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“Muchacho del diablo, te ganaste el Pulitzer”

Dominicano de nacimiento, el ganador del Premio Pulitzer 2008 acaba de ser traducido al español. Un tipo sencillo, que lejos de la industria del entretenimiento en el que se ha convertido la literatura, ha publicado dos contundentes libros en diez años. Entrevista exclusiva.

2010/03/15

Por Mauricio Becerra

Con una carrera literaria austera para los estándares actuales —dos libros publicados en el curso de once años—Junot Díaz ha estado siempre en el centro de la atención de la crítica literaria norteamericana. Basta darle un vistazo a las antologías de cuento más importantes editadas en Estados Unidos para encontrarse con su nombre impreso al lado de grandes escritores.

Para no ir más lejos, y citar un caso ilustrativo de la buena compañía que suele gozar Díaz en esas antologías, Daniel Halpern incluyó recientemente una de sus historias en su libro The art of the story, an international anthology of contemporary short stories, un compendio aplicado y riguroso en el que Díaz aparece junto a reconocidos autores como Martin Amis, Peter Esterhazy, Nuruddin Farah, Haruki Murakami, Amos Oz, Ian McEwan y Viktor Pelevin.

Tanta generosidad hacia un escritor latinoamericano parece no ser gratuita. A las frases de elogio, Junot Díaz ha sabido responder con talento. La prueba más contundente se produjo en abril de este año, cuando su novela The brief wondrous life of Oscar Wao recibió el Premio Pulitzer de ficción, un reconocimiento que confirma lo que revistas como The New Yorker ya habían pronosticado a finales de la década del noventa al calificar a Díaz como uno de los veinte escritores para tener en cuenta en el siglo XXI.

Díaz nació en República Dominicana en 1968. A los seis años emigró junto con su familia a Estados Unidos. En 1997, publicó Drown, un libro de cuentos con una explosiva frescura narrativa con el que se granjeó el respeto de la crítica. En Drown (traducido al español por Mondadori como Los boys), Díaz pone a gravitar a sus personajes jóvenes “por territorios marginales” que van desde los campos y pueblos dominicanos hasta las calles neoyorquinas.

En The wondrous life of Oscar Wao (que acaba de aparecer en español bajo el título La maravillosa vida breve de Óscar Wao), Díaz vuelve a recorrer esos campos y esas calles de la mano de Óscar Wao, Lola y Yúnior, un triángulo de jóvenes sobre el que se sostiene la historia de una familia dominicana en su trágica y silenciosa diáspora a Estados Unidos.

“Yo quería escribir the secret history of the United States”, dice Díaz recostado contra una silla en el apartamento de su novia, en Nueva York: “Y the secret history of the United States se encuentra en el Caribe”.

¿Cómo recibió la noticia de que la novela se había ganado el Premio Pulitzer?

Yo estaba en la casa de mi mamá con mi sobrino, un muchacho tremendo de dos años que estaba haciendo y deshaciendo. De pronto me llamó una amiga y me dijo: “mira, Junot, yo creo que deberías mirar internet porque parece que te ganaste el maldito Pulitzer. ¿Dónde tú estás?”. Yo le dije: “Estoy donde la doña”. Como mi mamá no tiene internet, llamé a una amiga haitiana y le pregunté: “Oye, ¿me puedes confirmar si me gané el Pulitzer?” y ella, muerta de la risa porque creyó que le estaba haciendo un chiste, me dijo: “Yo te llamo pa’trás, Junot”. Salí de la casa. Estaba cagándome de nervios. Mi amiga me llamó diez minutos después. Me dijo: “Muchacho del diablo, te ganaste el maldito Pulitzer”.

Salió a celebrar, supongo.

Iba a tomarme una cerveza, pero entré de nuevo a la casa y le dije a la doña: “Mami, me gané un premio muy importante”. Ella no conoce el Pulitzer para nada. Es una doña de otra generación, de otro mundo. Pero, tú sabes, bro, se puso feliz. Celebramos en casa.

La pregunta obligada es: ¿por qué once años para escribir un libro?

Y la respuesta mía es: ¿y por qué no? Yo digo: nadie se está muriendo si tú no escribes una novela en dos años, tres años, cinco, diez años. Hay miles de libros que se publican cada año y el tuyo no hace ninguna diferencia.

Pero había un precedente importante: ser elegido por The New Yorker como uno de los veinte escritores para el siglo XXI había creado mucha expectativa. De pronto la gente quería saber qué había pasado con Junot Díaz, ¿no?

No, bro, a nadie le interesa. Las personas te preguntan cómo va tu novela o cuándo sale nada más que por decencia, pero la verdad es que les da lo mismo. En inglés, se dice: novels are things people don’t think they need. Yo duré once años escribiendo esta novela. Pero nadie se va a dar cuenta de eso en un par de años. La gente va a ver mi primer libro de cuentos y esta novela uno al lado de otro, y nadie va a saber qué espacio de tiempo hubo entre los dos.

¿Fue difícil escribir esta historia?

Trabajé como un animal, me sacrifiqué muchísimo y me frustré también muchísimo. Hay escritores que nunca tienen duda de lo que hacen, no tienen temores, no pierden jamás el hilo. Yo me levanto todas las mañanas y escribo desde las ocho hasta las doce del día. Y cuando llega el fin de semana y reviso todo lo que he hecho, siempre me doy cuenta de que la mayoría de las páginas son basura. Entonces las boto y empiezo de nuevo.

Hacer y deshacer. Pasar toda la mañana poniendo una coma, para luego gastar toda la tarde quitándola. ¿Cuándo se desempantana un escritor de la era del borrador?

