Selva en Vichada, Colombia.

‘La vorágine’: tercera parte

"Empezamos a atravesar unos terrenales inmensos, de tierra tan reseca y endurecida, que limaba los cascos de las cabalgaduras. Y era necesario avanzar por allí, pues zurales laberínticos extendían a los lados sus redes de acequias exhaustas, conocidas sólo del tigre y de la serpiente".

2017/03/17

Por José Eustasio Rivera

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Cuando íbamos tan distantes del hato que sólo se advertían los airones de sus palmeras, el mulato se desmontó a cargar la escopeta.

—Siempre es bueno andá prevenío. Pólvora poca y munición hasta la boca.

—¿A qué obedece tu precaución?

—Puée alcanzarnos la gente del hombre. Por eso repetí que íbamos a la vega del Pauto, pa que lo oyeran los «mucharejos» que componían las puertas del corral. Ora cogemos ponde dijo usté.

Habríamos caminado tres leguas más, cuando volvió a apartarme del pensamiento de Alicia.

—Yo quiero consultarle mi caso, y perdone. La Clarita «me ha puesto el ojo».

—¿Estás enamorado de ella?

—Ésa es la consulta. Hace quince días me echó este floreo: «¡Qué negrito tan bien jormao! ¡Ansina me provoca uno!».

—¿Y qué respondiste?

—Me dio vergüenza...

—¿Y después?

—Eso también va con la consulta: me propuso que colgáramos al viejo Zubieta y nos juyéramos pa lejos.

—¿Y por qué? ¿Cómo? ¿Para que?

—Pa que diga ónde timé el oro enterrao.

—¡Imposible! ¡Imposible! Ésa es una sugestión de Barrera.

—Cabalmente, porque él me dijo después: «Si este mulatito se vistiera bien, cómo quedara de plantao y qué mujeres las que topara. Yo sé de una personita que lo quere mucho».

—¿Y qué respondiste?

—«¡Esa personita con usté duerme!». Ansina se las eché, pero el maldito no se ofende por náa. Se puso a desbarré contra Zubieta, diciendo que no le pagaba al zambaje su trabajo; y que cuando se le ocurría darle a uno alguito, sacaba los daos pa descamisarlo al juego. Y ésa sí es la verdá.

Como me iba sofocando el calor, le ordené al mulato que me llevara a algún estero donde pudiera saciar la sed.

—Puaquí no topamos agua en ninguna parte. Onde hay un «jagüey» famoso es al lao de aqueyos médanos.

Empezamos a atravesar unos terrenales inmensos, de tierra tan reseca y endurecida, que limaba los cascos de las cabalgaduras. Y era necesario avanzar por allí, pues zurales laberínticos extendían a los lados sus redes de acequias exhaustas, conocidas sólo del tigre y de la serpiente.

El bebedero era una poceta de agua salobre y turbia, espesa como jarabe, ensuciada por los cuadrúpedos de la región. Al verla, sentí repugnancia instintiva, pero Correa me sedujo con el ejemplo. Agachóse sobre el estribo y de entre las patas de los caballos sitibundos sacó su cuerno rebosante.

—Tápelo con el pañuelo pa que le sirva de cedazo.

Así lo hice varias veces, sacudiendo los animalillos que hervían pegados en el revés de la tela húmeda.

—Blanco, puaquí anda gente forastera. Aquí ta el rastro de una mula herráa, y eso no es de ley en estas sabanas, onde no hay piedra.

El mulato tenía razón, porque a poco trecho del pozo columbramos dos puntos que se movían a distancia.

—Ésas son personas que andan perdías.

—Parece más bien ganado.

—Le apuesto a que son racionales.

Probablemente nos habrían visto, porque se enderezaron hacia nosotros. Ya percibíamos el paraguas rojo del que venía adelante, afligiendo a la mula con los estribos, envueltos en una sábana enorme, a la manera de las matronas rurales. Los esperamos bajo un moriche de egoísta sombra, con curiosidad y recelo.

Mientras Correa remudaba los bagajes, llegaron los sujetos desconocidos, saludándonos a grandes voces:

—¡Favor a la justicia, que anda extraviada!

—Ora y siempre —respondió el mulato ingenuo.

—Muéstrenos el camino de Hato Grande. Este doctor es Juez de Orocué, y yo su secretario interino, por añadidura, baquiano.

Al oírlo le averigüé si ese funcionario era el que firmaba José Isabel Rincón Hernández; e hice esta pregunta porque de tal yo sabía que de peoncejo de carretera ascendió a músico de banda municipal y luego a Juez del Circuito de Casanare, donde sus abusos lo hacían célebre.

—¡Sí! —respondió el emparaguado—. Yo soy el doctor y éste que les habla es un simple escribiente.

El tísico rostro del señor Juez era bilioso como sus espejuelos de celuloide y repulsivo como sus dientes llenos de sarro. Simiescamente risible, apoyaba en el hombro el quitasol para enjugarse el pescuezo con una toalla, maldiciendo los deberes de la justicia que le imponía tantos sacrificios, como el de viajar mal montado por tierras salvajes, en inevitable comercio con gentes ignorantes y mal nacidas, dándose al riesgo de los indios y de las fieras.

—Llévennos ahora mismo —ordenó con acento declamador revolviendo el «mulengue»— al hato infernal donde un tal Cova comete crímenes cotidianos; donde mi amigo, el potentado Barrera, corre serios peligros de vida y hacienda; donde el prófugo Franco abusa de mi criterio tolerante, que sólo le exige conducta correcta y nada más. ¡Pónganse ustedes incondicionalmente al servicio de la justicia, y cámbiennos estas bestias por otras mejores!

—Se equivoca usted, señor, tanto en sus conceptos como en el camino que busca. Ni el hato queda por ahí, ni las personas que nombra son todas como usted piensa, ni mis caballos bienes mostrencos.

—Sepa usted, irrespetuoso joven —replicóme airado—, que por celo plausible nos aventuramos solos en estas pampas. El mensajero que me envió Zubieta clamando auxilio contra Barrera, fue seguido por otro de éste, para exigir caución al facineroso Cova. Venimos a dispensar garantías, y ustedes se favorecen también con ellas, porque la justicia es como el cielo, que nos cubre a todos. Y si es verdad que el empíreo nos cobija de balde, no es menos cierto que las relaciones de los humanos hacen necesario el sostenimiento unánime del bien común. Toda contribución es legal y pertenece al derecho público. Si no quieren ustedes servir de guías, entréguenme una cuota equivalente a lo que un baquiano de buena voluntad pidiera por su servicio.

—¿Nos decreta usted una multa?

—¡Irrevocable, sin apelación! —confirmó el secretario—. Considere que ahora no nos pagan los sueldos.

—Pues miren ustedes —repuse maleante— el hato está cerca y nosotros vamos para Carozal. Descabecen aquella sabana, orillen luego la mata de monte, crucen el caño, «déjense ir» por el esterón, y desde allí divisarán la casa antes de media hora.

—¿Oyes? —regañó el juez—. ¡Lo que yo te decía! Tú me hiciste asolear por aquí, por rutas desacostumbradas, por pajonales trágicos, defraudando tus obligaciones de conocer. ¡Te impongo una multa de cinco pesos!

Y después de reducirnos la nuestra al suministro de tabaco y fósforo, entraron en el horizonte, con rumbo contrario.

* * *

Correa me aclaró algunos detalles relativos al embrollo de Franco en Arauca. Un joven llamado Helí Mesa, que «actualmente vivía como colono en el caño Caracarate», vino una vez a La Maporita, y mientras desyerbaban el «conuco», le relató los sucesos como testigo presencial. Franco era teniente de la guarnición, y estableció su casa lejos del cuartel, a la orilla del río. El capitán dio en perseguir a la niña Griselda, y, para cortejarla a su antojo, dejaba en servicio al subalterno.

Éste, enterado ya de los propósitos del jefe, abandonó el puesto una noche y corrió a su habitación. Nadie ha sabido qué pasaría a puerta cerrada. El capitán apareció con dos puñaladas en el pecho, y, debilitado por el desangre, murió de fiebres en la misma semana, después de hacerle declaraciones a la justicia, favorables al acusado.

Ni el hombre ni su mujer fueron perseguidos jamás, aunque desaparecieron la misma noche de la desgracia. Sólo el juez de Orocué les expedía motu proprio boletas de comparendo, equivalente a letras de cambio, pues el oro corría a hablar por ellos, con tan descarada costumbre, que ya las órdenes judiciales se limitaban a decir: «Manden lo de este mes».

En tanto que departíamos por la estepa, un cefirillo repentino y creciente empezó a alborotar las crines de los caballos y a retozar con nuestros sombreros. A poco, unas nubes endemoniadas se levantaron hacia el sol, devorando la luz, y un cañoneo subterráneo estremecía la tierra. Correa me advirtió que se avecinaba el chubasco, y abreviamos las planicies a galope tendido, arreando la brigada, suelta, para que se defendiese con libertad. Buscábamos el abrigo de los montes lontanos, y salimos a una llanada donde gemían las palmeras, zarandeadas por el brisote con tan poderosa insolencia que las hacía desaparecer del espacio, agachándolas sobre el suelo, para que barrieran el polvo de los pastizales crispados. En las rampas, con disciplinada premura congregábanse los rebaños, presididos por toros mugientes, de desviadas colas, que se imponían al vendaval agrupando a las hembras cobardes, y abriendo en contorno una brecha categórica y defensiva. Las aguas corrían al revés y las bandadas de patos volteaban en las alturas, cual hojas dispersas. Súbito, cerrando las lejanías entre cielo y tierra, descolgó sus telones el nublado, terrible, rasgado por centellas, aturdido por truenos, convulsionado por borrascas que venían empujando a la oscuridad.

