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De García Márquez a Diderot

La colección de Libro al Viento tiene 114 títulos. Estos son algunos de los más destacados.

2015/12/11

Por Hugo Chaparro Valderrama

El megáfono poético de  Monsieur Apollinaire

Guillaume Apollinaire, nacido en Roma, de madre polaca y abuelo heroico por su desempeño como general en el Ejército Imperial Ruso, aprendió el francés, el italiano y el polaco que nutrieron su relación con el mundo y con sus lectores, hasta hacer de él un emblema de la literatura francesa a principios del siglo XX.

La línea recta como la distancia más corta entre dos puntos no fue un modelo para sus poemas dibujados. Si la hubiera conocido, habría dicho como Mae West, la actriz de lujuria en el Hollywood de los años treinta: “La curva es la línea más excitante entre dos puntos”.

Los poemas de Monsieur Apollinaire, felizmente presentados en su introducción por un traductor nada traidor del sentido original, Nicolás Rodríguez Galvis, que define sus “caligramas” como la combinación de caligrafía e ideograma, hacen de la curva una variación de las líneas rectas con las que se imprimen los libros, aventurando en uno de sus poemas la riqueza gráfica del lenguaje para trazar la silueta de la ilusión amorosa que fue para Apollinaire la señorita Louise de Coligny-Châtillon, a quien dedicó sus poemas agrupados bajo el título Ombre de mon amour.

En “La mandolina, el clavel y el bambú”, las líneas trazan el contorno de lo que se anuncia en el título. Me excuso con Apollinaire por achatar la gracia de su mandolina poética para transcribir de forma penosamente recta lo que puede leerse como una línea curva y excitante entre dos puntos cuando dice sin otra puntuación que el movimiento y el uso de ciertas mayúsculas: “Oh batallas la tierra tiembla como una mandolina COMO LA BALA A TRAVÉS DEL CUERPO EL SONIDO ATRAVIESA la verdad porque la RAZÓN es tu Arte, mujer”.

Pueden leerlo lenta y musicalmente hasta descubrir el sentido de los versos circulares y, cuando vean el poema dibujado, recordar la anécdota que cita el traductor al inicio de su introducción para explicar la alegría desconcertante que revelan sus poemas: “Raimund Hoghe, un hombre muy bajito, muy hermoso y con una joroba muy grande, escribió un día la historia de un joven que busca trabajo en un circo. Cuando el dueño del circo le pregunta qué hace, el joven le responde que es imitador de pájaros. El dueño del circo se burla del joven y le dice que imitar pájaros no es un gran talento. El joven se para entonces, da las gracias, abre la ventana de la oficina del dueño del circo y se va volando”.

Lo inesperado en Apollinaire fue la voz que identificó su estilo de autenticidad estruendosa hasta que murió en París en noviembre de 1918. Aunque la muerte no impide que sigamos escuchándolo. Su megáfono poético continúa como una sorpresa estimulante en las páginas donde aparecen sus caligramas como un reto para las invenciones de otros poetas al margen de la rutina; la audacia que aprovechó distintos tipos de letra en poemas por los que tenemos la certeza de que Guillaume Apollinaire solo se parece a Guillaume Apollinaire en su promesa cumplida de inmensa gracia y felicidad. 

Manual para leer en bicicleta

La miscelánea del índice sugiere una guía de notas para leer sobre el mundo en dos ruedas: Evolución de la bicicleta, el Tour de Francia, el top de los ciclistas ganadores, la Vuelta a Colombia, grandes ganadores de la Vuelta a Colombia, tipos de bicicleta, ciclismo en pista, Bogotá y las bicis. Continúa un breviario, sumado al breviario de la miscelánea, con citas para animar el rato a través de autores que han escrito sobre la bicicleta —Conan Doyle, Mark Twain, Truman Capote, Federico García Lorca, Julian Barnes—, a los que el lector interesado puede agregar los que quiera ofrecerle la enciclopedia del mundo según internet. El manual termina con una descripción de señales, mapas y accesorios para el ciclista, acompañada por un texto de Carlos Andrés Baquero Salamanca, gerente especial de Ciclovía, acerca de un día en el vaivén de las calles de Bogotá recorridas por los atletas del fin de semana —“Finalmente, a las 2:00 p.m., una vez retirado el material, los vehículos enfurecidos ingresan al espacio que se les “robó”; parece que sienten que han recuperado su dominio sobre lo que les pertenece y se les arrebató injustamente. Un camión recoge el material usado durante la jornada y en ese momento puedo dirigirme a casa”.

