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Mutis, soñador de navíos

Desde el próximo 24 de noviembre, el mundo editorial mira hacia Guadalajara. En esta ocasión, Colombia es el país invitado de honor. Como figura central estará el escritor y poeta Álvaro Mutis, a quien se le rinde un merecido homenaje. Texto especial del crítico mexicano Christopher Domínguez-Michael.

2010/03/15

Por Christopher Domínguez Michael

Un escritor como Álvaro Mutis (Bogotá, Colombia, 1923) pertenece, por ventura, a muchas literaturas y es una tarea sencilla, teniendo desplegada su obra ante los ojos, enumerar las ciudades que podrían gloriarse de tenerlo entre sus hijos. En primer término, Mutis es un poeta colombiano que comparte con Eduardo Carranza, Jorge Zalamea o Nicolás Gómez Dávila, esa visión cifrada del mundo donde lo sobrenatural se manifiesta como una segunda naturaleza. En segundo término, Mutis es un poeta hispanoamericano que se reconoce en la antigua idea imperial castellana, cuya extinción parece repararse cada vez que escritores como él recorren la América mala y la América buena, apareciéndose en Cartagena de Indias, en Quito, en Valparaíso o en la Ciudad de México. En tercer término, Mutis se inspira en el memorialismo francés, en el cardenal de Retz, en el príncipe de Ligne y en Chateaubriand y es un legitimista que se debe, como marido, a los Borbones, pero ha de reservar su bonhomía de caballero para el resto de los partidos. Todo lo contrario de un afrancesado, Mutis llega a las arenas de Rimbaud por ser moderno y no al revés. También es eslavo (como Conrad) y bizantino y ortodoxo y ruso como Alexandr Sergueievitch y en el último de los casos, desde que publicó hace medio siglo su Diario de Lecumberri (1960), registro de su estadía en el Palacio negro, Mutis es, también, un escritor mexicano.

Un armorial como el suyo que, a la vez es una bibliografía, sería intimadatorio si no estuviésemos hablando de un poeta de culto y de un novelista popular. Por Los elementos del desastre (1953), por la Reseña de los hospitales de ultramar (1958), por Los trabajos perdidos (1965) y por Caravansary (1981), Mutis es un poeta de culto cuyos poemas, como la biblioteca de bolsillo que carga el Gaviero, nos acompañan a lo largo de vidas enteras y regresan a nosotros fieles y enigmáticos, en horas distintas de días diferentes, en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Y Mutis es un novelista popular, porque las siete novelas recogidas en Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (1993) no solo le han dado merecidos honores, sino han logrado, cosa nada fácil, imponer a un personaje ejemplar en la memoria de numerosísimos lectores, en nuestra lengua y en otras.

La historia literaria del Gaviero o su biografía bibliográfica es bastante peculiar y no es un suceso muy común ni en las letras modernas ni en las antiguas. Mutis, un poeta exigente y escaso, a quien la buena fama de raté no le hubiera disgustado, se fue desdoblando en un álter ego o máscara, en una persona literaria que llamada el Gaviero fue sumando vida como un homúnculo nacido o forjado en “esa alianza del esplendor verbal y la descomposición de la materia” que, según decía Octavio Paz, definía a su poesía. Maqroll, aventurero y escéptico, una suerte de Marqués de Radomín trabajado por la desesperanza del siglo XX, empezó a manifestarse en los primeros poemas de Mutis y acabó por enseñorarse de toda su poesía, titulada desde 1973 como Suma de Maqroll el Gaviero.

Si es que aquello fue una decisión, si es que el asunto no le fue impuesto por el propio Gaviero, Mutis se decidió, mediados de los años ochenta, a escribir su saga novelesca. Aparecieron, en fila india, La nieve del almirante (1986), que todavía muestra esa emocionante vacilación entre la poesía y la prosa; Ilona llega con la lluvia (1987), que cuenta uno de los grandes amores del Gaviero; La última escala del Tramp Steamer (1988), que se dilata en un episodio característico en la vida del Gaviero; Un bel morir (1989), que adelanta la muerte del héroe; Amirbar (1990), que es la que prefiero como novela erótica y fantasía mineral caucasiana y prometeica; Abdul Bashur, soñador de navíos (1991), retrato del cómplice de Maqroll, y Tríptico de amar y tierra (1993), que no he leído, para reservarme un nuevo Mutis para el futuro.

