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Los cuerpos del enterrador

Lynch conoció el éxito literario con El enterrador; dueño de una cadena de funerarias, el hombre dedicado a la muerte nos sorprende con reflexiones sobre lo que se mueve y lo que deja de hacerlo.

2010/02/09

Por Andrés Felipe Solano

Lo que ha hecho el neurólogo Oliver Sacks por los enfermos con lesiones cerebrales severas y la extraña vida que empiezan a llevar después de que los han diagnosticado y lo que hizo en tono irónico Thomas de Quincey a mediados del siglo xix por los asesinos con su libro Del asesinato considerado como una de las bellas artes, lo ha hecho el poeta y ensayista Thomas Lynch por los muertos. O mejor, por la muerte.

El norteamericano se ocupa en sus libros de lo que el cantante Leonard Cohen ha llamado el gran evento. Y no de una manera retórica o como un motivo poético. Lynch, aparte de escribir versos y participar en recitales, dirige desde hace treinta años una de las cincuenta y dos mil funerarias que existen en Estados Unidos. En Milford, Michigan, donde tiene su negocio, ha trajinado con una multitud de cuerpos sin vida y familiares destrozados, como lo hizo su padre, maestro de pompas fúnebres a quien tuvo que embalsamar después de que murió como el doctor Zhivago, es decir, tras el amor (estaba compartiendo un apartamento en Miami “con una amistad femenina que siempre sobrestimó los poderes curativos de los aérobicos sexuales”, y al salir del baño dio dos pasos hacia la cama y se desplomó con una mano en el pecho, como el personaje de Boris Pasternak). Tal experiencia la ha vertido en dos libros de ensayos, El enterrador y Cuerpos en movimiento y en reposo, que acaba de publicarse en Colombia.

Lynch es un hombre inteligente. Sabe a la perfección que la combinación de poeta y enterrador es taquillera, es “igual a un policía que canta ópera”, y quizá por eso ha recibido el doble de atención que sus colegas de cualquiera de las dos ramas. Pero a pesar de reconocer lo atractivo que puede ser un hombre que en las mañanas escribe poemas y en las tardes embalsama cuerpos, Lynch afirma que los dos oficios no están tan lejanos uno del otro como se creería: “El arreglo de flores y homenajes, los guisos y las manifestaciones de simpatía; el arreglo de imágenes y modismos, de palabras en una hoja de papel, son todos lo mismo: un esfuerzo por encontrar sentido y metáfora, un ejercicio con símbolos y un discurso ritual, la acústica del idioma resaltada para enunciar lo inefable: la fe y el desengaño, el deseo y el dolor, el amor y la pena”. No en vano el Nobel Seamus Heany escribió que la poesía, y por extensión las palabras, “es lo que hacemos para partir el pan con los muertos”. Además, tanto poetas como sepultureros se inclinan “por el negro, el lamento de gaitas, las horas irregulares, el trago gratis y los cuerpos en posición horizontal”.

En sus ensayos combina la minuciosidad de Sacks para relatar sus casos, con el humor y la soltura de De Quincey (“si uno comienza por permitirse un asesinato, pronto no le dará importancia al robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”), sin dejar por ello de señalarnos que el dolor que produce la pérdida es el impuesto que pagamos por haber querido a nuestros familiares, amigos o amantes, y por eso mismo debe ser vivido a plenitud.

Por eso, sus escritos sobre su oficio en El enterrador y sobre cuestiones que rondan la vida y su eterno par, la muerte, recogidos en Cuerpos en movimiento y en reposo, obligan al lector a pensar en el gran evento, sin temor ni extrañeza ni una excesiva solemnidad, en un momento que se hace necesario ocuparse de este tema, porque como todo en este siglo que comienza, la muerte también ha adquirido un nuevo color y como van las cosas pronto desplazará al sexo en el listado de los afectos del hombre contemporáneo.

Ahí está Lynch para recordarnos la extravagancia de los funerales de las grandes celebridades, que se transmiten en directo con la misma importancia de una guerra (se pregunta si “la tendencia a maximizar nuestra respuesta a la muerte de íconos y celebridades es una manera de compensar la inclinación que tenemos a minimizar nuestra respuesta a la muerte de la gente que en realidad nos debería importar”), para indagar por el sentido de los entierros express o hágalo usted mismo, en los que el féretro o la urna se escoge por internet y por esa misma vía se mandan las condolencias (en Colombia ya existe el portal www.condolencias.com, don-?de “podrá encontrar a los fallecidos por departamentos y ciudades y de colombianos en el exterior, lo que le permite expresar sus condolencias, sin interesar tiempo y distancia y si se suscribe puede recibir una lista diaria de todos los muertos por apellido, ciudad o profesión”). Pero también para mostrarnos los peligros inherentes a los experimentos genéticos, para agregarle interesantes elementos de discusión al irresoluto dilema del aborto (está claro, la mujer puede decidir abortar, es su cuerpo, su vida, pero en esa medida el hombre igualmente tiene el derecho a renunciar a la paternidad en caso de que lo desee y no verse constreñido legalmente), y hasta para formular en cuatro pasos una solución para el poeta que sufre del síndrome de la página en blanco.

Es una bendición que tengamos a mano los ensayos de Lynch, sabiendo que la muerte será nuestra última compañera. Sus escritos funcionan como sencillos libros de consolación, divertidos y a la vez profundos, quizá porque el hombre que los escribe, a pesar de haber convivido con los muertos durante tres décadas, guarda el mismo asombro que cualquiera y se hace las inevitables preguntas de siempre ante la partida de alguien querido. ¿Por qué murió? “Entonces me veo pensando en todos los posibles sospechosos: las hamburguesas con queso, el whisky, los Lucky Strike, los diez o quince kilos de más que todos nosotros, bueno, algunos de nosotros nos echamos encima, las caminatas que no hicimos, la medicación preventiva de la que siempre prescindimos, el trabajo y las preocupaciones y los impuestos y las malas rachas, la bestia que somos en el fondo, las cosas del mundo, la mierda simplemente pasa porque pasa”.

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