Bicicletario es la versión abreviada y útil de una guía turística para llevar de paseo. Para suponer que la experiencia de montar en bicicleta no es del todo peligrosa en una ciudad donde los autobuses parecen ballenas de metal y humo bailando peligrosamente en las calles, los choferes ven los semáforos como si sufrieran de daltonismo, y el “sálvese quien pueda” parece una ley en el campo de batalla del tránsito que se vive como una proeza extrema de atletismo automovilístico.

Bicicletario, escrito por Juan Carlos Rodríguez, es útil para conocer la historia y los usos diversos de la bicicleta; para enterarse del héroe deportivo que atravesó la mayor distancia pedaleando; en qué textos aparece la máquina de dos ruedas como personaje protagónico o sus formas diversas: fragmentos que sirven para que el lector parta de este manual hacia libros que completen lo que sugiere la brevedad de sus páginas, avanzando de un lado a otro con la ligereza de la brasileña monareta.

Al paso de una chica en bicicleta, trazando en el aire un resplandor de colores, recuerdo el comentario de una pareja venerable que la observó con asombro y exclamó: “¡Cómo ha cambiado Bogotá!”.

El Bicicletario lo demuestra enseñando cómo se desliza un paisaje sobre dos ruedas dándole un aire fresco a la ciudad. Con la misma precisión y destreza que se pueden descubrir en el nombre y la memoria de un locutor deportivo recordado en el manual, haciendo de su pasión un emblema en su apellido: Carlos Arturo Rueda C.

El miedo como entretención

En los siglos XVIII y XIX, aventuras como Frankenstein, Vathek, El monje, Los misterios de Udolfo, Melmoth el errabundo y El castillo de Otranto hicieron del miedo una forma de la diversión. El castillo como escenario tuvo en Horace Walpole un arquitecto literario que se encargó de inventar el lugar común, parodiado a través de los siglos por otro tipo de criaturas, tan efectivas como Manfredo, el señor tiránico del castillo donde reinan las tinieblas.

Al misterio de la historia y el culto por las ruinas, que tendrían una vitalidad paradójicamente renovada en 1764, cuando se publicó El castillo de Otranto, Walpole agregó misterio al misterio. En su primera edición, los editores anunciaron que se trataba de un cuento traducido por el caballero William Marshall, tomado del original italiano de Onuphrio Muralto, canónigo de la iglesia de San Nicolás de Otranto.

Se establecía una costumbre: si el miedo provenía de algún paisaje italiano, donde podían rondar los villanos, comparables a los bandidos españoles, ocultos en las montañas o cómplices de los gitanos, y el texto que narraba la desgracia de los personajes era un hallazgo fortuito, escrito por la mano turbia de algún monje, la fascinación estaba asegurada según los prejuicios de la época.

Y si al aire italiano o español, al manuscrito secreto y al monje pálidamente lechoso y desquiciado se sumaban los pasadizos secretos, el miasma corrupto que sugería la muerte, las sombras de una construcción gótica y las pasiones secretas que pudieran perturbar el aire angelical de los amores al margen de estas novelas, el entusiasmo bordeaba las pasiones no menos oscuras del fetichismo.

En el segundo de los dos prefacios que suelen acompañar las ediciones de Otranto, Walpole declara que escribió un nuevo tipo de novelas, por lo que tuvo todo el derecho y la libertad de “inventar las reglas que considerara más apropiadas”.

Recurre a Shakespeare para proteger su audacia, pero admite la distancia con el buen William: “Me sentiría más orgulloso de haber imitado, aunque sea débil y vagamente, y a tan gran distancia, un modelo magistral, que de gozar del mérito de la total invención, a menos que hubiese podido señalar mi obra con la marca del genio y la originalidad. Tal como es, el público la ha aceptado ya, sea cual fuere el rango en que su aprobación la coloque”.

