El escritor franco libanés Amin Maalouf, ganador del Premio Príncipe de Asturias.

Maalouf contra el naufragio

Autor de extraordinarias y eruditas novelas sobre el Mediterráneo, el escritor franco- libanés Amin Maalouf acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias de Literatura. Tras la publicación de su más reciente ensayo sobre los retos morales del siglo que llega, Arcadia habló con él en París.

2010/06/29

Por Hernán A. Melo Velásquez

Hemos entrado en este siglo nuevo sin brújula”. A partir de esta sentencia el escritor de origen libanés Amin Maalouf (Líbano, 1945) construye su más reciente ensayo El desajuste del mundo. El libro propaga el “grito de alarma” de un intelectual comprometido y siempre lúcido: “Mi ambición primordial –explica Maalouf– es dar con las palabras justas para convencer a mis contemporáneos, a mis compañeros de viaje, de que el navío en que nos embarcamos va ahora a la deriva, sin rumbo, sin meta, sin visibilidad, sin brújula, por un mar embravecido, y que sería menester reaccionar urgentemente para evitar el naufragio”.

Maalouf tiene 61 años y parece estar en buena forma aunque se oyeron rumores de que estuvo muy enfermo. Arrastra las ‘erres’ con cierta gracia melodiosa. Lleva gafas de montura vetusta, traje de paño azul oscuro y una impecable camisa blanca. El tono de su voz sube y baja obedeciendo a la indignación o la docilidad que le producen ciertos temas.

Nació en Beirut, pero se trasladó a Francia como refugiado en 1976 cuando tenía apenas 27 años; en el Líbano, país musulmán, su familia pertenecía a una minoría cristiana. Quizás debido a su doble pertenencia no tiene pelos en la lengua para criticar ambas culturas: “Lo que le reprocho en la actualidad al mundo árabe es la indigencia de su conciencia ética; lo que le reprocho a Occidente es esa propensión que tiene a convertir su conciencia ética en herramienta de dominio”.

Tras cursar estudios de sociología y economía se hizo periodista y corresponsal de guerra. Hoy es un célebre novelista y ensayista de tiempo completo, ganador de numerosos premios literarios como el prestigioso Goncourt y hace un mes recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Arcadia lo entrevistó en su apartamento ubicado en un exclusivo barrio de París, a tan solo unas calles de la Avenida Campos Elíseos.

El acta del jurado del Príncipe de Asturias destaca que “ha tratado, con la mayor profundidad, la cultura mediterránea como un espacio simbólico de coexistencia y tolerancia”.

La región mediterránea se ha convertido en una zona de afrontamientos; sin embargo, debemos considerarla una zona-frontera. Y las fronteras son al mismo tiempo lugares de encuentros y afrontamientos. Hoy el Mediterráneo es el escenario de un afrontamiento muy importante, el límite entre Occidente y el mundo arabo-musulmán, límite también entre el mundo industrializado y el llamado Tercer Mundo. Pero en buena parte del mundo árabe y África perdura un sentimiento de desesperación. Basta con ver el número de personas que atraviesan el Mediterráneo, a veces en condiciones difíciles, para encontrar un asilo en alguna parte de los países del norte. La región ha terminado convirtiéndose en un lugar trágico. Y por eso necesita que se la muestre de una manera distinta, apoyándose en ciertos mitos positivos. Es un poco el universo en el que vivo y reflexiono.

¿Pero qué representa para usted este galardón?

Soy alguien muy solitario, no conozco prácticamente la vida mundana. En dos días me voy de París para encerrarme a escribir en una pequeña isla, y me quedaré allí al menos cuatro meses. Este premio es significativo para alguien que vive aislado como yo. De este modo, siento que lo que escribo tiene un cierto impacto, una resonancia. Además, tengo una relación particular con España por varias razones. Allí se ha obrado un milagro en los últimos 30 años con la evolución democrática y el rol del sistema político en la vida de la sociedad. Es una verdadera revolución tranquila, y encuentro esto admirable.

Su último libro tiene un tono apocalíptico...

Estamos en un momento muy importante de la historia y asimismo muy peligroso. Es cierto que conocemos un desarrollo en ciencia y tecnología muy espectacular, pero hay algo que va mal detrás porque las mentalidades no avanzan al mismo ritmo. Experimentamos una especie de desfase entre la evolución material de la humanidad y su evolución moral. Por ejemplo, la crisis financiera de estos dos últimos años. No cabe duda de que hay algo podrido en el funcionamiento del sistema financiero. Basta con ver la importancia excesiva que tienen las transacciones puramente ficticias, virtuales, y que son en realidad una especie de juego profundamente inmoral porque desvaloriza el sentido del trabajo real. Y el mundo funciona así hoy. Es malsano. Pienso que llegamos a un punto del desarrollo económico que exige relaciones mucho más solidarias. Pero este no es el caso, hoy las tensiones son cada vez más fuertes y las disputas entre identidades son más acentuadas que antes. Vemos mucha violencia, aunque quizás menos que en el pasado. No obstante, hay una especie de relación entre países y culturas diferentes basada en la desconfianza y el odio. Debimos haber llegado a un acuerdo para que fuera posible gestionar juntos los problemas del mundo, pero ni siquiera estamos cerca de alcanzarlo.

