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Lectura digital vs. lectura impresa

El anunciado apocalipsis de los libros no termina de suceder. Las obras impresas, contra todo pronóstico, aún resisten el asedio digital. Entre la maraña de folios y bytes, este autor rescata tres libros recientes para comprender, o por lo menos vislumbrar, la evolución del libro –y la lectura– en tiempos de internet.

2015/11/20

Por Julio Paredes* Bogotá

Con una creciente producción de artículos, libros, blogs, sitios web, links, etcétera, que ocupan millones de folios impresos y, claro, miles de millones de bytes, los asuntos digitales llevan más de medio siglo como tema central de investigaciones y de reflexiones múltiples, encontradas y muchas veces contradictorias, que se han nutrido desde la perspectiva de disciplinas o ecosistemas dispares como la informática y las humanidades, hasta la gestión de la editorial comercial, pasando por los análisis del discurso político, las veleidades íntimas de las celebridades o algún otro tipo de desasosiego que se pueda sintetizar en un tuit.

Desde la más amplia panorámica de lo que entendemos hoy por el mundo digital, un gran porcentaje de todo ese acopio masivo de datos resulta intraducible o imposible de abarcar, y, por lo tanto, no pareciera existir aún ningún acuerdo unificado sobre el verdadero valor de la información (sagrada, profana, íntima, clandestina, especializada) que por el simple hecho de existir adquiere de inmediato la suficiente realidad para migrar a la nube; para navegar por internet independientemente de si, al otro lado de la pantalla, exista alguien que la consulte, la lea, aprenda o se conmueva.

Para este instante, y como sucede dentro de todo universo que tiende al caos, uno podría aventurar que la trama digital ha sido desde sus comienzos refractaria a las conclusiones y las verdades absolutas; a pesar de la también creciente invasión de expertos improvisados que guardan la receta para transitar sin afanes por el jardín de la realidad virtual o, en el otro extremo, los gurús apocalípticos que ven en internet un alimento para la desidia adolescente. Tal vez por eso aún no resulta tan sencillo para un lector, más o menos curioso, identificar los límites verdaderos que separan una reflexión juiciosa, depurada en el tiempo, de una simple opinión personal, aleatoria, anecdótica, impulsada por la misma facilidad engañosa que acompaña la entrada, online, a este universo.

Un desafío adicional para el lector está en cómo identificar y llegar a uno o más títulos donde sus autores no solo aborden los temas ya centrales y decantados en esta discusión profusa y dispareja, como es el caso del futuro del libro, el hipertexto, los nuevos significados de la lectura y la escritura, el papel de los dispositivos inteligentes o de las redes sociales en la difusión de contenidos, el acceso libre y autónomo a los resultados de la investigación científica –entre muchos otros–, sino que propongan un giro inesperado que ayuden a nutrir sus intuiciones espontáneas y agreguen valor a la reflexión, iluminándola gracias a un análisis lúcido y revelador.

Roberto Casati, filósofo italiano, director del cnrs (Centre National de la Recherche Scientifique) en París, consigue, sin duda, en los cinco capítulos que le dan forma a Elogio del papel, contra el colonialismo digital (Ariel, 2015), plantear con una claridad meridiana una de las tesis más complejas a la hora de asimilar el poder de las tecnologías: hasta dónde se acepta y se negocia su influencia en las decisiones fundamentales que cada uno de nosotros debe tomar como individuo, ciudadano, investigador, maestro o lector contemporáneo.

Con la necesaria aclaración inicial de no escribir bajo el dictado de las convicciones de un ludista anacrónico, un recalcitrante destructor de máquinas, Casati propone acercarse al tema digital desde una zona intermedia. Es decir, aceptar sin pudores innecesarios que la tecnología es una herramienta útil, ineludible para resolver y adelantar muchísimas prácticas académicas, por ejemplo, pero sin perder de vista que, también, detrás de la utopía digital, disimulada bajo los espejismos de la comodidad, la facilidad y el avance tecnológico, hay una apuesta ideológica que banaliza y desvirtúa varias de las actividades humanas centrales que, a lo largo de la historia, han permitido formar individuos con un juicio crítico, libre y autónomo. Gracias a esta lectura equilibrada de lo digital, Casati desmonta algunos mitos establecidos como el de “los nativos digitales”, el multitasking o los algoritmos que dictan un perfil de lector, entre otros.

Habría, para Casati, cuatro límites, cuatro entidades casi ontológicas, innegociables a la hora de contrarrestar la invasión directa de la tecnología en la toma de decisiones: la sustitución del maestro de carne y hueso por el maestro electrónico en el salón de clase; la resistencia a las falsas verdades que, por ser masivas, manipuladas por la anónima sociedad de la red, o por el hecho de venir en un dispositivo de moda, se consideran incontestables; la objeción al voto electrónico, derecho individual que debe permanecer blindado ante cualquier injerencia virtual anónima y, por último, la lectura en profundidad, no fragmentada por una atención desperdigada que, a posteriori, incide en una memoria apenas episódica. Una lectura que nos permite el libro en papel, y que ningún dispositivo de última generación (smartphone o ereader) ha podido desbancar.

Pero si el tema de la lectura en profundidad es uno de los paradigmas más recurrentes a la hora de revisar la bibliografía sobre los dilemas digitales, ¿qué sucede cuando el lector se pregunta sobre la escritura más allá del papel impreso? ¿Cuándo los contenidos ya no solo son leídos sino han sido pensados y escritos para y en el ámbito digital? ¿Cuándo el contenido digital se ha convertido en el marco teórico, el tema y el resultado de la investigación académica contemporánea en disciplinas donde, para agudizar aún más el paradigma, permanece viva y sin resolver la polémica misma sobre el sentido y el significado de la investigación, de su medición y calificación, como sucede hoy en día con las humanidades, las ciencias sociales o las ciencias humanas, según quien la plantee?