Todos los escritores saben cuando la historia ya está bien. Lo que pasa conmigo es que yo tengo la cabeza dura y no abandono una historia jamás. Yo me quedo al lado del proyecto como un pitbull hasta que lo termino. Si son once años, son once años. Hay otros que después de cinco años, se van.

Hay quienes ven en La maravillosa vida breve de Óscar Wao una novela sobre la diáspora dominicana; otros, sobre la dictadura de Trujillo; algunos más sobre un freak. Yo la veo como una novela sobre la decepción que trae consigo el amor. ¿Qué historia se propuso contar?

Lo que yo quería escribir era the secret history of America. En Santo Domingo dicen que el águila norteamericana nació de un huevo caribeño. Y es así. No tienes que ser genio para ver que el poder norteamericano toma raíces caribeñas para ser lo que es hoy. Esa clase de violencia, de economía, de relaciones entre razas, todo eso se encuentra hoy en los Estados Unidos. Yo creo que un Trujillo se sentiría muy cómodo viviendo en los Estados Unidos ahora mismo. O un dueño de un plantation del siglo XVI. Ambos dirían: “Pero mira, todo lo que inventamos en el Caribe ya llegó a su apoteosis aquí en este lugar”.

A pesar de vivir en Estados Unidos desde hace más de treinta años, el espíritu dominicano no afloja en ninguna página del libro. ¿Dónde está el secreto para no perder las raíces culturales?

Lo que pasa es que la historia caribeña se conserva mucho más aquí en los Estados Unidos que en el propio Santo Domingo. Si tú quieres conocer a un dominicano, tienes que venirte a vivir aquí. El dominicano más dominicano del mundo vive en los Estados Unidos. Cuando yo voy a Santo Domingo y me doy una vuelta por las calles, digo: “Diablos, pero esta gente no parece dominicana”. Un dominicano en Santo Domingo puede decir que no le gusta la música bachata y no pasa nada. Un dominicano llega a decir lo mismo en Nueva York y lo acusan de traidor, de gringo, de vendepatria. Yo me crié en una cultura sumamente dominicana sin salir de Nueva York. La mujer mía que ha vivido toda su vida aquí usa palabras tan viejas que hay viejos dominicanos que se mueren de la risa cuando la oyen allá. Le dicen: “Pero, muchacha, ya nadie usa esas palabras”. Por eso no tuve que hacer mucha investigación para escribir esta novela.

La ironía es un elemento clave en la novela, no sólo a la hora de hablar de Óscar Wao y el mundo que lo rechaza, sino de un dictador como Trujillo. ¿La historia de los dictadores latinoamericanos da para reírnos?

La novela tenía desde el principio la misión de mezclar la tristeza con la risa. Siempre me sentí así en el Caribe: o me voy a una fiesta o me tiro de un puente. En Latinoamérica se vive la confusión entre la risa o la tristeza. Como decimos en inglés It’s always a categorical confusion. En los Estados Unidos uno puede dividir la comedia y la tragedia claramente. En Santo Domingo es imposible. Uno vive los dos simultaneously. Yo quería representar esa dualidad. Muchas veces me dije: si yo no me río aquí, voy a llorar. Para mí ese fue el logro más importante de la novela. Gasté más energía en tratar de llegar a ese balance que en todo lo demás.

Hablando de la traducción de la novela a español, y teniendo en cuenta que en inglés el libro articula con enorme acierto ambos idiomas, ¿se pierde mucho?

Se pierde todo. Pero, ¿qué se puede hacer? No se puede hacer nada. Yo tengo un amigo japonés que me dice que las novelas japonesas traducidas al inglés son otra cosa: es como quitarle a una pintura dos colores. De todos modos, esa es la tarifa que hay que pagar para viajar a otro país, para ser leído afuera.

Primero fueron los elogios tras la publicación de Drown; después los premios National Book Critics Circle y el Pulitzer para Óscar Wao, ¿hasta dónde es posible soportar la presión, ser el centro de la atención?

Yo digo que este es el trabajo más fácil que he tenido en mi vida. Nunca había tenido un trabajo tan fácil. Que a uno lo inviten a otros países para hablar de literatura me parece maravilloso. Por ejemplo, acabo de llegar de New Zeeland, donde compartí una charla con Coetzee. Ese tigre no habla ni papa con nadie, bro. Lee y se va. No hay preguntas, nada. Un tigre.

¿Y la siguiente novela?

En un par de meses voy a volver a escribir. No sé que pasará. Tengo el sueño de escribir una novela de ciencia ficción, pero no sé si lo voy a poder hacer. Lo cierto es que desde que terminé la novela, no he vuelto a escribir una sola palabra. Vamos a ver qué pasa cuando me encierre en este apartamento.

¿Qué escritores latinoamericanos lee?

El mexicano Martín Solares me parece uno de los mejores escritores latinoamericanos. Los minutos negros es una de las mejores novelas que he leído en los últimos diez años. De Colombia me gusta Jorge Franco.

¿La literatura latinoamericana en Estados Unidos, cómo la ve?

Uno nunca puede adivinar lo que va a pasar. Sin embargo, lo que veo es esto: las librerías no tienen espacio para exhibir libros en español. El mercado norteamericano es muy grande, cada año salen miles de libros en inglés, y ellos tienen que usar sus estantes para promocionar esos libros. El problema es de espacio.

Habiendo vivido desde los seis años en Estados Unidos, ¿se considera un escritor latinoamericano?

Sí, por supuesto.

¿Escribe de vez en cuando en español?

No, nunca.

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