El escritor libio Hisham Matar.

Libia, sola en el mundo

Los ojos del mundo miran, por fin, incómodos, hacia Libia, tras soportar de manera cada vez más benevolente a Muamar Gadafi. Represión, autocracia, el salvajismo de la dictadura, son el telón de fondo de la novela Solo en el mundo, del libio Hisham Matar, cuyo padre fue desaparecido por Gadafi.

2011/03/30

Por Ricardo Vargas Posada

La masacre de Abu Salim

 

En 1995, hombres de la policía secreta libia arrestaron a los hermanos al Sanussi y Khaled Ferjany en la ciudad de Benghazi y los trasladaron a la prisión de Abu Salim, ubicada en las afueras de Trípoli. Abu Salim, una de las cárceles más temidas de Libia, es tristemente célebre porque allí suelen encerrar a los opositores del régimen. Las condiciones de vida son precarias: los internos viven hacinados en pequeños ca-?labozos, lejos de la luz del sol, a menudo víctimas de vejámenes y torturas. Al Sanussi y Khaled nunca recibieron cargos en su contra, tampoco fueron enjuiciados, ni tuvieron jamás derecho a un abogado. No son los únicos: muchos de los casi 1.700 presos del penal han sido puestos tras las rejas por razones tan simples como participar en una protesta o expresar públicamente su rechazo a alguna de las decisiones de “el Guía”. Otros, a pesar de haber cumplido sus condenas, aún continúan en prisión.

 

Cada tres meses, familiares de los hermanos Ferjany emprendían el largo viaje de doce horas en carro desde Benghazi a Trípoli, cargados con ropa, alimentos, cartas. Hacían fila por horas bajo el sol canicular, pero siempre se encontraban con la misma respuesta de los guardias a la entrada: “los prisioneros están incomunicados y no se les permite recibir visitas”. Los soldados prometían hacerles llegar las cosas y la familia regresaba a Benghazi.

 

A finales del 2009, catorce años después de su detención, llegó a casa de los Ferjany una carta del Gobierno libio, acompañada de un certificado de defunción. Éste solo decía que los hermanos habían muerto en 1996. No especificaba ni la causa de su defunción, ni el lugar donde habían sido enterrados; nada. Al Sanussi y Khaled llevaban más de trece años muertos y el Gobierno no se había molestado en informarle a su familia.

 

Pero, ¿cómo murieron los hermanos Ferjany?

 

El 22 de junio de 1996, los prisioneros de Abu Salim se amotinaron en busca de mejores condiciones de vida en el penal. Tomaron a dos guardias como rehenes y juraron no liberarlos hasta que sus demandas fueran cumplidas. Un alto funcionario del Gobierno, Abdallah Sanussi, quien está casado con una cuñada de Gadafi, prometió escuchar sus peticiones. Al día siguiente, los presos fueron llevados a los diferentes patios de la prisión y allí fueron asesinados.

 

En una entrevista concedida a Human Rights Watch, Hussein al Shafa’i, prisionero en Abu Salim en el momento de la masacre, y de la que escapó por trabajar en la cocina, calculó en alrededor de 1.200 el número de muertos. Él mismo vio cómo oficiales vestidos con uniformes kakis lanzaban granadas y disparaban desde el techo con rifles a los prisioneros indefensos. Después de dos horas de disparos, los oficiales ultimaron con pistolas a los que habían sobrevivido. Según el relato de Shafa’i, los cuerpos sin vida fueron enterrados en una fosa que meses atrás había sido cavada con el fin de expandir los muros de la prisión.

 

A pesar de que el mismo Gadafi aceptó en abril del 2004 que en Abu Salim habían tenido lugar asesinatos, y pese a que en el 2005 el director de la agencia de seguridad interna (principal órgano de la inteligencia libia) afirmara que había una investigación en curso, todavía no hay un recuento oficial de los eventos y no existen pruebas de que alguna investigación se haya llevado a cabo. De acuerdo con Human Rights Watch, a finales del 2008, la mayoría de las familias de las víctimas de la masacre de 1996 todavía no habían recibido ninguna noticia sobre el paradero de sus familiares. Hasta el día de hoy, nadie ha sido condenado por la masacre.

