vi que Clarita les vendía ron, en un coquillo labrado, a los de la junta. Había hombres desconocidos y debajo de los bayetones les cantaban los gallos. Quiénes discurrían cazando apuestas «a la tapada», o les afilaban las espuelas a los campeones, o con buches de aguardiente les rociaban el costado, alzándoles el ala. Patiamarrados con cordeles, escarbando el suelo, desafiábanse los rivales de plumajes vistosos y cuellos congestionados. Por fin Zubieta tomó un carbón y trazó en el piso del caney un círculo irregular. Colocóse en su asiento, recostándolo a una columna, frecuentó la botella y con áspera risotada propuso:

—¡Voy cien toretes al «requemao» contra el «canaguay»!

Clarita, detrás del grupo, movió la cabeza para indicarme que no apostara. Pero yo, con insolente arrogancia, avancé diciendo:

—¡Escojo el pollo y voy las doscientas cincuenta reses que le gané a los dados!

El viejo «se corrió».

Entonces le dijo un sujeto, apretando el puño:

—Eche diez toros contra las libras que hay aquí, o contra el resto que guardo en mi faja.

Zubieta tampoco aceptó. Pero el hombre replicaba porfiado:

—¡Mire, patrón, son «aguilitas» y «reinitas» pa su entierrito de la «topochera»!

—¡Mentís! Pero si el oro es legítimo, te lo cambio por monea papel.

—No «le jalo».

—Préstame una libra pa reconocerla.

Observóla el viejo por todas partes, con hambrientos ojos, palpó el grabado, hízole sonar y luego la llevó a los dientes. Satisfecho, gritó:

—¡Pago! ¡Ta ida la pelea contra el canaguay!

—Pero con la condición de que el tuerto Mauco se largue, porque puée rezarme el poyo.

—¡Yo qué rezo ni qué náa!

No obstante, lo hicieron salir del grupo refunfuñando, y lo encerraron en la cocina.

Los careadores levantaron los pollos, y chupándoles los espolones, se los frotaron luego con limón, a contentamiento del público. Presto, a la voz del juez de pelea, los enfrentaron dentro del círculo.

El gallero gritaba, agachado sobre el palenque:

—¡Hurra, poyito! ¡Al ojo, que es rojo; a la pierna que es tierna; al ala, que es rala; al pico, que es rico; al pescuezo, que es tieso; al codo, que es gordo; a la muerte, que es mi suerte!

Miráronse los contendores con ira, picoteando la arena, esponjando sobre el dorso rasurado y sanguíneo la gorguera de plumas tornasoladas y temblorosas. Con simultáneo revuelo, en azul resplandor, lancearon al vacío, por encima de sus cabezas, esquivas a la punzada y al aletazo. Rabiosos, entre el vocerío de los espectadores que ofrecían «gabelas», se acometieron una y otra vez, se cosían a puñaladas, se prendían jadeantes y donde agarraba el pico, entraba la espuela, con tesón homicida, entre el centelleo de los plumajes, entre el salpique de la sangre ardorosa, entre el ruido de las monedas en el estadio, entre la ovación palmoteada que hizo la gente cuando vio rodar al canaguay con el cráneo abierto, sacudiéndose bajo la pata del vencedor, que erguido sobre el moribundo, saludó a la victoria con un clarineo triunfal.

En ese momento palidecí: Franco pasó el tranquero, seguido de varios jinetes.

* * *

Zubieta no se impresionó menos al ver a los recién llegados. Arrastrando el paso les salió al encuentro:

—¿Y ustées, zamarras, pa ónde bueno caminan?

—Para aquí no más —dijo Franco, apeándose.

Y me abrazó con efusión.

—De mi rancho, ¿qué noticias me tienes? ¿Qué te pasó en el brazo?

—¡Nada! ¿Acaso no vienes de La Maporita?

—Salimos directamente de Tame; pero desde ayer le ordené al mulato Correa que extraviara hacia mi casa y se viniera contigo trayendo los cabayos. Este abrazo te lo manda don Rafael. Siguió su viaje sin complicaciones, gracias a Dios. ¿Dónde podemos desensiyar?