Aún así, podemos sospechar en sus líneas la certeza que tenía Walpole de ser, como Shakespeare, un genio legítimo de su invención; un autor que supo crear el modelo magistral de lo que sería una escuela para regresar desde novelas como Drácula a la marca del genio y su originalidad. Una aventura creativa que seguimos celebrando por el resplandor del genio que habitó un mundo de sombras donde el lector se sumerge con el único riesgo de sentir la plenitud de una forma y una trama que siguen conmoviendo la conciencia, pero sobre todo la inconsciencia donde surgen las pesadillas. 

El humor hecho escritura

Clímaco Soto Borda definió el ritmo de Bogotá y su rezago ante el tiempo cuando en las primeras líneas de su novela emblemática, Diana cazadora (1917), describe el vértigo atrasado en el que vivía la ciudad, sintiéndose lejos del mundo al otro lado de sus fronteras: “Serían las seis y media cuando empezaron a sonar las seis en los campanarios”.

La ironía que resume la lentitud parroquial del paisaje donde se encontraban los 120.000 mortales que soportaban su frío petrificado a principios del siglo XX fue la excepción a la norma de la tristeza cuando los miembros de la Gruta Simbólica se agruparon por accidente sin que les importara otro credo que el sentido del humor hecho escritura —incluso a pesar de un melancólico profesional como Julio Flórez—, conjurando el legado tenebroso de la muerte que cercó al país durante la Guerra de los Mil Días.

Con cerca de 70 miembros, la Gruta fue una fiesta que recibió a sus invitados, a finales de 1900, en la casa de quien sería su maestro de ceremonias, Rafael Espinosa Guzmán (Reg), prolongándose el jolgorio hasta noviembre de 1903.

La retórica, el repentismo, la poesía perfectamente rimada, los conciertos, la caricatura política, el teatro, los concursos, las cantinas —Las fosas, frente al Cementerio Central; La rosa blanca; La rueda de Ferris en el barrio Las Cruces; La gata golosa; La botella de oro junto a la Catedral donde era un pecado estar sobrio—, animaron las tertulias y la escritura de un grupo en el que su secretario perpetuo, Miguel Peñarredonda, aparte de programar las reuniones y ser el cronista del disparate, salvó del olvido un material tan frágil como las cáscaras de huevo donde los comensales del grupo, apremiados por la inspiración, escribieron sus versos cuando no tenían papel. No en vano, y para honrar el talante del talento de sus cómplices, los textos fueron guardados en una caja bautizada “El archivo huevón”.

La antología felizmente ilustrada de esta edición sirve de pasabocas para el lector que se anime a probar la cena desconcertante que espera con la paciencia de un reloj detenido, retrasando con su resplandor en la memoria el verso de Julio Flórez que asegura: “Todo nos llega tarde, ¡hasta la muerte!”.

Visiones de la ceguera

Denis Diderot se ilusionó con un derecho legítimo pero imposible para el ser humano. “El objeto de mis deseos no es vivir mejor, sino no morir”, escribió. Su investigación del mundo, registrada en una colección de libros en los que quiso abarcar el universo hasta niveles microscópicos, no resolvió el sueño de su eternidad, pero le brindó algo semejante cuando su presencia continúa en la memoria de una legión de lectores.

La Enciclopedia, en la que trabajaron como editores Diderot y el filósofo y matemático Jean-Baptiste le Rond d’Alembert, fue un orgullo en el siglo XVIII y un éxito que logró vender 25.000 ejemplares, honrando al Siglo de las Luces y su culto por la inteligencia en el reinado de Luis XV. También, un tratado del conocimiento de su época, que consideró tanto las estrellas como la dimensión del hombre en la brevedad y perfección de su anatomía.

“Mi padre creía que era de sabios abrir a los que ya no existían”, escribió Marie-Angélique, la única hija que tuvo el filósofo, cuando murió Diderot en 1784. “Creía que tal operación era útil para los vivos; me lo había pedido más de una vez; y así se hizo. La cabeza estaba en tan perfecto estado, tan bien conservada como la de un hombre de veinte años. Uno de sus pulmones estaba lleno de agua; su corazón, dos terceras partes más voluminoso que el de otras personas. Tenía enteramente seca la vesícula de la hiel; ya no había materia biliar; pero contenía veintiún piedras, de las cuales la menor era tan gruesa como una avellana”.

