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Lejos de todo

El escritor colombiano de 51 años ganó el pasado 14 de mayo el célebre premio literario del periódico inglés The Independent frente a pesos pesados como Ismail Kadaré y Abraham B. Yehoshúa. El mismo premio lo habían ganado Orhan Pamuk y José Saramago.

2010/03/15

Por Juan David Correa

Iba a dejar de escribir. Iba a dejar a medio camino una novela sobre el paso de Simón Bolívar por el sur de Colombia. La novela, o lo que lleva escrito de ella, está en un pequeño computador puesto sobre un escritorio en el estudio en el que Evelio Rosero pasa todas las mañanas. Ahí se sienta. Y desde hacía un tiempo pensaba que su historia se estaba empantanando. Hasta que le contaron la nominación al Premio a Mejor Ficción Extranjera del diario inglés The Independent, y desde entonces volvió a escribir. Así es la vida.

Rosero vive en un edificio de cinco plantas en un conjunto multifamiliar en el occidente de Bogotá, que colinda con el hermoso humedal de Santa María del Lago, allí donde aún pueden verse patos silvestres. Ahí ha vivido, tan distante de tantas cosas desde hace tantos años, y es ahí en donde ha escrito pasajes de novelas tan memorables como En el lejero, o Los ejércitos, con la cual hizo el doblete: en 2007 ganó el Premio Tusquets de Novela y el pasado jueves 14 de mayo el premio del periódico The Independent. Por el premio, que no fue a recibir, ganó 5.000 libras esterlinas. Una suma con la que seguirá viviendo de la literatura pues esa es su convicción desde que tenía nueve años.

Rosero nació en Bogotá, en 1958. Y a los ocho años, me dice, vivía en Pasto con su madre y su padre. En 1966 se había ido de Bogotá para la capital más al sur de Colombia. “Los pueblos en donde pasábamos las vacaciones, o más bien cerca de ellos, son los que se me grabaron en la memoria, y sus paisajes geográficos y humanos fueron definitivos, alimentaron todas mis novelas de índole rural y campesina. Consacá, a un lado de Bomboná, donde ocurrió una de las más cruentas batallas de la independencia, Piedrancha, Ricaurte, en la vía a Tumaco, igual que Barbacoas, Cumbal, son los epicentros reales donde se erigen los personajes imaginarios de En el lejero y Los ejércitos”. Su padre, un lector fervoroso, le enseñó clásicos como los de Dickens y Daniel Defoe. Fue con Defoe, devorado por la pasión por el náufrago más famoso del mundo, que comenzó a escribir. Inventó un Robinson Crusoe que se enamoraba de la niña que le gustaba. “Fue una novela de infancia, pero fue la primera”, dice.

Después de una adolescencia en colegios de curas, ya de vuelta en Bogotá, Rosero quiso dedicarse de lleno a la escritura. Cuando le pregunto por qué las experiencias en colegios religiosos parecieran las culpables de tantos buenos escritores, apenas esboza una sonrisa. Rosero escribió Mateo solo, su primera novela, a los 24 años, el relato de un niño encerrado en su casa; después Juliana los mira, la relación tórrida de dos niñas de 11 años, y El incendiado, la expiación de su experiencia en colegios como el Agustiniano Norte, como una trilogía en donde quería sacarse de encima la infelicidad de esa experiencia. Porque Rosero fue infeliz. Nunca le gustaron esas tardes eternas castigado. Ni que lo amenazaran día y noche con una culpa que muchos cargan a cuestas.

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Evelio Rosero no es un escritor nuevo. Ni alguien que ha vivido en el submundo de las letras. Desde hace muchos años se lo menciona con emoción en el mundo de la literatura infantil y juvenil gracias a Cuchilla, una novela para adolescentes con la cual ganó el Premio Norma-Fundalectura, acaso el más importante para libros infantiles y juveniles de América Latina. En ese entonces, Rosero era una especie de nombre clave para nombrar la calidad y la discreción. Era poco dado a la exhibición. Se tomaba su oficio en serio. Y silenciosamente iba construyendo una voz muy original, cuidada algo a veces raro en la prosa en español contemporánea. En el lejero sorprendió a sus lectores por su capacidad para crear, en el lenguaje, un territorio. Algo que le faltaba a la literatura colombiana desde García Márquez: la idea de contar el mundo como si nunca hubiera existido y todo fuera nuevo. Pero Rosero le torcía el cuello al cisne, y construía un relato despoblado, con adjetivos precisos y menos sonoros y menos grandilocuentes. Un lenguaje tan escueto que estremecía.