 

Solo en el mundo

 

La primera novela de Hisham Matar, In the Country of Men, fue publicada en el 2006. Fue finalista en el prestigioso premio inglés Man Booker y recibió elogiosos comentarios por parte de la crítica. La novela ha sido publicada en español por la editorial Salamandra, bajo el título Solo en el mundo. La historia se desarrolla en 1979, una época difícil para el pueblo libio, marcada por la breve y desastrosa guerra con Egipto y por el comienzo de una participación directa en la larga guerra civil en Chad. Dos años atrás, Gadafi había reestructurado por completo la organización del Estado para convertirlo en una yamajiría, término acuñado por él y que traduce algo así como “república de las masas”. En medio de un ambiente tenso y asfixiante, el narrador, un niño de nueve años llamado Solimán, cuenta, desde su perspectiva infantil, el difícil ambiente en el que vive; una sociedad en donde la vigilancia policial constante, las ejecuciones televisadas, el arresto y la tortura de familiares y amigos son acontecimientos comunes. Poco a poco, a través de una prosa tersa y poética, el lector se va sumergiendo en la ardua realidad que deben afrontar los libios cotidianamente desde hace ya más de cuatro décadas: una vida despojada de libertad, una vida marcada por el miedo a las represalias que un Estado omnipotente y perverso pueda tomar en cualquier momento en contra de sus ciudadanos.

 

A lo largo de la novela conocemos a personajes entrañables. Está, por ejemplo, Nayua, la madre de Solimán, una mujer que busca ahogar en el alcohol la soledad, la frustración y el tedio de una vida anodina. Forzada a casarse cuando apenas tenía catorce años, luego de que su hermano la viera flirteando con un muchacho en un café del centro de la ciudad, debe hacerse a la idea de una vida junto a un hombre al que no conoce, diez años mayor que ella, y del que ha oído que es feo y narizón. La relación entre Solimán y su madre es quizá el mayor éxito de la novela, pues logra capturar toda la intensa complejidad de un particular amor entre madre e hijo.

 

Está también el ustaz Rashid, un vecino y amigo de la familia, un hombre sabio y jovial, profesor de Historia del arte en la Universidad y padre de Karim, el mejor amigo de Solimán. En una de las descripciones más memorables de la novela, Solimán acompaña a Karim, a su padre y a un grupo de estudiantes a las ruinas de Leptis Magna, en las afueras de Trípoli. Más adelante en la novela, el ustaz Rashid, un verdadero maestro, defensor de la democracia y de las libertades individuales, correrá la suerte de todos los que en Libia se atreven a pensar en un futuro diferente.

 

El padre de Solimán, Faray, es un hombre de negocios que viaja constantemente y casi no tiene tiempo para su familia. Cuando está en casa, se dedica a leer o a escribir con sus amigos panfletos incendiarios en contra del régimen. Él también, en su momento, será desaparecido y torturado por los hombres del Gobierno, aunque gracias a sus contactos, su final no será tan aterrador como el del ustaz Rashid.

 

Finalmente, cuando la presión sobre la familia se hace insostenible, los padres de Solimán deciden enviarlo a Egipto a terminar sus estudios. Su padre morirá mientras él está en El Cairo, y a su madre sólo volverá a verla quince años después, cuando ya se ha convertido en un hombre, trabaja como farmaceuta y no siente ningún deseo de regresar a Libia.

 

Solo en el mundo explora, de manera convincente, el mundo de un niño y su particular interpretación de lo que sucede en un Estado totalitario. Muestra también la influencia que una realidad semejante ejerce en el desarrollo de su personalidad: el descubrimiento de la capacidad de infligir dolor, la constatación del secreto placer que habita en el ejercicio de la violencia, la certeza de que el mal también hace parte del individuo.

 

Se trata además de una novela profundamente personal y autobiográfica. Jaballa Matar activista y miembro del Frente Nacional para la liberación de Libia, el más importante grupo de resistencia contra el gobierno de Gadafi, es, además, padre de Hisham, el autor del libro. Por sus posiciones políticas, la familia Matar debió exiliarse en Egipto, aunque desde allí Jaballa continuó su lucha por derrocar al régimen. El 13 de marzo de 1990 hombres de la policía secreta egipcia aparecieron a casa de Matar en El Cairo y se lo llevaron con ellos. Desde entonces, nadie lo ha vuelto a ver. Tres años después de su secuestro, su familia recibió una carta suya. En ella aseguraba que había sido deportado a Libia poco después de su detención y que, desde entonces, se encontraba preso en la cárcel Abu Salim. A pesar de llevar más de veintiún años de encierro, nunca ha recibido cargos en su contra, ni se le ha juzgado por delito alguno. Su familia teme que Jaballa haya sido asesinado en la masacre que tuvo lugar en el presidio en junio de 1996, y en numerosas ocasiones han pedido una respuesta de las autoridades, pero el Gobierno libio niega tenerlo en su poder.

