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Los mismos 2.500 lectores

¿Qué tal le fue este año a la industria editorial colombiana? ¿Fue un buen año para los autores? El ambiente está enrarecido. Los que triunfan afuera no venden adentro. Los que venden adentro no exisistirán mañana. Las cosas, al parecer, no están nada claras. Arcadia presenta un balance.

2010/03/16

Por Catalina Holguín

Necesariamente, el balance editorial del 2009 es positivo, negativo o regular, según el entrevistado. Pero asumiendo el risego que conllevan todas las generalizaciones, se podría decir que el 2009 fue un año contradictorio y confuso para la industria editorial colombiana. El caso de Alfaguara refleja justamente la divergencia de percepciones. Unos opinan que la salida de Pilar Reyes fue un gran golpe para la editorial, pero un innegable triunfo profesional. Otros, en cambio, ven con muy buenos ojos la llegada del editor Rodrigo de la Ossa, quien recibió el cargo en un período de transición particularmente difícil por la honda crisis del Grupo Prisa. Los mismos críticos de Alfaguara hablan también de ocasiones perdidas: Demasiados héroes, la nueva novela de Laura Restrepo, pasó sin un fu ni un fa, y Autogol, de Ricardo Silva, fue lanzada en multitudinario evento para luego sumirse en un aparente silencio.

Silva, en cambio, está contento con las ventas del libro (más de 2.500 ejemplares), contento con la amplísima cobertura del libro en medios y contento con la oferta que le hizo Fox para adaptar el libro a una serie de televisión. No obstante, Silva siente que Autogol era una novela con la que la editorial pudo buscar nuevas audiencias y nuevas formas de difusión. Es como si la audiencia total de literatura colombiana, opina Silva, nunca pasara de los mismos 2.500 lectores y jamás lograra cruzar el umbral lector que fácilmente cruzan los libros de coyuntura y los libros infantiles. Afirma un Silva sorprendido de la inutilidad de los medios de comunicación tradicionales: “Usted puede salir en todos los medios del país, en todos los canales y noticieros, pero la gente pregunta: ¿Cuándo va a sacar otro libro?”

Más contradicciones. Muchos autores colombianos lograron importantes reconocimientos: Santiago Gamboa ganó el premio de Norma aunque su novela ha recibido en susurros de corrillo críticas pobres, que parecen ratificar que las editoriales están apostando por nombres conocidos más que por Literatura con mayúscula; las traducciones de Los informantes, de Juan Gabriel Vásquez, y Los ejércitos, de Evelio José Rosero, muy elogiadas, y Rosero ganó el premio otorgado por The Independent y también fue finalista del premio iberoamericano de obra infantil S&M; Roberto Burgos Cantor ganó el premio de novela José María Arguedas, de Casa de las Américas; y Sin Remedio, de Antonio Caballero, fue traducida al francés y recibida muy bien por crítica y lectores. Pero a pesar de estos logros, el sentimiento generalizado entre los entrevistados es negativo; editores, escritores, libreros y lectores empedernidos sienten que acá, en literatura, no pasó nada.

Los grandes

Mientras en Santillana reina la incertidumbre, en Norma la llegada de un editor con la experiencia de Gabriel Iriarte revolucionó un poco el orden de las cosas: Norma logró tentar –en una movida comercialmente agresiva– al ex director de Planeta justo en el momento en que esta casa editorial anunciaba la compra de El Tiempo. Algunos opinan que el estilo editorial de Iriarte aleja la editorial de apuestas literarias interesantes, y que lo acerca a los hábitos más comerciales de los editores catalanes, sus antiguos jefes.

Con Planeta la cosa es más clara. Todos saben que apuesta a libros de coyuntura, que fabrica premios de poca credibilidad (como el otorgado a Mauricio Vargas) y que opta por un grandísimo volumen de publicaciones (164 libros publicados en el 2008 y 126 registrados en el catálogo de ventas de enero-octubre de 2009) siguiendo el modelo económico editorial que rige en el nivel mundial, tan bien profetizado por el editor norteamericano André Schiffrin en su mítico libro La edición sin editores.

De hecho, la editora y crítica literaria Margarita Valencia, miembro del Observatorio Iberoamericano de la Edición Independiente, parece seguir de cerca el análisis de Schiffrin cuando señala que el tamaño del catálogo no es medida de calidad, sino una tendencia comercial. “Los editores -afirma Valencia- dejaron de tener tiempo para sus libros, porque el tiempo transcurrido entre el pago de los anticipos y el momento de la publicación empezó a ser muy costoso, además de que los libros tenían tan corta vida en las librerías, que no valía la pena detenerse en los detalles”.

