La escritora estadounidense Eudora Welty, fotografiada en 1992.

Las grandes damas del Sur

La gran literatura norteamericana del siglo XX no sería la misma sin la perversa imaginación de cuatro portentosas escritoras sureñas: Katherine Anne Porter, Carson McCullers, Flannery O'Connor y Eudora Welty.

2010/10/13

Por Oscar Guisoni

"La ley de esta familia es la ocultación”, sostiene uno de los personajes de la nouvelle Familia de Eudora Welty. Y también lo es el infierno, la naturaleza maléfica, las personas monstruosas y deformes, las citas bíblicas de personajes obsesionados con la religión, los escuálidos y famélicos seres humanos que dejó en las calles la crisis del 30, las prostitutas embarazadas, los negros que acaban casi siempre en la cárcel o en el crimen, las familias trágicas por siempre jamás, todos ellos surgidos de la imaginación dulce y perversa a la vez de un puñado de mujeres escritoras que alumbró el siglo XX norteamericano y que quedarán en la historia grande de la literatura como parte central de eso que se dio en llamar el “gótico sureño”, un estilo con gran influencia en la literatura latinoamericana contemporánea.

 

No hay ninguna foto que las reúna a todas. En algunos casos porque entre ellas no se llevaban bien —Flannery O’Connor detestaba a Carson McCullers—, en otros porque llevaban una vida fuera de las grandes luces —Eudora Welty—, o porque tenían una existencia enloquecida e inquieta —Katherine Anne Porter— en la que apenas había tiempo para detenerse a ser fotografiadas y, por encima de todo, porque ninguna de ellas se consideraba parte de una misma historia como las entiende hoy la crítica contemporánea. Lo cierto es que para unir a las cuatro grandes damas del Sur bajo un mismo techo hay que comenzar haciendo un esfuerzo de imaginación y cronología.

 

Katherine Anne Porter

 

El coraje es un requisito esencial

 

Si de todas ellas el río Mississippi fue el gran padre, por su impulso y su espíritu guerrero que la llevaba del profundo Sur a Europa y de París al México revolucionario como si estuviera paseando por el mundo, Katherine Anne Porter es quizá la madre inicial. En torno a su vida existen tantas leyendas como verdades respira su obra. Algunas las alimentó ella misma, como la que dice que comenzó a escribir cuando tenía apenas seis años y ya no se detuvo nunca más, y otras sus amigos, como la que cuenta que fue un conocido editor el que la animó a publicar su primer historia, María Concepción, en 1920, porque no quería seguir oyéndola hablar tanto.

 

Como le contó una vez en una entrevista a la norteamericana Barbara Thompson publicada en The Paris Review, comenzó a escribir porque “en nuestra familia siempre hemos sido grandes escritores de cartas, lectores y narradores orales. Todos ellos eran grandes narradores de historias y cada historia tenía forma, sentido y objeto.” Rebelde por antonomasia, a los 16 años Katherine se escapó de su hogar, se casó aunque por poco tiempo, y comenzó su larga e interminable lista de trabajos extravagantes: fue periodista, actriz de segunda en el cine, y hasta anduvo rondando por Texas y Louisiana cantando baladas escocesas “con vestuario típico que yo misma confeccioné”. Al finalizar la Primera Guerra Mundial se contagió la terrible gripe española que estuvo a punto de costarle la vida y a partir de ese momento su vida cambió para siempre.

 

Conocer de cerca la muerte le quitó todo los miedos y en 1921 se fue a México con la intención de estudiar el arte azteca y maya, y terminó metida de lleno en la Revolución de Obregón, “fue una época terriblemente excitante, llena de vida y al mismo tiempo de muerte” dirá años más tarde. México le producirá una huella tan fuerte que gran parte de sus cuentos los ubicará más tarde al sur del río Bravo y muchos de sus personajes trágicos beberán de ese mundo de rancheras y balas que tanto le fascinó.

 

Su obra es escasa e intensa y está poblada de esclavos, revolucionarios de ambigua moral, monstruos deformes y viejos adorables. Sus mejores libros de cuentos son Judas en flor y otros relatos (1930), Pálido caballo, pálido jinete (1965) y La torre inclinada (1944), por los que recibió el premio Pulitzer en 1966. Su única novela, La nave de los locos (1962), fue llevada al cine por Stanley Kramer en 1965. Cuando le llegaron las canas decidió lucir su blanca cabellera como un signo de identidad y así se sostuvo hasta su muerte en 1980, casi centenaria, altiva y jovial como había vivido, con el coraje como “primer requisito esencial”, como le gustaba recordarle a los nuevos autores que buscaban su consejo.

