La batalla de las 'Divas', en Wrestlemania 2009.

La lucha libre, el teatro griego de hoy

A propósito del VI Festival Visiones de México, en el que habrá actividades sobre la lucha libre, recordamos el texto del semiólogo Roland Barthes en el que saca a relucir las similitudes entre el ‘catch’-como se conoce en francés- y las obras de teatro de la antigüedad.

2016/09/02

Por Christopher Tibble

Pocas personas han examinado los mitos de la cultura popular con tanta lucidez y profundidad como Roland Barthes (1915-1980). El semiólogo y crítico literario publicó en 1957 Mitologías, una recopilación de ensayos que había escrito para la revista literaria Les Lettres nouvelles. En él, desnudó la construcción social de ciertos símbolos populares y develó, como si se trata de una cebolla, sus múltiples capas de significación. Con agudeza, deconstruyó una veintena de mitos ‘profanos’, desde el vino y el horóscopo hasta la publicidad y el detergente.

En el primer ensayo de Mitologías, titulado ‘El mundo de la lucha libre’, el francés examina el fenómeno que, para muchos, se considera ‘vulgar’. Pero Barthes no solo defiende su valor, sino que además explica por qué se puede considerar el heredero contemporáneo del teatro griego clásico. Primero, aclara, la lucha libre no es un deporte, sino un espectáculo. En ese sentido, su objetivo no es el triunfo, o siquiera la continuidad de las acciones, sino la representación momentánea de determinadas pasiones. “El proceso racional del combate no interesa al aficionado de la lucha libre… cada momento impone el conocimiento total de un pasión que surge directa y sola, sin extenderese nunca hacia el coronamiento de un resultado”, escribe.

Que sea falso, coordinado, no afecta al espectador. El público confía en la virtud del espectáculo: lo que importa no es lo que se cree, sino lo que se ve. Así, explica el autor de La cámara lúcida, “no es más innoble asistir a una representación del dolor en lucha libre, que a los sufrimientos de Arnolfo o de Andrómaca”. Los dos tipos de  espectáculos, además, comparten un rasgo fundamental: son exagerados. “La lucha libre propone gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación… Esta función enfática es igual a la del teatro antiguo, en el cual la fuerza, el lenguaje y los accesorios (máscaras y coturnos) concurrían a la explicación exageradamente visible de una necesidad”. A diferencia de los deportes, en la lucha libre la derrota -o el dolor- no genera vergüenza. En cambio, se explota, se extiende, recreando los mitos antiguos “del sufrimiento y de la humillación pública: la cruz y la picota”.

Así, cada luchador no sale a vencer, sino a “realizar exactamente los gestos que se espera de él”. Y, como en el teatro, esa expectativa se construye, en una primera instancia, por medio de los cuerpos y atuendos de los personajes: sus constituciones y la manera en que se visten revelan desde el inicio el contenido futuro de sus papeles. Luego, en el transcurso del espectáculo, para enfatizar su rol, el actor “dispone de explicaciones episódicas pero siempre oportunas, que ayudan permanentemente a la lectura del combate por medio de gestos, actitudes y mímicas, que llevan la intención al máximo de evidencia”. Ese agotamiento del contenido por la forma, esa mostración inteligible de las pasiones constituye, para Barthes, el principio mismo del arte clásico triunfante.  

El público reclama, entonces, pasión: un gran espectáculo de dolor, derrota y justicia. Al igual que en el teatro clásico, se encuentran expectantes de que los actores encarnen y expresen emociones discernibles, y que escenifiquen una serie de situaciones morales que por lo general se mantendrían secretas. “Por cierto -escribe Barthes-, entre los aficionados a la lucha libre existe una suerte de placer intelectual en ver funcionar tan perfectamente la mecánica moral: ciertos luchadores, grandes comediantes, divierten igual que un personaje de Molière, porque logran imponer una lectura inmediata de su interioridad”.

Para el francés, la lucha libre es en últimas un espectáculo moral, que tiene como centro de gravedad el concepto de la justica. En especial, la justicia que se le imparte al “canalla”, a aquel “traidor -un cobarde naturalmente- [que] se refugia detrás de las cuerdas y subraya su falta con una mímica descarada”. Castigar al canalla -que funciona para Barthes como una entidad clásica-es el placer máximo de la lucha libre. Esa visión de bien y mal, en esa simplificación, se encuentra la esencia de este espectáculo: “La lucha libre, pues, simula un conocimiento ideal de las cosas, la euforia de los hombres, elevados por un tiempo fuera de la ambigüedad de las situaciones cotidianas e instalados en la visión panorámica de una naturaleza inequívoca, donde los signos, al fin, corresponderían a las causas, sin obstáculos, sin fuga y sin contradicción”.

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