Rodrigo Hasbún nació en Cochabamba, Bolivia, en 1981.

“En tiempos tan wikipedizados, la ficción debe atentar contra la acumulación de hechos y fechas y datos”

Rodrigo Hasbún, elegido por la revista Granta como uno de los 22 mejores narradores emergentes de lengua castellana, habló con Arcadia sobre su más reciente novela, los nuevos prosistas latinoamericanos y el papel que juega el cine en su obra.

2016/03/22

Por Ángel Castaño Guzmán

En Los afectos, novela de pocas páginas, Rodrigo Hasbún, ficcionista boliviano con ascendencia palestina, disecciona los mecanismos de los amores y desencuentros de una familia alemana que busca en la altura de La Paz encarrilar de nuevo la vida de sus integrantes. Con prosa precisa, Hasbún relata las tensiones de un clan al tiempo que le da al lector una idea de una tormentosa época de la reciente historia boliviana: los meses posteriores al fracaso de la intentona guerrillera del Che Guevara.

Antes de entrar de lleno en Los afectos, su más reciente novela, hablemos un poco de las herramientas que considera necesarias para el éxito estético de una novela corta. ¿Hay algún requisito de la novela corta? ¿Qué exigencias formales impone este formato?

Te respondo apelando a una figura más o menos recurrente: si el cuento es una aventura de una noche y la novela un matrimonio duradero, la novela corta sería uno de esos amoríos inquietantes (y a menudo desgarradores) de unas cuantas semanas. Con esto quiero decir que la novela corta, cuando funciona bien, tiene para mí lo mejor de ambos mundos: por una parte la intensidad y la incertidumbre y la violencia del cuento, por la otra la posibilidad que suele ofrecer la novela de ahondar en la complejidad de los personajes y de instigar algunas preguntas persistentes en torno a ellos.

Como lector tengo una debilidad enorme por las novelitas que oscilan digamos entre las cien y las ciento cincuenta páginas, y creo que en Latinoamérica hay una gran tradición de ellas: Lispector, Onetti, Levrero y Bolaño, por mencionar a unos cuantos, hicieron maravillas. En Colombia misma abundan los ejemplos notables. Basta pensar en Tomás González, un maestro consumado en ese tipo de distancias.

Los afectos cuenta la historia de una familia que tiene entre sus miembros a un camarógrafo alemán cercano al nazismo y a la guerrillera que asesinó al verdugo del Che. ¿Cómo combinó los datos de la realidad con los de la ficción? ¿Por qué contar una historia semejante con las armas de la ficción?

La ficción permite narrar también el viaje interior, atisbar las guerras que se desencadenan dentro de los personajes, saber o creer saber qué sienten mientras les va sucediendo la vida. En estos tiempos tan wikipedizados, es la ficción justamente la que debe atentar contra la acumulación de hechos y fechas y datos, contra las superficies de lo meramente informativo, para adentrarse en la experiencia emocional y en lo más ambiguo y cuestionable, en lo que no tiene una sola respuesta o una sola explicación. Esa voluntad es la que me movía cuando escribí Los afectos. Por supuesto que están ahí las grandes hazañas de los miembros de la familia (lo wikipedizable: matar y morir, perderse en la selva amazónica en búsqueda de una ciudad inca fantasmal), pero también están los besos robados, la conversación de un padre y una hija tras años de no verse, los cigarrillos en el jardín. La ficción, felizmente, invita a darle tanta importancia a lo uno como a lo otro.

La historia la cuentan distintos narradores, entre ellos se destacan las tres hermanas Ertl. ¿Cómo concibió cada uno? ¿Desde un principio tuvo clara la estructura de la novela o fue algo que se dio en el camino?

Fui encontrando la novela a medida que la escribía. Luego de unos meses de investigación, en los que vi y leí cuanto pude sobre la familia Ertl y sobre la época, intenté olvidarme un poco de esas cosas y trabajar como si me lo estuviera imaginando todo. Muy pronto empecé a oír las voces de las hermanas y me aferré a ellas, a sus posiciones desencontradas, a sus diferencias ideológicas y afectivas. A partir de ese coro disonante fue armándose la novela.