El huracán fue tan furibundo que casi nos desgajaba de las monturas, y nuestros caballos detuviéronse, dando las grupas a la tormenta. Rápidamente nos desmontamos y, requiriendo los bayetones bajo el chaparrón, nos tendimos de pecho entre el pajonal. Oscurecióse el ámbito que nos separaba de las palmeras, y sólo veíamos una, de grueso tallo y luengas alas, que se erguía como la bandera del viento y zumbaba al chispear cual una yesca bajo el relámpago que la encendía; y era bello y aterrador el espectáculo de aquella palmera heroica, que agitaba alrededor del hendido tronco las fibras del penacho flamante y moría en su sitio, sin humillarse ni enmudecer.

Cuando pasó la tromba, advertimos que la brigada había desaparecido y cabalgamos para perseguirla. Calados, entre la ventolera procelosa, anduvimos leguas y leguas sin poder encontrarla, y caminando tras la nube que corría como negro muro, dimos con los peñones del desbordado Meta. Desde allí mirábamos hervir las revolucionadas ondas, en cuyos crestones mojábanse los rayos en culebreo implacable, mientras que los barrancos ribereños se desprendían con sus colonias de monte virgen, levantando altísimas columnas de agua. Y el estruendo de la caída era seguido por el traqueteo de los bejucos, hasta que al fin giraba el bosque en el oleaje, como la balsa del espanto.

Después, entre yerbales llovidos donde las palmeras iban enderezándose con miedo, proseguimos la busca de la bestiada, y ambulando siempre, cayó sobre nosotros la noche. Mohíno, trotaba en pos de Correa, al parpadeo de los postreros relámpagos, metiéndonos hasta la cincha en los inundados bajíos, cuando desde el comienzo de una ajarafe divisamos lejanas hogueras que parecían alegrar el monte. «¡Allí vivaquean nuestros compañeros, allí están!». Y alborozado, principié a gritarles.

—¡Por Dios, por Dios, cierre la boca que son indios!

Y otra vez nos alejamos por el desierto oscuro, donde comenzaban a himplar las panteras, sin resolvernos a descansar, sin abrigo, sin rumbo, hasta que la aurora tardía abrió su alcázar de oro a nuestra desfalleciente esperanza.

* * *

Apenas aclaró el día, vimos unos vaqueros que traían por delante la «madrina» de bueyes amaestrados, indispensable en toda faena, pues sirve para aquietar a los toros recién cogidos. Había salido el sol, y, sobre los grandes reflejos que extendía en la llanura, avanzaban las reses descopando la grama.

Entre los jinetes que nos saludaron no estaba Fidel, pero Correa los llamó por sus nombres, atropellándose en los detalles del repentino chubasco, de la desaparición de las bestias, del encuentro con los indígenas.

—Mano Ugenio, es la primera vez que me «embejuco» de noche en estas sabanas, y pa colmo, con este blanco tan resignao, que ni siquiera tiene los brazos güenos. Ya pensará que soy un zambo indecente.

—Eso nos pasa a tóos, mano Antuco: Yanero no bebe caldo ni pregunta por camino; pero con agua, trueno y relámpago no se puée garantizá.

—¿Y ustées andaban de «ojeo»? ¿Cómo les jué?

—Cochinamente. Nos alegramos de que yoviera y nos vinimos por la tardecita. Toa la noche velamos sin ver ninguna «punta» porque el ganao se asustó con la tronamenta, y no quiso dejá el monte. A la madrugáa salió una manchita de reses, pero no jué posible ojearla, aunque la madrina se portó rebién, convidándola con mugíos. Entonces resolvimos echarle los rangos encima, pa ve qué cogíamos: era puro «vacaje» viejo y se perdió la carrera. Tóos enlazamos sin provecho, menos aquel zambito del interió, que dejó esnucá el cabayo corriendo en la oscuridá. Por eso viene a pie, con la montura en las costiyas.

—Mano Tista, —gritó Correa—, venga, móntese en este potro que yo deseo desentumirme.

Porque no se creyera que me acoquinaban las fatigas, invoqué el recuerdo de Alicia para avivarme y dije:

—Mano Sidoro, ¿cuántas reses cogieron ayer a lazo?

—Como cincuenta. Pero por la tarde «burriaron» los pescozones y casi hay «vaina» entre Miyán y Fidel.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

—Que Miyán se apareció con una gente a decí que menestaba los corrales de Matanegra, pa meté los toros del barajuste, porque venían a cogelos de nuevo. Franco no quiso responderle ni jota, pero cuando vio que habían traído perraje, «le mentó la mamá». Mientras tanto, los otros, que andan por cierto mal montaos, se asomaron a la madrina y dijeron que los «orejanos» que taban cogíos eran los mesmos que se le jueron a don Barrera, y querían quitarlos por la juerza. Entonces nos prendimos a «muecos» unos con otros, y Franco le tendió la carabina a Miyán.

—¿Y dónde echa soga la gente de Barrera?

—Unos se volvieron. Otros, andan por ahí, enmachetaos. Esto se pone feo. Y pa pior, ustées dejaron ir los cabayos.

—Lo malo no es eso —exclamó uno a quien nombraban mano Jobián—; lo grave es que el Juez tá en el hato, según dijeron. Como que lo toparon «embarbascao», y Miyán hizo que un vaquero lo encaminara hasta la vivienda. Y con la justicia no nos metamos, porque nos coge sin plata. Nosotros queremos irnos.

—¡Compañeros —repuse—, yo les responderé de que nada pasa!

—¿Y quién responde por usté, que es el que busca la autoridá?

* * *

Fidel no se amilanó por el contratiempo ni le hizo reprensiones al mulato; hasta se alegró de ver que mi brazo herido podía regir las riendas. Era de opinión que la brigada se había vuelto a los comedores acostumbrados y que en La Maporita la hallaríamos.

Lo noté reacio a referirme el altercado con Millán. «Esa discusión no vale un comino. Además, en esta sabana caben muchísimas sepulturas; el cuidado está en conseguir que otros hagan de muertos y nosotros de enterradores». Así dijo sonriente; pero recibió sobresaltado la noticia de que los vaqueros querían dejarnos solos. «De seguro se irán, porque todos tienen cuentas con la justicia, porque todos roban ganado».

—¿Y a qué hora seguirá la cogienda? —averigüéle, devorando el almuerzo de carne tostada, que cortaba yo mismo de la costilla chirriante al rescoldo.

—Sólo esperábamos la madrina. fue un error yevarla al Guanapalo, sabiendo que por ahí ganadean los indios y que los rodeos se enmontan por eyo. Pero en este banco hay dos mil «cachones» a cual mejor. Los cabayos resisten todavía dos carreras, o sean treinta toros cogidos, porque el jinete que pierde lazo paga multa.

—Y los enviados de Barrera, ¿dónde se hallan?

—Míralos: en aqueyos mogotes amanecieron. Esa gente no es del oficio, a excepción del Miyán, que «es una lanza» para el coleo. Ya les notifiqué personalmente que si el perraje me alborotaba la vaquería se encomendaran al diablo y le llevaran saludes nuestras, porque los mandaríamos al infierno.

Entretanto, los de la madrina encaminábanla llanura abajo, y la dejaron en un estero, pastoreada por varios rapaces. Al límite opuesto de un morichal veíanse puntas de toros pastando al descuido. Avanzamos abiertos en arcos para caerles como turbión, cuando oyéramos el grito de los caporales; pero las reses nos ventearon y corrieron hacia los montes, quedando sólo algún macho desafiador que empinaba la cornamenta para amedrentar a la cabalgata.

Entonces lanzáronse los caballos sobre el desbande, por encima de jarales y conejeras, con vertiginosa celeridad, y los fugitivos se fatigaron bajo el zumbido de las lazadas que abiertas cruzaban el viento para caerles en los «cachos». Y cada vaquero enlazó su toro, desviándose a la izquierda, para que saltara lejos de la montura el resto de la soga enrollada y el potro resistiera el tirón en la cola sin enredarse ni flaquear.

Brincaba en los matorrales la fiera indómita al sentirse cogida, y se aguijaba tras del jinete ladeando su media luna de puñales. Con frecuencia le empitonaba el rocín, que se enloquecía corcoveando para derribar al cabalgador sobre las astas enemigas. Entonces el bayetón prestaba ayuda: o caía extendido para que el toro lo corneara mientras el potro se contenía, o en manos del desmontado vaquero coloreaba como un capote, en suertes desconcertantes, sin espectadores ni aplausos, hasta que la res, coleada, cayera. Diestramente la maneaba, le hendía la nariz con el cuchillo y por allí le pasaba la soga, anudando las puntas a la crin trasera del potrajón, para que el vacuno quedara sujeto por la ternilla en el vibrante seno de la cuerda doble. Así era conducido a la madrina, y cuando en ella se incorporaba, volvíase el jinete sobre la grupa, soltaba un cabo del rejo brutal y lo hacía salir a tirones por la nariz atormentada y sangrante.

Montaba yo, alegremente, un caballito coral, apasionado por las distancias, que al ver a sus compañeros abalanzarse sobre la grey, disparóse a rienda tendida tras de ellos, con tan ágil violencia, que en un instante le pasó la llanura bajo los cascos. Adiestrado por la costumbre, dióse a perseguir a un toro barcino, y era de verse con qué pujanza le hacía sonar el freno sobre los lomos. Tiraba yo el lazo una y otra vez, con mano inexperta; mas, de repente, el bicho, revolviéndose contra mí, le hundió a la cabalgadura ambos cuernos en la verija. El jaco, desfondado, me descargó con rabioso golpe y huyó enredándose en las entrañas, hasta que el cornúpeto embravecido lo ultimó a pitonazos contra la tierra.