—Aquí, en el caney —rezongó Zubieta. Y les gritó a los jugadores—: ¡Váyanse lejos con su vagabundería, porque «menesteo» la ramáa!

Ellos, recogiendo sus gallos, salieron en dirección a los toldos, con jaleo de tiples y «maracas». Y los vaqueros desensillaron.

—¿Verdá que anoche hubo barajuste?

—¿Por qué lo dices?

—Desde esta mañana vimos partidas de ganado que corrían solas. Y pensamos: ¡o barajuste, o los indios! Pero ahora que pasamos por los corrales...

—¡Sí! Barrera me dejó ir al rodeo. No sé cómo remediará, sin cabayos...

—Nosotros nos comprometemos a cogerle las reses que quiera, según lo que él nos pague —repuso Franco.

—Yo no permito más correteos en mis sabanas, porque los bichos se «mañosean».

—Quería decir que como desde mañana empezamos la cogienda de los toros que negociamos...

—¡Yo no he firmao documento con nadie, ni recuerdo de trato ninguno!

Al repetir esto se golpeaba la pierna.

Cuando el viejo ocupó la hamaca, vino el gallero perdidoso y nos dijo:

—Dispensen que los interrumpa.

—Echáme pa acá las libras que te gané.

—De eso quería tratarle: al canaguay, lo volvieron loco, al canaguay le dieron quinina, porque desde ayer el tuerto Mauco mermó las píldoras en los toldos, y usté mismo las revolvió con granos de maíz. El señor Barrera quiso que yo apostara contra usté, a pesar de lo sucedío, pa probarle que tampoco hace juego legal y que no debe seguir desacreditándolo delante del señor Cova.

—Eso lo arreglarán después —interrumpió Franco, sacudiendo al amostazado vejete—. ¡Lo importante es que me aclare ahora mismo lo del negocio, porque usted se equivoca si piensa que puede jugar conmigo!

—Franquito, ¿venís a matarme?

—Vengo a coger el ganado que me vendió, y para eso traje vaqueros. ¡Lo cogeré, cueste lo que cueste! ¡Y si no, que nos yeve el Judas!

Los vaqueros, ganosos de nuevo espectáculo, se agruparon alrededor del chinchorro. Al verlos, exclamó Zubieta:

—Señores, sírvanme de testigos que me taba chanceando.

Y cadavérico, porque Franco tenía revólver, se volvió hacia mí con párpados húmedos:

—¡Guate, por Dios! ¡Yo te pago tus resecitas! ¡Franquito, no me hablés de ese modo, que me asustás!

El intruso, que presumía de leguleyo, sentenció:

—¡La legalidá es pa tóos! Páguele también al señor Barrera y quedamos en paz. El tá de salía pal Vichada, y usted es responsable de la demora y los perjuicios.

Con energúmena reprimenda estalló el anciano, colocándose entre Fidel y yo:

—¡Juyero, juyero! ¿No sabes quiénes tan aquí? ¿Querés que te saquemos a palos? ¿Por qué te mezclas con estos cabayeros, que son mis clientes y amigos queríos? ¡Decíle a tu Barrera que «no me sobe», porque éstos me hacen respetá!

Y, apoyándose en nuestros hombros, le asestó un puntapié.

* * *

Cuando Franco me vio la herida y le conté lo sucedido, cogió el winchester para desafiar a Barrera y salió corriendo. Clarita lo contuvo en el patio.

—¿Qué vas a hacer? Nosotros tomamos ya venganza —y le refirió lo del barajuste.

Al ver la decisión de aquel hombre leal que arriesgaba la vida por mí, sobrecogíme de remordimiento y quise confesarle lo sucedido en La Maporita para que me matara.

—Franco —le dije—. Yo no soy digno de tu amistad. ¡Yo le pegué a la niña Griselda!

Desconcertado, se ahogó en estas voces:

—¿Alguna falta que te cometió? ¿A tu señora? ¿A ti?

—¡No, no! Me emborraché y las ofendí a ambas, sin motivo alguno. ¡Hace ya siete días que las dejé solas! ¡Dispara contra mí esa carabina!

