La escritora Daniela Palumbo y una imagen de las maletas conservadas en el museo del campo de concentración.

“Cuando llegué a Auschwitz solo sentí un gran silencio”

En un último gesto de crueldad, los nazis obligaban a los prisioneros a escribir sus detalles personales en su equipaje antes de introducirlos en las cámaras de gas. Este detalle, tan siniestro, inspiró ‘Las maletas de Auschwitz’, un conmovedor relato sobre los niños atrapados en la guerra.

2015/10/26

Por revistaarcadia.com

El campo de concentración más famoso del mundo ha servido como inspiración para muchas obras. Allí transcurre gran parte de Maus (1991), el único cómic en ganar el premio Pulitzer, así como el relato de Primo Levi, Si esto es un hombre (1947), y escenas de cintas como La lista de Schindler (1993) o la gráfica Auschwitz (2011), del alemán Uwe Boll. El centro de retención nazi también protagoniza, aunque de una manera distinta, la novela infantil Las maletas de Auschwitz, de la escritora Daniela Palumbo.

La obra de la italiana es un relato ambicioso. Pretende explicarles a niños de nueve años en adelante uno de los episodios más escabrosos del siglo XX, uno que a veces ni los adultos comprenden del todo: el holocausto propagado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Y la obra, mediante la historia de cinco niños cuya vida cambia de manera abrupta a finales de la década de los treinta, cumple con su cometido.

 “Imagínate un lugar donde la alegría, las sonrisas, los abrazos y las bromas no hayan entrado nunca. Un lugar en el que ni siquiera el sol, cuando se asoma a las grandes ventanas de las diferentes estancias, consigue desaparecer la gélida oscuridad que ha quedado adherida a las paredes y a los techos. La oscuridad ha penetrado, como un polvo sutil, cada grieta de Auschwitz. Nunca se irá de allí”, escribe la autora en el prólogo.

Publicada en 2010, año en que recibió uno de los premios de literatura infantil más prestigiosos de Italia, la novela fue traducida al español para la colección Torre de Papel de la editorial Norma. Su autora, quien visitó Bogotá la tercera semana de octubre para asistir a un congreso de literatura infantil, habló con Arcadia sobre el libro y la relevancia que tiene hoy, cuando a causa de las crisis de inmigrantes el odio y la intolerancia empieza a asentarse en un fragmento de la población europea.

¿Por qué decidió tocar el tema del holocausto?

Cuando era adolescente no sabía nada lo que había pasado en el holocausto. Pero entonces vi un documental que me impresionó mucho, en el que se veían cientos de judíos en los campos de concentración amontonados como pilas de cosas inertes, sin vida. Como si no fueran humanos, sino cosas. Me emocionó y me provocó una reflexión interior, así como una serie de preguntas: ¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué suceden estas cosas? ¿Por qué se ven estos cuerpos inanimados, sin aprecio?

Por lo general la gente que muere tiene tumbas y un funeral. Pero ellos estaban ahí, sin valor, y esa pregunta se quedó conmigo hasta mi adultez. Fue la perdida de la humanidad lo que más me impactó. Fue la capacidad con la que los alemanes nazis trataban de quitarles poco a poco el aspecto humano y la naturaleza humana a las personas. De ahí nació la intención de contar la historia de los niños judíos.

Hoy curiosamente proliferan los libros sobre los nazis y la Segunda Guerra Mundial ¿Por qué seguimos regresando a esa época?

Hay dos explicaciones: una noble y otra no tanto. La menos noble es el mercadeo: los libros que se escriben sobre la persecución de los judíos venden muy bien y eso hace que los editores acepten de buena gana libros que tocan el tema. Tienen la venta asegurada.

Por otro lado, está la parte noble: recordar lo que pasó durante esa época es una forma de mantener una memoria que puede ser útil porque hoy el panorama político de Europa y el mundo sigue igual de violento. El odio está volviendo a nacer y leemos sobre él todos los días en los periódicos con la situación de los inmigrantes que viajan a Europa. Ellos huyen de sus patrias justamente para tratar de sobrevivir al odio, y van a encontrarse con unas sociedades que no siempre son muy acogedoras.