Advertidos del trance en que me veía, desbocáronse dos jinetes en mi demanda. Fugóse el animal por los terronales. Correa me dio su potro, y al salir desalado tras de Franco, vi que Millán, con emulador aceleramiento, tendía su caballo sobre la res; mas ésta, al inclinarse el hombre para colearla, lo enganchó con un cuerno por el oído de parte a parte, desgajólo de la montura, y llevándolo en alto como un pelele, abría con los muslos del infeliz una trocha profunda en el pajonal. Sorda la bestia a nuestro clamor, trotaba con el muerto de rastra, pero en horrible instante, pisándolo, le arrancó la cabeza de un golpe y, aventándola lejos, empezó a defender el mútilo tronco a pezuña y a cuerno, hasta que el winchester de Fidel, con doble balazo, le perforó la homicida testa. Gritamos auxilio y nadie venía; corrí a todas partes con la noticia y a nadie encontraba. Al fin topé unos vaqueros que tenían unidos caballo y toro a los extremos de cada soga. Al verme, las cortaron con sus cuchillos para acudir a mi llamamiento.

Y corríamos más pálidos que el cadáver.

* * *

Cuando llegamos al sitio de la tragedia, llevaban hacia el monte los despojos del victimado, en la hamaquilla de un bayetón sostenido por las cuatro puntas. Franco tenía la camisa llena de sangre y desfogaba a voces su agitación entre el grupo de peones silenciosos. El muerto yacía de espaldas sobre un moriche caído, y lo tenían cubierto con su propia ruana, en espera de la rigidez.

Entonces fuimos a buscar los restos de la cabeza entre las matujas atropelladas, y en parte ninguna los hallamos. Los perros, alrededor del toro yacente, le lamían la cornamenta.

A pleno sol regresamos al montezuelo. Correa, con una rama, le espantaba al muerto las moscas. Franco, en un esterito próximo, se limpiaba los cuajarones. Los compañeros de Millán hacían proyectos para bailar el «velorio».

—Lo que es yo —rezongaba uno—, tuviera agradecío si dende ayer se hubieran discogotao en nuestra presencia. Pero esto de decir que lo mató el toro, cuando oímos claramente los tiros, poco me suena. No había pa qué arrastrarlo y descabezarlo. Esa crueldá sí ofende a Dios.

—¿No sabe usted cómo fue la desgracia?

—Sí, señó. El asesino, el toro; el muerto, Miyán; los cómplices, nosotros, y los inocentes, ustées. ¡Por eso me voy adelante con el aviso, pa que abran el hoyo y alisten música y trago y corten la mortaja pa quen la merece! Así dijo, y mascullando amenazas, alejóse a escape.

Yo no quería ver al difunto. Sentía repugnancia al imaginar aquel cuerpo reventado, incompleto, lívido, que fue albergue de una alma enemiga y que mi mano castigó. Me perseguía el recuerdo de aquellos ojos colorados y rencorosos que me asaltaron por doquier, calculando si en mi cintura iba el revólver. Aquellos ojos, ¿dónde cayeron? ¿Colgarían de alguna breña, adheridos al frontal roto, vaciados, repulsivos, goteantes? ¿Qué sería de aquella cabeza obtusa, centro de la malicia, filtro de la venganza, cubil de la maldad y del odio? Yo la sentí crujir al choque del cuerno curvo, que le asomó por la sien opuesta, mientras el sombrero embarboquejado saltaba en el aire; la vi cuando el toro, desgarrándola de la cerviz, la proyectó hacia arriba, cual greñudo balón. ¿Y qué se hizo? ¿Dónde sangraba? ¿La enterraría la fiera con sus pezuñas, cuando defendiendo el cadáver, trilló el barzal?

Lentamente, el desfile mortuorio pasó ante mí: un hombre de a pie cabestreaba el caballo fúnebre, y los taciturnos jinetes venían detrás. Aunque el asco me fruncía la piel, rendí mis pupilas sobre el despojo. Atravesado en la montura, con el vientre al sol, iba el cuerpo decapitado, entreabriendo las yerbas con los dedos rígidos, como para agarrarlas por última vez. Tintineando en los calcañares desnudos, pendían las espuelas que nadie se acordó de quitar, y del lado opuesto, entre el paréntesis de los brazos, destilaba aguasangre el muñón del cuello, rico de nervios amarillosos, como raicillas recién arrancadas. La bóveda del cráneo y la mandíbula que la sigue faltaban allí, y solamente el maxilar inferior reía ladeado, como burlándose de nosotros. Y esa risa sin rostro y sin alma, sin labios que la corrigieran, sin ojos que la humanizaran, me pareció vengativa, torturadora y aun al través de los días que corren me repite su mueca desde ultratumba y me estremece de pavor.

* * *

Más tarde, cuando la comitiva empezó a fumar y la charla se hizo ruidosa, propuso Franco:

—Pues que será preciso suspender la cogienda, mientras se normaliza la situación, conviene regresar en busca de las cabayerías. Los vaqueros mejor montados, vengan acá; los otros yeven la madrina tras el muerto. Por ayá les caeremos al anochecer.

Sólo siete peones obedecieron. Antes de abandonar a los remisos, le rogué a un muchacho adelantarse con noticias nuestras, para prevenir el ánimo de Alicia cuando divisara el cortejo, que en aquel minuto entraba en el morichal de la lejanía, como entre las columnatas de una basílica descubierta. Los bueyes del madrineo alargaban la procesión.

Aunque el mulato me señalaba las sabanetas donde anochecíamos la víspera, fuéme imposible reconocerlas, por su semejanza con las demás; pero advertía el rastro del ventarrón en el desgreño de los ramajes, en los fulminados troncos de algunas palmeras, en el desgonce de los pastos vencidos. En tanto, el recuerdo del mutilado me acompañaba; y con angustia jamás padecida quise huir del llano bravío, donde se respira un calor guerrero y la muerte cabalga a la grupa de los cuartagos. Aquel ambiente de pesadilla me enflaquecía el corazón, y era preciso volver a las tierras civilizadas, al remanso de la molicie, al ensueño y a la quietud.

Destemplado por la zozobra, me atrasé de mis camaradas cuando nos alcanzaron los perros. De repente, la aulladora jauría, con la nariz en alto, circundó el perímetro de una laguna disimulada por elevados juncos. Mientras los jinetes corrían haciendo fuego, vi que una tropa de indios se dispersaba entre la maleza, fugándose en cuatro pies, con tan acelerada «vaquía», que apenas se adivinaba su derrotero por el temblor de los pajonales. Sin gritos ni lamentos las mujeres se dejaban asesinar, y el varón que pretendiera vibrar el arco, caía bajo las balas, apedazado por los colosos. Mas con repentina resolución surgieron indígenas de todas partes y cerraron con los potros para desjarretarlos a macana y vencer cuerpo a cuerpo a los jinetes. Diezmados en las primeras arremetidas, desbandáronse a la carrera en larga competencia con los caballos, hasta refugiarse en intrincados montes.

—¡Aquí Dólar, aquí Martel! —gritaba yo de estampía, defendiendo a un indio veloz que desconcertaba con sus corvetas a dos perros feroces. Siguiéndolo siempre, paralelo a las curvas que describía, lo vi desandar la misma huella, gateando mañosamente, sin abandonar su sarta de pescados. Al toparme, se enmatorró, y yo, receloso de sus arrestos, paré las riendas. Mas, de rodillas, abrió los brazos:

—¡Señor Intendente, señor Intendente! ¡Yo soy el Pipa! ¡Piedad de mí!

Y sin esperar que le respondiera, miedoso de la perrada, saltó a la grupa de mi alazán, abrazándome compungido:

—¡Perdón, perdón! ¡Ahora le refiero lo del caballo!

Creyendo que el cuitado me maltrataba, acudieron los hombres en mi socorro y Correa lo tiró al suelo de un culatazo; pero más se tardó en caer que en encaramarse de nuevo, exclamando:

—¡Nosotros somos amigos! ¡Yo soy el paje de la señora!

—Miren a este come–ganao, capitán de la «guajibera», salteador de las fundaciones, a quien tantas veces hemos corrío. ¡Ora me las pagás de contao!

—¡Caballero, no se equivoque, no se precipite, no me confunda; fue que los indios me aprehendieron, me «empelotaron» y el señor Intendente me libertó! ¡Él me conoce mucho, y su señora me necesita!

Como todos le achacaban los incendios en el Hatico, fingía llorar a mares, consternado por la calumnia. Luego, aferrándose a mis cuadriles, alzó sus piernas sobre las mías para que los perros no lo mordieran, simulando vergüenza de verse desnudo. Y yo, que pasé de la sorpresa a la caridad, lo conduje en ancas con rumbo al hato, entre la protesta de mis compañeros, que lo amenazaban con la castración en represalia de sus fechorías.

* * *

Apenas recobró la confianza, inició el cautivo su mendoso discurso, que interrumpía para pedirme que les ordenara a los vaqueros adelantarse.

—¡No lo hago por mí —decía—, sino por usted: se les puede salir un tiro y nos atraviesan las espaldas!

Luego, en el tono del amante que convence al oído, agregó:

—¿Cómo iba a ser posible que el señor Intendente llegara a su capital sin que le hicieran digno recibimiento? Estas minucias me desvelaban aquella noche, y monté en su caballo para llevar la noticia al pueblo, tan decidido a regresar pronto, que le dejé a usted mi yegua enjalmada. Pero al saber las tropelías que iban a cometerle por la traída de la señora, eché cabeza de este modo: Si lo encarcelan, nadie me libra de mi padrino; si le registran el equipaje, se quedan con todo; el caballo vale más que la potranca, pero ambos a dos se los quitarán, y es preferible que yo dé mi trotadita por Casanare y regrese al fin del verano a devolver todo, rango y montura. Mas al bajar por estas sabanas, me atajaron los vaqueros de un tal Barrera diciendo que yo andaba tras del ganado, y querían llevarme preso para el Hatico, y me robaron hasta el sombrero, y, por quedar a pie, me cautivaron los guahibos. Pero olvidaba preguntarle por la señora. ¿Cómo la tiene?

