Un grabado de Mungo Park.

‘Música acuática’, un trepidante viaje al corazón de África

La editorial Impedimenta publicó este año la traducción de la vertiginosa ópera prima de T.C. Boyle, una extensa y brillante novela que documenta dos expediciones europeas en el siglo XVIII y XIX.

2016/10/05

Por Christopher Tibble

“Súbitamente Dassoud desenvainó un puñal: breve como un piolet, tenebroso como la sangre. “¡Perro infiel!”, chilló con las venas inflamadas taracéandole el cuello. Arrebujado en su albornoz, Alí observaba, sombrío e impasible. La temperatura dentro de la tienda ascendió a cuarenta y nueve grados. En gentío contuvo el aliento. Entonces Dassoud dirigió la daga hacia el explorador, sin dejar de farfullar, como un furibundo anatomista disertando sobre las excentricidades de la complexión humana. La punta de la hoja de acercó, Alí escupió en la arena, Dassoud exhortó a la concurrencia, Mungo estaba helado de miedo”.

Pocas novelas resultan tan trepidantes como Música acuática, la ópera prima del estadounidense T.C. Boyle (1948), publicada en 1981. Un monumental esfuerzo de 646 páginas, narra con el ímpetu de una cascada de imágenes dos historias tan prolíficas como entretenidas: las aventuras en en el corazón de África del explorador escocés Mungo Park, quien descubrió al mundo Occidental el río Níger; y la vida de Ned Rise, una especie de timador-vagabundo-ladrón-de-cadáveres que se las rebusca en Londres “mendigando, rateando, comiendo desperdicios, cobijandose ocasionalmente en casa de locos, pederastas o asesinos”. En un comienzo dispares y paralelas, con el transcurso de la trama las dos vidas confluyen en una accidentada y delirante expedición.

La novela, repleta de licencias poéticas y anacronismos intencionales, transcurre a finales del siglo XVIII y a comienzos del XIX entre el campo escocés, las calles de Londres y la extensa sabana semiárida del Sahel, aquel cordón que atraviesa a África desde el Océano Atlántico hasta el Océano Índico, por debajo del Sahara y por encima de la boscosa sabana sudanesa. Boyle, un aficionado a la música (el título de la novela es una pieza de G.F. Handel) y a la biología (en la obra abundan notas sobre la flora y las enfermedades endémicas de África), ha dedicado buena parte de su carrera como novelista a la lucha entre el hombre y la naturaleza (como con la novela Drop City (2003) y El pequeño salvaje (2010), esta última también traducida por Impedimenta).

Y ese es también el caso de Música acuática. En la novela, el escritor criado en Peekskill, Nueva York, no se enfrasca en debates medioambientales o en condenar la subyugación de la naturaleza virginal por parte del hombre blanco; en cambio, se limita, pasando por alto toda posible parábola, a contar una historia vertiginosa y emocionante. El énfasis está en la acción, en las persecuciones y enfrentamientos, en las estafas y en el hurto de cadáveres, en un constante ir y venir entre la vida y la muerte, entre la resurrección y la expiación. Aunque, valga decirlo, escondidas entre las páginas, sí palpita un sentimiento que aboga por la posibilidad de darle la espalda a la civilización y vivir a la intemperie, que se presenta como un afán por enfrentarse a lo desconocido.

Música acuática causó conmoción cuando salió al mercado. Se trataba de un debut literario de asombrosa ambición. Muchos medios no tardaron en elogiar a Boyle. El L. A. Times, por ejemplo, escribió: “Su dominio del lenguaje recuerda a Joyce y a Pynchon; su imaginación, a Irving y a García Márquez”. Pero no todas las críticas del libro fueron favorables. En New York Times, por ejemplo, rechazó la bidimensionalidad de los personajes y su extraño uso del humor contemporáneo. Pero quizá lo que más le pasó factura a Música acuática es que su segunda mitad, en la que se detalla una segunda expedición de Park a África, sabe a plato recalentado. Sin desviarse demasiado de la primera aventura del escocés, resulta incluso frustrante

Pero, más allá de toda posible crítica, el debut literario de T.C. Boyle merece ser leído. No solo por su increíble pulso narrativo, sino porque se lee como una especie de épica en la que se entrelaza la historia con la imaginación para reconstruir un mundo que hoy, con nuestros computadores y pantallas, parece mil veces más emocionante.

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