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Líbranos del bien

2010/03/15

Por Alonso Sánchez Baute

“Se llamaba Salvatore Mancuso y estaba organizando en Cesar a un grupo de autodefensas similar al que comandaba en Córdoba, su departamento. Hablaron largo rato, pero el Papa le aseguró que él no era el hombre que estaba buscando. No me sentía capaz de irme al monte. Tenía mi mujer, tres hijos por quién responder, y una educación con férreos principios morales que lo impedían.

Siguiendo el hilo de su narración, en más de una ocasión, adicional a esa reunión en el Hotel Sicarare, Mancuso le insistió para que lo acompañara en su lucha contra la guerrilla. El Papa asegura que todas las veces contestó lo mismo: No soy su hombre, lo que no significa que no ayudara a la organización en otras causas.

Pero algo sucedió en el camino.

Un día regresé a mi casa antes del mediodía —sigue hablando Jorge Cuarenta a nombre del Papa Tovar— y me encontré con la noticia de que a mis tres hijos los habían devuelto del colegio por falta de pago oportuno. Llevaba más de cinco meses sin cancelar. La hija mayor me reclamaba: «Es por tu culpa, por no pagar la pensión». Entiéndeme: yo tuve una educación de primer nivel. No podía aspirar a algo inferior para mis hijos.

Cuarenta cuenta que Tovar Pupo vivió aquellos días con angustia y rabia. De hecho, fue la primera y única vez que el Papa Tovar mató a un hombre. No me crean ingenuo poniendo en su boca frases que desdibujan su carácter criminal. Sucede que estoy diferenciando entre la persona y el personaje, y es claro que en adelante quien asumió esta función fue Jorge Cuarenta.

El caso es que, si me atengo a su narración, la guerrilla lo hostigó —lo fustigó— para que entregara a tiempo los tres millones que cumplidamente pagaba como vacuna. Sólo que en esta ocasión la situación económica era desesperada. Desesperante. Tovar pidió un primer plazo prudencial para pagar, que no cumplió. Lo intentó una segunda vez. Tampoco cumplió. Para entonces el Papa colaboraba activamente con el ejército, de tal suerte que aprovechó sus relaciones con algunos oficiales para trasladarles su preocupación.

En ese momento recordé la historia que un par de días atrás me había contado uno de los más cercanos amigos de Cuarenta, algo que ocurrió en épocas en que todavía firmaba como Rodrigo Tovar:

Sucedió que entre el Papa y los militares elaboraron un ardid: Tovar citó a los guerrilleros a un lugar desolado a la salida de Valledupar, en inmediaciones del Camposanto Jardines del Ecce Homo. Tanto Tovar como los dos guerrilleros a quienes debía entregar el dinero cumplieron la cita a cabalidad, pero a ellos se sumaron algunos amigos militares que aprovecharon para rodear y capturar a los dos guerrilleros. Uno de ellos, digo, uno de los militares, entregó a Tovar un revólver para que disparara a la cabeza de uno de los guerrilleros arrodillado delante de él. Mátelo que yo le legalizo los muertos, dice su amigo que él dijo que le dijeron. El Papa estaba tembleque, acobardado —cuenta su amigo—. A pesar de tener la cabeza de este hombre a menos de treinta centímetros del arma, erró la bala, que fue a incrustarse en la rodilla derecha del forajido.

Al tiempo que este primer guerrillero gritaba, ebrio de dolor, luego de la detonación, el segundo aprovechó para emprender la huida, con tan mala fortuna que de inmediato recibió por la espalda un par de disparos desde el arma del oficial. Abatido el primer guerrillero, el oficial gritaba a Tovar que hiciera lo mismo, que disparara, que matara al segundo guerrillero que antes lo extorsionaba. Seguía temblando de miedo hasta que se llenó de fuerzas y apretó el gatillo —continúa su narración el amigo de Cuarenta; y más adelante, mirándome a los ojos sin pestañear, aseguró—: Cuarenta dice que ése es el muerto que más le pesa, el que deambula por sus sueños cada noche y lo despierta.

Los siguientes tres días estos militares ocultaron el rastro de Tovar Pupo. El rastro y el rostro: aparentemente lo alojaron en una habitación del batallón La Popa. Escribo «aparentemente» porque a mí no me consta, y así lo narra este amigo que tampoco fue testigo presencial de los acontecimientos. Fue la primera ocasión pero no la última, afirmó también. A partir de entonces, luego de cada escaramuza similar, el Papa Tovar se escondía en algún lugar de la base militar, la casa de sus musas. Corrijo: no se escondía. Sus musas, muy celestinamente, lo escondían en su casa, en la base militar. Dicho en términos más exactos: no es que algunos militares hayan abandonado a aquel sector de la población civil que tiempo atrás acudió en su auxilio. Digamos mejor que algunos militares se amangualaron con ese sector de la población civil que tiempo atrás acudió en su auxilio.

Regresemos al relato de Cuarenta cuando informaba la noticia de que a sus tres hijos los habían devuelto del colegio por no pagar la mensualidad. Mientras lo escuchaba, pensaba en silencio que por carecer de dinero para pagar una pensión escolar a nadie se le ocurre irse al monte a disparar, a acribillar a todo aquel con quien no se comulgue; pensaba que no tener dinero para asumir una deuda económica no justifica —¡ni de fundas!— que alguien tome un arma y comience a matar sin parar. Ya sé que algunos creerán que justifico su accionar al transcribir las palabras con que Cuarenta se justifica. Sin embargo, soy un convencido de que todas las balas son perdidas y de que nada justifica que un hombre empuñe un arma contra otro. Ni siquiera la religión, ni la política, ni la raza, ni la región donde se nace, ni la moral, ni tampoco el dolor, ni el miedo, ni mucho menos el odio. El odio, como el dolor, como el miedo, nos enceguece y nos vuelve cómplices. Que quede claro que si transcribo su justificación no es sólo por ser fiel al periodismo sino porque a la vez nos permite entender el personaje y el conflicto.

Esto reflexionaba cuando me pasó lo de El Chavo. Lo dije sin querer decirlo. Es decir, dije en voz alta la reflexión anterior. Me entendiste mal salió Cuarenta al paso—. No me fui por eso. En realidad, tenía demasiada rabia por dentro. Ésa fue la gota que rebosó la copa. El secuestro de familiares, la quema de ganado, la vacuna… Simplemente ya no daba más.

Llegó el día cuando los policías al mando del coronel Chitiva retuvieron al Papa con un cargamento de armas en la Curva del Salguero. Si Chitiva no me hubiera presentado como un jefe paramilitar, nunca se me habría ocurrido que podía llegar a serlo, comentó en tono irónico Jorge Cuarenta sentado en la cómoda silla Rimax de su «oficina», al tiempo que yo recordaba lo que él mismo antes escribió: Para cuando desperté del trance, me batía, poseído de un espíritu guerrero instintivo que no conocía en mí. Y descubrí junto a un puñado de paisanos que el valor es el hijo mayor del miedo y las humillaciones, y que cada hombre tiene la talla de los retos que la Providencia le imponga”.

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