En En el lejero, Jeremías Andrade, un viejo de 70 años, llega a un hotel regentado por dos mujeres en un pueblo perdido en las montañas: la una es añosa y ladrona; la otra, enana y puta. ¿Cómo ha llegado hasta esa cueva?, se pregunta. Ha llegado buscando algo. No sabemos qué. Su deambular por el pueblo en donde está el hotel comienza a cargarse de imágenes: un niño que juega fútbol con un cráneo (¿de verdad, de juguete?) en una cancha de fútbol desolada; un carretero que recoge ratones; un pueblo como el de Nosferatu de Werner Herzog, invadido por los roedores; charcos marrones; un gordo que dice llamarse Bonifacio; una caterva de viudas rezanderas; unos niños que arrojan piedras. El hombre camina y a todo el mundo le pregunta: ¿Ha visto a mi nieta?, se llama Rosaura. Y muestra una foto, y dice una frase terrible: “En la foto tiene cuatro años menos que hoy”. Nadie le dice nada. Todos callan. O le advierten que debe salir de allí. Algunos lo amenazan.

Al final de la lectura de ese libro queda el sabor de que se trata de una nueva metáfora (más decantada que otras) de nuestra situación de violencia exacerbada. La desolación de ese ‘lejero’, la desaparición de un ser querido y algunas insinuaciones dejan saber que allí había ocurrido una catástrofe, acaso una de tantas que no hemos dejado de padecer.

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Cuando le pregunto por En el lejero, que gracias a los buenos oficios de Los ejércitos se ha vuelto a exhibir en las librerías bogotanas, dice que fue una novela que lo dejó insatisfecho. Insatisfecho porque quizá no había encontrado aún cómo hablar de la tragedia de nuestra violencia con menos imágenes, insistiendo menos en la idea, precisamente en que se le notara menos lo metafórico.

Pero hubo un antes de En el lejero. Un antes en donde Rosero había publicado su trilogía Primera vez pero que no hacía parte del establecimiento de varios de los nombres que prometieron en los noventa como escritores, pero que incumplieron esa promesa. En ese antes, Rosero se ganaba la vida dando conferencias, haciendo promoción de sus libros infantiles como El hombre que quería escribir una carta o el mencionado Cuchilla. Antes había publicado Cuento para matar un perro y otros cuentos o Señor que no conoce la luna. Un antes en el que publicó libros como Los almuerzos, Las esquinas más largas, Las muertes de fiesta y Plutón, su acercamiento al mundo del narcotráfico. Un antes en que a pesar de lo seria y dura que pueda parecer su literatura hoy “era un prodigio como escritor de literatura infantil pues sus libros tienen un humor y una ternura a toda prueba”, como dice María Candelaria Posada.

Luego hubo silencio. Por lo menos en Colombia. Después siguió escribiendo y dándole forma a En el lejero y un buen día del 2006, habiendo terminado su novela Los ejércitos, la envió al naciente Premio Tusquets de Novela, declarado desierto en su primera edición.

Nadie sabía que Rosero había quedado entre los finalistas. Por eso, cuando se anunció en los corredores de la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, que él era el nuevo ganador, muchos de los editores colombianos allí presentes, lo celebraron. Ese escritor, el mismo que no mojaba tanta prensa, pero que durante casi dos décadas había sabido mantenerse vigente gracias a su insistencia, había ganado el premio de una editorial muy prestigiosa que, al lado de Anagrama, puede ser el epítome de las casas independientes y serias que aún quedan en España.

El libro, como suele ocurrir muchas veces en el país, apenas mereció las reseñas esperadas. Luis Fernando Afanador escribió en Semana: “Los ejércitos, de Evelio Rosero, es una muy buena novela ante todo por sus virtudes literarias: por su lenguaje y por la construcción de un personaje memorable: Ismael Pasos. Desde las primeras líneas nos atrapa una prosa intensa y sostenida, que no decae a lo largo de sus 203 páginas”. Los medios publicaron una y otra vez fotos antiguas, desteñidas por el tiempo, porque Rosero no era muy amigo de las entrevistas, ni de los flashes, ni de las poses. Por eso, quizá, no hubo más ruido. Y el libro siguió su camino.