En cualquiera otra situación me habría divertido la pintoresca trama de sus disculpas; pero entonces, casi al anochecer, sólo quería alcanzar al muerto para impedir que Alicia lo viera.

Por las llanuras, a media luz, iban dos jinetes a paso lento.

Cuando los alcanzamos, sus caras no se distinguían, pero Franco los reconoció:

—¿Por dónde siguen los del cadáver?

—Los caporales resolvieron tirarlo al caño, porque no se aguantaba la «jedentina». Después se jueron a sus tierras, pues no querían trabajar más.

—Nosotros tampoco los acompañaremos —advirtieron unos.

—A mí no me gustan los sinvergüenzas, y prefiero quedar solo. El que quiera sus jornales, véngase conmigo.

Ellos pronunciaron esta gran frase:

—«Nosotros preferimos la libertá».

—¿Pa qué lao cogieron los camaráas?

—Pa la costa del Guachita.

—¡Adió, pué!

Y galoparon ante la noche.

Los cuatro restantes caminamos a toda prisa en busca del hato semiborroso, donde hacía guiños una candela. Aunque el Pipa clamaba amparo, lo forcé a que se apeara. Y zaguero, como oscuro fantasma, nos perseguía en la sobretarde.

* * *

Raro temor me escalofriaba cuando nos acercamos a los corrales. Desde allí percibimos que la ramada estaba en silencio y que un gran fogón esclarecía el patio. Miré hacia los toldos y ya no los vi. Con súbita carrera llegué al tranquero, y el potro, encandilado, se resistía a invadir la estancia. Mauco y unas mujeres acudieron.

—¡Por Dios! ¡Váyanse presto, que los cogen!

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está Alicia?

—El viejo Zubieta duerme enterrao y tamos consolándonos con la candela.

—¿Qué ha sucedido? ¡Dilo pronto!

—Que esa «voláa» les salió mal.

Hubo que amenazarlo para que informara; se había cometido un crimen la víspera. Viendo que Zubieta no se levantaba, desquiciaron la puerta de la cocina. Colgado por las muñecas en el lazo del chinchorro, balanceábase el vejete, vivo todavía, sin quejarse ni articular, porque en la raíz de la lengua le amarraron un cáñamo. Barrera no quiso verlo; mas cuando el juez llegó al hato, hizo contra nosotros imputaciones tremendas. Juró que en días anteriores habíamos amenazado al abuelo para que revelara el escondrijo de sus tesoros; que esa noche, apenas la gente se fue a los toldos a embriagarse, penetramos por la cumbrera y cometimos la atrocidad, distribuidos en grupos, para cavar simultáneamente en la topochera, en el cuartucho, en los corrales. El juez hizo firmar a todos la consabida declaración y regresó esa misma tarde, custodiado por Barrera y su personal, y el occiso fue sepultado en una de aquellas excavaciones, bajo el mango grande, quizás encima de las tinajas de morrocotas, sin ponerle alpargatas nuevas, sin que le ajustaran las quijadas con un pañuelo, ni le rezaran el Santo Dios, ni le bailaran las nueve noches. Y para mayor desgracia, tenían que cuidar ellos de que los marranos no revolcaran la sepultura, pues ya una vez habían desenterrado un brazo del muerto y se lo tragaron entre horribles gruñidos.

Tan aturdido estaba yo con tal historia, que no había reparado en que una de las mujeres era Bastiana. Al verla le grité con pávido acento:

—¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está mi Alicia?

—¡Se jueron! ¡Se jueron y nos dejaron!

—¿Alicia? ¿Alicia? ¿Qué estás diciendo?

—¡Se la yevó la niña Griselda!

Apoyando en el tranquero los codos, comencé a llorar con llanto fácil, sin sollozos ni contorsiones; era que la fuente de la desgracia, vertiéndose de mis ojos, me aliviaba el corazón de tan desconocida manera, que permanecí un momento insensible a todo. Miré con cara aflictiva a mis compañeros, sin sentir pudor por mis lágrimas, y los veía consolarme como en un sueño. Allí me rodearon todos, el Pipa se había apropiado uno de mis vestidos, las mujeres asaban carne y Franco exigía que me acostara. Mas al decirme que Alicia y Griselda eran dos vagabundas y que con otras mejores las reemplazaríamos, estalló mi despecho como un volcán, y saltando al potro, partí enloquecido para darles alcance y muerte. Y en el vértigo del escape me parecía ver a Barrera, descabezado como Millán, prendido por los talones a la cola de mi corcel, dispersando miembros en las malezas, hasta que, atomizado, se extinguía entre el polvo de los desiertos.

Tan cegado iba por la iracundia, que sólo tarde advertí que galopaba tras de Franco y que íbamos llegando a La Maporita. ¡Era verdad que Alicia no estaba allí! En la hamaca de mi rival se tendería libidinosa, mientras que yo, desesperado, desvelaba a gritos la inmensidad.

Entonces fue cuando Franco le prendió fuego a su propia casa.

* * *

La lengua del fósforo hizo vibrar los flecos de la «palmicha», abriéndose en ola sonante que llenó la comarca de resplandores cárdenos. Al momento el platanal, chamuscado, aflojó las hojas y las chispas multiplicaron el estrago en la cocina y el caney. A la manera de la víbora mapanare, que vuelve los colmillos contra la cola, la llamarada se retorcía sobre sí misma, ahumando la limpidez de la noche, y empezó a disparar bombas en la llanura, donde el viento —aliado luciferino— le prestó sus alas a la candela.

Nuestros caballos, espantados, retrocedieron hacia el caño de aguas bermejas, y desde allí vi desplomarse la morada que brindó abrigo a mis sueños de riqueza y paternidad. Entre los muros de la alcoba que fue de Alicia se columpiaba el fuego como una cuna.

Idiotizado contemplaba el piélago asolador sin darme cuenta del peligro; mas cuando vi que Franco se alejaba de aquellos lares maldiciendo la vida, clamé que nos arrojáramos a las llamas. Alarmado por mi demencia, recordóme que era preciso perseguir a las fugitivas hasta vengar la ofensa increíble. Y corriendo, corriendo entre claridades desmesuradas, observamos que la casa del hato ardía también y que la gente daba alaridos en los montes.

La calurosa devastación campeaba en los pajonales de ambas orillas, culebreando en los bejuqueros, trepándose a los moriches, y reventándolos con retumbos de pirotecnia. Saltaban cohetes llameantes a grandes trechos, hurtándole combustible a la línea de retaguardia, que tendía hacia atrás sus melenas de humo, ávida de abarcar los límites de la tierra y batir sus confalones flamígeros en las nubes. La devoradora falange iba dejando fogatas en los llanos ennegrecidos, sobre cuerpos de animales achicharrados, y en toda la curva del horizonte los troncos de las palmeras ardían como cirios enormes.

El tranquido de los arbustos, el ululante coro de las sierpes y de las fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo olor a carnes quemadas, agasajáronme la soberbia; y sentí deleite por todo lo que moría a la zaga de mi ilusión, por ese océano purpúreo que me arrojaba contra la selva, aislándome del mundo que conocí, por el incendio que extendía su ceniza sobre mis pasos.

¿Qué restaba de mis esfuerzos, de mi ideal y mi ambición? ¿Qué había logrado mi perseverancia contra la suerte? ¡Dios me desamparaba y el amor huía!...

¡En medio de las llamas empecé a reír como Satanás!

Segunda Parte

¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mi aspiración y el cielo claro, que sólo entreveo cuando tus copas estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus crepúsculos angustiosos. ¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, por qué no tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas veces suspiró mi alma adivinando al través de tus laberintos el reflejo del astro que empurpura las lejanías, hacia el lado de mi país, donde hay llanuras inolvidables y cumbres de corona blanca, desde cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras! ¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú me robaste el ensueño del horizonte y sólo tienes para mis ojos la monotonía de tu cenit, por donde pasa el plácido albor, que jamás alumbra las hojarascas de tus senos húmedos!

Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso, que eran ya decanos cuando las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el hundimiento de los siglos venturosos. Tus vegetales forman sobre la tierra la poderosa familia que no se traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor de la hoja que cae. Tus multísonas voces forman un solo eco al llorar por los troncos que se desploman, y en cada brecha los nuevos gérmenes apresuran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio de la creación. No obstante, mi espíritu sólo se aviene con lo inestable, desde que soporta el peso de tu perpetuidad, y, más que a la encina de fornido gajo, aprendió a amar a la orquídea raquítica, porque es efímera como el hombre y marchitable como su ilusión.

¡Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras, formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos, en busca de la Venganza, diosa implacable que sólo sonríe sobre las tumbas!

* * *

Olvidada sea la época miserable en que vagamos por el desierto en cuadrilla prófuga, como salteadores. Sindicados de un crimen ajeno, desafiamos a la injusticia y erguimos la enseña de la rebelión. ¿Quién osó desafiar el rencor bárbaro en mi pecho? ¿Quién habría podido amansarnos? Las sendas múltiples de la pampa quedaron chafadas en aquellos días al galope de nuestros potros, y no hubo noche en que no prendiéramos en distinto paraje la fugitiva llamarada del vivac.

Después, bajo moriches inextricables, improvisamos un refugio. Allí amontonábanse los enseres que Mauco y Tiana salvaron de la ignición, y que pusieron en nuestras manos antes de irse a Orocué, en misión de espionaje. Mas no sabíamos qué suerte hubieran corrido. Fidel y el mulato, el Pipa y yo, nos turnábamos cada día en atalayar sobre una palmera la presencia de alguna gente en el horizonte o el triángulo de humo, convenido como señal.

¡Nadie nos buscaba ni perseguía! ¡Nos habían olvidado todos!

