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Ficciones del laberinto

¿Qué tipo de novela se escribirá en la Colombia del posconflicto?

2017/12/18

Por Ángel Castaño Guzmán

Comienzo con un tributo enorme a Perogrullo: las mutaciones sociales y culturales inciden de manera al tiempo directa y misteriosa en los asuntos y en las formas de los relatos. Con olfato de detective y curia de paleontólogo se pueden reconstruir fragmentos del clima intelectual de una época a partir de las ficciones canonizadas, de los temas novelados. Por ejemplo, ¿no resulta sugerente la aparición de dos obras ajenas a la retórica literaria oficial de la república de Núñez y Caro –a saber, el costumbrismo de José María Samper, Soledad Acosta y Luis Segundo de Silvestre–poco antes y después del final de la hegemonía conservadora? ¿No participan La vorágine, de José Eustasio Rivera, y Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda, en el espíritu del momento que entre otras cosas hizo posible la llegada al poder de Enrique Olaya Herrera? La literatura, al registrar y darle aliento a las ideas, sentimientos y visiones de mundo de una comunidad particular, es un engranaje crucial en la vida simbólica de las naciones. En consecuencia, y no obstante aún ser muy pronto, la pregunta respecto al papel de la novela en la Colombia del posconflicto abre un debate interesante y necesario. ¿Ayudará la escritura a devolverles a las víctimas el rostro, destrozado por las coartadas discursivas de los bandos en disputa? ¿Podrán los novelistas limpiar el lenguaje envilecido tanto por la izquierda carnívora como por la derecha desalmada? ¿Tendrán la habilidad suficiente para poner en tela de juicio las mitologías y los clichés propalados por los sectores partidistas de la academia y de los medios noticiosos?  

Estas fueron algunas de las cuestiones surgidas de la lectura de El material humano, la bitácora ficcional de Rodrigo Rey Rosa. Elogiado por Roberto Bolaño, el trabajo literario del guatemalteco aborda de lleno las contradicciones de la violencia y el postrer sinsentido de la barbarie. En las casi 200 páginas del aludido libro, el narrador –trasunto del autor– se interna en el laberinto de los archivos de la policía de su país con la idea de conocer en detalle los casos de los artistas perseguidos por las fuerzas represivas del Estado o cómplices de ellas. Muy rápido debe abandonar dicha meta: los legajos y las fichas se amontonan con el caprichoso orden del azar. Dejado atrás el inicial desconcierto, el escritor se topa con un personaje y con un dato. De esas cumbres de papel amarillento brota el nombre de Benedicto Tun, un criminalista de origen indígena, un tipo hecho a pulso en una sociedad marcada a fuego por los prejuicios raciales. La discutible probidad de Benedicto –¿pudo mantenerse limpio a pesar de ser un engranaje más de una máquina de muerte?– es el hilo conductor de las pesquisas. El dato hallado también contribuye a dinamitar las versiones aceptadas sin antes someterlas a escrutinio. Durante años el narrador creyó que los responsables del secuestro de su madre –un jaque a la paz mental de la familia–fueron agentes estatales corruptos. En el dédalo encuentra al minotauro: otros, cercanos a sus simpatías ideológicas, cometieron el crimen. La atmósfera de peligro agudiza la percepción del lector de andar con la brújula rota en una historia rebosante de dramas subterráneos.

Los novelistas –dijo en un ensayo Haruki Murakami– no son gente muy inteligente. Talvez el best-seller japonés se refería a la actitud vital del oficiante de un arte centrado en la duda y no en la certeza. Por su parte, Vargas Llosa resaltó en una conferencia reciente la importancia de suspender los prejuicios políticos a la hora de sentarse ante el computador a escribir ficción. A fin de cuentas, el novelista –le ocurre al de El material humano– se transforma mientras combate con las palabras. Quizá el principal desafío de los letrados colombianos de hoy sea el de evitar a toda costa el tono edificante y husmear en las grietas y las sombras del periodo abierto el 2 de octubre de 2016.

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