En El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas (Siglo XXI, 2013), Anaclet Pons propone una inmersión exhaustiva en el análisis de los cambios estructurales, desafiantes y, por qué no decir, dramáticos, que han experimentado las humanidades en su reciente aproximación al universo digital. Gracias a su experiencia como historiador, catedrático, promotor editorial y traductor, Pons reflexiona sobre el nuevo sentido de una disciplina como la historia, territorio donde, hasta hace relativamente poco, las tecnologías perturbaban y el ambiente del trabajo académico permanecía inmune o alejado de influencias que no fueran tangibles o terrestres, como las bibliografías en papel y el santuario del archivo.

Pons agudiza la reflexión sobre lo que le ha sucedido al historiador contemporáneo (principalmente en los ámbitos académicos anglosajones y europeos) cuando descubre que el universo de lo digital, dentro de su misma disciplina, se convierte en un tema urgente de investigación; pues esta irrupción, ya inevitable, obliga a cambiar radicalmente la manera primordial, simbólica, de concebir y llevar a cabo sus tareas de investigador. Evidentemente, si los nuevos ecosistemas le disparan al investigador datos abrumadores sobre la producción promedio anual académica (250 millones de artículos en revistas, por ejemplo), las prácticas de recopilar, estudiar, leer, citar información necesitan cambiar de naturaleza.

Entendido como una guía en ocho capítulos, El desorden digital tiene, en efecto, la virtud de ofrecer no solo una bibliografía completísima sino un recuento ágil y panorámico de asuntos centrales como la lectura en los espacios académicos, la escritura grupal y anónima en ecosistemas como Wikipedia, o el verdadero valor del desarrollo tecnológico de los dispositivos para la investigación de contenidos científicos interactivos, y, a modo de colofón, el origen de concepciones como Digital Humanities o Public History, herramientas útiles y apremiantes para un medio académico donde la discusión apenas comienza.

No cabe duda de que para acercarse a una comprensión de los efectos causados por los modelos digitales, de las consecuencias de la transformación mental y física que conlleva esta migración, resulta necesario también un relato de los inicios y la evolución histórica de este tránsito. El tema ha sido argumento central de muchísimas investigaciones, publicadas y difundidas de una manera casi paralela a los descubrimientos en estos más de 50 años. En La cuarta revolución. Seis lecciones sobre el futuro del libro (Ed. Uniandes-Eduvim, 2015) Gino Roncaglia, doctor en Filosofía y catedrático de informática aplicada a las humanidades de la Universidad de Tuscia, fundador de Liber Liber, asociación promotora del Proyecto Manuzio, ofrece al lector no especializado una esclarecedora travesía por esa especie de selva oscura que es el asunto del e-book y los nuevos soportes de lectura.

En una línea de reflexión que vincula los análisis de Roberto Casati y Anaclet Pons, y lo aproxima a teóricos fundamentales como Roger Chartier, Robert Darnton o Anthony Grafton, Roncaglia examina la evolución de la idea del libro entendido, desde su invención, como un producto cultural que descifra el mundo, es decir, el objeto que nos permite leerlo y escribirlo, hasta llegar a convertirse con la revolución gutenberguiana en la interfaz perfecta, insuperable, para soportar cualquier contenido. Sin embargo, con el avance de la innovación tecnológica, con el perfeccionamiento de los soportes de lectura, surge una nueva revolución, que replantea la pregunta sobre las transformaciones de la textualidad. Quizás parte del enigma digital lo identifique el lector en una paradoja que revela Roncaglia: la búsqueda infatigable del soporte electrónico por acercarse, migrar y parecerse cada vez más a un libro impreso en papel.

Al final, aún desconocemos la verdadera y visible naturaleza de la lectura y los lectores digitales, si es que en realidad algo así pueda existir. Por ahora, nada ha superado aún el hecho misterioso de una biblioteca impresa que, gracias a la acción secreta de sus propios fantasmas, se puede apoderar de los espacios íntimos y tangibles de una casa.


*
Escritor y editor de la editorial de la Universidad de los Andes

**

La lectura en cifras
Algunos extractos de los libros de Casati, Pons y Roncaglia.

Elogio del papel

Roberto Casati

- Un estudiante promedio en Estados Unidos llega a la universidad con 5.000 horas de lectura, 10. 000 horas de videojuegos y 20.000 de televisión.
- De 100 contactos en una red social no se conversa de manera estrecha con más de 4 o 5, que representan el 80 % de las conversaciones, hechas por multicanal: SMS, teléfono, correo electrónico, chat y videochat.

El desorden digital
Anaclet Pons

- Entre mediados de 1993 y 1995 el número de servidores, es decir, de computadores que alojaban webs, pasó de 130 a 22.000.
- Internet crece a un ritmo cercano al terabyte diario, es decir, 500 millones de entradas a blogs, 250 millones de artículos de revistas y miles de clips de video, lo que equivale a miles de millones de páginas diarias.

La cuarta revolución
Gino Roncaglia

- Cuando se inicia en 1971, el Proyecto Gutenberg digitalizaba un libro por año. En 1991 digitalizaba un por mes, en 1992 dos por mes y en 1994 ocho por mes. Entre 1995 y 1996 se duplica el número y ya para 2009 el proyecto llegaba a los 30.000 libros digitalizados.
- Para finales de 2009 las ganancias publicitarias derivadas de las entradas al motor de búsqueda Google llegaron a unos 23.000 millones de dólares, año para cuando también había digitalizados alrededor de diez millones de libros.

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