Tirándola al suelo, se echó en mis brazos:

—Tú debes tener razón, y si no tienes te la concedo.

Y nos separamos sin decir una palabra más.

Entonces Clarita me estrechó la mano:

—¿Por qué no me habías dicho que tienes señora?

—Porque de ella no debemos hablar los dos.

Quedóse pensativa, con la vista baja, volteando entre los dedos el cordón de una llave. Después me la ofreció, diciendo:

—¡Ahí te queda tu oro!

—Yo te lo regalé, y si no lo aceptas como obsequio, déjalo en pago de tus solicitudes durante mi enfermedad.

—¡Ojalá que te hubieras muerto!

La vi alejarse hacia la cocina, donde los músicos bebían «guarapo». Desde allí, para que yo la oyera, acentuó:

—¡Díganle a Barrera que siempre me voy con él!

Y, despechada, empezó a bailotear un «bunde», alzándose el traje más arriba de las rodillas, entre cuchufletas y palmoteos.

Mi corazón, libertado del peso de la inquietud, comenzó a latir ágilmente. Ya no me quedaba otra congoja que la de haber ofendido a Alicia, pero cuán dulce era el pensamiento de la reconciliación, que se anunciaba como aroma de sementera, como lontananza de amanecer. De todo nuestro pretérito sólo quedaría perdurable la huella de los pesares, porque el alma es como el tronco del árbol, que no guarda memoria de las floraciones pasadas sino de las heridas que le abrieron en la corteza. Pero, cuitados o dichosos, debíamos serlo en grado sumo, para que más tarde, si la fatalidad nos apartaba por diversos caminos, nos aproximara el recuerdo al hallar abrojos semejantes a los que un día nos sangraron, o perspectivas como las que otrora sonrieron, cuando teníamos la ilusión de que nos amábamos, de que nuestro amor era inmortal.

Hasta tuve deseos de confinarme para siempre en esas llanuras fascinadoras, viviendo con Alicia en una casa risueña, que levantaría con mis propias manos a la orilla de un caño de aguas opacas, o en cualquiera de aquellas colinas minúsculas y verdes donde hay un pozo glauco al lado de una palmera. Allí de tarde se congregarían los ganados, y yo, fumando en el umbral, como un patriarca primitivo de pecho suavizado por la melancolía de los paisajes, vería las puestas de sol en el horizonte remoto donde nace la noche; y libre ya de las vanas aspiraciones, del engaño de los triunfos efímeros, limitaría mis anhelos a cuidar de la zona que abarcaran mis ojos, al goce de las faenas campesinas, a mi consonancia con la soledad.

¿Para qué las ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice al peñón la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la estrella a las inmensidades que guardan el silencio de Dios. Allí en esos campos soñé quedarme con Alicia, a envejecer entre la juventud de nuestros hijos, a declinar ante los soles nacientes, a sentir fatigados nuestros corazones entre la savia vigorosa de los vegetales centenarios, hasta que un día llorara yo sobre su cadáver, o ella sobre el mío.

* * *

Franco dispuso que yo no fuera a las sabanas porque podía gangrenarse mi brazo si se enconaba la cicatriz. Además, los potros escaseaban y era mejor destinarlos a los vaqueros reconocidos. Este razonamiento me llenó de amargura.

Salieron del hato quince jinetes a las dos de la madrugada, después de apurar el sorbo de café tinto tradicional. Al lado de las monturas, sobre el ijar derecho de las caballerías, colgaban en rollo las sogas llaneras, cuyo extremo se anudaba a la cola de cada trotón. Lucían los vaqueros sendos bayetones, extendidos sobre los muslos para defenderse del toro en los lances frecuentes, y al cinto portaban el dentado cuchillo para descornar. Franco me dio el revólver, pero colgó su winchester del borrén de la silla.

Volvió luego a rendirme el sueño. ¡Ah, si hubiera sentido lo que entonces debió pasar!

A poco de salir el sol, llegó el mulato Correa, trayendo reatados los caballos de don Rafael. Le salí al encuentro, por delante de los toldos, y vi que Barrera estaba afeitándose. Clarita, sentada sobre un baúl, le sostenía el espejo con las manos. Sin contestarles el saludo, me puse al estribo del mulato y entramos en la corraleja.