 

Carson McCullers

 

La niña eterna de mirada trágica

 

Si Katherine es la gran madre, Carson es la adolescente perpetua. Su debut literario en 1940 con El corazón es un cazador solitario, cuando apenas tenía 23 años, es considerado todavía hoy uno de los más formidables comienzos de la historia de la literatura. Sus personajes bizarros, siniestros y tiernos a la vez, de los que el mudo John Singer en El corazón… no es más que la perfecta suma, son hijos predilectos del gótico que ella misma teorizó, ligando la literatura del Sur a los clásicos rusos, literaturas hermanadas porque “tanto en la Rusia de los zares como hasta el momento presente en el Sur, una característica dominante ha sido el escasísimo valor de la vida humana”.

 

Sus narraciones claman contra la soledad y el racismo, y están llenas de borrachos filósofos y negros que les ponen a sus hijos el nombre de Karl Marx. Mucho para una narradora que tocó la fama tan joven y a la que la celebridad le cobró un caro precio.

 

Al año después de la publicación de El corazón… Carson sufre un ataque cerebral que la dejó con medio cuerpo paralizado. Separada de su marido, Reeves McCullers —su verdadero nombre era Lula Carson Smith— Carson se sumerge en una tormentosa relación con la escritora suiza Annemarie Schwarzenbach y comienza a naufragar en el alcohol. Al año siguiente de su debut publica Reflejos en un ojo dorado, una novela breve que John Houston llevará al cine en 1967, con Marlon Brando y Elizabeth Taylor de protagonistas, y que narra la historia de un militar homosexual casado con una mujer obviamente insatisfecha y que es considerada una de las cumbres narrativas de Carson. A Houston se le debe un célebre recuerdo de McCullers, semiparalizada en su cama mientras habla con el director, siempre pegada a su vaso de whisky.

 

Sus problemas de salud y la muerte de su amante en un accidente de bicicleta, hacen que McCullers no vuelva a escribir hasta 1946, cuando presenta Frankie y la boda, que por iniciativa de su amigo Tennessee Williams se transforma en obra de teatro, con gran éxito en Broadway. El año antes se ha vuelto a casar con Reeves que, arrastrado por la depresión y el impacto que le produce ver la decadencia física de su mujer, intenta convencerla para que se suiciden juntos, algo que él hará por su cuenta unos años más tarde.

 

En 1951, luego de haber sufrido dos leves infartos, Carson da a luz esa obra maestra del relato que es La balada del café triste, una serie de cuentos magistrales en los que están presentes las constantes de su obra: el sexo atormentado, el pavor a la soledad, el odio que le produce el racismo sureño. Diez años más tarde, en 1961, publica Reloj sin manecillas, sin duda la más pobre de sus narraciones, a la que la crítica destroza sin piedad. Al año siguiente es operada de cáncer de mama. McCullers muere finalmente, con apenas cincuenta años y tras un infarto masivo, en 1967. Deja como herencia su autobiografía inacabada, Iluminación y fulgor nocturno, un texto de alto vuelo y profunda emotividad, a la altura de sus mejores páginas literarias.

 

Eudora Welty

 

La hija de la Gran Depresión

 

De todas es sin duda la menos conocida, sobre todo en lengua española donde su obra naufragó en el olvido hasta que la rescató recientemente Lumen, con la publicación de sus Cuentos completos (2009) e Impedimenta, que tradujo por primera vez al español La hija del optimista (2009), la novela que la hizo acreedora de un Pulitzer en 1973. Pero a Eudora Welty le sobran los méritos para estar entre las cuatro grandes de la literatura sureña del siglo XX. Hija de una familia de clase media —su madre era maestra, su padre vendedor de seguros—, Eudora vivió una experiencia extrema en los años 30, cuando comenzó a trabajar como fotógrafa para la Works Progress Administration, la agencia creada en el marco del New Deal para tratar de frenar los efectos desastrosos de la Gran Depresión sobre el empleo. Gracias a este trabajo recorrió el Sur registrando con su lente el paisaje desolado que había dejado la crisis, una marca indeleble que se haría presente en su obra, cuando una década después decidiera dejar la fotografía para dedicarse a la literatura, publicando en 1941 Una cortina de follaje, su primer libro de cuentos. Katherine Anne Porter quedó fascinada con su obra cuando la leyó y se transformó en su madrina artística.

