Enriquez nació en Buenos Aires. Sus cuentos han sido publicados en revistas como 'The New Yorker' y 'Granta'.

Mariana Enríquez, el terror en lo cotidiano

Aficionada a los cementerios y a las novelas de Stephen King, la escritora argentina Mariana Enríquez se ha consolidado como una de las nuevas voces de la literatura de su país. En la FILBo presentará dos libros: ‘Las cosas que perdimos en el fuego’ (Anagrama) y 'Alguien camina sobre tu tumba' (Laguna Libros). Nos sentamos con ella en Buenos Aires.

2017/04/28

Por Ángela Martin Laiton

Mariana Enriquez está sola en su casa. Últimamente la ha obsesionado la sombra que crece sobre el techo que da sobre su cama. Es una mancha oscura y deforme, parecida a la pintura cuando se enmohece. Su papá le contestó en la mañana que seguro se trata de la humedad, que pierda cuidado, que no se convierta por favor en una supersticiosa, que olvide el tema. Es tarde y Mariana está sentada junto a la ventana viendo a los niños de la plaza del frente jugar a la pelota. Aunque observa a los niños concentrada, tiene la cabeza fija en la imagen de la sombra que se está apoderando del techo de su cama. En la mañana no pudo terminar de tender la frazada de su cama. Sentía a esos penetrantes ojos abstractos fijos sobre ella. Ni siquiera quiso subir la mirada: fingió valentía y salió caminando despacio, apoyando bien los pies y con los brazos relajados en un gesto de tranquilidad. Cuando se sintió lejos de la mirada bestial corrió a los brazos de su papá.

A sus ocho años, la escritora Mariana Enríquez se encontró desplazada del confort de su habitación por esa fuerza abstracta. En las noches fingía estar enferma y se hacía espacio en la cama de sus padres. Pero le quedaba la incertidumbre de esas horas del día donde debía enfrentar su soledad y sus miedos ¿Qué hacer con la angustia que se atraviesa indómita en el pecho y nos asfixia? ¿Cómo sacarse el miedo que aparece como un alfiler tímido en algún rincón y va creciendo?  Henríquez decidió explorar otros lugares de la casa. En uno de esos paseos vespertinos se paró frente a la inmensa biblioteca de su papá y quedó fascinada con los libros de la colección Bruguera. Leyó cada tarde, sin olvidarse de seguir obsesivamente el orden en el que venían; primero estaba A sangre fría de Truman Capote, el segundo era una antología de Borges, el tercero Graham Greene. Después de incontables tardes solitarias, se encontró leyendo el último: Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Este fue el inicio, una especie de epifanía que la dejó atrapada en el mundo de la literatura. La sombra nunca se fue y Mariana después de tanto leer, se abrazó a ella.

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La escritura como destino

Sentada al lado de la única ventana que da directo a la avenida Corrientes, Enríquez se pide un café con dulce de batata y observa a los transeúntes de una de las calles más concurridas de Buenos Aires. Tiene unos ojos curiosos que la delatan como periodista, es amable y seria. Una mujer pálida, de cabello oscuro con cierto aire lúgubre.

“¿Vos querés saber cómo empezó todo esto? Bueno, mi primera novela, Bajar es lo peor, la publiqué a los 21 años. Fue lo primero que escribí, no escribí algo antes, no tenía poemas fallidos, nada de eso. Hasta ese momento yo era solamente lectora, no tenía amigos escritores. Vivía en La Plata que es una ciudad universitaria con mucha vida intelectual, pero yo vivía retirada de la vida de los escritores o intelectuales. Me gustaba leer y en consecuencia escribir porque para mí está bastante relacionado. Cuando publiqué esa primera novela empecé a trabajar como periodista, porque ya estudiaba periodismo, pero no tenía trabajo. Había elegido esta carrera porque necesitaba trabajar rápido, necesitaba estudiar algo que me permitiera trabajar rápidamente. Siempre supe que podía escribir”.

¿Cómo influenció el periodismo a su literatura?

Bueno yo trabajo como periodista cultural ahora mismo, de hecho, de acá me voy a la redacción. Yo nunca lo relacioné demasiado, pero sí en la cuestión técnica. Pero el periodismo es otra cosa, primero trabaja con hechos, trabaja con gente real, tiene una responsabilidad pública de comunicación, yo en la literatura puedo ser sumamente irresponsable.

¿No hay responsabilidad pública en la literatura?

Para mí son muy distintos desde un punto de vista ético. Podemos disfrutar grandes clásicos de la literatura que son absolutamente degenerados, por ejemplo, puedo leer a Sade y decir es fantástico, pero yo no puedo escribir una nota enalteciendo a un hombre que hace eso. Hay un límite ético que para mí es crucial y eso es lo que diferencia a las dos.

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Camino al horror

A Mariana Enríquez le gusta el horror, ha leído los clásicos del género de manera febril, desde Lovecraft hasta Poe. Sus ojos negros y grandes brillan cuando habla de la literatura que le gusta. Ha recorrido un largo camino por la escritura inglesa hasta parar allí, en ese género tantas veces ninguneado por la crítica literaria. Me contó que Lovecraft decía que el horror debía tener un factor sobrenatural y Stephen King llega en los setenta, rompe los esquemas y dice que lo que debe tener es un factor de presión fóbica, que no necesariamente es sobrenatural.