Tengo un pie en el mundo árabe y otro en el occidental, y creo que ambos están en dificultades. La crisis del mundo musulmán parece más evidente, más profunda. Atraviesa el momento más sombrío de toda su historia. Es una gran tristeza para mí, así como para todos los que pertenecemos a esta cultura, y sentimos hasta qué punto está en decadencia, por no decir en plena desintegración. Basta con ver a Irak, Afganistán, Líbano u otros países que he visitado y que me han gustado mucho, como Somalia. Allí se ha instalado un sufrimiento permanente que ha conducido a un sentimiento de desesperanza. En Occidente no existe este tipo de crisis, pero están presentes otros problemas. En los últimos cuatro o cinco siglos Occidente se había acostumbrado a jugar un papel dominante, pero no ha sido capaz de conservarlo. Lo que sucede es que no sabe hacer otra cosa y por eso se siente desorientado, incluido en el plano militar. Eso ha hecho que intervenga en cualquier parte del mundo, creando más y más guerras. No hay soluciones fáciles, pero es un hecho que necesitamos reconsiderar el mundo, el papel de Occidente y su relación con el mundo árabe y, por supuesto, con las otras regiones del mundo, y esto no se logra generando guerras.

A propósito, ¿ha oído usted hablar del acuerdo entre Colombia y los Estados Unidos para instalar nuevas bases militares?

Sí. Algo parecido ocurrió en Asia central. Muchos países de esta región, incluyendo algunas ex repúblicas soviéticas, permitieron establecer un número enorme de bases militares norteamericanas. Y es que parece que el Pentágono desarrolla hasta el infinito su presencia militar. ¿Por qué necesitan todavía la base de Okinawa en Japón, cuando la población japonesa manifiestamente no está de acuerdo? Probablemente con la administración Obama este proceso se ha ralentizado, pero no dudo de que va a comenzar de nuevo ¿Qué pretenden? ¿Establecer una base militar en cada país del mundo? Sin embargo, debo decirle que no hago parte de aquellos que se consideran enemigos de los Estados Unidos. Es un país que produce las tecnologías más avanzadas y por otra parte todos estamos estrechamente relacionados con la civilización norteamericana. Es una nación que mostró en las últimas elecciones que tiene un buen funcionamiento democrático. Es un país que hoy es indispensable, pero esa tendencia a inmiscuirse en todo y a utilizar constantemente la fuerza militar es tremendamente inquietante.

En su último libro habla de una paradoja: cuando el modelo capitalista se ha quedado sin rival, se ha producido una de las peores crisis económicas internacionales...

A través de la historia, y yo diría también que de nuestra historia personal, a veces el éxito es portador de desastres y, en ocasiones, la derrota lleva hacia algo positivo. Uno de los problemas del mundo actual es que cuando el sistema capitalista demostró que el sistema antagonista no funcionaba, ese día perdió el rumbo. En la actualidad está revisando a la baja los derechos sociales adquiridos. ¡Se dice que está bien que la gente gane fortunas, aunque muchos otros se mueran de hambre! Cuando nos explican que en eso consiste el sistema se está falsificando la Historia, que comprende la del capitalismo mismo, porque eso no es cierto. No es cierto que su lógica sea la del capitalismo salvaje. ¡Se trata de una lógica inmoral! El gran momento de expansión política, económica y militar de los Estados Unidos fue el periodo que siguió al New Deal. Fue el período donde se prestó más atención a las desigualdades sociales y los Estados Unidos jugaron su papel más importante en el mundo.

Usted habla del “límite de incompetencia moral”...

Pienso que la humanidad, en su conjunto, ha llegado a ese punto. Con todos los avances que hemos experimentado deberíamos tener un tipo de solidaridad más avanzado y una gestión de recursos del planeta mucho más responsable y equilibrada. Pero es que no vamos en esa dirección. En cambio, presenciamos un desarrollo acelerado de los países asiáticos, con un número importante de habitantes que acceden al consumo de masas. Nadie tiene el derecho de decirles a los chinos que no pueden tener carros, electrodomésticos, etc. Como consecuencia, los recursos del planeta corren un mayor riesgo. Si los chinos comienzan a consumir del mismo modo que los norteamericanos o los europeos, entonces los recursos energéticos y minerales de la tierra van a desaparecer más pronto. Manifiestamente no estamos en capacidad, con el nivel de concertación y de solidaridad existentes, de decir que vamos a preservar los recursos del planeta. Todo hace creer que el agotamiento de los recursos naturales va a acelerarse.

