El escritor nació en 1955. Crédito: VCG / Getty Images.

Mo Yan: de la guerra a la memoria

‘El clan del sorgo rojo’ es la primera novela del Premio Nobel de Literatura. Publicada por primera vez en 1986, hace un recuento histórico de la guerra civil China a lo largo de tres generaciones de una familia en la provincia de Shangdong. Llega a Colombia en una nueva edición.

2017/05/04

Por Matilde Acevedo

El sorgo es una planta que, como la quinoa, se cultiva dentro de un marco alimenticio que recuerda las tradiciones de ciertas culturas. Wikipedia la define como “un género de gramíneas oriundas de las regiones tropicales y subtropicales de África oriental. Se cultiva en su zona de origen, Europa, América y Asia, como cereal para consumo humano, animal, en la producción de forrajes y para la elaboración de bebidas alcohólicas y escobas”.

Mo Yan no la define así.

Para el escritor el sorgo es el testigo vivo e imponente, pero sutil, de una guerra que quiere acabar con una cultura y una tradición: la china. Es símbolo y sinónimo de lucha, de supervivencia, de arraigo, de identidad. No es solo el testigo de un escenario lleno de sangre: es el personaje principal, el cómplice, el narrador, casi, de la primera novela del Premio Nobel, El clan del sorgo rojo.

Así como el sorgo se convierte en un aspecto fundamental de la novela gracias a su engrandecida personificación, el mundo que Mo Yan crea en texto se construye a partir de elementos que al principio pueden parecer triviales o insignificantes, pero que en realidad son actores necesarios para explicar la novela. La narración persistente y dedicada de los colores que no solo se presentan en los paisajes –llenos de sorgo, por supuesto– sino también en las expresiones de las personas, en sus emociones, pide del lector una interpretación que le otorgue importancia a esos narradores extraordinarios. El mundo de Mo Yan está empapado del esplendor de la tradicionalidad china, con su jerga y su manera de referirse al mundo –incomprensibles inmediata y superficialmente para el hombre occidental–, influenciadas ambas por el confucionismo. Tal como en algún momento lo quisieron resaltar Faulkner o García Márquez, el universo de Mo Yan tiene que ver mucho con el esfuerzo por resaltar las costumbres, la manera de hablar y la forma de vida de toda una cultura.

Campo de sorgo. Via WikiCommons.

Historia, tradición y memoria: en busca de una identidad

Es 1939 en Gaomi, distrito de la provincia Shangdong en China, y la segunda guerra sino-japonesa está cerca de llegar a su apogeo. La avanzadilla militar a la que pertenece Douguan –un adolescente de quince años quien el narrador identifica como su padre– avanza ágilmente entre los campos de sorgo que han actuado como testigo de la batalla entre los ‘diablos japoneses’ y ellos, los chinos que luchan por su historia, su tradición y su patria.

El clan del sorgo rojo, liderado por el abuelo Yu Zhan’ao y la abuela Dai Fenglian (abuelos del narrador omnisciente), no sólo lucha por pasar desapercibido ante los japoneses y poder atacarlos para acabar con la guerra que ha carcomido a Dongbei, un xiang de su natal Gaomi, lucha también por –como se diría en la jerga popular y cruda que adopta Mo Yan– no “mearse en los pantalones”, por sobrevivir un par de días más a punta de grano de sorgo, por que las cortadas y las heridas que llevan (mortales y visualmente agresivas) no los acaben de matar.

Mo Yan se sirve de una narración no-cronológica sobre tres generaciones de una misma familia –la primera siendo la de Yu Zhan’ao, la segunda la de Douguan y la tercera la del narrador– para dar cuenta de un asunto de mayor trascendencia: la historia y la guerra civil China. Se embarca en esta empresa en aras de reconstruir la memoria y solidificar los lazos con una herencia que es suya y siente puede perderse (quizá, también, porque la conmemoración a esa herencia lo hará hallarse en medio del mundo afanoso actual). El clan del sorgo rojo es, ante todo, la búsqueda de una identidad que el autor cree poder encontrar al indagar en sus raíces y en los archivos más íntimos de su árbol familiar.

La guerra, la que se lo lleva todo

La apuesta por recuperar la memoria y por restablecer la tradición está impregnada de un discurso que quiere tratar de manera universal y conceptual a la guerra. La familia debe sobrevivir a una China fragmentada y frustrada entre el comunismo, el nacionalismo y el imperio japonés, una pelea que deshumaniza no sólo al contrincante sino al compañero en la batalla.

Es un retrato que expresa la capacidad que tiene la guerra de despedazar sin piedad cualquier semilla de anhelo, esperanza y progreso que en algún momento pudo tener un país, de lo insignificante –e inútil, al fin y al cabo– que resulta tanta sangre derramada, tantos cadáveres y tantos huecos en la tierra. 

El sorgo que todo lo ve

El sorgo está atento a lo que sucede: si el pueblo chino derrama sangre, el rojo de la planta se intensifica, si el pueblo chino gana una patética batalla, el cultivo se estremece y se entusiasma. Es el protector de los lugareños, cosa que responde a una historicidad china en la que la planta ha sido el sustento alimenticio y económico del desarrollo de las castas bajas –las que, además, pelean la guerra–.

El sorgo es, por eso, el emblema de las clases trabajadoras, sufridas y hechas a pecho.

Es 1939 y así narra el narrador la muerte de un ser querido –a quien en el cráneo y en el corazón se le ha interceptado una bala disparada por los ‘diablos japoneses’–: “el último hilo que la unía al mundo de los hombres había estado a punto de romperse: pero toda su ansiedad, su dolor, su tensión y sus desmayos habían quedado atrás, en los campos de sorgo”. Es, entonces, gracias a los campos de sorgo que lo que queda de aquella persona –su alma, si se quiere– puede permanecer en el mundo sin que se apague junto con su cuerpo.

Es la presencia imponente y sigilosa del sorgo, que todo lo ve, lo que garantiza la marca y el paso de un acontecimiento tan pequeño para el universo como la muerte de un ser querido hasta algo monumental y escandaloso como las batallas agresivas de una guerra civil. Marca la novela: desde cualquier tema en que se le mire –la historia, la muerte, la dicotomía civilización-barbarie, el amor, la crudeza de la vida–  incluido su título.

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