En aquel entonces fue un privilegio ser testigo, como lector de a pie, de aquella muestra de vitalidad y desparpajo en un gran poeta que bien podría haberse resignado a recoger la cosecha de sus honores. Aquellas entregas, como si fuesen fascículos o cromos, nos revivían el placer infantil de acudir al kiosco en busca de un nuevo capítulo de nuestras hazañas predilectas, lo cual concuerda con el vínculo, destacado por algunos críticos, entre la saga de Maqroll y el cómic literario, sea el Corto Maltés o Tintín.

Las libertades que Mutis se tomaba fueron, en ese momento, decisivas para los nuevos narradores de la lengua, de la misma manera en que surgieron algunas dudas o equívocos que es pertinente comentar. El poeta y crítico colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, muy cercano a la obra de Mutis, habló de su paso de la poesía a la narrativa y no evitó alguna reticencia: “El problema para quienes conocían, y habían disfrutado de la obra de Mutis, es que estas novelas dicen lo mismo, ampliándolo en prosa, y sin terminar de redondear, la figura del Gaviero, por definición inconclusa. Pero quizá sea una falacia crítica: la gloria de Maqroll consiste en no aparecer nunca del todo”.

Yo mismo, hace quince años, no me sentía muy cómodo con la “novelización” de Maqroll y tendía a esperar de las novelas del Gaviero una consistencia narrativa propia del novelista profesional, lo cual no siempre es un mérito o una cualidad. Me faltaban lecturas y un conocimiento menos solemne de la novela de aventuras, de aquella novela colonial que escribieron Pierre Loti o Pierre Benoît, lo mismo que el trato con el Chateaubriand más sentimental (Atala, René), con El libro de la selva y con La vorágine. Como sus maestros, Mutis estaba autorizado a ser cursi o a gobernar, a su absoluto arbitrio, su mundo. En ese sentido es interesante la opinión del escritor español Jon Juaristi, quien supone que las de Mutis no son “novelas de aventuras sino novelas sobre el concepto mismo de aventura”. No lo sé porque admitir ese criterio implicaría decir que las novelas de Conrad (o de Blaise Cendrars, otro de los ejemplos de Mutis) tampoco son del todo novelas de aventuras, lo cual no me parece ni justo ni convincente. Creo que Juaristi se toma demasiado en serio, en el mal sentido de la expresión, las novelas de Mutis, quien procede como tenía que hacerlo un lector de Valéry Larbaud, inventando un poeta como recurso para evadir una verdadera confidencia. La novela de aventuras del siglo XX la terminaron de escribir esos desventurados que Mutis conoce muy bien, como André Malraux o Drieu la Rochelle, que son las dos caras de la moneda de la desesperanza, el éxito mundano del gran escritor y el suicidio del escritor maldito.

Más que un descendiente de don José Celestino Mutis, el botánico, y del espíritu de las grandes excursiones geográficas del siglo XVIII, la pasión de Maqroll por el recorrido trasatlántico, la adicción por lo extenso y lo oceánico viene, como Mutis lo sabe, de Larbaud y de Saint-John Perse, de la vuelta al mundo como capricho de la voluntad, lo cual termina de emparentar al Gaviero con... Simón Bolívar, quien encuentra la muerte como resultado de la ausencia de movimiento, tal cual lo dibuja Mutis en “El último rostro”, uno de los cuentos más extraordinarios que he leído.

Un equívoco final tiene que ver con el tradicionalismo de Mutis, deducido de su autodefinición como gibelino, monárquico y legitimista, al contarse entre quienes, palabras más, palabras menos, consideran que el mundo posterior a la Revolución francesa es un error diabólico. Esa fidelidad de Mutis al Ancien Régime o al “pensamiento reaccionario”, como se ha dicho, no es una boutade pero tampoco supone un credo conservador en literatura. Mutis se entregó, según dice Adolfo Castañón, uno de sus lectores mejor inspirados, a la aventura de la vanguardia con “una devoción y una violencia mística” y su filiación está en la alianza moderna entre la poesía y la prosa. Al Gaviero, otro moderno, le fascina la grandeza mecánica de los puertos, como a Abdul Bashur le obsesiona el navío perfecto. Ante esas figuras uno piensa en Georges Simenon y uno escucha el quinteto de Bruckner.

El Gaviero, dice Guillermo Sheridan, ha tenido tanta vida como agonía y sus aventuras las ha escrito Mutis desde la memoria del viaje, desde su reelaboración. Es una hermosa paradoja que a Mutis le sea imposible imaginar, como lo ha confesado, a un Pushkin envejecido caminando por San Petesburgo o a un Federico García Lorca sobreviviente, exiliado en la ciudad de México, mientras que la eterna vejez de Maqroll es el gran tema musical de su obra, la legendaria disipación de un personaje que regresa a la poesía.

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