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Las dos violencias de Tomás González

El escritor antioqueño Tomás González.

Literatura (Impresa)

“Leýendolo, tuve la sensación de que era muy puro”. Eso ha escrito la Premio Nobel Elfriede Jelinek sobre la obra de Tomás González. Ahora, el discreto escritor antioqueño lanza en la Feria del Libro, tras varios años de silencio, su nueva y esperada novela: Abraham entre bandidos.

Por: Jerónimo Duarte

Publicado el: 2010-08-12

La oferta editorial de novedades sobre el secuestro está a reventar. Pocos días después de regresar a la libertad, los antes rehenes hacen público su drama bajo el sello de una marca que garantiza éxitos de distribución y ventas, y que contribuye, de manera loable (creo), al proceso catártico de las víctimas. Los ejemplos son numerosos; los títulos, más que evidentes (tenemos desde Secuestrada de Leszli Kalli, hasta Siete años secuestrado por las Farc de Luis E. Pérez y Cautiva de Clara Rojas). También hay altas dosis de romance (Íngrid y yo, una libertad agridulce y Amores que el secuestro mata son ejemplo de ello) y de acción (El trapecista, del ex canciller Araújo, y Mi viaje hacia la libertad, del ya famoso John Frank Pinchao). Incluso contamos con nuestra propia mirada extranjera del asunto bajo el título de Out of captivity, el texto publicado por Marc Gonsalves, Tom Howes y Keith Stansell, los norteamericanos que compartieron varios días de suplicio con Íngrid Betancourt.

De manera que, a primera vista, la aparición de un nuevo libro sobre el secuestro no debería causar mayor revuelo. Mucho menos si se tiene en cuenta que su autor nunca ha estado secuestrado. ¿Qué interés puede tener el lector promedio colombiano, atraído por la violencia coyuntural que nos azota, por una novela que narra una historia de hace más de cincuenta años y que, por lo demás, no es intimista en sus detalles? Ninguno. Y es que Abraham entre bandidos, la más reciente obra de Tomás González, no es una novela para saciar el morbo de tragedia. Para eso ya tenemos muchos títulos. Tampoco está escrita para hablar de la repetida situación de violencia, sus nexos con el narcotráfico y sus trajinadas consecuencias. Para eso tenemos también varios títulos, algunos de ellos adaptados a televisión.

Abraham entre bandidos no es un libro de secuestrados. Es una novela que tiene como hilo conductor el secuestro, pero que lo que decide contarnos es una historia tan absurda y, en cierto sentido, alentadora, que bien hubiera podido ocurrir en Liechtenstein o en Guatemala. Como lo hace en varios de sus textos, González retorna a una de sus obsesiones, a la lucha permanente entre la vida y la muerte que acaba, con frecuencia, demostrando la prevalencia de la primera sobre la segunda: “Me parece que lo que se mueve en mis libros es siempre la lucha entre la vida y la muerte. En todos se narra ese conflicto de fondo, siempre permanente, de la existencia (...) es ese el tema que une todas mis narraciones, desde El viaje infinito de Carola Dixon, que transcurre frente a las costas de Nueva Jersey; hasta La historia de Horacio, que se desarrolla en Envigado durante la década de los 60. Creo que para mí ese es el gran tema: el conflicto entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, entre la forma y el caos”.

Y ese conflicto se manifiesta, en Abraham entre bandidos, por medio de un secuestro que tiene lugar en 1945, en pleno auge de la violencia partidista. La perspectiva, de más de cincuenta años, es para el autor indispensable pues le permite una distancia que, de no contar con ella, lo obligaría a estar “demasiado metido en el conflicto, en el horror, lo que podría producir una falla narrativa que hiciera que la violencia se apoderara de todo, que no dejara ver la luz y que impusiera el desaliento”.

Aquello sería, para González, un desatino. Su literatura intenta presentar una salida y rescatar la posibilidad humana de recuperar la alegría y la esperanza. Pero no por ello sus textos omiten la violencia más terrible, a la que se han visto sometidas varias generaciones de colombianos y que tiene las manifestaciones más inverosímiles: unos cuerpos hinchados, flotando en un charco, con las manos carcomidas por los bichos; o unos cadáveres decapitados y castrados, con el vientre abierto, y cabeza y genitales introducidos allí.

