Un surfista en Hawái, circa 1970. Crédito: John Titchen/Three Lions/Hulton Archive/Getty Images.

Los años salvajes de William Finnegan

El surf, la memoria y la narrativa se unen en la autobiografía de uno de los escritores más destacados de 'The New Yorker'. Con una prosa fluida acompañada de imágenes vivas, Finnegan transciende los límites del texto para relatar una vida fascinante.

2017/07/06

Por Diego Rubio*

Pueden pasar días, semanas, antes de que aparezca una buena ola para surfear. ¿Qué hacer mientras tanto? Leer en la playa, llevar un diario. Beber un poco del trago local, tirar —mejor si es con una local—, beber un poco más. Pensar en todo lo que se está dejando de hacer por surfear. Esperar.

William Finnegan ha esperado toda su vida a que llegue la ola perfecta. Lo hizo en los años sesenta y setenta, mientras crecía entre las playas de Los Ángeles y Hawái. Lo hizo cuando recorrió las islas del Pacífico, en los ochenta, con una tabla de surf como único equipaje. Y lo hizo —con varias paradas para escribir otros textos formidables, publicados en la revista The New Yorker— durante las más de dos décadas que duró trabajando en el manuscrito de su autobiografía. Hace un par de años, finalmente, vio la luz Años salvajes, un libro delicioso de leer que los jurados del Pulitzer bien supieron reconocer con el premio a mejor obra biográfica.

¿Y la ola perfecta? Parece que nunca apareció. O sí. Ni Finnegan lo sabe. Y casi que es intrascendente.

Lo importante es que durante su búsqueda, el autor fue acumulando experiencias mundanas que en el libro aparecen magníficas gracias a su prosa fluida: sujeto-verbo-predicado. No importa si está describiendo un viaje de 1.000 kilómetros por Australia en un carro destartalado o una ola que casi lo mata en una playa virgen de Fiyi; cada escena, cada imagen, está contada de manera cuidada, con miles de detalles pero sin adornos innecesarios.

Más que salvajes, los años que Finnegan ha dedicado a surfear parecen tranquilos, reflexivos y, por momentos, frenéticos. Porque eso es el surf —o, al menos, así lo da a entender el autor—: tiempos muertos mientras a esa maldita ola le da por aparecer. Y cuando llega algo parecido a la maldita ola, segundos sublimes dentro de un túnel de agua que hacen que la vida cobre sentido.

Años salvajes no es solo un libro de surf, como ha tratado de simplificarlo el modesto Finnegan. Tampoco, un intento por justificar todo el tiempo que ha “perdido” surfeando, como también nos quiere hacer creer. Años salvajes es una gran crónica de viajes, conducida por un personaje que busca una razón para sentirse vivo. Y esa razón es —sí, adivinó— la ola perfecta.

*Editor de SoHo.

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