En los ejércitos todo ocurre en un pueblo llamado San José. Ese todo es el horror. Y toda la novela es una apuesta seria, bien escrita, honda, casi desmesurada en su languidez. Una novela que se nos presenta como una reflexión sobre el conflicto colombiano. Yo diría que es algo más pues esta realidad pavorosa de Colombia no es fácil de contar. Se cuentan los muertos en estadísticas, se muestra el país en imágenes de noticiero, se elaboran sesudos informes periodísticos, pero, desde la literatura, el asunto es más complejo. Y lo es por una razón: porque es muy fácil caer en el lugar común, o en la representación y no ahondar en el que es el gran acierto de Rosero: en los personajes, en el lenguaje y en el clima de los escenarios narrativos. Los ejércitos logró las tres cosas.

Ismael Pasos, un maestro pensionado, vive desde hace décadas en el olvidado San José, junto a su mujer, Otilia. En su vida, una especie de exilio voluntario que transcurre lento, pocas cosas lo han sacudido tanto como las mujeres y, en los últimos tiempos, la guerra. Toda la novela está armada sobre su voz: es él quien cuenta, quien ve, quien resiente los días calurosos, mientras espera, como esperan los demás personajes que se cruzan en su camino, a que llegue la devastación. Y mientras eso ocurre, la novela no es sino una respiración queda, una especie de suspiro permanente, una queja constante por una aparente tranquilidad que se rompe pronto. Así, el personaje de Ismael Pasos, y la escritura de Rosero, son un fluir de conciencia, en el buen sentido de la palabra: es el pensamiento a través de la acción el que da cuenta de que pronto, acaso demasiado pronto, vendrá uno de los ejércitos para arrasar con todo. Y es flujo de conciencia también porque en el camino Pasos da cuenta de un mundo estrecho, del mundo de su mujer, de su vecina, la perturbadora Geraldina, del médico, del cura, de las viudas, de la vida en sí misma.

Toda la novela se convierte en la historia de la búsqueda de un hombre por su lugar en el mundo —la búsqueda de su mujer, de su vecino, de un amigo—; en la historia de un hombre cercado por los ejércitos que nunca sabemos quiénes son, a qué bando corresponden, por qué han decidido atacar con sevicia una plaza desolada, un acantilado, un puñado de gente que no ha participado en nada: ejércitos que Rosero supo poner allí, como si fueran una sombra abstracta, que es lo que son, en últimas, todos los grupos armados a los que Ismael solo puede mirar a los ojos para decirles que su nombre “es Nadie”.

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Ese libro hoy cuenta con lectores en todo el mundo. No en vano, se levanta de la silla en la que ha estado sentado para mostrar, y no sin cierto pudor, ediciones en holandés, alemán, italiano, francés e inglés de su novela. Los ejércitos fue aclamada por la crítica fuera de Colombia. Eduardo Dorgby, en el diario El País de España, escribió: “Los ejércitos es la épica del sobreviviente, sin héroe y siempre provisional, la que intenta dar testimonio de la deriva demencial de un país caído bajo el fuego cruzado”. Y llegó a manos de la traductora Anne MacLean, quien lo leyó emocionada, lo comparó con Rulfo, lo que a Rosero no le gusta ni está de acuerdo y sus gestiones terminaron en la traducción, la nominación al premio y, finalmente, el premio mismo.

¿Qué dice Rosero de todo esto? “No he hecho otra cosa que seguir escribiendo en mi país, contra viento y marea. Los concursos han sido un medio necesario, sin que nunca en mi vida haya escrito una sola obra para participar en un concurso de literatura. Lo que sucede es que ningún editor en Colombia da un anticipo igual al que puede entregar un concurso literario. Pero, en general, todavía no sé cómo he hecho para sobrevivir —no vivir— de la literatura”. Y nada más.

Evelio Rosero es un hombre solitario; un tipo que ha apostado por estar al margen pues cuando le pregunté por la literatura colombiana contemporánea me dijo que “ceder al juego comercial de algunas editoriales es sacrificar el auténtico arte literario por vanidades, y eso puede dar al traste con un talento joven. Pero eso lo tiene que saber cada uno de nuestros autores, en lo más íntimo de su conciencia, por su propia cuenta y riesgo. Otra opinión no importaría”. Ahora, la semana pasada, Evelio Rosero se ha convertido en un autor más conocido que antes. Sin embargo, creo que seguirá siendo el mismo tipo de siempre: ese muchacho encandilado por la lectura que ha escrito novelas notables, que se niega a hablar más de la cuenta, y a quien los celadores del humedal ya no dejan trotar todas las mañanas porque de pronto asusta a los patos con sus pasos de escritor grande.

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