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Nadie es perfecta

Decidir no querer ser madre parece uno de los temas vedados para las mujeres. En la literatura, la renuncia a los hijos, o la denuncia del aburrimiento al tenerlos, ha dado para estupendas novelas y suicidios desesperados.

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

En apenas cinco años, la escritora británica J. K. Rowling pasó de malvivir de la seguridad social a figurar en la revista Forbes como la decimosegunda mujer más rica de su país. El primer libro de la saga Harry Potter lo escribió en las cafeterías donde acudía con su hija de pocos meses, a quien sacaba de paseo para hacerle conciliar el sueño. En aquellos tiempos Rowling estaba tan deprimida, que llegó a pensar en suicidarse. Al recordarlo ahora dice que fue su hija Jessica quien le salvó la vida.

La autora estadounidense Sylvia Plath, sin embargo, metió la cabeza en el horno mientras sus dos hijos pequeños dormían en la habitación de al lado. Primero tomó la precaución de tapar la rendija de la puerta con toallas húmedas para impedir que saliera el gas y luego escribió una nota que decía “Llamen al médico”. En su caso, el hecho de ser madre no fue suficiente para disuadirla de tomar una decisión tan drástica.

Al recordar estas dos historias tan contrapuestas, es interesante hacer el ejercicio mental de imaginar a un hombre en ambas situaciones. ¿Un padre escribiendo en una cafetería con su bebé de meses dormido en un capazo a su lado? ¿Un padre deprimido que antes de suicidarse sólo piensa en proteger a sus hijos? Los tiempos han cambiado mucho, es cierto, pero las protagonistas de ambas situaciones tienen una conducta maternal que habría parecido poco corriente en un hombre dadas las mismas circunstancias.

Es evidente que las experiencias vitales de la mujer han sido diferentes a las del hombre a lo largo de la historia y muchas son las escritoras que se han dedicado a reflejar este hecho en sus obras. La novela anglosajona alcanzó cotas de gran calidad a finales del siglo XVIII y durante el XIX, cuando las mujeres tenían un papel social preciso y constreñido al entorno doméstico, en el que los hijos ocupaban el centro de su mundo privado. De ahí que las escritoras tuvieran forzosamente una perspectiva distinta de la de sus homólogos masculinos, quienes pasaban poco tiempo en casa.

Las escritoras británicas de la época victoriana, que superan a otros países en cantidad y calidad, proporcionaron agudos retratos de los entresijos de una vida doméstica a menudo más dramática de lo que pudiera parecer. Escritoras de la talla de Jane Austen, Emily Brontë y George Eliot nos aportaron una mirada extraordinaria y única de situaciones familiares y cotidianas a las que sólo ellas, como mujeres, tenían acceso. En el caso de estas tres autoras, ninguna de ellas se casó ni tuvo hijos, por lo que llevaban vidas considerablemente distintas de las de sus coetáneas. Sin embargo, tuvieron que soportar la paradoja de que el intento de obtener una mayor libertad estigmatizó su vida social, mientras que sus carreras literarias estuvieron indeleblemente marcadas por el mero hecho de ser mujeres. Cuando Austen logró publicar Sentido y sensibilidad a principios del siglo XIX, el editor le impuso la condición de que la obra fuese anónima, apostillada por la enigmática frase “Escrito por una dama”. Casi medio siglo después Emily Brontë también tuvo que enfrentarse a los prejuicios sociales, y optó por publicar su poesía con el seudónimo de Ellis Bell. En el caso de George Eliot, cuyo verdadero nombre era Mary Ann Evans, optó por cambiarse el nombre para que su obra no fuese clasificada como la de una autora romántica, cosa que explicó en su ensayo “Novelas tontas escritas por mujeres”. Pero también quiso escudarse tras un nombre masculino para protegerse del escándalo social, ya que vivía con el filósofo George Henry Lewes, casado y con hijos. Es forzoso plantearse que en el caso de Austen, Brontë y Eliot, la opción de no casarse ni tener hijos requirió por su parte una valentía que no habrían necesitado en caso de ser hombres. En su interesante ensayo Without Child (1996), Laurie Lisle estudia a fondo el estigma de la mujer nulípara –sin descendencia–, apuntando con ironía que la presión social es tal, que “las mujeres sin hijos a menudo nos planteamos si somos personas adultas o no”.