 

Si McCullers deja un profundo rastro con su manera emotiva de narrar, Welty sorprende por lo refinado de su técnica. Sus cuentos, que merecieron el elogio del gran padre de todas ellas, William Faulkner, que le envió una vez una escueta carta en la que le decía simplemente “sigue haciéndolo así”, han suscitado la admiración de escritores como Sergio Pitol: “su lectura desde hace muchos años me produce una fascinación próxima al delirio” y ha calificado sus cuentos como “un desfile de presencias diminutas, paródicas, trágico-grotescas, que se mueven como marionetas trepidantes”.

 

Welty, cuyo cuento más célebre es sin duda “Por qué vivo en la oficina de correos” —relato en cuyo honor el creador del software de correo electrónico Eudora le puso ese nombre a su programa—, destacó también en el ámbito de la novela, entre las que sobresalen Delta Weddin (1946), The ponder heart (1954) y Losing battles (1970) además de La hija del optimista ya mencionada. Aunque serán sus cuentos los que quedarán en el recuerdo: La red grande (1943), Las manzanas doradas (1949) y La novia del Innisfallen (1955) están destinados a formar parte de cualquier antología de narradores norteamericanos del siglo XX.

 

Flannery O`Connor

 

La sabiduría de la sangre enferma

 

Es, sin dudas, la más perturbadora de todas las damas del Sur. Nacida en el seno de una acomodada familia de ascendencia irlandesa, Flannery O’Connor es la que lleva marcada en la sangre el dolor del sufrimiento personal y la tortura de un catolicismo agobiante que en sus páginas se vuelve tragedia griega. Sus primeros cuentos los publicó en 1947, con apenas 22 años, pero sería su novela Sangre sabia, que vio la luz en 1952, la que le valió el reconocimiento de la crítica.

 

Aquejada desde muy joven de lupus, una enfermedad degenerativa que también padecía su padre, y que le terminó causando la muerte muy joven, Flannery casi no conoció el mundo y el poco que pudo transitar lo hizo sobre muletas, padeciendo horrorosos dolores en las piernas provocados por la sangre enferma que corría entre sus venas. Pero el verdadero dolor lo llevaba en el alma y estaba muy emparentada a esa culpa congénita que suelen sentir los católicos irlandeses extremos en tierra ajena. En Sangre sabia son la religión, la redención y la culpa los verdaderos protagonistas de la desquiciada historia de un predicador que pierde la vista antes de ser asesinado en medio de un ambiente de locura religiosa que despertará las iras de la puritana sociedad norteamericana.

 

La enfermedad la obligó a retornar al hogar paterno, la cocina en la que se forjaron todos sus dolores espirituales y desde allí, mientras se dedicaba a criar pavos reales, escribió una serie de cuentos que dejaron anonadada a la crítica en 1955, publicados bajo el nombre de Es difícil encontrar a un hombre bueno. En estos textos es una vez más el primitivismo religioso el que manda sobre una serie de desafortunados personajes capaces de transitar el delgado camino que lleva de la locura a la muerte bajo la señal de la cruz sureña.

 

En 1960 publica la novela El cielo es de los violentos, protagonizada por un falso mesías irascible que recorre el mundo atormentado por un delirio místico que no puede controlar. Y en 1965, un año después de su muerte, llega a las librerías su último libro de cuentos, Todo lo que crece tiene que converger, una obra maestra de la narrativa norteamericana del siglo XX que representará su consagración definitiva. Sus textos abren la puerta a escritores posteriores, como Raymond Carver, Sam Shepard o Cormac McCarthy y han producido una gran influencia también en el cine, donde personajes siniestros comos el Robert de Niro de El cabo del miedo o el Robert Mitchum de La noche del cazador no hubieran sido posibles sin la luz —o valdría más bien decir la oscuridad y la maldad— que inspiran sus ficciones.

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