Yo no era más que un residuo humano de fiebres y pesares. De noche, el hambre nos desvelaba como un vampiro, y porque ya venían las lluvias, concertamos la dispersión para asilarnos luego en Venezuela. Pensé entonces que don Rafo vendría de regreso a La Maporita, y que con él podríamos volver a Bogotá. Muchos días lo esperábamos en las llanuras aledañas a Tame. Mas apenas declaró Franco que continuaría su vida nómade, no por recelo de la justicia ordinaria, sino por el peligro de que algún Consejo de Guerra lo castigara como a desertor, desistí de la idea del viaje para mancomunarnos en el destierro y afrontar vicisitudes iguales, ya que una misma desventura nos había unido y no teníamos otro futuro que el fracaso en cualquier país.

Y nos decidimos por el Vichada.

El Pipa nos condujo a los platanares silvestres de Macuana, sobre la margen del túrbido Meta, después de la desembocadura del Guanapalo. Moraba en esos montes una tribu guahiba, semidomada, que convino en acogernos a condición de que acogiéramos el «guayuco», respetáramos a las «pollonas» y les ordenáramos a los winchester «no echar truenos».

Aparecióse una tarde el Pipa con cinco indígenas, que se resistían a acercarse mientras no amarráramos los dogos. Acurrucados en la maleza, erguíanse para observarnos, listos a fugarse al menor desliz, por lo cual el ladino intérprete fue conduciéndoles de la mano hasta nuestro grupo, donde recibían el advertido abrazo de paz con esta frase protocolaria: «Cuñao, yo queriéndote mucho, perro no haciendo nada, corazón contento».

Todos eran fornidos y jóvenes, de achocolatado cutis y hercúleas espaldas, cuya membratura se estremecía temerosa de los fusiles. Arcos y aljabas habíanlos dejado entre la canoa, que iba a mecernos sobre las aguas desconocidas de un río salvaje, hacia refugios recónditos y temibles, adonde un fátum implacable nos expatriaba, sin otro delito que el de ser rebeldes, sin otra mengua que la de ser infortunados.

Había llegado el momento de licenciar nuestros caballos, que nos dieron apoyo en la adversidad. Ellos recobraban la pampa virgen y nosotros perdíamos lo que gozosos recuperaban, la zona donde sufrimos y batallamos inútilmente, comprometiendo la esperanza y la juventud. Cuando mi alazán sudoroso se sacudió, libre de la montura, y galopó con relinchos trémulos en busca del bebedero lejano, me sentí indefenso y solo, y copié en mis ojos tristes el confín, con la amargura del condenado a muerte que se resigna al sacrificio y ve sobre los paisajes de su niñez arrebolarse el último sol.

Al descender el barranco que nos separaba de la curiara, torné la cabeza hacia el límite de los llanos, perdidos en una nébula dulce, donde las palmeras me despedían. Aquellas inmensidades me hirieron, y, no obstante, quería abrazarlas. Ellas fueron decisivas en mi existencia y se injertaron en mi ser. Comprendo que en el instante de mi agonía se borrarán de mis pupilas vidriosas las imágenes más leales; pero en la atmósfera sempiterna por donde ascienda mi espíritu aleteando, estarán presentes las medias tintas de esos crepúsculos cariñosos, que, con sus pinceladas de ópalo y rosa, me indicaron ya sobre el cielo amigo la senda que sigue el alma hacia la suprema constelación.

* * *

La curiara, como un ataúd flotante, siguió aguas abajo, a la hora en que la tarde alarga las sombras. Desde el dorso de la corriente columbrábanse las márgenes paralelas, de sombría vegetación y de plagas hostiles. Aquel río, sin ondulaciones, sin espumas, era mudo, tétricamente mudo como el presagio, y daba la impresión de un camino oscuro que se moviera hacia el vórtice de la nada.

Mientras proseguíamos silenciosos principió a lamentarse la tierra por el hundimiento del sol, cuya vislumbre palidecía sobre las playas. Los más ligeros ruidos repercutieron en mi ser, consustanciado a tal punto con el ambiente, que era mi propia alma la que gemía, y mi tristeza la que, a semejanza de un lente opaco, apenumbraba todas las cosas. Sobre el panorama crepuscular fuese ampliando mi desconsuelo, como la noche, y lentamente una misma sombra borró los perfiles del bosque estático, la línea del agua inmóvil, las siluetas de los remeros...

Desembarcamos al comienzo de una barranca, suavizada por escalones que descendían al puerto, en cuyo remanso se agrupaban unas canoas. Por un sendero lleno de barro que se perdía entre el gramalote salimos a una plazuela de árboles derribados, donde nos aguardaba el rancho pajizo, tan solitario en aquel momento, que vacilábamos en ocuparlo, sospechosos de alguna emboscada. El Pipa alegaba con los nativos que a semejante vivienda nos condujeron, y nos transmitía la traducción de la jerigonza, según la cual los de la ramada se dispersaron al ver los mastines. Los bogas me pedían permiso para dormir entre las curiaras.

Y cuando se fueron, Fidel le ordenó a Correa que se acostara con el Pipa en la barbacoa, por si intentaba traicionarnos esa noche; les quitó los collares a los perros, y, a oscuras, les mudó el sitio a nuestras hamacas.

Ofreciéndole mi costado a la carabina, me entregué al sueño.

* * *

El Pipa solía hacerme protestas de adhesión incondicional, y acabó por relatarme la pavorosa serie de sus andanzas. Su mano sabía disparar la barbada flecha en cuya punta iba ardiendo la pelota de «peramán», que cruzaba el aire como un cometa, con el aullido de la consternación y del incendio.

Muchas veces, para librarse del enemigo, se aplanó en el fondo de las lagunas como un caimán, y emergía sigiloso entre los juncales para renovar la respiración; y si los perros le nadaban sobre la cabeza, buscándolo, los destripaba y consumía, sin que los vaqueros pudieran ver otra cosa que el chapoteo de algunos juncos en el apartado centro de los charcones.

Adolescente apenas, vino a los llanos cuando estaba en su auge el hato de San Emigdio, y allí sirvió de «coquis» varios meses. Trabajaba todo el día con los llaneros, y por la noche agregábase a sus fatigas la de acopiar la leña y el agua, prender el fuego y asar carne. De madrugada lo despertaban los caporales a puntapiés, para que recociera el café cerrero; y tras de tomarlo, se iban sin ayudarle a ensillar la mañosa bestia ni decirle hacia qué banco se dirigían. Y él, llevando del cabestro la mula de los calderos y los víveres, trotaba por las estepas oscurecidas, poniendo oído a las voces de los jinetes, hasta orientarse y seguir con ellos.

Para colmo, la cocinera de la ramada le exigía cooperar en sus menesteres, y él, tiznado y humilde como un guiñapo, se resignaba a su situación. Más de una vez, al vaciar el «cocido» en la barbacoa, sobre las hojas frescas que servían de manteles, atropáronse los peones con la presteza de buitres hambrientos, y él tendió, como todos, las desaseadas manos a la carne para trinchar algún trozo con su «belduque». El «arrimado» de la maritornes, un abuelote de empaque torvo, que lo celaba estúpidamente y que ya lo había vapuleado con el cinturón, comenzó a vociferar, masticando, porque no se repetía presto la calderada. Como el coquis no se afanó por obedecerle, lo agarró de una oreja y le bañó la cara en caldo caliente. El muchacho, enfurecido, le rasgó el buche de un solo tajo, y la asadura del comilón se regó humeando en la barbacoa, por entre las viandas.

El dueño del hato apresó al chicuelo, liándole garganta y brazos con un «mecate», y mandó dos hombres a que lo mataran ese mismo día, debajo de las resacas del Yaguarapo. Por fortuna, pescaban allí unos indios, que destriparon a los verdugos y le dieron al sentenciado la libertad, pero llevándoselo consigo.

Errante y desnudo vivió en las selvas más de veinte años, como instructor militar de las grandes tribus, en el Capanaparo y en el Vichada; y como cauchero, en el Inírida y en el Vaupés, en el Orinoco y en el Guaviare, con los piapocos y los guahibos, con los baniyas y los barés, con los cuivas, los carijonas y los huitotos. Pero su mayor influencia la ejercía sobre los guahibos, a quienes había perfeccionado en el arte de las guerrillas. Con ellos asaltó siempre las rancherías de los sálivas y las fundaciones que baña el Pauto. Cayó prisionero en distintas épocas, cuando una «raya» le lanceó el pie, o cuando las fiebres le consumían; pero, con riesgosa suerte, se hizo pasar por vaquero cautivo de los hatos de Venezuela, y conoció diferentes cárceles, donde observaba intachable conducta para volver pronto a la inclemencia de los desiertos y al usufructo de las revoltosas capitanías.

—Yo —decía—, seré su lucero en estos confines, si pone a mi cuidado la expedición: conozco trochas, vaguadas, caminos, y en algunos caños tengo amistades. Buscaremos a los caucheros por dondequiera, hasta el fin del mundo; pero no vuelva a permitir que el mulato Correa duerma conmigo, ni que me satirice con tanta roña. Eso no es corriente entre cristianos y desanima a cualquier hombre de sentimiento. ¡Algún día lo rasguño, y quedamos en paz!

Por ese tiempo me invadió la misantropía, ensombreciéndome las ideas y descoyuntándome la decisión. En el sonambulismo de la congoja devoraba mis propias hieles, inepto, adormilado, como la serpiente que muda escama. Nadie había vuelto a nombrar a Alicia, por desterrarla de mi pensamiento; mas esa misma delicadeza sublevaba en mi corazón todos los odios reconcentrados, al comprender que me compadecían como a un vencido. Entonces las blasfemias sollamaban mis labios y un velo de sangre se reteñía sobre mis ojos.