La psique femenina empezó a ser objeto de estudio en los albores y comienzos del siglo XX con el nacimiento del psicoanálisis, pero las mujeres independientes seguían luchando contra su sentido de la culpabilidad. Escritoras que alcanzaron la fama en vida, como la estadounidense Louisa May Alcott y la inglesa Virginia Woolf, tuvieron que enfrentarse a las críticas de quienes las consideraban unas outsiders no integradas en la sociedad. Una vez más, el hecho de no tener hijos era definitivo. Si en la biografía de un escritor el hecho de ser soltero y sin hijos apenas llama la atención, una escritora parece verse en la obligación, incluso hoy día, de procurar justificar semejante desmán. En vez de disfrutar abiertamente de su independencia –ganada a menudo con enorme esfuerzo–, la mujer que elige no depender de un hombre y ganarse la vida empleando el intelecto suele padecer lo que podríamos llamar el “complejo de la rara”. Curiosamente, a muchas jóvenes de hoy les parece más “normal” una modelo o actriz obsesionada con la apariencia física y la ropa. No deja de ser extraña la perversa asociación entre moda y feminismo, que ha producido un notable retroceso en el desarrollo de la mujer actual. Si Austen, Brontë y Eliot levantaran la cabeza, es probable que se llevaran un disgusto al contemplar el estándar de la mujer occidental de comienzos de siglo. Dudo que la neurótica Bridget Jones o la fashionista Carrie Bradshaw hubieran sido sus personajes femeninos preferidos.

Pese a ello, es evidente que las intelectuales de hoy gozan de una libertad que les permite opinar sobre cualquier tema que elijan, desde de los matices de la vida doméstica hasta el sexo, pasando por el entorno sociopolítico mundial. Pero uno de los temas que siguen siendo un tabú es el de una madre que admite no querer a su hijo. Éste es precisamente el tema que trata la autora estadounidense Lionel Shriver en su polémica novela, publicada en español con el título Tenemos que hablar de Kevin (Anagrama, 2007). En un artículo Shriver decía que el origen del argumento puede estar en la ira confesa de su madre a quedar embarazada de su hermano mayor. La tradición judeocristiana no contempla la posibilidad de que una madre reniegue de un hijo, aun siendo un asesino que ha matado a nueve compañeros de colegio, como es el caso de Kevin.

Tras seis novelas publicadas con moderado éxito, Tenemos que hablar de Kevin ha sido el gran bombazo literario de Shriver, quien lo justifica precisamente por lo tenebroso del argumento. “Mi narradora, Eva, se permite el lujo de decir todo lo que una madre jamás se atrevería a decir. Experimenta el embarazo como una invasión. Cuando da el pecho a su hijo, no siente un amor incondicional, sino que se queda aterrada al descubrir que no siente nada”. Con una asepsia imponente, Shriver describe una casa tomada por un hijo gritón cuyo último objetivo parece ser el de entrometerse en el matrimonio de sus padres. A la madre protagonista le parece tedioso tener que cuidar de su retoño, en el que además intuye esa vena maligna que luego se materializará en el asesinato múltiple que el niño perpetra en su colegio a los 15 años. Hasta qué punto ha podido influir el desafecto de la madre en la crueldad de su hijo es algo que la autora no establece. A lo largo del libro parece subyacer la idea de que la maternidad es una especie de experimento aciago condenado al fracaso. Shriver lleva hasta consecuencias extremas la teoría de Aristóteles de que un hijo es propiedad de los padres, que pueden hacer con él lo que quieran, incluso odiarlo. Pero pese a la modernidad del argumento, volvemos a encontrarnos ante una mujer enfrentándose a la culpa. Escrita en forma epistolar, Eva se dirige a su marido intentando hallar una explicación y dilucidar su papel en la tragedia. Pero el personaje paterno queda diluido tras el “Querido Franklin” con que empiezan todas las cartas. Una vez más, nos encontramos ante una mujer que, en última instancia, se siente culpable. Culpable de no ser perfecta.

Tras el sufrimiento de Austen, Brontë, Eliot, Alcott y Woolf parece existir el mismo acicate que ha llevado a Shriver a crear a su protagonista Eva. Un síndrome de perfección implacable, incontrolable. Esa necesidad neurótica de perfección, que la psicóloga Karen Horney denomina la “tiranía del deber ser”, es la piedra angular de la personalidad femenina. Y el feminismo, lejos de haber solucionado el problema, lo ha agravado. Hoy día, la mujer sigue imponiéndose sin piedad una imagen idealizada de sí misma, un fantasma inalcanzable con el que convive toda su vida. Día tras día lucha por ser hoy más perfecta que ayer y menos perfecta que mañana.

Pero, ay, la mujer perfecta no existe. Ya va siendo hora de que nos concedamos un respiro. A modo de mantra recitemos en femenino la inolvidable frase de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco: Nadie es perfecta.

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