El poeta y cantante canadiense Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011.

Leonard Cohen gana el Príncipe de Asturias de las Letras

El poeta y cantante canadiense Leonard Cohen fue galardonado hoy con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011 por saber contar la vida "como una balada interminable" y haber creado "un imaginario sentimental" en el que se funden la poesía y la música.

2011/06/01

Por EFE

Leonard Cohen ganó el Príncipe de Asturias de las Letras 2011, así lo señaló el jurado del Premio en su acta, leída hoy en Oviedo (noroeste de España) por su presidente, el exdirector de la Real Academia de la Lengua Víctor García de la Concha, quien dijo a los periodistas que si bien Cohen es más conocido como cantautor, "antes fue poeta y novelista, más poeta que novelista".

Cohen, que cumplirá 77 años en septiembre, tiene una obra literaria que "ha influido en tres generaciones de todo el mundo", recordó el jurado.

García de la Concha subrayó que Cohen ha seguido "la vieja tradición que viene desde la Edad Media" de conectar "la poesía y el canto", y, en este sentido, la miembro del jurado Rosa Navarro le ha definido como "un nuevo juglar".

"No tiene el mismo calado desde el punto de vista de creación literaria" que los otros finalistas -Alice Munro e Ian McEwan-, pero "llega a mucha más gente que a un grupito de expertos", explicó la catedrática de literatura de la Universidad de Barcelona al valorar la "divulgación muy superior" que obtiene así el Premio.

Este trovador de voz cavernosa, nacido en Montreal en 1934, profesa una fuerte admiración por el poeta español Federico García Lorca, a quien dedicó la canción "Take this Waltz.

De gran profundidad poética, Leonard Cohen comenzó a escribir poemas a los 16 años y a los 22 publicó su primer título "Lets us compare mythologies", también inspirado en Lorca, y en 1961, publicó su segundo libro "Spice box of earth".

El escritor Fernando Sánchez Dragó, también en el jurado del premio, resaltó que Cohen ha bebido de "todas las peripecias culturales, literarias y espirituales de nuestro tiempo", como "los ‘beat‘, los hippies, la fuga del Mediterráneo, los amores, las drogas, el budismo zen, el vedanta o el chasidismo judío".

Y otro escritor del jurado, J.J. Armas Marcelo, quien recordó que hace años que el Premio no recaía en un poeta, ensalzó la "curiosidad intelectual" de Cohen para "estudiar a fondo el misticismo oriental", que le hace ser muy reconocido en Asia y no sólo en América y Europa.

Leonard Cohen ya fue candidato este año a otro Príncipe de Asturias, el de las Artes, prueba de su "dualidad" como escritor y cantante destacó la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, quien recordó que mucha gente ha "vivido, cantado, enamorado y pensado" con sus letras.

De hecho, otro miembro del jurado, el crítico literario Andrés Amorós, cree que Leonard Cohen "no es un cantante extraordinario" y sí "un poeta extraordinario, como (Jaques) Brel, (Bob) Dylan, Georges Brassens", mientras que, en ese mismo sentido, Armas Marcelo le comparó con Joaquín Sabina, Eric Clapton y Luis Eduardo Aute.

La decana de Humanidades de Harvard, Diana Sorensen, opinó que, una vez más, el Príncipe de Asturias se "adelanta" a lo que "los medios culturales son capaces de captar", que, según augura la profesora argentina, será un resurgir del mundo literario y musical de Cohen, especialmente en Norteamérica.

El Premio de las Letras, que este año recibió 32 candidaturas, fue entregado en 2010 al escritor libanés Amin Maalouf, y en ocasiones anteriores lo obtuvieron, entre otros, Ángel González, Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Paul Auster, Günter Grass, Susan Sontag, Ayala, Mutis, Magris, Ismail Kadaré, Nélida Piñón, Margaret Atwood y Arthur Miller.

Este es el quinto de los ocho premios Príncipe de Asturias de 2011 -dotados con 50.000 euros (72.000 dólares)-, que serán entregados en otoño en el Teatro Campoamor de Oviedo.

Aquí reproducimos su discurso: 

Majestad,

Altezas,

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades,

Miembros del Jurado,

Distinguidos premiados,

Señoras y señores,

Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero lo haré lo mejor que pueda como artista en solitario hoy.

Anoche me quedé en vela, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las chocolatinas, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras. No creo que tenga que hacer referencia a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación. Pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de mi gratitud; creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y voy a intentarlo.

Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles, tenía cierta sensación de inquietud porque siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.

Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: "Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia". Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.

Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia.Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.

Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.

Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.

Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.

Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.

Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: "Déjame oírte tocar algo". Yo intenté tocar algo, y él dijo: "No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?". Yo le dije: "No, la verdad es que no sé tocar". "En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada", dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: "No es una mala guitarra". No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: "Toca ahora". No pude tocar mejor, la verdad.

Me dijo: "Deja que te enseñe algunos acordes". Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: "Ahora hazlo tú". Yo respondí: "No hay duda alguna de que no sé hacerlo". Y él dijo: "Déjame que ponga tus dedos en los trastes", y lo hizo "y ahora toca", volvió a decir. Fue un desastre. "Volveré mañana", me dijo.

Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.

Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.

Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.

Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.

Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.

Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.

Muchas gracias, señoras y señores.

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