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Las voces que se perdían

Sin falsos elogios a esfuerzos literarios fallidos, sin la mirada paternalista del centro sobre las regiones, RENATA va por el país sacudiendo viejas ideas sobre el oficio del escritor. ¿Vale la pena semejante quijotada?

2010/03/15

Por Cristian Valencia

Ese texto no sirve para nada –le dije.

Sus ojos se aguaron, se clavaron en los míos, me insultaron sin palabras, y se sosegaron al fin.

—¿Por qué? –atinó a preguntar.

Le expliqué: cuenta cosas que han contado cien veces de la misma manera en el siglo XIX, Víctor Hugo, Dickens, Balzac.

De ahí en adelante se entabló un diálogo. Elver no había leído nada o casi nada. Y aunque desconocía que ya habían contado lo mismo de esa manera, era un escritor consumado en la región (en aquella región cuyo nombre no diré), con tres libros autopublicados. Elver asistió a ese taller porque sabía que venían escritores de Bogotá y quería ser reconocido. Que se supiera de una buena vez de quién se trataba ese monstruo. Inexistente, por cierto. Porque sus relatos siempre comenzaban con algo como: “Érase una pobre mujer que vivía con tristeza...”

Seis meses después estaba sentado en el aula en punto de las ocho.

—Tenía razón –dijo.

El director de aquel taller me dijo que en esos seis meses, Elver había leído más que en toda su vida y que estaba trabajando de otra manera. Que estaba más preocupado por el contenido de sus cuentos que por la portada de su próximo libro. Y era verdad. Pensaba en el narrador, en la fábula, en el lenguaje. Y no tenía afán por producir un sartal de cuentos inentendibles y fofos. Se había metido en problemas serios. Y había dejado de lado la vanidad de ser un escritor, así fuera uno malo. Ahora estaba midiendo su trabajo con los grandes. Comparándose con Hemingway, Capote y Carver; con Gabo y Cortázar. Sabiendo que una sola palabra podría definir a aquellos monstruos: trabajo. Mucho trabajo.

El taller de RENATA (Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa) estaba cumpliendo con su objetivo en ese lugar y en 23 departamentos más en todo el país. Si bien renata existe desde el 2002, un nuevo aire entró desde que la división de artes del Ministerio de Cultura decidió invitar a escritores reconocidos para que acompañaran esos procesos. Durante los dos últimos años la producción de textos de calidad se ha disparado en las regiones. Porque cada uno de los escritores invitados visita un taller dos veces al año, comparte su método y pone a funcionar un aparato crítico inclemente. Revisa los textos uno por uno y trabaja hombro a hombro con el autor.

El diálogo entre escritores profesionales con escritores en formación es algo que no había sucedido en este país de una manera sistemática. La red que RENATA ha instalado en todo el territorio nacional ha servido para impulsar la creación literaria, quizá porque hoy en día no se sienten tan apartados, tan lejos del centro. Saben que en Bogotá se leerán sus textos una vez pasen el filtro del director del taller en la región y sean avalados por el escritor acompañante. En la página web www.tallerliterario.org montan los textos, que serán revisados por otro escritor, quien está en permanente comunicación con todos.

El año pasado la división de artes invitó a una editora profesional para que escogiera los mejores trabajos. Ciento diecisiete cuentos de todo el país estaban ahí, sin autor a la vista, defendiendo su honor y buena calidad por sí mismos. Y pasaron veinte. Veinte cuentos impecables que fueron publicados por la editorial Icono y que se pueden conseguir en librerías bajo el título Cuadernos de RENATA. Y cuando se supieron los resultados en las distintas regiones hubo más caras amargas que aleluyas. Pero todas esas cepas de escritores en el país, hoy en día saben que deben mejorar porque la competencia es dura. Que tienen que fajarse porque en el resto del país hay un sartal de autores con muchas ganas de hacerlo bien.

De aquellos veinte trabajos, diez son de mujeres. La mirada femenina del país comienza a hacer su aparición. Era inevitable: porque nadie en sus cabales podría creer que en este país solo los hombres escriben. Era necesario, además, que Bogotá tendiera sus redes para husmear por los rincones de esta Colombia y poder escuchar esas voces que antes se perdían entre las selvas del Pacífico o las sabanas de los Llanos o el desierto de La Guajira. Porque no es mentira que tenemos un país multiétnico y pluricultural. Cada región tiene sus temas, sus ritmos y sus cadencias. El verdadero mapa literario del país ha comenzado a dibujarse. Recién empieza y ya se oye:

“Quiero quedarme en la noche anterior para caminar en silencio y, sin embargo, sentir la certeza de que lo no dicho queda claro”, dice Victoria Hurtado en su cuento Mordiendo una mariposa.

Para este año la red quiere abarcar los treinta y dos departamentos, quiere abrir un taller para la población carcelaria. Y también uno especial de literaturas indígenas, cosa que tiene su explicación. Cuando estuve en el Valle del Sibundoy, Hugo Jamioy me mostró lo que venían trabajando. Y supe en ese momento que no tenía nada para decirle al pueblo Kamentsá en materia literaria. La concepción que tenemos en Occidente de la literatura es diferente. Las leyes que rigen sus relatos son otras.

—Las editoriales grandes de Bogotá deberían estar muy atentas a lo que pasa en RENATA –me dijo un buen lector de Valledupar cuando vio la antología.

Asentí silencioso mientras pensaba que claro, que para las supereditoriales también podría ser un buen negocio. Porque para Colombia ya lo es.

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