La disección física y moral del hombre le interesó a Diderot como otra explicación del mundo. “La mente más naturalmente enciclopédica de su tiempo”, como suele recordarse su pasión por el conocimiento, lo llevó a estudiar, según el listado que el profesor Pierre Chartier anticipó como prólogo a un tomo de sus novelas, filosofía, teatro, música, pintura, escultura, ciencias exactas, físicas y naturales, medicina, fisiología, artes y técnicas, educación, economía, estética, teología, psicología, derecho y política.

No es sorprendente en el panorama de su erudición que también se interesara por un misterio con el que pudiera descifrar su experiencia del conocimiento: la ceguera.

Su Carta sobre los ciegos es un texto clásico. Revela el umbral que distingue los días para los que celebran cotidianamente el don de la visión en contraste con los que se acercan al mundo conociéndolo de otra forma a través de la ceguera.

¿Cómo aprende el hombre que es ciego de nacimiento lo que compara en su memoria el desafortunado al que asalta la ceguera en la plenitud de sus años? ¿De qué manera reconoce cada uno de ellos lo que es una esfera o un cubo?

La metáfora del loro es intrigante: “La primera vez que se vio en un espejo acercó su pico y, como no se encontró consigo mismo, que él pensaba que era otro loro, dio la vuelta para mirar detrás del espejo. No quiero atribuirle al ejemplo del loro más interés del que tiene; pero como es una experiencia animal, el prejuicio no puede ser tomado en cuenta”.

La Carta sobre los ciegos, que quizá fue dirigida a la escritora y amante de Diderot, Madeleine de Puisieux, tal vez a Madame de Prémontval, de quien se dice que Diderot le dedicó sus Mémoires sur différents sujets de mathématiques; su inmersión en la ceguera y sus visiones, traducida al español con el ritmo y la elocuencia de Nicolás Rodríguez Galvis, hace de su digresión una forma de acercarse en la brevedad del texto a un enigma resuelto con respuestas no menos enigmáticas en sus páginas.

La paz en breve

Mis páginas preferidas del Breviaro de la paz son las que están en blanco. Las que anuncian bajo el título “Aportes de los lectores” que cualquier Libro al Viento “es de circulación libre”. Se invita entonces al lector “a que comparta con los futuros lectores su opinión, su reflexión o una cita acerca de la paz”. Los editores agradecen también a quienes escriban en los renglones, que esperan para ser llenados con sus reflexiones, la riqueza que tendrán así las páginas finales del breviario.

Después de leer las citas citables que a la manera de las Selecciones de Reader’s Digest son un compendio alrededor de la ilusión de la paz, el lector anónimo puede escribir las suyas para ser parte del libro.

Un rincón generoso para concluir con las frases breves en las que cada autor ofrece su visión personal del sueño que significa la paz.

Las secciones son elocuentes: Pacifismo; Reconciliación; Los horrores de la guerra; Derehos humanos; Libertad; Memoria; Igualdad y justicia social.

La desmesura temática logra condensarse con astucia en una antología para leer en el bus, la prisión, la escuela, el restaurante, el cuartel, la biblioteca o en el campo de batalla donde alguna frase tal vez consiga —¡soñemos!— el milagro del cese al fuego.

Si fuera así, el breviario habría cumplido su destino. Mientras tanto, la esperanza continúa en las palabras —y no es poca cosa que puedan ser inspiradoras para solucionar, al menos en el terreno individual, la cuota diaria del caos.

Gabriel García Márquez o la salvación de la poesía

La geografía imaginaria de Macondo, en un país donde la geografía real está cercada por el caos de la violencia, logra un efecto que sigue honrando los términos de la invención literaria, salvándonos de la realidad cuando nos permite comprender a través de la ficción otras formas de sobrevivir.

El lugar común del realismo mágico —un rótulo establecido en los años veinte por el fotógrafo, historiador y crítico de arte alemán Franz Roh para referirse a las pinturas europeas en las que se descubría la realidad de la magia en el umbral del arte expresionista— tiene en relatos como La siesta del martes, Los funerales de la Mamá Grande o en el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, tres giros de una misma órbita literaria en los que se descubren los prodigios de la fabulación como hechos naturales en la matemática fantástica de las historias.

