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Libros que vuelan para todos

El programa fue una idea de la escritora Laura Restrepo y Ana Roda lo puso en marcha hace 11 años. Desde entonces la colección ha crecido y hoy tiene más de 100 títulos. El actual editor de Libro al Viento es testigo de cómo un programa como estos puede cambiar hábitos en la ciudad. Una lista con algunos libros de la colección.

2015/12/11

Por Antonio García*

Conversación en el andén

Antonio García, editor de Libro al Viento

Imagino la siguiente escena: un ejecutivo frente a nuestro World Trade Center, que está en la calle 100 con novena de Bogotá, necesita hacerse lustrar, pues el clima de la ciudad le ha opacado el cuero de sus zapatos. Se trata de alguien de cultura sofisticada, porque, contrario al cliché del ejecutivo superficial estilo Brett Easton Ellis, hay unos que tienen gustos intelectualmente refinados, oyen música del mundo o clásica en Spotify, ven cine independiente en Netflix, hablan otros idiomas, leen libros de Anagrama, Almadía, Acantilado… imaginemos que nuestro personaje está leyendo un libro de esta última editorial. El señor está demasiado embebido en sus asuntos para ocuparse del embolador; a duras penas le pregunta el precio y se sienta frente a un señor sin rostro que empieza a embetunarlo. Abre su libro sobre los viajeros portugueses a lo largo del mundo. En un momento sucede lo inesperado: el embolador le suelta un comentario acerca del Preste Juan, aquel rey fantástico de Oriente. El ejecutivo tiene que apartar sus ojos de la página para mirar a quien en ese momento deja de ser invisible. Después, el embolador le dice que los jesuitas habían sido muy aventureros, y el señor le responderá, entusiasmado, que las posibilidades de naufragio eran muchas. Ahí se acaban esa brecha, las preocupaciones de él, los problemas del embolador, quien saca del bolsillo de su overol un ejemplar de Cartas de tres océanos, Libro al Viento 86, recopilación de 15 cartas de viajeros portugueses en el siglo XVI. En ese momento, deja de importar que una edición cueste buena parte del sueldo que se gana uno de ellos, mientras que la otra es de circulación libre, gratuita. Ahora son dos hombres hablando de literatura y por un instante no hay ninguna barrera entre ellos…

Así pasa, así han debido de pasar otras escenas como esa. La creo posible porque una noche el portero de un bar llamado Sandunguera, en la 13 con 45, estaba leyendo la antología de Cronistas de Indias en la Nueva Granada, Libro al Viento 96. Una vez, un taxista me habló toda la carrera de Rasselas, príncipe de Abisinia, el número 74 de la colección. Lo mismo debe de estar pasando también con los 11 poetas brasileros, Libro al Viento 91 o con los Caligramas de Apollinaire, el 104, ambos en edición bilingüe, y así con Lovecraft, con Ribeyro, con Verne, con Diderot… El catálogo de Libro al Viento, desde sus comienzos, ha puesto a circular buena literatura para que llegue a las manos más inesperadas, en este país donde los índices de lectura son tan bajos. Cada Libro al Viento emprende caminos inesperados, circula en morrales, bolsas de mercado, carteras, chaquetas y overoles, lo leen todo tipo de personas en la ciudad. Ojalá llegara más lejos, ojalá tuviera más canales de distribución, más ejemplares.

Existe también otro rasgo poético del Libro al Viento, y tiene que ver con el hecho de que circule libremente. El objetivo es que cada ejemplar se intercambie, que vaya de mano en mano, que sea verdaderamente un libro al viento. En esa medida, el libro no debe encallar en los anaqueles de nadie, debe circular de nuevo, ser devuelto a las los sitios de distribución o al menos a la mano de otros lectores. En este país donde las bicicletas tienen cadenas de buque y la gente se guarda en los bolsillos delanteros la billetera y el celular antes de entrar a un bus, Libro al Viento entrega sus ejemplares confiando en que las personas los devuelvan, pero los lectores no tienen que dejar dinero, ni la foto, ni tener un carnet especial. El programa confía en la gente, en que los pongan a circular, los devuelvan. No falta quien los venda, claro, estamos en Colombia. Eso no debería ocurrir. Pero tampoco hay que llamarse a engaños: muchos libros reposan en bibliotecas. Muchos se quedan ahí, y en algunos casos han ido formando bibliotecas enteras. No es un mal destino para esos libros, porque quizá por ahí esté gateando un niño que, por primera vez en esa familia, crecerá con libros. Igual, ojalá circulen más, ojalá puedan en algún momento esos libros cautivos partir, pero si no, están haciendo un legado, un capital cultural en muchos rincones de la ciudad.

Me gusta hacer parte de la historia de Libro al Viento, que ha sido contada muchas veces y considero inoficioso recordarla in extenso. Baste decir que fue una idea de la escritora Laura Restrepo que Ana Roda puso en marcha hace ya once años, y que tuvo a Margarita Valencia y a Julio Paredes como editores antes de que yo llegara a mediados de 2012, cuando la colección ya contaba 84 títulos; 30 títulos después debo decir que para mí ha sido un inmenso privilegio y un honor hacer parte de un programa con tan buenos cimientos. 

Vea una lista con algunos títulos de Libro al Viento.

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