¿Y a Fidel lo atormentaba el tenaz recuerdo? Sólo me parecía triste en sus confidencias, quizás por acoplarse con mi quebranto. Todo lo había perdido en hora impensada, y sin embargo daba a entender que desde ese instante se sintió más libre y poderoso, cual si el infortunio fuera simple sangría para su espíritu.

¿Y yo por qué me lamentaba como un eunuco? ¿Qué perdía en Alicia que no lo topara en otras hembras? Ella había sido un mero incidente en mi vida loca y tuvo el fin que debía tener. ¡Barrera merecía mi gratitud!

Además, la que fue mi querida tenía sus defectos: era ignorante, caprichosa y colérica. Su personalidad carecía de relieve: vista sin el lente de la pasión amorosa, aparecía la mujer común, la de encantos atribuidos por los admiradores que la persiguen. Sus cejas eran mezquinas, su cuello corto, la armonía de su perfil un poquito convencional. Desconocía la ciencia del beso y sus manos fueron incapaces de inventar la menor caricia. Jamás escogió un perfume que la distinguiera; su juventud olía como la de todas.

¿Cuál era la razón de sufrir por ella? Había que olvidar, había que reír, había que empezar de nuevo. Mi destino así lo exigía, así lo deseaban, tácitos, mis camaradas. El Pipa, disfrazando la intención con el disimulo, cantó cierta vez un «llorao» genial, a los compases de las maracas, para infundirme la ironía confortadora:

El domingo la vi en misa,

el lunes la enamoré,

el martes ya le propuse,

el miércoles me casé;

el jueves me dejó solo,

el viernes la suspiré;

el sábado el desengaño...

y el domingo a buscar otra

porque solo no me amaño.

Mientras tanto, se iniciaba en mi voluntad una reacción casi dolorosa, en que colaboraron el rencor y el escepticismo, la impenitencia y los propósitos de venganza. Me burlé del amor y de la virtud, de las noches bellas y de los días hermosos. No obstante, alguna ráfaga del pasado volvía a refrescar mi ardido pecho, nostálgico de ilusiones, de ternura y serenidad.

* * *

Los aborígenes del bohío eran mansos, astutos, pusilánimes, y se parecían como las frutas de un mismo árbol. Llegaron desnudos, con sus dádivas de «cambures» y «mañoco», acondicionadas en cestas de palmarito, y las descargaron sobre el barbecho, en lugar visible. Dos de los indios que manejaban la canoa traían pescados cocidos al humo.

Cuidadosos de que los perros no gruñeran, fuimos al encuentro del arisco grupo, y después de una libre plática en gerundios y monosílabos castellanos, resolvieron los visitantes ocupar un extremo de la vivienda, el inmediato a los montes y a la barranca.

Con indiscreta curiosidad les pregunté dónde habían dejado a las mujeres, pues ninguna venía con ellos. Apresuróse a explicarme el Pipa que era imprudencia hacer tan desusadas indagaciones, so riesgo de que se alarmaran los celosos indios, a cuyas «petrivas» les fue negado, por tradicional experiencia, mostrar incautamente su desnudez a forasteros blancos, siempre lujuriosos y abusivos. Agregó que no tardarían en acercarse las indias viejas, para ir aquilatando nuestra conducta, hasta convencerse de que éramos varones morigerados y recomendables.

Dos días después apareciéronse las matronas, en traje de paraíso, seniles, repugnantes, batiendo al caminar los flácidos senos, que les pendían como estropajos. Traían sobre la greña sendas «taparas» de chicha mordicante, cuyos rezumos pegajosos les goteaban por las arrugas de las mejillas, con apariencia de sudor ácido. Ofreciéronnos la bebida a pico de calabazo, imponiendo su hierático gesto, y luego rezongaron malhumoradas al ver que solo el Pipa pudo saborear el cáustico brebaje.

Más tarde, cuando principió a resonar la lluvia, acurrucáronse junto al fogón, como gorilas momificadas, mientras los hombres enmudecían en los chinchorros con el letargo de la desidia. Nosotros callábamos también en el tramo opuesto, viendo caer el agua en la extensión de la umbrosa vega, que oprimía el espíritu con sus neblinas y cerrazones.

—Es imperioso —prorrumpió Franco— decidir esta situación poniendo en práctica algún propósito. En la semana entrante dejaremos esta guarida.

—Ya las indias vinieron a prepararnos el bastimento —repuso el Pipa—. Remontaremos el río, cruzándolo frente a Caviona, un poco más arriba de las lagunas. Por allí va una senda terrestre para el Vichada y en recorrerla se gastan siete días. Hay que llevar a cuestas el equipo, mas ninguno de estos «cuñaos» quiere ir de carguero. Yo estoy trabajando para decidirlos. Pero es urgente la compra de algunos «corotos» en Orocué.

—¿Y con qué dinero los adquirimos? —advertí alarmado.

—Eso corre de mi cuenta. Sólo pido que crean en mí, y que sigan siendo afables con la tribu. Necesitamos sal, anzuelos, «guarales», tabacos, pólvora, fósforos, herramientas y mosquiteros. Todo para ustedes porque a mí nada me es indispensable. Y como nadie sabe qué nos espera en esas lejanías...

—¿Será preciso vender las sillas y los aperos?

—¿Y quién los compra? ¿Y quién los vende sin que lo apañen? Ya podemos irlos botando. De aquí en adelante no tendremos otro caballo que la canoa.

—¿Y en qué lugar escondes el oro para tus planes?

—En el garcero de Las Hermosas. Cuatro libras de pluma fina, si mal nos va. Cada semana cambiaremos un manojito por mercancías. Cuando les provoque, yo soy baquiano, pero es muy lejos.

—¡Eso no importa! ¡Mañana mismo!

* * *

¡Bendita sea la difícil landa que nos condujo a la región de los revuelos y la albura! El inundado bosque del garcero, millonario de garzas reales, parecía algodonal de nutridos copos; y en la turquesa del cielo ondeaba, perennemente, un desfile de remos cándidos, sobre los cimborrios de los moriches, donde bullía la empeluzada muchedumbre de polluelos. A nuestro paso se encumbraba en espiras la nívea flota, y, tras de girar con insólito vocerío, se desbandaba por unidades que descendían al estero, entrecerrando las alas lentas, como un velamen de seda albicante.

Pensativo, junto a las linfas, demoraba el «garzón soldado» de rojo kepis, heroica altura y marcial talante, cuyo ancho pico es prolongado como una espada; y a su alrededor revoloteaba el mundo babélico de zancudas y palmípedas, desde la «corocora» lacre, que humillaría el ibis egipcio, hasta la azul cerceta de dorado moño y el pato ilusionante de color de rosa, que en el rosicler del alba llanera tiñe sus plumas. Y por encima de ese alado tumulto volvía a girar la corona eucarística de garzas, se despetalaba sobre la ciénaga, y mi espíritu sentíase deslumbrado, como en los días de su candor, al evocar las hostias divinas, los coros angelicales, los cirios inmaculados.

Parecíame imposible que pudiéramos arrimar al sitio de los nidos y las plumas. El transparente charco nos dejó ver un sumergido ejército de caimanes, en contorno de las palmeras, ocupado en recoger pichones y huevos, que caían cuando las garzas, entre algarabías y picotazos, desnivelaban con su peso las ramazones. Nadaba por doquiera la innúmera banda de caribes, de vientre rojizo y escamas plúmbeas, que se devoran unos a otros y descarnan en un segundo todo ser que cruce las ondas de su dominio, por lo cual hombres y cuadrúpedos se resisten a echarse a nado, y mucho más al sentirse heridos, que la sangre excita instantáneamente la voracidad del terrible pez. Veíase la traidora raya, de aletas gelatinosas y arpón venenoso, que descansa en el fango como un escudo; la anguila eléctrica, que inmoviliza con sus descargas a quien la toca, la palometa de nácar y oro, semejante al disco lunar, que desciende al fondo y enturbia el agua para escaparse a las dentelladas de la tonina. Y todo el inmenso acuario se extendía hacia el horizonte, como un lago de peltre donde flotan las plumas ambicionadas.

Bogando en balsitas inverosímiles, nos distribuimos aquí y allí para recoger el caro tesoro. Los indios invadían a trechos las espesuras, hurgando en las tinieblas con las palancas, por miedo de güíos y caimanes, hasta completar su manojo blanco, que a veces cuesta la vida de muchos hombres, antes de ser llevado a las lejanas ciudades a exaltar la belleza de mujeres desconocidas.

* * *

Aquella tarde rendí mi ánimo a la tristeza y una emoción romántica me sorprendió con vagas caricias. ¿Por qué viviría siempre solo en el arte y en el amor? Y pensaba con dolorida inconformidad: ¡si tuviera ahora a quien ofrecerle este armiñado ramillete de plumajes, que parecen espigas blancas! ¡Si alguien quisiera abanicarse con este alón de «codúa» marina, donde va prisionero el iris! ¡Si hubiera hallado con quién contemplar el garcero nítido, primavera de aves y colores!

Con humillada pena advertí luego que en el velo de mi ilusión se embozaba Alicia y procuré manchar con realismo crudo el pensamiento donde la intrusa resurgía.

Afortunadamente, tras penoso viaje por cenagosas llanuras y hondos caños, dimos con el lugar donde habían quedado las canoas; y a palanca, comenzamos a remontar los sinuosos ríos, hasta que entramos, a boca de noche, en el atracadero de la ramada.

Desde lejos nos llevó la brisa el llanto de un niño y, cuando llegamos a la huta, salieron corriendo unas indias jóvenes, sin atender al Pipa, que en idioma terrígeno alcanzó a gritarles que éramos gente amiga. En soleras y horcones había chinchorros numerosísimos, y en el fogón, a medio rescoldo, gorgoreaba la olla de las infusiones.

