Foto: Claudia Leal

La literatura con sabores mexicanos

Laia Jufresa nació en Veracruz y pasó su adolescencia en París. Publicó el libro de cuentos 'El esquinista' en 2014 y el año pasado publicó 'Umami', un vocablo que junto al dulce, el amargo, el ácido y el salado, compone los 5 sabores que percibe el ser humano. Arcadia habló con la autora.

2016/02/09

Por Ángel Castaño Guzmán

En Umami, la más reciente novela de la mexicana Laia Jufresa (1983), el centro de gravedad narrativo es la pérdida: de la infancia, de una hija, de la esposa. Provisto de un lenguaje expresivo que no traspone los límites de la precisión, logra el libro hacernos cómplices de unos personajes signados por la soledad. Jufresa, que en la actualidad reside en Madrid, es una de las voces mexicanas que comienzan a llamar la atención del público y la crítica.

En alguna entrevista cuenta usted que al principio pensó Umami, su primera novela, como una segunda colección de cuentos. En su experiencia, ¿qué puntos de encuentro hay entre el cuento y la novela? ¿Qué los distancia?

No me interesa tanto la distinción académica entre cuento y novela, eso se lo dejo a los estudiosos de la literatura (que es un oficio muy distinto al mío). Sí sé, en cambio, que en la experiencia de la escritura, un cuento, simplemente por su brevedad, requiere mucha más minucia.

Yo puedo escribir un cuento en una noche y luego pasarme literalmente años recortándolo, lijándolo. En cambio, la novela tiene mucho más espacio para divertirse como un niño inventando. No quiere decir que luego no se pase uno años limpiando, porque sí lo hacemos, pero ese primer momento de estar levantando un mundo es más largo y, por lo tanto, al menos para mí, más agradable.

Pero ambos campos son fascinantes, y espero seguir escribiendo cuento siempre, al igual que novela. Ahora estoy escribiendo un guión de cine, que es otro mundo y a la vez el mismo: juntar palabras, contar historias. 

Usted pinta y dibuja, ¿qué le aportan estas actividades artísticas a su escritura?

Me enseñan a convivir con mis inseguridades y a relajar mi perfeccionismo. Al escribir un libro atraviesas grandes periodos de incertidumbre y de desgano. Durante mucho tiempo lo que estás haciendo está lejísimos de alcanzar tus propias expectativas. Y conforme avanzas muchas voces interiores te aseguran que no lo lograrás, que no eres capaz, que no vale la pena seguir.

Pintar me recuerda que sólo buscando, sólo ensuciándose las manos, se encuentran las vetas que vale la pena seguir. Y me enseña el desapego, también: porque todo lo que no es excepcional hay que borrarlo, nadie necesita verlo pero yo necesité hacerlo para llegar a encontrar lo que sí quiero mostrar al final.

En menos palabras: pintar me recuerda lo que a veces olvido con la escritura: que lo importante no es el resultado, mucho menos la publicación, sino el proceso: sentarse todos los días y jugar y buscar y pulir, pulir, pulir.

Los personajes de Umami habitan una enorme casa antigua dividida en apartamentos. El espacio está dispuesto siguiendo la forma de cómo la lengua percibe los sabores. ¿Qué papel juega lo sensorial en su obra literaria?

Soy mala lectora de los libros “para escritores”, de las cosas meta-literarias, de las cosas demasiado conceptuales o de la narrativa que se ocupa más de abstracciones que de contar historias. Me gustan los libros que retan mi intelecto, sí, pero me gusta cuando eso sucede a través de los sentidos y los sentimientos, más que del conocimiento previo.

Me importa, a la par de lo sensorial, lo accesible. No digo para nada que tenga que ser la búsqueda de otros escritores, creo que la diversidad es una riqueza. Pero a mí personalmente, al menos por ahora, me importa mucho escribir cosas que a la vez respeten profundamente al lector y a su inteligencia, pero que no le exijan ningún conocimiento previo o extra, sino simplemente lo inviten a sumergirse en la historia. 

No deja de ser interesante que cada personaje tenga una voz particular. ¿Cómo los construyó? ¿Qué tanto de usted hay en ellos?

De mí, en cada uno de ellos, hay nada y hay todo, como en cualquier personaje de ficción. Los construí uno por uno, poco a poco. Escribí cada voz en un cierto tiempo y sólo cuando ya eran muy distintas y las tenía sólidas, empecé a trenzarlas. Para mí el reto con este libro, incluso cuando pensaba que serían cuentos sobre personajes en un mismo sitio, siempre fue el mismo: lograr esa polifonía.

Umami es un libro muy mexicano por el uso del lenguaje y de las referencias culturales. ¿Qué relación ha tenido con el acervo literario de su país? ¿Cuáles autores o libros de México le han ayudado a encontrar su voz?

Juan Rulfo, Fabio Morábito y Jorge Ibargüengoitia han sido, para mí, fundamentales. Pero escribo con acento de un país no tanto por mis lecturas sino por las voces que crecí oyendo. Y también, sospecho, porque hace años no vivo en México y de ese modo se va gestando un español mexicano que vive, sobre todo, en mi cabeza. 

Uno de sus poemas está incluido en una antología de nombre diciente: Los mejores poemas mexicanos. Hablenos del rol que ha tenido la poesía en su formación de escritora.

Un rol de placer, de descubrimiento. Leo poesía como leo narrativa: picando de aquí y de allá, sin terminar libros por obligación y sin hacer nunca caso a los cánones. No defiendo este método por principio ni nada de eso, simplemente yo nunca he logrado leer "lo que hay que leer". Siempre me ha importado más encontrar cosas por azar y dejar que lo que me gusta me alimente. Muy chica, de 11 o 12 años, descubrí en el librero de mi padre a e. e. cummings y me voló la cabeza, pero igual de importante fue, por ejemplo, descubrir los discos de Leonrard Cohen.

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