—¿Viste a Alicia, qué recado me traes?

—Con eya no pude verme porque taba yorando encerráa. La niña Griselda les mandó esta maleta de ropa, será pa que se le presenten mudaos. A tóo momento se asoma, a vé si ustedes yegan. Taba arreglando petacas y dijo que hoy se venían pa acá.

Esta noticia me tornó jovial. ¡Por fin mi compañera vendría a buscarme!

—¿Y llegarán en la curiara?

—La patrona hizo dejá tres cabayos.

—¿Y te preguntaron por mí?

—Mi mamá me dijo que usté le iba a yená al hombre la cabeza de cuentos.

—¿Y sabían lo de mi brazo?

—¿Qué le pasó? ¿Lo tumbó alguna bestia?

—Una heridita, pero ya estoy bien.

—¿Y ónde me tiene mi «morocha»?

—¿Tu escopeta? Debe estar con mi montura en los toldos. Vete a reclamarla.

Al quedar solo, una duda lancinante me conmovió: ¿Barrera habría vuelto a La Maporita? Yo lo hacía vigilar por Mauco a mañana y noche: ¿pero el tuerto me diría la verdad? Y pensé: puesto que Barrera se acicala, ha sabido ya que Alicia llega. Tal vez sí, tal vez no.

Pero Alicia sabría conducirse. Además, aquel hombre me tenía miedo. ¿Por qué no lo apartaba de mi pensamiento para hundirme en el augurio de la visita feliz? Si Alicia me buscaba, era obedeciendo al amor, y vendría a reconquistarme, a hacerme suyo para siempre, entre azorada y puntillosa. Con agravado acento, con tono de reconvención, me reprocharía mis faltas; y para hacérmelas mayores se ayudaría de aquel gesto inolvidable y habitual con que sellaba su boca, contrayendo los labios para llenar de gracia los hoyuelos de las mejillas. Y queriendo perdonar, me repetiría que era imposible el perdón, aunque la enmienda superara al propósito y a la súplica.

Por mi parte, pondría también en juego mi habilidad para retardarle el instante del beso gemebundo y conciliador. Desde la orilla del caño le alargaría la mano ceremoniosa para que saliera de la curiara, cuidando de que advirtiera el cabestrillo de mi brazo enfermo, y negándome después a la urgencia de sus preguntas:

—¿Estás herido? ¿Estás herido?

—No es nada grave, señora. ¡Me apena tu palidez!

Lo mismo haría al acercármele a su caballo, si venían por tierra.

Pensé exhibírmele cual no me vio entonces: con cierto descuido en el traje, los cabellos revueltos, el rostro ensombrecido de barba, aparentando el porte de un macho almizcloso y trabajador. Aunque Mauco solía desollarme la cara con su navaja de tajar correas, tomé la resolución de no ocuparlo aquel día para distinguirme de mi rival.

¡Decidí luego irme del hato, sin esperar a las mujeres, y aparecer más tarde confundido con los vaqueros, trayendo a la cola del potrejón algún toro iracundo, que me persiguiera bufando y me echara a tierra la cabalgadura, para que Alicia, desfallecida de pánico, me viera rendirlo con el bayetón y mancornarlo de un solo coleo, entre el anhelar de la peonada atónita!

El mulato volvió de los toldos con arma y montura.

—El señó Barrera quedó apenaísimo. Que no sabía que estas cosas taban ayá. Les entendí que mandarían gente a cogé los bichos dispersaos.

—Te prohíbo esa compañía. Si no quieres ir solo, iré contigo.

—¿Onde le dijeron que anochecían?

—En Matanegra.

—Pero don Fidel me indicó la vega del Pauto. Me voy porque me coge la noche y se me riega la brigáa.

—Guarda esa ropa en aquel cuarto y tráeme la carabina. Vamos a cualquier parte. Yo te acompañaré.

Fui a la cocina a despedirme de Zubieta. Llamélo varias veces. Nadie respondió.

* * *

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