En alguna entrevista usted señaló que la Bolivia de Los afectos –radicalizada, dividida ideológicamente–es muy similar a la actual. ¿Qué papel juega la literatura en las discusiones sociales de países tan polarizados como los de América Latina?

Se me ocurren dos respuestas posibles. La primera, diferida y bienintencionada y seguramente ingenua, es que la literatura ensancha nuestra manera de imaginar a los otros. En el camino, idealmente, destroza prejuicios, problematiza supuestos, matiza impresiones. Nos sensibiliza y nos devuelve al mundo con la mirada renovada. La segunda respuesta es más escéptica. Los tirajes de los libros en Latinoamérica suelen ser de quinientos o mil ejemplares, y la mayoría van a caer a oídos de lectores que son parte de élites más bien sordas. Desde esa perspectiva, podría decirse que la literatura importa poco en nuestras sociedades, y que no promueve discusiones ni provoca efectos de ninguna clase, al menos no a corto plazo.

Ha reconocido públicamente la importancia que tiene el cine en su vida. ¿Qué tanto le ha enseñado el séptimo arte de los mecanismos de la narración?

Me ha hecho más consciente de lo fundamental que es el montaje: qué cortar y qué dejar y por qué y para qué. Es en esa etapa de edición donde realmente empieza a existir una película, y quizá un libro también, y es ahí mismo donde se toman las decisiones más finas, que son las que terminan haciendo una diferencia.

Al cine le envidio el trabajo en equipo. Como la música (o como el fútbol), necesita de la sintonía de varios para funcionar. De esa condición emerge una humildad que en el ámbito de la literatura más bien escasea. La humildad en el cine también se debe, creo, a otra condición crucial: a menudo se ruedan cientos de horas de material, de las que finalmente solo se usan una y media o dos, pero esas no hubieran sido posibles sin todas las otras. Es una lógica que los escritores deberíamos tener más presente en nuestro propio trabajo.

Los afectos se concentra en la familia Ertl. ¿Siguen siendo las familias infelices materia prima para los narradores del siglo XXI? ¿Qué hay en ellas que les seduce tanto?

Las familias (felices o infelices, pero sobre todo las infelices, y en un momento u otro todas terminan siéndolo, ¿no?, aunque sea transitoriamente) son un laboratorio de emociones excepcional, un espacio privilegiado para entender dinámicas que luego se ponen en práctica fuera de ellas. Para mí es un tema estimulante y perturbador, y me gusta que haga de ruido de fondo en las historias que intento contar. Quiero creer que en su propósito de huir de esa sombra, o de asumirla, los personajes se dimensionan y se hacen más humanos.

Cerremos con una pregunta sobre su generación. ¿Qué opinión tiene de la ficción latinoamericana que escriben los nacidos a finales de los setenta y principio de los ochenta?

Sigo con mucho interés a varios escritores nacidos entre los setenta y los ochenta. El hecho de que cada uno de ellos ande haciendo algo completamente distinto al de al lado evidencia una escena a mi parecer bastante sorprendente. El mundo de Yuri Herrera tiene poco que ver con el de Álvaro Bisama, el de Juan Cárdenas con el de Inés Bortagaray o el de Carlos Yushimito, el de Alejandro Zambra con el de Rita Indiana, de nuevo por mencionar a unos cuantos, aunque sí haya rasgos que los hermanan y que yo agradezco como lector. Un uso extraordinario del idioma, digamos, y una respiración propia, inconfundible. Acercamientos interesantes a ciertos imaginarios regionales. Respuestas valientes ante las expectativas que han generado sus libros y ante la institución literaria en general. Y vinculado a esto último, para volver al principio, una reivindicación valiosa de la novela corta de la que hablábamos antes. En los últimos diez años han aparecido varias en verdad estupendas.

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