Abraham entre bandidos es una reflexión sobre la violencia absurda y exacerbada, circular; la que carece de altruismos y, muchas veces, ocurre solo por el afán de sus protagonistas de ser nombrados: “Cada vez era más frecuente que grupos de bandoleros, buscando fama rápida, asaltaran a los trabajadores de obras públicas. Degollaban, decapitaban, mutilaban y dejaban al final una escena de horror tal que el renombre de los bandidos se extendía por valles y cañadas, como niebla oscura”.

Es la violencia que somete al secuestro y a la masacre y que, al mismo tiempo, propicia la creación de una comunidad humana en la que, con frecuencia, los límites entre víctima y victimario se borran, porque en la guerra, se es muchas personas al mismo tiempo. Eso le ocurre a los personajes de la novela: Vladimir es un temible bandido y es también Bejarano, un agente encubierto del ejército; Pavor es el jefe de la insurgencia y, simultáneamente, Enrique, el amigo de infancia de Abraham, el secuestrado. Piojo, otro sanguinario miembro de la manada de bandoleros, es a veces Jesús María, un niño servil que piensa en su mamá; Saúl, compañero de secuestro de Abraham, se convierte, por las noches, en Trompevaca, el contendor de Pavor en el póquer.

Y más allá del monte, la violencia extiende también sus tentáculos. La guerra, “tan desordenada y caprichosa”, se va metiendo lentamente en la cotidianidad de tal forma que los niños olvidan un acuchillamiento con un chocolate y se cree que Pinocho es el alias de un bandolero. Sin embargo, y a pesar de que lo narrado ocurre en Colombia, en un momento histórico definido con implicaciones bien claras, el autor busca ir más allá de la denuncia patriotera y exceder los límites del ‘país desangrado’.

Vicente, el hijo de Abraham con síndrome de Down y tal vez el personaje más entrañable y definido de la novela, tiene, a juicio de su madre, el derecho de “recibir la realidad sin deformaciones ni mentiras (...) para que no fuera a creer que el gusto por la maldad era una cosa de su país o sus compatriotas, se ocupaba de que conociera los pozos de infamia en que habían sabido meterse otros pueblos y, muy en especial, aquellos que sintiéndose más ricos y poderosos, se pensaban también más avanzados, más civilizados”.

González es de la misma opinión, está convencido de que “la violencia es parte de la condición humana y no una enfermedad de los colombianos, como a veces quieren hacerla aparecer en los países desarrollados (...) muchas veces, desde esos países, es desde donde el mal se ha originado y extendido, y ha sido allí que la violencia ha alcanzado proporciones industriales; el grado más alto del horror humano. Los colombianos no son ni más ni menos violentos que nadie. No se trata de contraacusar, sino de entender el momento por el que estamos pasando ahora, como especie, en nuestro desarrollo moral e intelectual”.

Es por esto que lo que hace una novela como Abraham entre bandidos es usar la violencia histórica del país para hablar de otras violencias, más sutiles y subrepticias, omnipresentes y, también, a su modo, atroces. Se trata de la violencia potencial del lenguaje; de la de las tensiones filiales y amorosas que llevan de la bofetada por honor al suicidio por venganza; y, del mismo modo, de las agresiones con origen menos definido pero, no por ello, menos crueles, como las que ocasionan la enfermedad, el miedo y la vejez.

Entre esas dos violencias oscila la novela de González. Incluso, presenta un momento crítico en el que las dos se mezclan y producen una tercera, con las peores características de cada una. Es lo que, de alguna forma, ha pasado durante gran parte de la historia del país: el horror se exacerba tanto que se hace cotidiano e imperceptible. Se olvida tan fácil un golpe como una masacre, cuando se está en el oficio de golpear y masacrar.

Sin embargo, en el universo de González, hay al final, siempre, una esperanza. La vida triunfa, así sea por capricho. Un poco como lo sugiere esa imagen de otra de su novelas, Primero estaba en el mar, en donde un cementerio es vencido por la acción vital del mar y tiene que dar paso para que sus tumbas convivan con plantas, cangrejos y lagartijas.

 

En el mercado

Abraham entre bandidos

Tomás González

Alfaguara

2010

$41.000