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“Mis drogas: la música y el té”

Es uno de los más interesantes escritores invitados al Hay Festival. Dice ser aficionado a estar lejos de Inglaterra porque esa cultura venera la agresión y la ignorancia. Sus personajes reaparecen de un libro a otro, pues le duele dejarlos sin trabajo mucho tiempo. Arcadia lo entrevistó.

2010/03/15

Por Alberto de Brigard

David Mitchell estudió Literatura en la Universidad de Kent y trabajó brevemente en una cadena británica de librerías antes de emigrar a Hiroshima, donde vivió entre 1994 y 2002 y se dedicó a enseñar inglés. Allí se casó con una japonesa y tuvo dos hijos. Su segunda novela, Number9Dream, se desarrolla en Japón, en un mundo urbano-cibernético en el que interactúan mafiosos, nerds, jugadores de maquinitas y otros personajes que no estarían fuera de su ambiente en una novela de Haruki Murakami, a quien menciona frecuentemente como uno de los escritores más cercanos a su obra; en este grupo se pueden incluir muchos otros autores, entre los que sobresalen Italo Calvino, Julian Barnes, Matthew Kneale, Thomas Keneally y, por supuesto, Vladimir Nabokov, referencia obligada en todos los casos en que un novelista demuestra una facilidad sobresaliente para los juegos de palabras y para hacer contorsiones idiomáticas.

Mitchell ha estado en el centro del panorama literario de su país desde 1999, cuando publicó su primera novela. Todos sus libros han sido finalistas de alguno de los premios más prestigiosos de la ficción inglesa; se trata de una de las estrellas del grupo de los veinte escritores británicos más prometedores que seleccionó la revista Granta en 2003.

Los libros de Mitchell son complejos estructuralmente hablando. Ghostwritten es una novela compuesta por nueve relatos independientes, sutilmente interrelacionados por pequeños detalles. Cloud Atlas son seis historias “concéntricas” que se interrumpen sucesivamente de manera brusca en la primera parte del libro (una de ellas literalmente se corta en medio de un párrafo) y se van cerrando poco a poco en la segunda. Su última novela, Black Swan Green (nombre del pequeño pueblo en el que vive el protagonista), relata en trece capítulos la vida de un muchacho de trece años que está dejando atrás la infancia en la Inglaterra de Margaret Thatcher.

Sus novelas tienen estructuras muy bien trabajadas. ¿Esas estructuras son el punto de partida de sus libros, o están primero las historias?

Las estructuras y las historias existen antes de que empiece un libro. A medida que lo escribo se desarrollan y se modifican mutuamente. Algo parecido a la manera en que encuentros, rumores o el clima modifican el itinerario de un viaje.

Varios reseñistas hablan de que Cloud Atlas tiene estructura de “muñecas rusas”. ¿Usted visualizaba esa imagen mientras lo escribía?

Sí. Generalmente los escritores tenemos por lo menos un “almuerzo sobre el próximo libro” con los editores y a ellos los tranquiliza que uno pueda discutirlo con alguna claridad. En el caso de Cloud Atlas era importante que pusiera mis ideas en un formato presentable y entonces se me vino a la cabeza la metáfora de las muñecas rusas. Este proceso también es muy útil para mí, condensa ideas vaporosas en un líquido. Mi editora es muy buena persona y no quiero preocuparla.

Algunos de sus personajes pasan de un libro a otro en contextos muy distintos. ¿Qué determina la “supervivencia” y reaparición de determinados personajes?

Me gusta darles trabajo a personajes viejos, a quienes imagino sentados en una oficina de empleos, rezongando como actores sin trabajo, protestando contra la ingratitud de los directores explotadores (yo). Si su cronología se ajusta y si sus personalidades e historias resuelven necesidades de la nueva novela, les ofrezco el puesto. Una vez escrito el libro, vuelven a la oficina de empleos y me maldicen un poco más.