Tal vez una anécdota reciente pueda ilustrar la transformación del libro como contenedor de conocimiento a vulgar objeto de moda: Hilo de sangre azul, la más reciente novela de la periodista Patricia Lara, con su trama fácil y efectiva, se vendió bien gracias a los buenos contactos de la autora con la prensa, que le dio un buen cubrimiento. Ahora, de cara a la navidad, a Planeta se le ha ocurrido la pintoresca idea de publicar el libro con un folleto “extra” que incluye las recetas que la protagonista de la novela cocina a lo largo de la novela. Es como cuando te venden la película Shrek con el muñeco de plástico incluido.

Los números, por su lado, confirman el panorama que todos los entrevistados intuyen: poca literatura colombiana (Alfaguara publicó solo seis novelas colombianas), pronunciado énfasis en títulos nacionales de coyuntura (Confesiones de una guerrillera, de Zenaida Rueda), cañonazos navideños (Jaque al terror, de Juan Manuel Santos) y exceso de autoayuda (Secretos de la energía positiva, de Hilda Strauss). El catálogo comercial de Intermedio-Círculo de Lectores igualmente abarca un gran número de títulos (99 en total, con 32 autores colombianos) que en su mayoría cubren temas como culinaria, conflicto armado y jurisprudencia. Comer, pelear, defenderse y rezar parecieran ser las únicas narrativas al alcance del consumidor de libros colombiano.

Los independientes

Uno de los últimos títulos publicados por la colección Libro al viento –que ya lleva 61 títulos cuidadosamente seleccionados, diseñados y editados– trae por primera vez la siguiente leyenda: “Distribución gratuita. Prohibida su venta”. Estos libros, publicados por la Secretaría de Cultura de Bogotá, se distribuyen de manera gratuita y hacen parte de un programa más amplio de promoción de lectura. Que alguien quiera vender un objeto que recibió gratis no parece raro en el país del rebusque. Raro es que alguien quiera comprarlo, y que exista demanda por un objeto animado por una filosofía anticomercial. La (¿ilegal? ¿feliz?) venta de títulos de Libro al viento muestra el éxito de un plan editorial protagonizado por la literatura. A pesar de que Libro al viento ha inspirado el surgimiento de programas similares en Medellín y Buenos Aires, en el 2010 el plan editorial de Libro al viento reducirá en un 50% su número de títulos publicados. Más contradicciones.

Por su parte, el sector independiente continuó consolidándose bajo la Red de Editoriales Independientes Colombianas, y registró el aumento del 45% en ventas con respecto al año pasado en la FIL de Bogotá. El más reciente catálogo reporta un total de 458 libros (con 79 títulos publicados este año; solo cuatro menos que en 2008) de poesía, novela, historia, ciencias sociales, arte y fotografía, y literatura infantil. Fundada en abril de 2008, REIC es una asociación de 27 editoriales independientes que busca abrir un mercado. Justamente, REIC y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño lanzarán en diciembre un programa para promover la bibliodiversidad.

La bibliodiversidad es una metáfora que busca comprimir en una sola palabra la diversidad de libros, lectores, editores y librerías en un espacio determinado. La bibliodiversidad es además como un club de las especies en vías de extinción. Tal y como lo dice la Declaración de Editores Independientes Latinoamericanos promulgada el 29 de noviembre de 2005, la misma globalización económica que favorece la actividad comercial de grandes grupos editoriales está poniendo en peligro la creación y la diseminación de riqueza cultural de la cual son responsables editores y libreros. Un índice de bibliodiversidad podría ser el apabullante éxito de la librería del pabellón de México en la última edición de la FIL de Bogotá. Tan solo en los primeros cuatro días se vendieron 5.500 libros, por cerca de 70.000 dólares. No es de extrañar que los grandes grupos editoriales se quejaran.

Detrás de los independientes está la labor de la gerencia de literatura del Ministerio de Cultura, que con pocos recursos ha dado apoyo a la edición independiente mediante estímulos a publicaciones (Perros Bravos, de la editorial paisa Tragaluz, es una lindísima edición de cuentos cortos de Rodrigo Mora). En el 2008 y el 2009 se entregaron en total doce estímulos a pequeñas editoriales. En el 2010, explica Melba Escobar, de la gerencia de literatura, se entregarán 30 estímulos diferentes a publicaciones regionales.

Dada la importancia del apoyo otorgado por el Ministerio de Cultura, importancia reiterada por la directora ejecutiva de REIC, Carolina Cortés, y por el editor de la casa editorial independiente La Silueta, es importante que el mismo Ministerio direccione recursos en ese sentido. El próximo año el Ministerio de Cultura recibirá un aumento del 23,67% de su presupuesto en relación con el 2009 (el presupuesto más alto de esta cartera en los últimos diez años), con lo que aumenta así la esperanza de que se continúe fortaleciendo el apoyo al libro y la lectura. De otra forma, los comentarios de Ricardo Silva sobre la promoción de la lectura podrían tornarse proféticos y la literatura tendrá siempre los mismos 2.500 lectores. Muy mal para el país de mega bibliotecas que tanto nos gusta mostrar en publirreportajes de Medellín y Bogotá.

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