Lentamente, apenas la candela irguió su lumbre, se nos fueron presentando los indios nuevos, acompañados de sus mujeres, que les ponían la mano derecha en el hombro izquierdo, para advertirnos que eran casadas. Una que llegó sola, nos señalaba el chinchorro de su marido y se exprimía el lechoso seno, dando a entender que había dado a luz ese día. El Pipa, ante ella, comenzó a instruirnos en las costumbres que rigen la maternidad en dicha tribu: al presentir el alumbramiento, la parturienta toma el monte y vuelve, ya lavada, a buscar a su hombre para entregarle la criatura. El padre, al punto, se encama para guardar dieta, mientras la madre le prepara cocimientos contra las náuseas y los cefálicos.

Como si entendiera estas explicaciones, hacía la moza signos de aprobación a cuanto el Pipa refería; y el cónyuge follón, de cabeza vendada con hojas, se quejaba desde el chinchorro y pedía cocos de chicha para aliviar sus padecimientos.

Las indias que habían huido eran las pollonas, y cada uno de nosotros podía coger la que le placiera, cuando el jefe, un cacique matusalénico, recompensara con esa suerte nuestra adhesión. Mas sería candidez pensar que con requiebros y sonrisas aceptarían nuestro agasajo. Era preciso atisbarlas como a gacelas y correr en los bosques hasta rendirlas, pues la superioridad del macho debe imponérseles por la fuerza, en cambio de sumisión y ternura.

Yo me sentía incapaz de toda ilusión.

* * *

El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad, que se traducía en un silencio despectivo. Procuraba yo halagarlo en distintas formas, por el deseo de que me instruyera en sus tradiciones, en sus cantos guerreros, en sus leyendas; inútiles fueron mis cortesías, porque aquellas tribus rudimentarias y nómades no tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni pretérito, ni futuro.

Aconteció que traje del garcero dos patos grises, pequeños como palomas, ocultos en una mochila. Hallé uno muerto al día siguiente, y lo desplumé junto al fogón para que mis perros se lo comieran. Mas, al verme, el cacique tomó sus flechas y me amenazó con la macana, dando alaridos y trenos, hasta que las mujeres, pavoridas, recogieron las plumas y las soplaron al aire de la mañana.

Rodeáronme mis compañeros y me arrebataron la carabina porque no amenazara al abuelo audaz. Este arrojóse al suelo, cubriéndose la cara con las manos se retorcía en epilépticas convulsiones, empezó a dar sollozos de despedida, besaba la tierra y la manchaba con espumarajos. Luego quedóse rígido, entre el espanto del desnudo harén, pero el Pipa le echó rescoldo en las orejas para que la muerte no le comunicara su fatal secreto.

Entonces me advirtió nuestro intérprete que las almas de aquellos bárbaros residen en distintos animales, y que la del cacique se asemejaba a un pato gris. Probablemente moriría de sugestión por haber contemplado al ave sin vida, y la tribu se vengaría de mi «homicidio». Apresuréme a sacar el otro pato y lo dejé revolotear entre la ramada; al verlo, el indio quedóse en éxtasis ante el milagro y siguió los zigzags del vuelo sobre la plenitud del inmediato río.

El pueril incidente bastó para acreditarme como ser sobrenatural, dueño de almas y destinos. Ningún aborigen se atrevía a mirarme, pero yo estaba presente en sus pensamientos, ejerciendo influencias desconocidas sobre sus esperanzas y sus pesadumbres. A mis pies cayeron dos muchachos, y se brindaron a acompañar nuestra expedición sin que sus mujeres se resistieran. Nunca he podido recordar sus nombres vernáculos, y apenas sé que traducidos a buen romance querían decir, casi literalmente, «Pajarito del Monte» y «Cerrito de la Sabana». Abracélos en señal de que aceptaba su ofrecimiento, por lo cual descolgaron del techo las palancas y les remudaron el fique de las horquetas, para que soportaran el impulso de la canoa al hincarse en los «carameros» de los charcos o en los arrecifes costaneros.

A su vez, las indias viejas rallaban yuca para la preparación del «cazabe» que debía alimentarnos en el desierto. Echaban la mezcla acuosa en el «sebucán», ancho cilindro de hojas de palma retejidas, cuyo extremo inferior se retuerce con un tramojo para exprimir el almidonoso jugo de la rallada. Otras, desnudas en contorno de la candela, recalentaban el «budare», tiesto redondo y plano, sobre cuya superficie iban extendiendo la masa inmunda y la alisaban con los dedos ensalivados hasta que la torta endureciera. Quiénes torcían sobre los muslos las fibras sacadas del cogollo de los moriches, para tejer un chinchorro nuevo, digno de mi estatura y mi persona, mientras el cacique, gesticulando, me hacía entender que celebraría con baile pomposo el vasallaje debido a mi fortaleza y mi autoridad.

Mi espíritu pregustaba el acre sabor de las próximas aventuras.

* * *

Los indios encargados de procurarnos la mercancía fueron estafados por los tenderos de Orocué. En cambio de los artículos que llevaron: «seje», chinchorros, «pendare» y plumas, recibieron baratijas que valían mil veces menos. Aunque el Pipa les enseñó cuidadosamente los precios razonables, sucumbieron a su ignorancia y la avilantez de los explotadores volvió a enriquecerse con el engaño. Unos paquetes de sal porosa, unos pañuelos azules y rojos y algunos cuchillos, fueron írrito pago de la remesa, y los emisarios tornaron felices de que, como otras veces, no los hubieran obligado a barrer las tiendas, cargar agua, desyerbar la calle, empacar cueros.

Fallida la esperanza de acrecentar los equipajes, nos consolamos con la certeza de que el viaje sería menos complicado. Y, al fin, una noche de plenilunio, quedó lista la gran curiara que, con blando meneo, ofrecía conducirnos a Caviona.

Afluyeron al baile más de cincuenta indios, de todo sexo y edad, pintarrajeados y licenciosos, y fueron amojonándose en la abierta playa, con los calabazos de hervidora chicha. Desde por la tarde habían hecho acopio de «mojojoyes», gruesos gusanos de anillos peludos, que viven enroscados en los troncos podridos. Descabezábanlos con los dientes, como el fumador que despunta el cigarro, y sorbían el contenido mantequilloso, refregándose luego la vacía funda del animal en las cabelleras, para lustrarlas. Las de las pollonas, de altivos senos, resplandecían como el charol, bajo el nimbo de plumas de guacamayo y sobre los collares de corozos y cornalinas.

El cacique se había embijado el rostro con achiote y miel y aspiraba el polvo del «yopo», introduciéndose en las narices, sendos canutillos. Cual si lo hubiera atacado el «delirium tremens», bamboleábase embrutecido entre las muchachas, y las apretaba y perseguía, semejante a un cabrío rijoso, pero impotente. A veces, a media lengua, venía a felicitarme porque, según el Pipa, era yo, como él, enemigo de los vaqueros y les había quemado las fundaciones, cosas que me hacían digno de una macana fina y de un arco nuevo.

En medio de la orgiástica barahúnda, prodigábase la chicha de fermento atroz, y las mujeres y los chicuelos irritaban con su vocerío la bacanal. Luego empezaron a girar sobre las arenas en moroso círculo, al compás de los fotutos y las cañas, sacudiendo el pie izquierdo a cada tres pasos, como lo manda el rigor del baile nativo. Parecía más bien la danza un tardo desfile de prisioneros, alrededor de inmensa argolla, obligados a repisar una sola huella, con la vista al suelo, gobernados por el quejido de la chirimía y del grave paloteo de los tamboriles. Ya no se oía más que el son de la música y el cálido resollar de los danzantes, tristes como la luna, mudos como el río que los consentía sobre sus playas. De pronto las mujeres, que permanecían silenciosas dentro del círculo, abrazaron las cinturas de sus amantes y trenzaban el mismo paso, inclinadas y entorpecidas, hasta que con súbito desahogo corearon todos los pechos ascendente alarido, que estremecía selvas y espacios como una campanada lúgubre: ¡Aaaaay... Ohé!...

Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojizo por las luminarias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera. Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara el alma un solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas, y era semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disimulen los labios: ¡Aaaaay... Ohé!...

* * *

Cuando me retiré a mi chinchorro, en la más completa desolación, siguieron mis pasos unas indias y se acurrucaron cerca de mí. Al principio conversaban a medio tono, pero más tarde atrevióse una a levantar la punta de mi mosquitero. Las otras, por sobre el hombro de su compañera, me atisbaban y sonreían. Cerrando los ojos, rechacé la provocación amorosa, con profundo deseo de libertarme de la lascivia y pedirle a la castidad su refugio tranquilo y vigorizante.

Al amanecer regresaron a la ramada los juerguistas. Tendidos en el piso, como cadáveres, disolvían en el sueño la pesadilla de la embriaguez. Ninguno de mis camaradas había vuelto, y sonreí al notar que faltaban algunas pollonas. Mas cuando bajé al río para observar el estado de la curiara, vi al Pipa, boca abajo en la arena, exánime y desnudo al rayo del sol.

Cogiéndolo por los brazos lo arrastré hacia la sombra, disgustado por su prurito de desnudarse. Aquel hombre, vanidoso de sus tatuajes y cicatrices, prefería el guayuco a la vestimenta, a pesar de mis reprensiones y amenazas. Dejélo que dormitara la borrachera, y allí permaneció hasta la noche. Rayó el día siguiente y ni despertaba ni se movía.

Entonces, descolgando la carabina, cogí al cacique por la melena y lo hinqué en la grava, mientras que Franco hacía ademán de soltar los perros. Abrazóme el anciano las pantorrillas, trabajando una explicación:

—¡Nada, nada! Tomando «yagé», tomando «yagé»...

Ya conocía las virtudes de aquella planta, que un sabio de mi país llamó «telepatina». Su jugo hace ver en sueños lo que está pasando en otros lugares. Recordé que el Pipa me habló de ella, agradecido de que sirviera para saber con seguridad a qué sabanas van los vaqueros y en cuáles sitios abunda la caza. Habíale ofrecido a Franco ingerirla para adivinar el punto preciso donde estuviera el raptor de nuestras mujeres.