Y en todo esto la Unión Europea no parece estar jugando un papel sobresaliente…

Apoyo el proyecto europeo porque no solo es importante para los europeos, sino también para el resto del mundo. Incluso diría que es un laboratorio importante para la humanidad venidera. Pero tengo la impresión de que Europa no está jugando hoy un papel crucial. Parece que experimentamos un retroceso del sentimiento europeo. Hace 34 años que vivo aquí y lo he percibido. Cuando se nombraba a Europa en un discurso político se convertía en un arma eficaz. Hoy ni siquiera se refieren a ella en las campañas electorales. Aparece como una entidad extranjera, con base en Bruselas, que emite decisiones de las cuales en necesario defenderse. Los gobiernos sucesivos, sean de izquierda o derecha, se han defendido frecuentemente argumentando que las medidas impopulares que han tomado han sido impuestas por la Unión. Lo que es generalmente falso. Por eso hay un sentimiento negativo, incluso en Alemania, el país que ha sido el más coherente con la Unión.

¿Y en esta crisis, puede la cultura jugar algún papel?

La cultura es muy importante hoy en el mundo porque, precisamente, estamos en un mundo sin brújula. La ciencia progresa, pero no será la ciencia la que nos guiará. Ocurre lo mismo con la economía. Si se les deja ir solitarias, se irán en cualquier dirección. Necesitamos saber lo que queremos construir, en qué dirección deseamos ir. ¡Y qué mejor medio de iluminar este camino que la cultura! Ella nos dará los elementos para evaluar lo que somos, a dónde vamos, qué tipo de relación queremos tener con los demás… Cuando a veces escucho que estamos en una fase delicada y que por esta razón no podemos ocuparnos de la cultura, como si se tratara de un artículo de lujo, me parece completamente equivocado. Al final de la Segunda Guerra Mundial existió un debate similar donde la gente decía que estaban en un proceso de reconstrucción y que por eso no necesitaban de la cultura. En aquel entonces Orwell dio una conferencia y dijo: “Ustedes se equivocan, porque es ahora cuando precisan saber qué es lo que van a reconstruir, comprender cómo es que llegamos a este punto, y todo esto es la cultura la que va a revelárnoslo”.

El tema de la identidad ha sido central en sus libros...

Estamos en el siglo de las identidades. Es una consecuencia de la evolución de la humanidad y de la globalización. Esta cuestión ya no se puede presentar como en la época de los Estados-nación. Hoy se obliga a las personas a privilegiar una pertenencia en detrimento de las demás. Considero que esto es lo que lleva al fanatismo religioso o nacionalista. Vemos que las personas se identifican mucho más en función de la identidad religiosa que hace uno 30 o 40 años. En el siglo XX los conflictos entre identidades dieron paso al conflicto ideológico que enfrentó a dos grandes bloques.

¿Y cuál es el papel de los intelectuales en estos problemas? Parece que muchos de ellos se han quedado sin voz.

Debido a que estamos en un mundo dividido por las identidades, forzosamente el papel del intelectual se ve reducido. Para que un intelectual pueda expresarse libremente debe tomar distancia de sus ‘pertenencias’ culturales. Considero que esto sucede muy poco. Muchos temen ir en contra de la opinión de la comunidad a la que pertenecen. La edad de oro de los intelectuales coincidió con la época de los conflictos ideológicos. Fue en la época de la Guerra Civil española, de la lucha contra el fascismo y las dictaduras, etc. Estamos en una época en la que los intelectuales son puestos al margen y existe tal profusión de medios de comunicación que es mucho más complicado escuchar ciertas voces. En Francia se escuchaba a personajes como Sartre o Camus. En este momento hay muchas voces, pero finalmente tienen menos impacto y credibilidad puesto que se pierden en la marea de informaciones. Estamos en un mundo donde todo se ahoga en la instantaneidad y el zapping. Nos interesamos en ciertas cosas por un día o dos y enseguida nos aburrimos y pasamos a otra cosa. Ya no hay debates a largo plazo, únicamente chispazos y nada más. Es más difícil encontrar un debate intelectual serio que tenga impacto en la sociedad. Y en este tiempo los intelectuales deberíamos hacernos escuchar aún más. Pero es imposible: el ruido mediático es demasiado violento.

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