Si bien lo que pasa ahora no es tan fuerte en el sentido de que no se habla de la eliminación de personas, ese odio puede trabajar los sentimientos de la gente para mal. Muchos autores creen que es importante tocar ese tema para recordar. Como decía Primo Levi: tenemos que consagrar la memoria para que no se repita.  

Las maletas de Auschwitz es un libro que trata un tema difícil. ¿Qué pueden aprender los niños de esta lectura?

La novela se recomienda a partir de los 9 años y en ella los niños pueden encontrar dos temas: la exclusión y la indiferencia; ya en otras novelas había tratado estos aspectos. En el libro los lectores no llegan al campo de concentración. Decidí parar antes. Pero se dan cuenta de cómo empezó todo: con la indiferencia de una sociedad que miraba a la exclusión de los judíos en los colegios y en la vida social y permanecía apática.

Pero no solo escribí este libro pensando en esto, en hacer un análisis sociopolítico histórico. También estaba pensando en hoy, pues en muchos lugares persisten los mismos sentimientos de indiferencia y exclusión. Puede ser muy peligroso que la gente desarrolle prejuicios e indiferencia hacia los inmigrantes, por ejemplo. Si este libro se lee en colegios, tengo la esperanza de que funcione como un testimonio del presente, y no como la memoria de algo que ya pasó.

Las maletas son sin duda la imagen más poderosa de la historia. ¿Cómo entró en contacto con ellas?

Cuando me preparaba a escribir el libro decidí visitar Auschwitz. Me parecía justo y necesario conocer el lugar donde terminó todo. Fui en busca de inspiración, pero cuando llegué lo único que sentí fue un gran silencio, un gran vacío. Lo que estaba viendo no me hablaba al corazón. Dentro del museo había sobre todo objetos como zapatos, gafas, ropa anónima. Nada tenía identidad.

Pero cuando llegué a donde estaban amontonadas las maletas de los judíos que nunca regresaron a sus casas, me llamó la atención que todas tenían el nombre de los dueños. Ahí estaban sus maletas, iguales a las que hacemos nosotros cuando salimos de viaje. Me llamaron la atención porque hablaban sobre personas reales, con nombres y apellidos. Ahí ellos no eran cosas. Esas maletas me hablaron al corazón y entonces empecé a pensar en cómo podía contar la historia de las personas que prepararon ese equipaje.

Quiero subrayar un detalle: los nazis obligaban a los judíos a poner el nombre en las maletas antes de meterlos en las duchas, y les decían que luego las podían recoger. Eso me impactó mucho, ese último acto de crueldad. Es un detalle clave, un detalle monstruoso. Los alemanes simplemente les decían: vayan a ducharse.

Esta historia se pudo haber contado desde la perspectiva de una abuela, de un padre, de un tío. ¿Por qué contarla a través de los ojos de un puñado de niños?

Lo hice pensando en que los chicos tienen las mejores preguntas. Las más naturales y también las más obvias.  Son los que no pueden aceptar una injusticia tan fuerte, esa misma que los adultos pasan por alto o justifican de una forma u otra. Las preguntas de los niños son las legítimas, las verdaderas, y por eso pensé que lo mejor sería escuchar sus voces, sus preguntas, que no son filosóficas sino cotidianas, al estilo de ‘¿por qué no puedo ir al colegio?’. Preguntas tan naturales, tan comunes y corrientes, que parecen tan ingenuas, son en verdad las que no tienen respuesta. Demuestran lo absurdo de la situación.

Los protagonistas de Las maletas de Auschwitz son niños y se trata de un libro pensado para ellos. Pero, ¿también es para adultos?

Sí, se puede considerar un libro sin limitaciones de edad. Aunque al comienzo lo pensé para menores, siendo yo una escritora de literatura infantil y juvenil, cuando empecé a hablar con profesores y adultos descubrí que la lectura también los impactó a ellos. Sí, es un libro para todos.


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