Ventura nació en Barcelona, pero se crió en Venezuela. Crédito: Camilo Rozo.

“A la hora de leer literatura, somos un continente chovinista”

Después de colaborar con varios medios latinoamericanos, el periodista venezolano Marcel Ventura ocupa la dirección editorial del área andina de Planeta. Hablamos con él sobre su oficio, el mundo editorial colombiano y los retos que el posconflicto le plantea al circuito de los escritores y editores colombianos.

2017/01/23

Por Ángel Castaño Guzmán

Luego de ejercer el periodismo cultural en El librero, entre otros medios, y de estar ahora en un sello del renombre de Planeta, ¿cómo ha enriquecido este nuevo papel su mirada del mundo cultural? ¿Qué tanto lo ha formado como lector y escritor?

Aunque no tengo muy claro de qué está hecha esa mirada de la que hablas, sí me gusta algo que decía Henry James al referirse a los escritores: “Hay que tratar de ser alguien en quien nada se pierda”. Un buen periodista es eso, un buen editor es eso; y sospecho que mi aspiración, haga lo que haga, va un poco por ahí: que todo lo que ocurra a mí alrededor guarde un mensaje mínimo que ojalá en algún punto pueda conectar con otro algo mínimo y así generar algo parecido a una idea. No creo que este oficio esté hecho de épicas, por el contrario, eso que llamamos “los buenos libros” a menudo llegan a las manos de los editores en forma de zumbidos y toca aprender a convivir con la amargura de no tener el oído fino todo el tiempo.

Desde su experiencia, ¿cuáles son aquellas cosas que singularizan el mercado editorial colombiano? ¿Qué lo diferencia de, por ejemplo, el venezolano o el del resto de la región?

He vivido 6 años en Bogotá haciendo trabajos distintos, por lo que no me siento cómodo elaborando alguna teoría tan concreta sobre el país. Esencialmente cada mercado tiene sus reglas y los lectores que se unen en el entusiasmo ante fenómenos globales, llámese La chica del tren, llámese El nombre de la rosa, se anudan a un hilo invisible que, por fortuna, es imprevisible para los editores. Es la gracia de esto. La norma es que, a la hora de la verdad, cada país no se preocupe mucho por el país de al lado. Un ejemplo está en la literatura latinoamericana: editoriales grandes y más pequeñas han generado estrategias para que libros de autores del continente circulen mejor que hace unos años. Esfuerzos insuficientes, seguramente, pero esfuerzos concretos. Bien, la realidad es que nuestros mercados no responden como quisiéramos y sigue siendo muy difícil que un escritor encuentre un número significativo de lectores más allá de su país de origen. A la hora de leer literatura, somos un continente chovinista.

¿Qué debe tener un manuscrito para que a usted lo enganche? ¿Qué tan buenos son los trabajos que continuamente llegan a su mesa?

Supongo que lo más importante es un punto de vista. Que alguien escriba algo que incluso podría pasar por debajo de la mesa de no ser porque hay ahí una forma única de verlo. Luego está lo que llamaría el pacto, la promesa que un libro hace con su lector desde el título y las primeras páginas. Un buen libro –publicado o no– es aquel que sostiene esa promesa hasta el último momento. Chéjov decía aquello de que si vas a introducir una pistola en la historia es necesario que alguien la use; bueno, desde la estructura narrativa hasta la propuesta formal, los libros están llenos de esas pistolas de Chéjov, algunas simbólicas y otras no tanto.

¿Cuál cree usted que es la estrategia para conciliar las buenas ventas con la calidad estética de una obra? ¿Es posible lograrlo?

Para responder de algún modo a esa pregunta hay que empezar por aquí: en un mundo donde la lectura compite con comodísimas formas de ocio por ganar tiempo en la vida de las personas, el papel de los editores y las editoriales es menos influyente. No estoy seguro de si hablar de democratización del contenido sea el término adecuado, pero está claro que hay una mayor horizontalidad en las decisiones. Y bueno, para editar hay que llevarse bien con la frustración porque no siempre hay una relación directamente proporcional entre aquello que nos sacude como editores y aquello que sacude a un número significativo de personas. Pero relajo con orden, no nos pasemos de emo: hay muchísimos ejemplos de buenos libros que han vendido bien aquí, en México, en Italia y en Indonesia, otra cosa es tener delirios de control absoluto y creer que la mirada personal debe ser siempre la mirada de los otros.

En el contexto actual del país -el del postconflicto-, en su opinión, ¿qué papel jugarán los editores y el resto de gestores culturales?

El papel que cualquier editor cumple por naturaleza, el de otear fragmentos de país para tratar de construir relatos colectivos. No hay nadie en mi equipo de trabajo ni colegas en cualquier otra editorial que no estén pensando eso. Vienen años de variedad y trampa en los discursos oficiales, pero sobre todo vienen años en los que debemos darle voz a gente que nadie tiene el menor interés de escuchar.

¿Cuáles son las obras y autores que lo formaron como lector y a los que vuelve con frecuencia?

Quisiera contarte una gran historia de mi amor por los libros y todo eso, pero la verdad es que de pequeño apenas me obsesioné con una biblioteca sobre dinosaurios y no desarrollé hábitos lectores. De adolescente ya empecé a leer en desorden algo por aquí y por allá, algo de Hemingway, algo de Sabato; nada especial. No sé, supongo que leí y leo por el cliché: primero, para estar menos solo; y después, para aprender a estar solo. Si se trata de volver, lo que sí se me da es volver a la poesía de Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, José Antonio Ramos Sucre. Vuelvo a Lugar común la muerte, de Tomás Eloy Martínez; a la angustia de David Foster Wallace y el delirio de William Vollman; a Edward Gorey, a Richard Tarnas, a John Berger, a Carl Sagan. Y a Jane Austen. Siempre hay que tener cerca a Jane Austen.

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