“Después también me empecé a dar cuenta que tenía ganas de hablar de cuestiones políticas y sociales, pero no desde el realismo o no exclusivamente desde el realismo. Es decir: que mis cuentos empezaran con un tono realista y después lo rompiera con cosas como lo violento, lo macabro o lo que vos quieras. En realidad, esta mezcla es bastante habitual, no en la literatura en castellano, eso lo entiendo, pero por ejemplo yo toda mi vida leí a Stephen King y soy fan de él. Sus novelas son absolutamente realistas. Cementerio de animales es una novela de una familia que se muda a un lugar, se les muere el gato qué sé yo, cosas muy cotidianas”.

“Agarré la cotidianidad de ese tipo de historias y la hice una cotidianidad más nuestra, Argentina en mi caso y latinoamericana por extensión en algunas cuestiones, pero muy local”.

Esa cotidianidad donde empieza a narrar suburbios, pobreza, marginalidad. ¿Sintió que era una forma de identificar el sur?

Sí, me parece que este es el continente más desigual del planeta y que si voy a escribir relatos urbanos o relatos con esta impronta desamparada si querés, era fundamental el retrato completo de la sociedad. Me parece la desigualdad es más propia de la región que la pobreza. La desigualdad es la que provoca la violencia en la mayoría de los casos. La violencia institucional y la violencia política que no es que en el norte no funciona, pero funciona de otra manera.

Hay algo muy característico de nuestro continente: el Estado como algo muy problemático, algo que no termina de resolver cuestiones esenciales de la gente, que no termina de ayudar, que es deficiente en la administración de justicia, etc. Como yo quería escribir historias de terror realistas y cotidianas, tenía que incorporar al Estado en ellas. Salió un poco a solas, eso lo pensé después, pero tenía claro que yo no quería escribir historias de un castillo.

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“Los cementerios son máquinas de contar historias”

Alguien camina sobre tu tumba es el libro que Enríquez presentará ahora en la Feria del libro de Bogotá.

“Es un libro de viajes a cementerios. Lo empecé a escribir con notas que iba tomando de los lugares, recogiendo las leyendas, casi desde un punto de vista estético porque eran sitios que me gustaban. Visitaba cementerios, además me interesaba el lugar como espacio, como un personaje quiero decir. Sobre todo, los cementerios municipales porque son lugares que van cambiando mucho y reflejando la sociedad que los rodea. También están desapareciendo de alguna manera porque en la sociedad hay una tendencia a esconder la muerte cada vez más. Hay cada vez más propensión a los cementerios-parque, pero aquellas grandes construcciones que se hacían a principio del siglo XX y son fabulosas, esas ya a nadie se le ocurrirían”.

“Hay otras formas de vivir la muerte que están ahí y que me interesaban. Además, el 80% de los cementerios que visité en América Latina y en otros lugares casi siempre estaban vacíos, o sea había muy poca gente visitando, incluso los domingos. Son lugares poco frecuentados, en Argentina salvo los turistas en La Recoleta no va nadie. En La Chacarita, ahora fui hace poco por otra cosa que tenía que hacer y no vi a nadie, salvo gente que estaba buscando a Cerati. Encontré en otros lugares que a lo mejor tienen una tradición más religiosa, cementerios más concurridos, pero aun así es muy poca gente la que visita”.

“Pero el libro se armó con un hecho puntual; una compañera de trabajo aquí en Buenos Aires tenía la mamá desaparecida y el equipo forense que encontró sus huesos se la devolvió. Fue una cosa totalmente loca, la mamá desapareció a finales de los años setenta, en la dictadura. Esto ocurrió en el cementerio de Moreno al oeste de Bueno Aires. Fue un entierro emocionalmente muy impresionante, pero además fue un acto político digamos, había mucha gente, compañeros de ella, el esqueleto estaba incompleto. Fue algo muy reivindicatorio, había algo triunfante en la cuestión de poder darle a esa mujer una tumba y un nombre”.

“Ahí me empecé a dar cuenta que, a nivel narrativo, todas estas crónicas juntas cuentan algo de mi historia personal. Yo nací a fines del 73, tenía dos años cuando empezó la dictadura. Entonces, cuánto hay para mí de tranquilizador en una tumba con nombre. Algo que esté nominalizado, individualizado, que haya tenido ese derecho que se le negó a tanta gente. Pensé en lo que decía Borges del destino latinoamericano de yacer en un lugar sin nombre, sin una identificación, sin nadie que vaya. Y decir bueno, fui esta persona, viví en esta época, estoy acá. Ahí me di cuenta que al libro le daba un espesor, porque yo lo estaba juntando pensando como una chica oscura a la que le gusta pasear por cementerios, pero cuando vi este hecho tan real, toda la gente que apareció, los hijos de ella, no sé era fuertísimo.  Era un ataúd pequeño como el de un niño porque eran pocos huesos. Sobre todo, la sensación de reivindicación me hizo darme cuenta que a mí una tumba con un nombre me tranquiliza. Me parece un final, creo que así es como se termina una vida”.  

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