¿Es incorrecto pensar que el tema del fin del mundo o de la extinción de civilizaciones es como una sombra en muchos de sus relatos y que en el fondo su visión de la historia es bastante pesimista?

Creo que es apropiado decir que el fin del mundo es uno de mis temas o, mejor, una de mis “tendencias”. Hay mucho en la Historia, en los periódicos y en el corazón humano para sustentar una visión pesimista sobre el futuro de la humanidad: los genocidios, las atrocidades, las invasiones, las traiciones. ¡Pero el derrotismo ayuda al enemigo! El sol brilla en mi habitación y debemos recordar que cuando los funcionarios que elegimos cumplen su deber, generalmente no aparecen en los periódicos, y que los seres humanos también son capaces de actos de honor, generosidad de espíritu, perdón y redención. También soy optimista.

Varios de sus relatos tienen como protagonistas a compositores, vendedores de discos, disk-jockeys... ¿Qué importancia tiene para usted la música como tema y en su vida cotidiana?

Mis dos drogas son la música y el té. La música me conforta cuando necesito que me conforten, me da agudeza cuando la requiero y me calma cuando necesito calmarme. La vida sería intolerable sin ella. La música aparece mucho en mis obras porque escribiendo sobre música y sobre músicos puedo escribir disimuladamente sobre la escritura y los escritores.

El protagonista de su última novela debe de tener mucho en común con usted. ¿Escribió poesía a los trece años como él? ¿Escribe poesía hoy?

Escribí la poesía típica de un muchacho de trece años cuando tenía esa edad. Era verdaderamente espantosa. Hoy no escribo poesía porque es una vocación sagrada y quienes carecen del talento que justifica el título de “poeta” merecen ser incinerados por el fuego del ridículo.

Usted ha escogido vivir desde hace bastante tiempo fuera de Inglaterra, ¿por qué?

1) Wanderlust (deseos de viajar). 2) Estoy casado con una japonesa, de modo que es práctico desde el punto de vista doméstico no pasar todo nuestro tiempo en Inglaterra. 3) Siento que la cultura británica tiene inclinación a venerar la ignorancia y la agresión y prefiero no exponer a nuestros hijos a ello. 4) Vivir en el extranjero tiene un efecto liberador en mí.

Dada la variedad de temas y estilos en sus libros los críticos lo relacionan con muchísimos autores: Nabokov, Murakami, Calvino... ¿A cuáles escritores se siente usted más cercano y por qué?

En alguna medida he sentido aprecio y he querido emular en algo a todos los autores mencionados, pero el escritor que más me gusta es Chéjov. Chéjov era compasivo, lacónico, delicado, fuerte, curioso por el mundo, leal, pensaba en los demás aun mientras sus pulmones se deshacían por la tos, y tenía muchas otras cualidades que yo quisiera tener. Sus cuentos son sencillos, graciosos, profundos y nada ostentosos.

Su lenguaje es muy personal y complejo, por decir lo menos. Los traductores deben de enfrentar un enorme reto con sus obras. ¿Cuál ha sido la experiencia al respecto?

Ha sido una delicia. Mi traductor noruego, un tipo muy inteligente llamado Stian Omland, creó un grupo en internet para mis traductores cuando Cloud Atlas “se volvió internacional”, de manera que hemos trabajado muy de cerca. Mis traductores me abren ventanas a otras culturas y lenguajes; también me aportan algo de humildad porque todos tienen más “inteligencia lingüística” que yo.

¿Sobre qué temas está trabajando para su próximo libro?

Es una novela histórica sobre Japón y Holanda en la época napoleónica y me está volviendo loco, pero cada pequeña victoria en la escritura me hace sentir estupendamente.

Cada escritor tiene razones particulares para dedicarse a ese oficio. ¿Cuáles son las suyas?

Porque mi tercera droga, que olvidé mencionar antes junto con la música y el té, es escribir. Cuando escribo siento que no estoy desperdiciando mi breve tiempo en este mundo. Tal vez lo estoy desperdiciando pero no lo siento así.

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