 

Las protestas

 

El quince de febrero del presente año, Fathi Terbil, abogado y activista, defensor de más de mil familiares de las víctimas de la masacre de Abu Salim, fue arrestado por la policía libia. Tebril ha pasado los últimos años ?trabajando para que las demandas de estas personas sean escuchadas, los culpables juzgados y la verdad revelada. La noticia de la detención de Tebril desató una ola de protestas masivas y fue el detonante de las revueltas que hoy conmocionan a Libia y la tienen al borde de una guerra civil.

 

Ante las implicaciones que los acontecimientos recientes tienen para el futuro de su patria y, particularmente, el de su padre, Hisham Matar no se ha quedado de brazos cruzados y ha decidido actuar. Debido a las inmensas restricciones que tienen los periodistas para acceder a información de primera mano sobre lo que está ocurriendo en el país, instaló un improvisado centro de noticias en su apartamento en Londres. Allí recibe constante información de sus contactos en Libia, verifica la veracidad de las noticias y las difunde a través de medios internacionales. “Mi tiempo no es mío”, confió hace poco en un correo electrónico a Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano y buen amigo suyo, “No he dormido en tres días”.

 

El pueblo libio ha sacrificado mucho en lo que va de las revueltas, pero aún hay mucho por hacer. Sería ingenuo pensar que un hombre tan obstinado como Gadafi, cederá tan rápido a las demandas de su pueblo como lo hicieron en su momento los tiranos en Túnez y Egipto.

 

El Guía

 

Hijo de humildes pastores, Muamar Gadafi, ingresó a la academia militar en 1961. Nueve años después, y con el título de capitán, lideró el golpe de Estado que derrocó al rey Idris. Desde entonces, hace ya más de cuarenta años, ha sa-bido manipular con astucia las alianzas tribales y ha consolidado un sofisticado aparato de inteligencia que hasta hace poco había hecho imposible cualquier tipo de oposición.

 

Si bien es cierto que los niveles de alfabetismo aumentaron hasta llegar a ser los más altos de la región y que los ingresos por el petróleo permitieron a su escasa población un nivel de vida superior al de sus vecinos norafricanos, las enormes riquezas del país siguen siendo repartidas de manera inequitativa entre las facciones leales al régimen. Libia tiene una alta tasa de desempleo, en especial entre los jóvenes, que son casi el treinta por ciento de la población. Las libertades individuales y el derecho a la libre expresión han sido duramente coartados por el régimen. El código penal libio prohíbe cualquier tipo de protestas, la formación de sindicatos, ONG´s o medios de comunicación independientes.

 

Ferviente admirador de Nasser, Gadafi abrazó por un tiempo el panarabismo y participó activamente en el grupo de los Países No Alineados. Durante los primeros años de su gobierno, muchos vieron en él al líder que llevaría a Libia por el camino del desarrollo y terminaría con la influencia de las potencias extranjeras en el país. Pero no debió pasar mucho tiempo antes de que su verdadera naturaleza emergiera. Poco después de asumir el poder, abolió las leyes existentes e impuso la sharia, o ley islámica, suspendió la Constitución, ordenó la expulsión de la población italiana residente en Libia y creó una guardia civil encargada de vigilar el comportamiento de los ciudadanos.

 

Su mandato comenzó a hacerse cada vez más disparatado y errático. Si en un principio, sus posturas abiertamente revolucionarias lo llevaron a patrocinar guerrillas y otros grupos opositores a los regímenes de Occidente, este apoyo se extendió luego a conocidos genocidas como Charles Taylor en Liberia, Idi Amin en Uganda y Mengistu en Etiopía. Subvencionó, a su vez, numerosos ataques terroristas como el asesinato de atletas israelíes en las olimpiadas de Munich o la bomba en el avión de la compañía francesa Uta, en el que murió la totalidad de sus 170 pasajeros.

 

“Por años, el mundo ha visto a Libia a través del prisma de un hombre ignorante y excéntrico”, confió a la agencia Reuters, Hoda Abuzid, cuyo padre fue asesinado en Londres por los servicios de inteligencia libios. “La gente olvida que Libia es también la tierra de gente inteligente y educada, el país de Omar Mukhtar”, haciendo alusión al líder revolucionario que por casi veinte años se opuso a la colonización italiana.

 

Hoy, los libios sienten que un país diferente es posible. Durante años, el miedo los ha obligado a aceptar en silencio los abusos y desmanes del régimen; pero el miedo es ahora cosa del pasado y nada los detendrá hasta derrocar al tirano.

 

En el mercado

Solo en el mundo

Hisham Matar

Salamandra, 2010

256 páginas

$65.000

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