El lector es seducido para aceptar el delirio como otra manifestación, “común y corriente”, en el ámbito nada común y menos corriente que anuncia la desmesura en el primer párrafo de Los funerales…:

“Esta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes de septiembre pasado, y a cuyos funerales vino el sumo pontífice”.

La incredulidad como reto hace del lector un crédulo vencido por el carácter torrencial del anuncio de los funerales. Descubre en el relato la convivencia de los tiempos primordiales, deslizándose en el presente donde sigue evocándose el pasado como un ritual cronológico:

“Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de La Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia…”, continuando la enumeración de los visitantes que llegaron a despedir a la Mamá Grande; “antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”, ensambla el antes, el después y el porvenir de la escritura con el tono de un poeta épico, que acaso permanezca en el tiempo por encima de los historiadores.

La astucia literaria por el paisaje en movimiento de una obra que se explica a sí misma en el discurso que García Márquez leyó durante la ceremonia del premio Nobel en 1982, reafirmando la dignidad del territorio imaginario y real con el que nutrió la imaginación de sus lectores, proclamó la necesidad de la poesía en un mundo que la olvida cada vez más:

“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba de la existencia del hombre: la poesía”.

¡Salud! ¡Que así sea! 

El ser humano: un bife de chorizo

Un libro que gire alrededor de la violencia se convierte accidentalmente en Colombia en un texto pedagógico. El matadero, de Esteban Echeverría, tan clásico en la cultura argentina como el bife de chorizo, no es la excepción a la norma de la barbarie y su aprendizaje por contraste entre la geografía local y el salvajismo donde el hombre exprese su canibalismo en cualquier parte del mundo.

Publicado a finales del siglo XIX, la circunstancia política de su escritura rebasa las referencias de época: el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832); el enfrentamiento a muerte entre los federalistas representados por Rosas, agresivamente conservadores y coloniales, y los unitarios, que se oponían con un criterio más liberal al gobernador de Buenos Aires. Su relato ilustra la atmósfera despiadada que Echeverría convierte en una metáfora más allá de su tiempo cuando el escenario sangriento y brutal de un matadero de reses sirve para comprender la carnicería política que hace de la intolerancia ideológica un campo de batalla.

Echeverría es tan irónico como Jonathan Swift, que se burla de las peculiaridades culturales y morales de Irlanda e Inglaterra en textos como The Abolishing of Christianity in England o Una modesta proposición para evitar que los niños de la gente pobre de Irlanda se conviertan en una carga para sus padres o para el país, y para hacer que sean de provecho para el público. Aunque el sentido del humor sea diferente, Echeverría descubre el imperio ético que pretendía la Iglesia sobre sus fieles recurriendo a la estrategia del esperpento, un recurso desplegado con plenitud descriptiva por Ramón del Valle-Inclán en la España que cruzó del siglo XIX al XX.

“Los abastecedores [del matadero], por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, solo traen en días cuaresmales al matadero los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula, y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo”, escribe Echeverría.

El trabajo de los matarifes, la furia de un toro decapitando a un niño, el olor de la sangre y la forma como se desata la rapiña por la carne fresca que humea con el vapor de la muerte deciden el tono grotesco del relato. Todavía más espeso cuando los oficios de la carne traducen la metáfora en un acto de humillación en el fragmento en el que los federales —“siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte”— humillan a un joven unitario al que sorprenden solitario acercándose al matadero, donde se enfrenta con sus enemigos hasta que la muerte lo sorprende, como si fuera una res, cuando estalla la sangre de sus venas en un acto de insólita desmesura literaria para que el lector no tenga dudas a favor y en contra de quien se encontraba Echevarría. También para observar los estragos de la guerra, con los que se demuestra que la violencia y el exterminio no tienen exclusividad geográfica.

La Fontaine de la eterna juventud

La vida de La Fontaine enseña que la sabiduría se forja en la adversidad, observando las miserias de los otros o comprendiendo las miserias personales. Las intrigas y rencores cortesanos que vivió el fabulista a la sombra de Luis XIV fueron un pretexto para que los animales hablaran como representantes de la condición humana y sus aspectos risibles. La fauna le sirvió de estrategia para divertirse enmascarando de una manera burlesca a sus contemporáneos. En una de sus advertencias morales, luego de narrar la sinceridad del oso, la hipocresía del mono y la astucia del zorro ante los hedores que abruman la guarida inmunda de un león, La Fontaine sugiere al lector: “Aprovechad esta lección. En la Corte, no seáis ni aduladores insulsos ni habladores imprudentes; y si os veis en algún aprieto, haceos el sueco”.