El visionario fue conducido en peso y recostado contra un estantillo. Su cara singular y barbilampiña había tomado un color violáceo. A veces babeaba su propio vientre, y, sin abrir los ojos se quería coger los pies. Entre el lelo corro de espectadores le sostuve la frente con mis manos.

—Pipa, Pipa, ¿qué ves?, ¿qué ves?

Con angustioso pujo principió a quejarse y saboreaba su lengua como un confite. Los indios afirmaban que sólo hablaría cuando despertara.

Con descreída curiosidad nuevamente dije:

—¿Qué ves? ¿Qué ves?

—Un... rí... o. Hom... bres, dos... hombres...

—¿Qué más? ¿Qué más?

—U... n... a... ca... no... a...

—¿Gente desconocida?

—Uuuuh... Uuuuuh... Uuuuuh...

—Pipa ¿te sientes mal? ¿Qué quieres? ¿Qué quieres?

—Dor... mir... dor... mir... dor...

Las visiones del soñador fueron estrafalarias: procesiones de caimanes y tortugas, pantanos llenos de gente, flores que daban gritos. Dijo que los árboles de la selva eran gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad. Quejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su especie formidable, incomprendida. El Pipa les entendió sus airadas voces, según las cuales debían ocupar barbechos, llanuras y ciudades, hasta borrar de la tierra el rastro del hombre y mecer un solo ramaje en urdimbre cerrada, cual en los milenios del Génesis, cuando Dios flotaba todavía sobre el espacio como una nebulosa de lágrimas.

¡Selva profética, selva enemiga! ¿Cuándo habrá de cumplirse tu predicción?

* * *

Llegamos a las márgenes del río Vichada derrotados por los zancudos. Durante la travesía los azuzó la muerte tras de nosotros y nos persiguieron día y noche, flotando en halo fatídico y quejumbroso, trémulos como una cuerda a medio vibrar. Éranos imposible mezquinar nuestra sangre asténica, porque nos succionaban al través de sombrero y ropa, inoculándonos el virus de la fiebre y la pesadilla.

Las que enantes fueron sabanas úberes, se habían convertido en desoladas ciénagas; y con el agua a la cintura, seguíamos el derrotero de los baquianos, bañada en sudor la frente y húmedas las maletas que portábamos a la espalda, famélicos, macilentos, pernoctando en altiplanos de breña inhóspita, sin hoguera, sin lecho, sin protección.

Aquellas latitudes son inmisericordes en la sequía y en el invierno. Cierta vez en La Maporita, cuando Alicia me amaba aún, salí al desierto a coger para ella un venadillo recental. Calcinaba el verano la estepa tórrida, y las reses, en el fogaje del calor, trotaban por todas partes buscando agua. En los meandros de árido cauce escarbaban la tierra del bebedero unas vaquillonas, al lado de un caballejo que agonizaba con el hocico puesto sobre el barrizal. Una bandada de caricaris cogía culebras, ranas, lagartijas, que palpitaban locas de sed entre carroñas de «cachicamos» y «chigüires». El toro que presidía la grey repartía topes con protectora solicitud, para obligar a sus hembras a acompañarlo hacia otros parajes en busca de alguna charca, y mugía arreando a sus compañeras en medio del banco centelleante y pajonaloso.

Empero, una novilla recién parida, que se destapó las pezuñas cavando el secadal, regresó a buscar a su ternerillo para ofrecerle la ubre cuarteada. Echóse para lamerlo, y allí murió. Levanté la cría y expiró en mis brazos.

Mas luego, al caer unas cuantas lluvias, invertía el territorio su hostilidad: por doquiera, encaramados sobre troncos, veíanse «lapas», zorros y conejos, sobreaguando en la inundación; y aunque las vacas pastaban en los esteros, con el agua sobre los lomos, perdían sus tetas en los dientes de los caribes.

Por aquellas intemperies atravesamos a pie desnudo, cual lo hicieron los legendarios hombres de la conquista. Cuando al octavo día me señalaron el monte del Vichada, sobrecogióme intenso temblor y me adelanté con el arma al brazo, esperando encontrar a Alicia y a Barrera en sensual coloquio, para caerles de sorpresa, como el halcón sobre la nidada. Y jadeante, y entigrecido, me agazapé sobre los barrancos de la orilla.

¡Nadie! ¡Nadie! El silencio, la inmensidad...

* * *

¿A quién podíamos preguntarle por los caucheros? ¿Para qué seguir caminando río arriba sobre la costa desapacible? Era mejor renunciar a todo, tendernos en cualquier sitio y pedirle a la fiebre que nos rematara.

El fantasma impávido del suicidio, que sigue esbozándose en mi voluntad, me tendió sus brazos esa noche; y permanecí entre el chinchorro, con la mandíbula puesta sobre el cañón de la carabina. ¿Cómo iría a quedar mi rostro? ¿Repetiría el espectáculo de Millán? Y éste solo pensamiento me acobardaba.

Lenta y oscuramente insistía en adueñarse de mi conciencia un demonio trágico. Pocas semanas antes, yo no era así. Pero pronto los conceptos de crimen y los de bondad se compensaban en mis ideas, y concebí el morboso intento de asesinar a mis compañeros, movido por la compasión. ¿Para qué la tortura inútil, cuando la muerte era inevitable y el hambre andaría más lenta que mi fusil? Quise libertarlos rápidamente y morir luego. Con la siniestra mano entre el bolsillo, principié a contar las cápsulas que tenía, escogiendo para mí la más puntiaguda. ¿Y a cuál debía matar primero? Franco estaba cerca de mí. En la noche lluviosa extendí el brazo y le tenté la cabeza febricitante.

—¿Qué quieres? —dijo—. ¿Por qué le movías el manubrio al winchester? La fiebre me vuelve loco.

Y pulsándome la muñeca repetía:

—¡Pobre...! La tuya tiene más de cuarenta grados. Abrígate con mi ruana hasta que sudes.

—¡Esta noche será interminable!

—Pronto saldrá el lucero de la madrugada. ¿Sabes —agregó—, que el mulatito puede «rasgarse»? ¿No has sentido como se queja? Ha delirado con Sebastiana y con los rodeos. Dice que tiene el hígado endurecido como piedra.

—Tuya es la culpa. No quisiste que se quedara. Ardías por verlo morir en el desamparo.

—Creí que su ansia de regreso obedecía a la aversión que siente por el Pipa.

—Yo los reconciliaré para siempre.

—Es que Correa le teme por la amenaza de que va a causarle maleficio. Ha dado en entristecerse cuando escucha cantar cierto pájaro.

Recordando los filtros de Sebastiana, repuse dudoso:

—¡Ignorancia, superstición!

—Ayer sacó el tiple para reponerle la clavija rota. Pero al tocarlo se puso a yorar.

—Dime, ¿no habrá moronas de cazabe en tu maletera? Párate, acércate.

—¿Para qué? ¡Todo se acabó! ¡Cómo me duele que tengas hambre!

—¿Las pepas de este árbol serán venenosas?

—Probablemente. Pero los indios están pescando. Aguardemos hasta mañana.

Y con los ojos llenos de lágrimas, balbucí, desviando el calibre:

—¡Bueno, bueno! Hasta mañana.

* * *

Los perros comenzaron a manotear en mi mosquitero para que abandonáramos el playón. Evidentemente, seguía creciendo el río.

Cuando nos guarecimos en una laja del promontorio, había estrellas sobre los montes. Los perros ladraban desde los barrancos.

—Pipa, llama a esos cachorros, que aúllan como viendo al diablo.

Y los silbé lúgubremente.

Franco me aclaró que el Pipa andaba con los indígenas.

Entonces advertimos un reflejo como de linterna que, muy abajo, parecía surcar el agua. Con intermitencia alumbraba y se perdía, y al amanecer no lo vimos más.

Pajarito del Monte y Cerrito de la Sabana llegaron fatigosos con esta noticia:

—«Falca» subiendo río. Compañero siguiéndola por la orilla. Falca picureándose.

El Pipa nos trajo nuevos informes: era una canoa ligera, con techo de palma entretejida. Al notar que en la sombra andaban indios, apagó el candil y sesgó rumbo. Debíamos acecharla, hacerle fuego.

Como a las once del día, remontó a palanca, sigilosamente, escondiéndose en los rebalses, bajo los densos guamos. Se empeñaba en forzar un chorro, y, por escaparse al remolino, tocó la costa para que un hombre la remolcara al extremo de la cadena. Enderezamos hacia el boga la puntería, mientras que Franco le salió al encuentro con el machete en alto. Al instante, el que timoneaba la embarcación exclamó de pie:

—¡Teniente! ¡Mi teniente!, ¡yo soy Helí Mesa!

Y saltando a la orilla, se apretaron enternecidos.

Después, al ofrecernos la «yucuta» hecha de mañoco, el cual parecía salvado grueso, expuso Mesa, repartiéndonos la ración:

—¿Qué proyectos ocultan ustedes, que me preguntan por los caucheros? El tal Barrera se robó esa gente y se la lleva para el Brasil, a venderla en el río Guainía. A mí también me enganchó hace ya dos meses, pero me le fugué a la entrada del Orinoco, después de matarle a un capataz. Estos dos indios que me acompañan son de Maipures.

Miré estupefacto a mis camaradas, sintiendo un vértigo más horripilante que el de la fiebre. Callábamos cogitabundos, estremecidos. Mesa nos observaba con inquietud. Franco rompió el silencio.

—Dime, ¿con los caucheros va la Griselda?

—Sí, mi Teniente.

—¿Y una muchacha llamada Alicia? —le pregunté con voz convulsa.

—¡También, también!...

* * *

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