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Literatura y mercado

Tras el caliente debate que se dio entre los más reconocidos escritores colombianos por la publicación de un artículo del escritor Sergio Álvarez en nuestra pasada edición, Arcadia presenta otro punto de vista sobre el fenómeno del mercado editorial. Si bien es cierto que a todos les duele que el vecino venda más, al fin de cuentas, ¿quién tiene razón?

2010/03/15

Por Juan Goytisolo

Como todos los años, el balance de las obras literarias correspondiente a 2006 se presta a opiniones encontradas. Para unos, se trata de una cosecha feliz; para otros, de un reiterado estiaje. Probablemente, ambos puntos de vista disponen de argumentos en su favor. Dependen, claro está, del acento que ponen, ya en los resultados de la promoción comercial de ciertos autores y títulos, ya en la rareza de unas rosas de arena creadas en el desamparo de una semiclandestinidad.

No obstante la “perversa inclinación nacional por los malos poetas” señalada por Márquez Villanueva, a ningún perpetrador de versos mediocres se le ocurre la peregrina idea de vivir de ellos: se valdrá a lo sumo de su vanagloria y destreza para forjarse una carrera rentable y escalar a pulso a la cima de nuestro Parnaso. Mas el caso de la novela es distinto: desde la popularización del género a mediados del XIX, han coexistido en ella el texto literario y el producto editorial, Stendhal y Sue, Flaubert y Dumas, Joyce y los epígonos de Balzac. Grandes editores como Gallimard compaginaban felizmente los éxitos de ventas con textos de una expresión literaria refinada y extrema. Los beneficios encajados con los primeros permitían la publicación de los exploradores de nuevos ámbitos. No olvido, desde luego, que grandes novelistas –Tolstói, Mann, García Márquez...– alcanzaron o han alcanzado en vida un envidiable número de lectores, pero son una excepción. En cualquier caso, no se propusieron jugar con dos barajas: su logro no obedecía a cálculo personal alguno sino, como leemos en Las mil y una noches, a una venturosa confabulación del azar.

En los últimos decenios asistimos a una ruptura de dicho equilibrio. Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa. Más grave aún, con el aval de la prensa afín, e incluso de un ilustre académico, sostienen que las mejores novelas son las que venden más: ¡dictamen inapelable que enhiesta a El código Da Vinci, La sombra del viento o La catedral del mar a alturas de una himalayana sublimidad!

La condena implícita de la rareza o anomalía promueve la consabida reincidencia en temas históricos, folletinescos o costumbristas, cuyos ingredientes –sexo, misterio, exotismo, ciencia-ficción– son conocidos de antemano por el lector. El aletargamiento del público se propaga a su vez al autor y le induce a dar más y más de lo mismo. La belleza y precisión del lenguaje no cuentan y, aún menos, la audacia de la propuesta artística. Los escaparates de las grandes librerías y los muestrarios de almacenes y supermercados revelan los resultados de esta poco gloriosa complicidad.

El elevadísimo número de publicaciones en un país como España, en donde la lectura es escasa –aunque no conduzca ya “a los hombres o la hoguera / y a las mujeres a la casa llana”, como en tiempos de nuestro primer escritor–, agrava aún la desertización cultural. Las novedades se suceden a un ritmo cada vez más célere y las novelas minoritarias, publicadas por editoriales pequeñas, desaparecen pronto de los estantes (¡si es que llegan a ellos!) y caen en el pozo negro en el que se almacenan las obras devueltas y condenadas a la destrucción.

La voracidad del mercado y los apriorismos de la institución literaria contribuyen así a la exclusión de una serie de autores que a lo largo de los últimos decenios han creado una obra considerable. Lejos de los centros del poder mediático y de los promotores de la visibilidad, permanecen en un limbo del que sólo les rescata una conmemoración huera o la curiosidad arqueológica de un investigador. Ciñéndome a los ya fallecidos, me pregunto: ¿quién conoce hoy Escuela de mandarines, de Miguel de Espinosa? Pero también los etiquetados como metafísicos o los que despuntaron con brillantez durante los primeros años de la transición han sido sepultados en vida y no disponen siquiera de lápida en su cementerio. La reaparición de alguno, como Ramiro Pinilla, tiene todos los visos de milagro, de una increíble resurrección.

La actualidad avasalla a la modernidad. Como observó uno de mis maestros, cuanto fue actual ayer ya no lo es hoy, y lo que es hoy, no lo será mañana. La modernidad, en cambio, circula como un manantial subterráneo a través de los siglos. Leemos La lozana andaluza con la misma impresión de frescura de una gran novela contemporánea. Pero las obras indultadas por el paso del tiempo son más bien escasas. Nadie recuerda hoy a los campeones de ventas de la época en la que me aventuré a hollar por primera vez el sendero abrupto de la literatura.

La prensa de alcance nacional y sus suplementos culturales colaboran también en el extrañamiento de lo queer o anómalo (alguien me calificó una vez de “escritor raro”, ignorante sin duda del inmenso e inmerecido elogio que ello suponía para mí: ¿no se definió Cervantes a sí mismo como “raro inventor”?). Las novelas innovadoras ajenas al entramado de la mercadotecnia suelen ser dejadas de lado –salvo en el caso de escritores ya viejos y conocidos– en provecho de las más comerciales. Si a ello se añaden las dificultades de incluir en sus páginas una indispensable reflexión sobre las lecturas reductivas del pasado y sus ocultaciones, origen de nuestra ya crónica discontinuidad cultural, el panorama revela bajo el barniz de una seudomodernidad el conformismo heredado de la ideología nacional católica que vertebró el franquismo.

Pocos parecen advertir que el célebre aforismo de André Gide –“lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella”– mantiene su vigencia al hilo de los días. Necio sería el escritor que se lamentara de su incomprensión cuando ello constituye a menudo una prueba de la capacidad innovadora de su empresa. La propuesta literaria original o insólita choca con la rutina de lo establecido y quienes apuestan por la literatura lo saben. Se requiere con todo una buena dosis de honradez, paciencia y fe en el futuro como los que alientan en algunos novelistas jóvenes o menos jóvenes que iniciaron su ardua andadura a mediados de los noventa del pasado siglo. Pienso en obras y autores como El paraíso perdido, de Antonio Pérez Ramos; I love you Sade y La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré; Nembrot y Cabo de Hornos, de José María Pérez Álvarez; Fragmenta y En esa ciudad, de Javier Pastor; El mundo a media voz, de José María Ridao; Retrato de un asesino en prácticas, de Francisco López Serrano; El vano ayer, de Isaac Rosa... Otros y otras habrán escapado a mi atención y, como empedernido lector que soy, lamento su omisión y mi deplorable descuido.

En un universo subyugado por la dictadura de lo trivial, su resistencia tenaz, casi heroica, constituye la garantía de la supervivencia de un género que, como la mejor poesía de siempre, florecerá en adelante en la calidez de la confidencialidad. La gloria es efímera y quienes toman su obra en serio en vez de tomarse en serio a sí mismos no se exponen, como los últimos, a los vuelcos de una moda que arramblan con quienes la siguen. Como decían sabiamente los surrealistas “toda idea que triunfa corre fatalmente a su ruina”.

© El País / España.

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