El tono de la versión con sabor a paella se debe a las acrobacias de un traductor legendario, Tedoro Llorente Olivares, legendario en su Valencia natal, donde trabajó como una hormiga de La Fontaine, tanto en sus versiones en prosa del fabulista como en su ardua labor con autores tan diversos como Goethe, Heine y Byron, manifestando su francofilia profunda por el laberinto idiomático de Víctor Hugo y Voltaire, además de aventurarse en un libro no menos mítico en su trabajo, una antología de poetas franceses del siglo XIX.

Mientras la edición original de las versiones libres y en prosa que publicó en 1885 Llorente Olivares de La Fontaine estaba acompañada por ilustraciones de otro héroe francés, Gustave Doré, este volumen portátil de las fábulas está felizmente ilustrado por el humor no menos legendario en el país del Sagrado Corazón de Jesús de Olga Cuéllar, capaz de traducir a imágenes las ironías de un autor que pudo salvarse con la risa del espectáculo no menos risible de la tragicomedia humana.

Como Shakespeare, que transformó el inglés con modismos que continúan utilizándose en el idioma, la presencia de La Fontaine y su legado, que suma dos centenares de fabulas —243 es la cifra establecida con mayor precisión—, también continúa en el francés cuando algunas de sus invenciones como “montrer patte blanche” —dame una señal de confianza—, “aide-toi, le ciel t’aidera” —ayúdate que el cielo te ayudará—, “la raison du plus fort est toujours la meilleure” —la razón del más fuerte es siempre la mejor— o “avoir la gueule enfarinée” —hacerse el inocente— lo rescatan cotidianamente del olvido, cumpliendo con hacer parte de la vida del idioma, prolongada más allá de la vida del autor.

De turismo literario por el bogotrópico

Con el proyecto Bogotá contada se invita a la ciudad a un grupo de autores en trance de cronistas literarios a que vengan, observen y escriban un testimonio de su viaje. Las geografías se reúnen en el territorio común de un texto que permite conocer cómo ven el paisaje local los ojos hechos palabras de los que no han hecho de Bogotá un hábito y pueden sumergirse en su vértigo con la curiosidad del que soporta su ritmo a la manera de una aventura literaria.

Bogotá contada 2.0 es el segundo tomo del proyecto en el que los cronistas dispersos por la geografía se encuentran de nuevo. Algunos de ellos: Alberto Barrera Tyszka (Venezuela); Élmer Mendoza (México); Luis Fayad (Colombia); Pablo Casacuberta (Uruguay); Gabriela Wiener (Perú); Juan Bonilla (España); Rodrigo Hasbún (Bolivia). Sus textos: Septiembre; Isaacs en el Colón; Recuerdos de una guía turística de Bogotá; Detrás del limonero; 50 sombras de Greiff; Un cisne patinando sobre un lago; Las palabras.

Una recopilación que sirve de espejo para contrastar lo que vemos con las palabras de los que ven lo que vemos de una manera filtrada por la rutina del espacio y sus costumbres; por el viaje como descubrimiento y la lectura como redescubrimiento; por la escritura como invención que nos aproxima a la primera visión de otros ojos ante lo que vemos representado como si fuera una ilusión óptica por su novedad.

Lo explican las primeras líneas del texto de Hasbún, Las palabras: “Bucaramanga, Aguachica, Popayán, Timbiquí, Cundinamarca, Pedraza, Buenaventura, San Juan Nepomuceno. Al cronista involuntario la sonoridad de esos nombres le resulta maravillosa y los repite una y otra vez, en voz baja. ¿Dónde se originó cada uno de ellos? ¿De qué están hechos y, en general, de qué suelen estar hechos los nombres de los lugares? ¿De expresiones indígenas, de alguna característica geográfica especialmente visible, de los restos de una historia decisiva, del apellido de quien los encontró o creyó encontrarlos?”.

Las respuestas y sus variaciones las encontrará el lector en el libro. Una antología para escépticos, fatigados o abrumados por el sinónimo de la incertidumbre que puede ser Bogotá, rescatada por sus visitantes. 

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